|
Proceso
de Duelo
Tal como habíamos señalado en nuestra entrega anterior, luego de la muerte de un allegado tiene lugar un "Proceso de duelo" en quienes sufren esa pérdida. Su finalidad será la aceptación de la pérdida, su integración y desde allí una re acomodación de la vida. Evidentemente este "proceso", y tal como generalmente pensamos al utilizar este vocablo, no se realiza de inmediato; está constituido por una serie de movimientos (o fases) en la vida anímica de la persona, que se alternan entre sí, se superponen, y hasta se reiteran con periodicidad. Pensemos ahora, cuáles son algunos de los comentarios o reacciones más frecuentes de vivenciar ante la muerte de alguien próximo. Es común al inicio constatar un impacto emotivo, con dudas y negaciones: "esto no puede haber ocurrido", " fulanito no puede haberse muerto", "debe haber un error", etc. La cruel realidad es difícil de enfrentar; el monto de angustia y desazón es elevado y es como si el psiquismo de la persona tratara de hacer de cuenta que "eso" no pasó. Cabe aquí el siguiente cuestionamiento: ¿para qué negar algo que se tiene ante los ojos? Justamente para evitar ese caos interior y sobrellevar la situación. Cuántas veces nos hemos encontrado con personas que han perdido un familiar y uno dice: "parecía que estaba ajeno a eso, estaba como si nada hubiera sucedido". Ahora bien, esta persona, diríamos en estado de shock, no se quedará estancada en él, sino que paulatinamente irá mirando la realidad con sus propios ojos, irá tomando conciencia. Y entonces oscilará entre el llanto, la tristeza y la rabia. Seguramente uno podrá justificar los dos primeros, pero ¿por qué sentir rabia?; ¿hacia quién?. Es muy frecuente que los sentimientos hostiles tengan como blanco las personas que han atendido a quien murió, sean los médicos, o los familiares que no lo o la cuidaron debidamente, o el compañero de trabajo con quien discutió antes del fallecimiento, etc. Y todo ello como un intento de hallar un responsable de lo sucedido y encontrar un motivo que lo explique claramente . Se buscan exámenes médicos anteriores, se cuestionan diagnósticos y tratamientos realizados, así como todas las idas y vueltas inimaginables de la mente de cada allegado referidas a lo que ocasionó la muerte. Y no son pocas las veces que se responsabiliza al mismo muerto: "tú me abandonaste"; cuando no se auto responsabiliza: "fue mi culpa, si yo hubiese estado allí no hubiese pasado". Esta persona se encuentra malhumorada, agotada y cerrándose en ocasiones a todo intento de acercamiento de quienes traten de apoyarla; su vivencia es principalmente de incomprensión y magnifica su dolor comparándose con los demás: " a nadie le llegó tanto como a mí; yo sufrí esa pérdida como nadie". Hacemos a un lado aquí, las responsabilidades reales que muchas veces los seres humanos tenemos sobre la muerte de otra persona. Todos nosotros, al relacionarnos con otros, sean personas, objetos, animales, etc., depositamos afectos en ellos; podríamos decir que esto es la esencia de un vínculo. Y la intensidad de este afecto irá acompañada de cierta valoración que hacemos de ese "otro"; vale decir: a alguien que queremos mucho, también lo valoramos notoriamente. Pero en el trajín diario, sumidos en dificultades, obstáculos y discrepancias, solemos perder de vista lo positivo de los demás, y a veces ni siquiera demostramos el cariño que despiertan en nosotros. Sin embargo, cuando ese "alguien" muere, se destaca lo contrario: "qué buena persona era", "era tan compañera, tan buena amiga, vecina, etc.", "cuántas veces no le dije que lo quería, que era importante para mí?". En la balanza, los aspectos negativos que antes hacían sombras, ya no están, o al menos, así parece. Hacen pues eclosión, las virtudes y aspectos positivos de ella: se la idealiza. Ahora bien, la pérdida sigue estando; no puede revertirse y esto lleva a que paulatinamente la persona se vaya sumiendo más aún en la tristeza y el dolor. La depresión va ganando terreno con todas sus características. Se destaca la necesidad de estar sólo, de apartarse de las actividades de todos los días, hasta de la gente más cercana. ¿Qué nos puede estar indicando esto? Indudablemente que la realidad está siendo aceptada; la persona ya no está y a pesar de todas las fantasías, deseos e intentos de que vuelva, esa partida no tiene regreso. Por lo tanto, el camino que sanamente queda es "re comenzar", o continuar, según se prefiera. Hacer frente a todo lo que implica estar viviendo. Lo fundamental es entonces integrar esa ausencia a la vida, aceptarla como tal y mantener a aquél que no está en el recuerdo. Es ahora entonces cuando se puede decir que el duelo está siendo resuelto. Pero este proceso no se resuelve ni en un día, ni en un mes, ni en todas las personas de la misma manera. Tanto su duración como su modalidad será específica en cada ser humano; habrá quienes lo transiten con más fortaleza, otros con más pesar, otros en un año, otros en más. Y es real que hay personas que al transitar esta situación de crisis necesitan un adecuado y permanente sostén emocional, que podrá ser brindado por la familia, por amigos, por congregaciones religiosas, por Dios, y/o por técnicos especializados en salud. Consideramos que el respeto, la tolerancia constante y las demostraciones de amor hacia quien vive un duelo son imprescindibles, aunque por momentos se torne agotador. Pues el doliente es un ser humano que sufre y debe enfrentar un caos en su vida, para el cual nadie lo entrenó; porque no existe entrenamiento posible para sobrellevar la muerte de alguien querido. ¡Tarea nada sencilla!. LA ONDA® DIGITAL |
|
|
Un portal para y por uruguayos |
© Copyright |