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La muerte vista desde la niñez
por Psic. Daniela Izzo de Márquez

Tratando de concluir hoy una secuencia temática que venimos abordando desde semanas atrás, nos introduciremos brevemente en cómo abordar el tema de la muerte ante un niño y su comprensión acerca de la misma.

Son muy frecuentes las dudas que se nos plantean ante esta situación, no sólo al tener que hablarle (u ocultarle) acerca de la muerte de alguien próximo, sino ante las preguntas que ellos hacen al respecto.

Partamos de lo siguiente: el niño pequeño no sabe qué es morirse.

En los primeros años de vida, principalmente registra la ausencia de sus padres y lo vivencia como abandono.

Obviamente no hay un razonamiento sobre esto, no puede pensarlo, pero sí percibe por ejemplo las dificultades de sus padres para atenderlo, mientras ellos viven un proceso de duelo por alguien querido.

Y hablamos de dificultades pues generalmente existe un desacomodo afectivo en estos padres, (o en otros familiares cercanos, etc), que impide un relacionamiento distendido con el chico: es frecuente la angustia, el llanto, el desgano, la escasa disposición para prestarle los debidos cuidados que requiere, y parte de la gama de reacciones (que abordamos en nota anterior) referidas al proceso de duelo.

De pronto el pequeño siente que algo ha cambiado en casa, que el estado anímico de mami y/o papi es negativo, que "algo pasa".

El niño de aproximadamente 3 ó 4 años puede percibir la muerte de alguien como un estado de ausencia, pero con una característica fundamental: piensa que un día regresará.

Es como si se hubiese ido de viaje durante un tiempo, a cuyo término estará de vuelta. Y por cierto diríamos, "viaje voluntario".

Posteriormente, cercanos los 6 años, su psiquismo y grado de desarrollo psico- afectivo le permiten ir comprendiendo que el que murió no va a regresar. O sea que la muerte es irreversible.

Al mismo tiempo entenderá que uno no puede decidir cuando quiere morirse y cuando no.

Es inevitable: llega aunque uno no quiera.

Y va evolucionando entonces desde el pensar que solamente se mueren las personas viejas, o las que están muy enfermas, hasta ver que aún a los propios niños les llega.

Es ahora entonces que registra la posibilidad de muerte de sus propios padres y el temor acecha: el temor a que sus papis se mueran, que se quede solo, desprotegido, u otros que él quiere mucho (abuelos, tíos, hermanos, etc.).

Surgen entonces las preguntas e investigaciones sobre el tema con varias finalidades: aprender todo lo que no sabe, integrar ese saber a su persona y elaborar las angustias que le genera el pensar esa posibilidad, o esa realidad. Tengamos en cuenta que los niños muy posiblemente comiencen a abordar este tema al enfrentarse a la pérdida de alguien querido, sea pariente, amigo, mascota, etc.

Comúnmente preguntará sobre el fallecido y sus pertenencias: dónde está, cómo está, qué hace allí, por qué se sacó su cama, etc.

Otra de las vías de expresión que utiliza el pequeño es el juego; es así que se lo verá jugar a que muere alguno de sus personajes (muñecos, animales, etc). y hasta él mismo, construyendo entonces una escena en la que despliega fantasías, miedos, deseos reprimidos, angustias, etc.

El final, seguramente será el "revivir" a aquél que murió.

Pero no porque no vaya comprendiendo su estado definitivo, el no retorno de la muerte, sino que es fundamental como mecanismo de elaboración y aceptación de la misma muerte.

Llegada la pre adolescencia, oscilando entre los 11 ó 12 años, accede a una adecuada comprensión de la muerte: un hecho en la vida de todo ser vivo, que no puede evitarse y tampoco revertirse.

Es recién ahora cuando podemos decir que tiene claro dicho concepto.

Esto no significa que absolutamente todos los jóvenes de 11 ó 12 años lo hayan comprendido de esta manera, sino que es variable según la madurez afectiva, las características de cada personalidad y la propia historia de vida de cada uno.

Es claro que el proceso de duelo también debe tener lugar, tanto como en el adulto.

Es fundamental el tipo de vínculo que exista entre la persona fallecida y el chico.

Seguramente no es lo mismo cuando muere un pariente lejano, con quien casi ni se veía, que cuando es alguien muy próximo.

Evidentemente en estos últimos casos el nivel de angustia que vive el chico será elevado y la aceptación de esa pérdida será más costosa.

Será imprescindible vivir esos momentos de dolor, pues en definitiva son la realidad misma, y no es sano "negarla", hacer como si nada hubiera sucedido.

Consideramos que ante las tan frecuentes dudas acerca de decir o no al chico que ha muerto alguien querido, es adecuado pensar que el evitarle una situación dolorosa no siempre lo favorecerá.

