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La
muerte vista desde la niñez
Tratando
de concluir hoy una secuencia temática que venimos abordando
desde semanas atrás, nos introduciremos brevemente en cómo
abordar el tema de la muerte ante un niño y su comprensión
acerca de la misma. Son
muy frecuentes las dudas que se nos plantean ante esta situación,
no sólo al tener que hablarle (u ocultarle) acerca de la muerte
de alguien próximo, sino ante las preguntas que ellos hacen al
respecto. Partamos
de lo siguiente: el niño pequeño no sabe qué es morirse. En
los primeros años de vida, principalmente registra la ausencia de
sus padres y lo vivencia como abandono. Obviamente
no hay un razonamiento sobre esto, no puede pensarlo, pero sí
percibe por ejemplo las dificultades de sus padres para atenderlo,
mientras ellos viven un proceso de duelo por alguien querido. Y
hablamos de dificultades pues generalmente existe un desacomodo
afectivo en estos padres, (o en otros familiares cercanos, etc),
que impide un relacionamiento distendido con el chico: es
frecuente la angustia, el llanto, el desgano, la escasa disposición
para prestarle los debidos cuidados que requiere, y parte de la
gama de reacciones (que abordamos en nota anterior) referidas al
proceso de duelo. De
pronto el pequeño siente que algo ha cambiado en casa, que el
estado anímico de mami y/o papi es negativo, que "algo
pasa". El
niño de aproximadamente 3 ó 4 años puede percibir la muerte de
alguien como un estado de ausencia, pero con una característica
fundamental: piensa que un día regresará. Es
como si se hubiese ido de viaje durante un tiempo, a cuyo término
estará de vuelta. Y por cierto diríamos, "viaje
voluntario". Posteriormente,
cercanos los 6 años, su psiquismo y grado de desarrollo psico-
afectivo le permiten ir comprendiendo que el que murió no va a
regresar. O sea que la muerte es irreversible. Al
mismo tiempo entenderá que uno no puede decidir cuando quiere
morirse y cuando no. Es
inevitable: llega aunque uno no quiera. Y
va evolucionando entonces desde el pensar que solamente se mueren
las personas viejas, o las que están muy enfermas, hasta ver que
aún a los propios niños les llega. Es
ahora entonces que registra la posibilidad de muerte de sus
propios padres y el temor acecha: el temor a que sus papis se
mueran, que se quede solo, desprotegido, u otros que él quiere
mucho (abuelos, tíos, hermanos, etc.). Surgen
entonces las preguntas e investigaciones sobre el tema con varias
finalidades: aprender todo lo que no sabe, integrar ese saber a su
persona y elaborar las angustias que le genera el pensar esa
posibilidad, o esa realidad. Tengamos en cuenta que los niños muy
posiblemente comiencen a abordar este tema al enfrentarse a la pérdida
de alguien querido, sea pariente, amigo, mascota, etc. Comúnmente
preguntará sobre el fallecido y sus pertenencias: dónde está, cómo
está, qué hace allí, por qué se sacó su cama, etc. Otra
de las vías de expresión que utiliza el pequeño es el juego; es
así que se lo verá jugar a que muere alguno de sus personajes
(muñecos, animales, etc). y hasta él mismo, construyendo
entonces una escena en la que despliega fantasías, miedos, deseos
reprimidos, angustias, etc. El
final, seguramente será el "revivir" a aquél que murió. Pero
no porque no vaya comprendiendo su estado definitivo, el no
retorno de la muerte, sino que es fundamental como mecanismo de
elaboración y aceptación de la misma muerte. Llegada
la pre adolescencia, oscilando entre los 11 ó 12 años, accede a
una adecuada comprensión de la muerte: un hecho en la vida de
todo ser vivo, que no puede evitarse y tampoco revertirse. Es
recién ahora cuando podemos decir que tiene claro dicho concepto. Esto
no significa que absolutamente todos los jóvenes de 11 ó 12 años
lo hayan comprendido de esta manera, sino que es variable según
la madurez afectiva, las características de cada personalidad y
la propia historia de vida de cada uno. Es
claro que el proceso de duelo también debe tener lugar, tanto
como en el adulto. Es
fundamental el tipo de vínculo que exista entre la persona
fallecida y el chico. Seguramente
no es lo mismo cuando muere un pariente lejano, con quien casi ni
se veía, que cuando es alguien muy próximo. Evidentemente
en estos últimos casos el nivel de angustia que vive el chico será
elevado y la aceptación de esa pérdida será más costosa. Será
imprescindible vivir esos momentos de dolor, pues en definitiva
son la realidad misma, y no es sano "negarla", hacer
como si nada hubiera sucedido. Consideramos
que ante las tan frecuentes dudas acerca de decir o no al chico
que ha muerto alguien querido, es adecuado pensar que el evitarle
una situación dolorosa no siempre lo favorecerá. Comúnmente
