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Después
de la tormenta: ¿A quién no le ha tocado vivir una situación difícil, de la índole que sea, y desde ella no puede divisar ni una veta de luz? Es como si en medio de una tormenta uno mira al cielo: no se ve más que el oscuro gris de los nubarrones que empañan la claridad de lo que fue un cielo claro y despejado. Sin embargo, sabemos que esa oscuridad no se mantiene por siempre; bastarán unas horas, a veces días, y la naturaleza nos vuelve a iluminar. Y de esta misma manera suelen caracterizarse momentos de nuestras vidas. Como seres humanos que somos, estamos dotados de esa admirable capacidad de sentir innumerables afectos y emociones. Claro, no siempre son lindas, o dicho de otro modo: a veces sufrimos. Situémonos en el presente y miremos más allá de nuestra propia vida: miremos a nuestro alrededor, a la gente que nos rodea desde más cerca o más lejos, desde esta parte del planeta que nos toca vivir hoy y más allá de sus fronteras. La humanidad está en lo que podría definirse como una crisis: agolpamiento de sucesos que traen como inevitable consecuencia "cambios". Sucesos que involucran a las personas íntegramente (su vida anímica, espiritual, su salud física y mental, etc.), que afectan las relaciones interpersonales (intra o extra familiares), las situaciones económico - laborales, los parámetros de vida y por cierto la estabilidad social. Generalmente cuando se vive en un período de crisis (como éste que vivimos hoy), el sufrimiento es elevado; la angustia y la inseguridad parecen no dar tregua. Basta con mirar los elevados índices de desempleo, de emigración, de deudas, de familias que se disgregan, de consumo de fármacos, de delincuencia, "de puertas que se cierran", para empezar a comprenderlo. Y los comentarios que oímos no son muy alentadores: es como si la queja se hubiera instalado en nuestras vidas. ¿Quién no se queja hoy día porque no le va bien, porque no le satisface su presente? El quejismo parece que impera. Pensemos qué encierra esa queja: malestar, disconformidad, frustraciones, desánimo acompañado muchas de las veces por actitudes pesimistas. Todo ello es comprensible pues tenemos derecho a estar bien íntegramente, y cuando las cosas no cursan o no se resuelven como necesitamos, cuando las frustraciones nos abruman, es "humano" sentirse así. Ahora bien: consideremos que no todas las personas ni enfrentan ni reaccionan ante el devenir de la vida de manera similar; será determinante en primer lugar la estructura de personalidad, las características del momento y el modo en que impacta el suceso que desencadena la situación crítica. Vayamos a una situación concreta (a modo de ejemplo): el desempleo. Es algo muy común, tal como ya lo expresamos y por tanto, son innumerables las personas a las que les toca vivirlo. Tal vez pueda ser haber sido algo previsible (la empresa cierra, o realiza reestructura de personal, o la persona no responde adecuadamente, no cumple con las exigencias, etc.), y entonces el protagonista (llamémosle así) se haya medianamente preparado; la llegada del despido no es inesperada. Evidentemente en estos casos, la movilización afectiva que se sufre puede ser leve; y más aún si existen otras posibilidades laborales viables. Claro, esto no exime a la persona de sentirse frustrada, bajoneada, con bronca, etc. Y su estructura yoica le permitirá salir y buscar nexos que le faciliten un nuevo empleo. Evidentemente si esos nexos "son reales", si hay puertas falibles de golpear, si el entorno es accesible, la actitud con que se lanzará al mundo será positiva; podríamos decir optimista. ¿Qué significa esto? Que la persona siente interiormente un grado de confianza (en sí misma, en Dios, en su entorno, etc.) que le permite sentir que al golpear a esa puerta de trabajo tendrá éxito, a pesar de las dificultades que se le planteen . Pero a ello llega no únicamente por la fortaleza interior que pueda tener, sino por el complemento de las posibilidades concretas que le ofrece el