Comúnmente uno tiende a protegerlos, a evitarles sufrimientos y entonces se piensa que si eso que ocurrió duele tanto al adulto, cuánto más al chico.

Entendemos que de hecho suele ser así, pero la diferencia se apoya en que tarde o temprano, la noticia o mejor dicho, la ausencia se vivirá; y entonces toda esa gama de sentimientos y emociones que se quisieron evitar en un momento, a posteriori aflorarán.

No obstante, es imprescindible ser muy cuidadoso y adecuarse a la edad del chico al momento de hablarle de lo sucedido.

Tal como quedó explicitado, sus posibilidades de comprensión irán evolucionando. De ellas dependerá la manera y los términos que se usarán.

Lo más adecuado será tratar de ser claro y usar palabras que pueda comprender.

No es necesario evitar demostrar la angustia o la tristeza que esa muerte genera en el adulto; muchas veces se dice "no quiero que me vea llorar, trato de no mostrarle que estoy mal, etc."

Pensamos que si el chico ve que uno se permite llorar y demostrar que sufre por esa pérdida, en cierta forma lo habilita a que él pueda hacer lo mismo. Y eso es una expresión humana de sentimientos, que en definitiva no daña a nadie, y va permitiendo aliviarse.

Pensemos sino cuántas veces nos sentimos mejor después de habernos "desahogado".

Esto no quiere decir que el chico nos deba ver llorar y lamentar todo el tiempo, por cierto, pues todo debe tener un límite, y también nosotros, adultos, debemos frenar a veces nuestros afectos, por nuestra propia salud.

Podrá tornarse un momento sumamente desagradable el dar esa noticia a un chico, el recibir sus innumerables preguntas, pero habrá que fortalecerse y buscar recursos que a uno le faciliten ese trance.

De hecho, por instantes uno podrá sentir el deseo de que no pregunte más; sin embargo, no es aconsejable impedirle al niño hablar sobre este asunto, sino más bien, tomarlo con la mayor naturalidad posible .

De la misma manera sería bueno que pudiera conducirse el adulto: hablar de lo sucedido como algo natural.

Pero, sabido es que todo este tema angustia y mucho, y no es sino después de un tiempo considerable que este sentimiento logra minimizarse, y el proceso de duelo se va resolviendo.

Ahora bien: pensemos por un momento en qué hacer con el niño ante la situación de velorio, entierro, etc.: ¿es aconsejable llevarlo?.

Este es un tema que genera muchas inquietudes y en clínica el cuestionamiento aflora incisivamente.

Personalmente entendemos que lo mejor es que el niño mantenga el recuerdo de la persona tal como lo tenía; pensemos inicialmente que el cuerpo se va desfigurando y es bastante desagradable y angustiante que lo vea.

Por otra parte, esa escena, con absolutamente todo lo que la constituye no es grata. Y si como remate pensamos en ubicar ese cajón, donde está encerrado su- ( quien sea que haya fallecido) en esa construcción de piedra, o debajo de la tierra, contribuimos a una experiencia por demás aterrante.

Creemos que puede explicársele al niño que el cuerpo de esa persona ya no podía vivir por sí sólo, que ya no podía respirar, que ya no podría alimentarse, que su corazón ya no tenía más fuerza para seguir latiendo, sea porque estaba muy enfermo, o porque era muy viejito, o porque sufrió de algún daño importante que lo afectó definitivamente.

Pensamos además que no es lo mejor decirle que se "enterró" a quien murió, sino que puede ser más llevadero comentarle que su cuerpo está guardado, en una especie de caja que lo protege, donde no le sucederá nada malo, en un lugar que nada ni nadie dañará.

Si la familia tiene una formación Cristiana, obviamente de acuerdo a ella se abordará el tema con el niño, hablándole de la partida de ese ser querido con Cristo, y de la esperanza de una Vida Eterna.

Toda esta experiencia de la muerte deja huellas en cada uno de nosotros, seamos adultos o niños, hombres o mujeres.

Es un hecho "natural", es "la ley de la vida" como se dice por allí; y podemos hablar con mucha soltura generalmente cuando estamos distantes de ella.

Pero cuando nos golpea, nos duele mucho, y nos deja hasta sin palabras, aún al más fuerte e instruido ser humano.

Es un mojón de la vida en el que no pocos de nosotros, una vez más, necesitamos de ayuda.

Y el cómo vayamos abordando y resolviendo estas situaciones irá marcando la personalidad de cada uno de nosotros, dándonos seguramente algún elemento vivencial más, que luego podremos ir poniendo en práctica en el correr de nuestros días.

"Para todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado" Eclesiastés 3:1-2

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