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Una marcha no guerrera
por Carlos Zapiola

Una marcha puede estar planificada para atravesar determinados barrios o zonas, y culminar con un acto con oratoria o con la mera dispersión de los concurrentes.

Comparar una organizada marcha de la central de trabjadores con una batalla, en la que suelen causarse desastres, haber enfrentamientos, destrozos, heridos y hasta muertos, parece muy exagerado.

Decir que la misma marcha puede perjudicar el turismo en un país, porque puede verse afectada la seguridad de los visitantes extranjeros, es tener poca confianza en el raciocinio humano, en el comportamiento de los trabajadores de éste país, y en que degenere en incidentes algo que siempre ha sido pacífico y ordenado, al menos desde la vuelta a la democracia.

Intentar marcar que destino puede tener una manifestación, pensar que desviándola antes de llegar al destino programado se ahorrará violencia y represión, pasa por un pensamiento de un iluso, o alguien que no comprende la realidad nacional.

Creer que alguien ganó algo porque fue tapa obligada de noticias durante tres o cuatro días suena a ingenuidad o acomodar el cuerpo al Poder.

Creer que puede haber dos resultados posibles, uno político, en el que si pasa algo malo sale desfavorecido un partido político, y otro sindical, que ya estaría cumplido por el hecho concurrente de la ineptitud gubernamental para enfrentar la situación, parece otro reduccionismo veraniego. Mirar de soslayo el acontecimiento y no profundizar en él.

Que a la marcha no iban a concurrir más de 2.000 personas es algo que cualquiera podría pronosticar. 50 ómnibus con 40 personas cada uno.

Luego de la prohibición y de las voces que aplaudieron la misma, el descontento es patente que ha crecido, y los ómnibus se duplicarán.

No va a ser la manifestación del siglo. Seguramente, y ahora más que nunca, los organizadores se cuidarán de posibles infiltrados, dispuestos a darle la razón a los que se oponen al acontecimiento, que por cierto no será el primero que se vivirá en el principal balneario.

Si se usara la inteligencia para pensar, seguramente se le habría bajado el perfil a la ida de los trabajadores, la marcha hubiera cumplido con sus fines de atravesar la vida de los más aristocráticos argentinos o uruguayos, al menos de buena parte de ellos, y hubiera terminado allí.

Sin muertos, sin represión por parte de una policía que cobra 2.000 pesos para cuidar la seguridad de los que han llegado y sin un mandato obligatorio que debió acatar un Ministro al recibir la Orden Presidencial para que actuara de determinada forma.

Parece mucho para tan poco. Pero solemos ahogarnos en vasos de agua. Y echar la culpa del fracaso de la temporada turística al Pit-Cnt era algo que a nadie se le había ocurrido antes, pero puede servir para tapar culpas propias.

Lo único deseable es que efectivamente no ocurra nada. Que no haya desmanes. Que no se repitan los 24 de agosto de Morroni, no los de la Noche de la Nostalgia. ¿O es que alguien tiene nostalgia de otras épocas, donde no estaba prohibido prohibir?. LA ONDA® DIGITAL


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