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España
El descontrol de la inmigración proviene de intereses económicos ávidos de beneficios rápidos y grupos de izquierda que buscan crear un nuevo crisol de culturas

Estos días circula en Montevideo correspondencia de uruguayos residentes  en España que advierten que en las ultimas semanas, por ley el estado español cancelo todos los permisos de Trabajo, agregan  que no se legalizan los contratos nuevos de emigrantes sudamericanos, aún aquellos que son descendientes de Países de la Comunidad Europea. 

Simultáneamente la  prensa española empieza  a editorializar críticamente sobre los emigrados y denuncia a quienes la toleran y la promueven.

La ONDA digital publica a continuación una de esas notas, la del periódico El Digital de España que circula en forma de fotocopias en medios académicos de nuestro país.

“Los inmigrantes siguen llegando a España. Atraídos por una economía pujante, los extranjeros instalados son más de 1.500.000, un año después de la nueva Ley de Extranjería. No se ha tenido en cuenta la opinión de la gente para definir los tiempos y los modos de este éxodo. Pero algunos sacan tajada. ¿Hay racismo en España? ¿Quién paga la factura? ¿Y quién se beneficia?  

Los riesgos de la inmigración

España ha vuelto a ganar población. Tras unas décadas de estancamiento, en los últimos años España ha rebasado la barrera psicológica de los cuarenta millones de habitantes. Pero este crecimiento no es producto de la fertilidad natural de los españoles, sino de la llegada de cientos de miles, millones ya, de inmigrantes.

Mano de obra en tiempos de bonanza económica, los extranjeros han venido de los cuatro puntos cardinales; además de la inmigración norteafricana de marroquíes y argelinos, la primera en el tiempo y en cifras absolutas, son incontables los hispanoamericanos, africanos, asiáticos y europeos del Este que viven en nuestras ciudades y pueblos. Incontables, de hecho, porque ningún censo ha sido capaz de reflejar la bolsa de ilegalidad.

Los hechos son incontestables: legal o ilegalmente, estos hombres y mujeres han entrado en España y se han quedado porque se les dejó entrar y porque se tolera su permanencia. Hay intereses muy fuertes que evitan la expulsión de los inmigrantes que delinquen, la aplicación de las leyes a todos los residentes, y que promueven incluso la venida de más inmigrantes, fuera de los cupos y de los orígenes legalmente fijados por el Gobierno.

¿Cuáles son esos poderes que favorecen la inmigración? Hay, especialmente en la izquierda, algunos pequeños grupos ideológicamente convencidos de la necesidad de traer a España inmigrantes definitivos de todo el orbe, a fin de crear en nuestro país un crisol étnico y una nueva cultura hecha de retazos de la vieja cultura española y de las aportaciones de estos extranjeros. La mayoría de los españoles y de los inmigrantes no desea nada de eso. Pero sobre todo el descontrol de la inmigración proviene de intereses económicos: la abundancia de mano de obra sin cualificar, sin papeles y sin mecanismos reivindicativos ha convenido a muchos empresarios ávidos de beneficios rápidos y deseosos de prescindir de las mejoras sociales conseguidas en el último siglo.

Las cosas han ido relativamente bien mientras la economía ha crecido. Ha habido, por supuesto, problemas de orden público. Nada que la policía, los servicios sociales y la Justicia no hayan podido atajar con rapidez, salvo cuando ciertos grupos de presión y medios de comunicación han soplado sobre el fuego ofendiendo el buen nombre de los ciudadanos españoles.

Pero se acercan tiempos difíciles. La recesión económica destruye empleo, y ya son muchos los españoles en paro. También los extranjeros, que en principio vinieron a trabajar, pero que no vuelven a su país al dejar de hacerlo. Y los inmigrantes son ya muchos: un millón y medio de presencias legales puede suponer unos dos millones y medio en total, un 7% de la población. Muchos, si pensamos además que se concentran en zonas muy concretas. Más si pensamos que sociológicamente se considera establecido que las tensiones entre comunidades diferenciadas son inevitables más allá del 2%. Ya hay voces de alarma, incluso en los grandes partidos y sindicatos, y por supuesto en la opinión pública.

En España, salvo muy marginalmente, no hay otro racismo que el pergeñado por las revistas sensacionalistas para aumentar sus tiradas. Sin embargo, eso no convierte en legítimo pedir a los españoles que compartan su tierra, su riqueza y su futuro con gentes ajenas a su identidad colectiva, o que renuncien a ésta para poder imponer a los recién llegados una paralela aculturación. Dos poblaciones con dos identidades diferentes pueden convivir, si lo desean, con dificultades, pero si se les obliga a hacerlo y a renunciar a sus diferencias los problemas estarán servidos. Recordemos que los extranjeros no han venido a "pagar nuestras pensiones": han venido a ganarse el pan o a buscar un inexistente paraíso europeo; no han venido llamados por la gente, sino atraídos por grandes grupos empresariales que se benefician de su semiesclavitud.

Hay discriminación en nuestra vida cotidiana. Pero suele ser precisamente favorable a los extranjeros: los servicios públicos, las ayudas, las viviendas de protección oficial y hasta la protección de la Policía y los Tribunales se dispensan con más generosidad a los extranjeros que a los españoles. En unos casos es por una caridad mal entendida, en otros por evitar demagógicas acusaciones de racismo, y en todos por un inexplicable pudor de decir lo que muchos piensan, es decir, que los españoles, ciudadanos y contribuyentes, son dueños del país que heredaron de sus padres. Tampoco los inmigrantes, tratados como siervos y privados de las mínimas condiciones humanas además de su identidad, tienen muchas razones para estar contentos.”
El Digital – 13-2-02- España

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