contexto en el que está inmersa y a quien está llamando, lo cual es fundamental. En cierta forma la actitud optimista de los seres humanos, en cualquier circunstancia que se halle, podríamos decir que puede ser favorecedora, dando cuenta de una predisposición positiva para el enfrentamiento de situaciones, complicadas o no. Siendo así, los movimientos que realizamos en pos de conseguir aquello que nos proponemos gozan de nuestra absoluto empeño; es como cuando uno dice "me tengo fe" para tal o cual cosa y entonces se hacen todos los esfuerzos humanamente posibles, con un buen estado de ánimo tratando de superar los obstáculos. No obstante, la actitud optimista "no garantiza" el éxito de la tarea. ¡Cuántas veces por más esfuerzos que se hagan, ese trabajo que tanto se necesita no se consigue! Es que indudablemente tenemos limitaciones, y no podemos hacer pesar nuestra voluntad y/o necesidad sobre lo que nos depara la vida; sería muy sencillo, sino, lograr todo lo que nos proponemos, sortear todas las dificultades que se nos presenten y alcanzar el bienestar que merecemos y anhelamos. Y las frustraciones sobrevienen entonces. Lo más adecuado será no "darnos por vencidos", sino mantenernos en la "lucha" por alcanzar, más tarde o más temprano nuestros objetivos, sobrellevando el sufrimiento por las batallas perdidas. Pues bien: hemos tratado de actitudes optimistas; restan las opuestas: las pesimistas. La Real Academia Española dice acerca del pesimismo: "tendencia a ver y juzgar las cosas por el lado más desfavorable". Al conducirnos desde una posición pesimista, le estamos dando mayor incidencia a los aspectos negativos. Esto da cuenta de que interiormente el brillo de las posibilidades se opaca por el gran peso de los impedimentos. Impedimentos que pueden ser reales, pero a veces superables. ¿Y no nos estaremos creando a nosotros mismos ciertas trabas al mirar principalmente los obstáculos que son salen al cruce en el camino hacia una meta? En cierta forma creemos que puede ser así. No será lo mismo ir a una entrevista de trabajo con la esperanza y el esfuerzo por alcanzarlo, que resignado a haberlo perdido aún antes de pelearlo. Sin embargo, el mirar las situaciones por su "lado negativo" no se instala dentro nuestro como por arte de magia. Pensamos que la historia de vida que tenemos, las circunstancias que nos tocan vivir, nos van moldeando de tal manera, que tanto nuestra manera de sentir, de pensar y de actuar se van modificando. Y de pronto nuestra posición frente a los avatares de la vida oscila entre la fortaleza interior, el afán de superación, el tesón, el optimismo y el desánimo, las frustraciones, el dolor y la actitud pesimista. De esta manera, entendemos que nos vamos haciendo camino. Pero nos parece importante destacar que a pesar de las situaciones de crisis que vivimos en los distintos aspectos de nuestras vidas, ya sean laborales, familiares, económicas, afectivas, etc., es muy posible que en nuestro interior permanezca el deseo de superación. Fortalezcámoslo entonces, y miremos más allá de la desdicha del presente con la esperanza de poder cumplir en esta vida con el propósito para con el cual hemos sido puestos en este camino. No cerremos los ojos a la realidad: luego del sacudimiento impetuoso de una tormenta en nuestras vidas, de ese desacomodo que puede habernos afectado globalmente, la calma se instalará, en tanto cada una de las piezas vaya acomodándose nuevamente. Claro, tal vez las cosas no vuelvan a ser como antes; no obstante, se logrará un nuevo equilibrio que nos permita disfrutar como del sol después de la tormenta. Seamos conscientes que así como la tormenta se toma su tiempo para hacernos compañía, y luego deja paso al sol, y así sucesivamente, también las dificultades en nuestras vidas siguen ese ritmo. Y muchas veces no está a nuestro alcance apresurar esos tiempos. Lo que sí podremos seguramente, será crecer un poquito más con cada golpe, con cada prueba. LA ONDA® DIGITAL |
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