uno tiende a protegerlos, a evitarles sufrimientos y entonces se
piensa que si eso que ocurrió duele tanto al adulto, cuánto más
al chico. Entendemos
que de hecho suele ser así, pero la diferencia se apoya en que
tarde o temprano, la noticia o mejor dicho, la ausencia se vivirá;
y entonces toda esa gama de sentimientos y emociones que se
quisieron evitar en un momento, a posteriori aflorarán. No
obstante, es imprescindible ser muy cuidadoso y adecuarse a la
edad del chico al momento de hablarle de lo sucedido. Tal
como quedó explicitado, sus posibilidades de comprensión irán
evolucionando. De ellas dependerá la manera y los términos que
se usarán. Lo
más adecuado será tratar de ser claro y usar palabras que pueda
comprender. No
es necesario evitar demostrar la angustia o la tristeza que esa
muerte genera en el adulto; muchas veces se dice "no quiero
que me vea llorar, trato de no mostrarle que estoy mal, etc." Pensamos
que si el chico ve que uno se permite llorar y demostrar que sufre
por esa pérdida, en cierta forma lo habilita a que él pueda
hacer lo mismo. Y eso es una expresión humana de sentimientos,
que en definitiva no daña a nadie, y va permitiendo aliviarse. Pensemos
sino cuántas veces nos sentimos mejor después de habernos
"desahogado". Esto
no quiere decir que el chico nos deba ver llorar y lamentar todo
el tiempo, por cierto, pues todo debe tener un límite, y también
nosotros, adultos, debemos frenar a veces nuestros afectos, por
nuestra propia salud. Podrá
tornarse un momento sumamente desagradable el dar esa noticia a un
chico, el recibir sus innumerables preguntas, pero habrá que
fortalecerse y buscar recursos que a uno le faciliten ese trance. De
hecho, por instantes uno podrá sentir el deseo de que no pregunte
más; sin embargo, no es aconsejable impedirle al niño hablar
sobre este asunto, sino más bien, tomarlo con la mayor
naturalidad posible . De
la misma manera sería bueno que pudiera conducirse el adulto:
hablar de lo sucedido como algo natural. Pero,
sabido es que todo este tema angustia y mucho, y no es sino después
de un tiempo considerable que este sentimiento logra minimizarse,
y el proceso de duelo se va resolviendo. Ahora
bien: pensemos por un momento en qué hacer con el niño ante la
situación de velorio, entierro, etc.: ¿es aconsejable llevarlo?. Este
es un tema que genera muchas inquietudes y en clínica el
cuestionamiento aflora incisivamente. Personalmente
entendemos que lo mejor es que el niño mantenga el recuerdo de la
persona tal como lo tenía; pensemos inicialmente que el cuerpo se
va desfigurando y es bastante desagradable y angustiante que lo
vea. Por
otra parte, esa escena, con absolutamente todo lo que la
constituye no es grata. Y si como remate pensamos en ubicar ese
cajón, donde está encerrado su- ( quien sea que haya fallecido)
en esa construcción de piedra, o debajo de la tierra,
contribuimos a una experiencia por demás aterrante. Creemos
que puede explicársele al niño que el cuerpo de esa persona ya
no podía vivir por sí sólo, que ya no podía respirar, que ya
no podría alimentarse, que su corazón ya no tenía más fuerza
para seguir latiendo, sea porque estaba muy enfermo, o porque era
muy viejito, o porque sufrió de algún daño importante que lo
afectó definitivamente. Pensamos
además que no es lo mejor decirle que se "enterró" a
quien murió, sino que puede ser más llevadero comentarle que su
cuerpo está guardado, en una especie de caja que lo protege,
donde no le sucederá nada malo, en un lugar que nada ni nadie dañará.
Si
la familia tiene una formación Cristiana, obviamente de acuerdo a
ella se abordará el tema con el niño, hablándole de la partida
de ese ser querido con Cristo, y de la esperanza de una Vida
Eterna. Toda
esta experiencia de la muerte deja huellas en cada uno de
nosotros, seamos adultos o niños, hombres o mujeres. Es
un hecho "natural", es "la ley de la vida"
como se dice por allí; y podemos hablar con mucha soltura
generalmente cuando estamos distantes de ella. Pero
cuando nos golpea, nos duele mucho, y nos deja hasta sin palabras,
aún al más fuerte e instruido ser humano. Es
un mojón de la vida en el que no pocos de nosotros, una vez más,
necesitamos de ayuda. Y
el cómo vayamos abordando y resolviendo estas situaciones irá
marcando la personalidad de cada uno de nosotros, dándonos
seguramente algún elemento vivencial más, que luego podremos ir
poniendo en práctica en el correr de nuestros días. "Para
todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del
cielo, tiene su tiempo: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo
de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado" Eclesiastés
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