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Entre la ortodoxia y la marcha a Punta del Este

De izquierda a derecha, se cometen errores
imperdonables mientras sigue la recesión

por Raúl Legnani

El gobierno de coalición está enfrentando la crisis económica que se ha visto agravada por la quiebra de la Argentina, con una propuesta ortodoxa. Gasto cero, rebaja del déficit fiscal - que nunca baja-, reducción de los gastos del Estado - que tampoco bajan-, privatizaciones - que no se hacen porque nadie quiere invertir-, ventas de inmuebles, nuevos impuestos de rápida recaudación, es lo que se escucha a diario por parte de los representantes del Poder Ejecutivo, con el agregado de que aparecen competidores en materia de recortes.

Es así que nos levantamos un día y nos encontramos con que un ministro quiere vender la Torre de Antel y un parlamentario propone poner a la venta los autos del Estado, a la vez que sugiere reducir la cantidad de café que se consume en el Palacio Legislativo.

Hasta ahora, por suerte, a nadie se le ha ocurrido vender el Palacio Legislativo, que bien podría sesionar en el Palacio Sudamérica, a algún rey desocupado del mundo o a un capitalista del comercio, que podría instalar un shopping. Por ejemplo en la sala de sesiones de la Cámara de Diputados se podrían hacer los remates de los inmuebles del Estado y en la sala del Senado instalar la bolsa de valores.

Mientras esto ocurre en las alturas, la oposición dormita la siesta veraniega, con la tranquilidad de que los turistas argentinos, que siempre hablan fuerte y molestan, esta vez falten en un 52%.

La izquierda (la oposición) se limita a esgrimir su programa, respondiendo con generalidades como que el país necesita ir a una reforma impositiva profunda, que culmine con la instalación del Impuesto a la Renta, verdadera mala palabra para la ortodoxia que domina el equipo económico.

Detrás de estas dos posturas que parecen inamovibles, surgen tímidas señales, a veces con otro signo, desde el Presidente de la República, que rápidamente abortan por falta de eco político.

En los primeros días de enero el doctor Jorge Batlle sugirió instalar nuevos impuestos a los salarios altos, tanto en el sector público como privado.

De inmediato el Partido Nacional reaccionó molesto y exigió que el castigo impositivo fuera solo para la alta burocracia del sector público. A los privados, la alta e ineficiente burocracia privada, no se les toca, dijo el doctor Luis Alberto Lacalle.

La izquierda, el Encuentro Progresista, tampoco dudó en responder: Impuesto a la Renta, la crisis no debe recaer sobre el sector asalariado, dijo.

Con esta actitud el Partido Nacional salió fortalecido, condicionando al Partido Colorado, logrando establecer el impuesto solo a los públicos.

Lo que no entendió la izquierda, o lo entendió pero temió quedar pegada junto al Presidente de la República, fue que establecer el impuesto a los salarios altos, tanto en el sector público como privado, implicaba aproximarse al Impuesto a la Renta. Y que quedarse solo con el impuesto a los funcionarios públicos, era seguir por el camino de gravar a las retribuciones personales de un sector que no trabaja en negro y que ya paga impuestos por encima de los privados. Perjudicando así a los calificados técnicos de las empresas públicas, que terminarán emigrando o esperando que lleguen las trasnacionales, desmonopolizaciones mediante, para cambiar de trabajo.

Ahora, el pasado 14 de enero, el diario EL OBSERVADOR informó que "el gobierno gravará por decreto las importaciones subsidiadas", postura que es coincidente con todos los sectores del país, menos con los importadores que fueron los más favorecidos con el atraso cambiario. Seguramente cuando se sepa el alcance de esta política del gobierno, la misma no cubra todos las expectativas de la mayoría del país y tampoco la del Encuentro Progresista. ¿La izquierda volverá a ponerse principista, facilitando que el doctor Luis Alberto Lacalle, que siempre favoreció al sector importador, termine condicionando al gobierno?

Hasta ahora la izquierda no ha entendido que detrás de la apuesta ortodoxa del gobierno - que se puede ver fortalecida por el apoyo que el presidente George W. Bush le daría en febrero, cuando se encuentre en Washington con el doctor Batlle-, se están infiltrando una serie de reclamos que apuntan al Uruguay productivo.

A la uruguaya, con el sentido de gradualismo que nos da el espíritu aldeano que tenemos, en nuestro país hay síntomas muy similares a los que presentó y presenta la Argentina.

Los dramáticos datos sociales son similares, pero también cada día se expresan más los sectores empresariales que con contradicciones exigen políticas activas en favor de la producción. Uno de estos síntomas es el movimiento creado por 21 gremiales empresariales que propone un "Acuerdo Productivo Nacional" con miras a una "Concertación para la producción", que incluye a la poderosa y activa Federación Rural.

Estos nuevos datos de la realidad nacional, por cierto que parecen no ser interpretados por el PIT-CNT, cuando impulsa una marcha hacia Punta del Este, que a lo máximo que puede aspirar es a que los turistas del lujoso balneario se atrincheren detrás de sus muros de los hermosos chalet o que se replieguen en las salas del Conrad.

Marcha que sin querer ha empujado al Presidente de la República a posturas nunca deseadas, como ha sido su resolución de prohibir la marcha.

Pero lo que más importa es que el centro de la sociedad, ese que en medio de las crisis es el que termina decidiendo el rumbo de los acontecimientos, le ha dado la espalda al movimiento sindical, a pesar de que el grave error presidencial de prohibir la marcha le dio un poco de oxígeno al PIT-CNT y puso en movimiento a su alicaída militancia, que antes de la marcha tenía como responsabilidad fundamental recolectar las firmas para convocar a un referéndum que impida la privatización de Ancel.

Error presidencial que ha trastocado el manejo de los valores de una sociedad, que se ha preocupado más de la siesta de cómodos turistas que de defender la libertad de reunión y de manifestación. Libertad que hay que defenderla aunque la tontería de quienes la impulsa, sea mayúscula.

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