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Síntomas de guerra en la pantalla grande Hollywood y las Torres Gemelas
por Oribe Irigoyen

Lo dicen la publicidad y la noticia periodística: el filme policial La habitación del pánico ( Panic Room ) esta obteniendo un sorprendente gran éxito de taquilla en sus primeras semanas de estreno en Estados Unidos. El hecho no es nuevo, a veces ocurre en el negocio del espectáculo. Pero este caso en particular, conocida la película de flamante estreno montevideano, llama a la reflexión de una nota.

Es evidente que los atentados del 11 de septiembre del 2001 han dejado una huella profunda y lacerante en la población estadounidense, trastocando el pensamiento y la emotividad del ciudadano corriente de Estados Unidos, aun en el entretenimiento y el uso del ocio.

No es posible dejar de pensar en aquellos atentados, de advertir la incidencia de ellos en ese inesperado ‚éxito, si se ve La habitación del pánico. Muestra a una mujer con su hija, que alquila una mansión de Nueva York dotada de una "cámara de pánico", una habitación secreta de concreto y acero con un sistema televisivo para controlar las demás habitaciones. La cámara es inexpugnable y segura incluso contra ataques atómicos. En ella se refugian ambas mujeres cuando tres maleantes invaden la casa tras un botín, que se encuentra en la cámara secreta.

El filme es un estricto y superficial mecanismo de suspenso, violencia y terror que manipula en forma descarada al espectador - si se quiere también de modo inmoral -. Ofrece la plena artesanía del director David Fincher ( Pecados capitales, Al filo de la muerte, El club de la pelea) para asustar atacando el inconsciente colectivo y sus mórbidos miedos por la seguridad. Se abalanza sobre la psicosis anti-terrorista y vende. El fantasma de las Torres Gemelas explica ese éxito.

VUELVE LA GUERRA

Otro síntoma de las consecuencias de los atentados surge en la reciente frecuencia de estrenos de películas de guerra. Esta vuelve a la pantalla grande con nuevos resplandores. El tema, con explícita apelación al combate y agonía de los soldados, había caído en desuso en los planes de Hollywood como género desde la década de los 1960. Por lo menos así ocurría en producciones de elevado presupuesto, grandes estrellas y artesanos de renombre. No aparecían los rutilantes soldados del Tío SAM con su heroísmo y sacrificio a toda prueba. Estaba la comezón de Vietnam, la procesión por dentro en la conciencia ciudadana y la cosa no era fácil para el patriotismo militar. Con algunas excepciones, claro.

Estuvo el escándalo y polémica de Apocalypse Now de Ford Coppola en 1982, un clásico por sus valores y su planteo de que toda guerra es un universo de insanía, justamente, a propósito de Vietnam. Su nueva versión 20 años después resulta ampliada y mejorada. Fue magnífica La delgada línea roja ( Te Thing Red Line, 1998 ) que el realizador Terence Malick hacía operar a contrapelo del género, con su visión crítica de la guerra, del estremecimiento emotivo, psicológico y dramático en la conciencia del combatiente. Por su parte, la estentórea de efectos especiales, Pearl Harbour ( 2001 ) de Michael Bay, era el onomástico millonario y mediocre de la entrada de EEUU en la 2¦ Guerra Mundial, luego del ataque nipón el 7 de diciembre de 1941, por supuesto, las barras y estrellas flameaban con exaltación patriótica. M s interesante, pionera y profética, si se quiere, resultó Salvando al soldado Rían ( Saving Private Ryan, 1998) del astuto productor-director Steven Spielberg, quien describe el heroísmo e inmolación de un cuerpo de militares en la guerra contra los nazis, que acuden a rescatar en pleno combate a un compañero herido - Estados Unidos no abandona nunca a uno de los suyos, dicen.

Esa constante temática de salva taje de uno de los suyos por encima de todo obstáculo, parece marcar los argumentos, impregnados de hazañas bélicas y patriotismo, de la reciente revitalización del cine de guerra de Hollywood.

Así lo detallan estrenos recientes: Tras las líneas enemigas ( Behind Enemy Lines, 2001 ) de John Moore en que Gene Hackman, oficial de las fuerzas norteamericanas de la ONU en la ex-Yugoslavia, desobedecer órdenes superiores y arriesgar su carrera para salvar al piloto Owen Wilson, caído tras las líneas serbias en un vuelo de reconocimiento.

El mismo espíritu de salvataje motiva La caída del Halcón Negro ( Black Hawk Down, 2001 ) que registra bajo la dirección de Ridley Scott un hecho real ocurrido a las tropas norteamericanas, el 3 de octubre de 1993 en Mogadiscio ( Somalia ), en una operación a espaldas de las fuerzas de paz de la ONU que integraban. El oficial Sam Shepard convierte en desastre la operación fácil al querer salvar a los 3 o 4 miembros de un helicóptero caído en combate urbano. El caso de En defensa del honor ( Hartïs War, 2001 ) de Gregory Hoblit propone algunos matices de cierta crítica al racismo anti-negro en el ejército de Estados Unidos, en un episodio de un campo nazi de prisioneros de guerra, pero coincide con las anteriores en la exaltación del pundonor, disciplina, coraje y patriotismo de Bruce Willis como jefe norteamericano prisionero.

El redoblar patriótico de estos estrenos todavía tiene sobriedad, si se piensa en viejas exaltaciones del género. Acaso porque las películas estaban prontas para su estreno antes de los atentados del 11 de setiembre y la mar estaba calma. Quizá porque los productores no han resuelto la política de "espíritu patriótico" que prometieron enseguida de los mismos. Ya vendrá el viejo estilo desmelenado en el que "quien no está conmigo, está contra mi", a la usanza de John Wayne y Rambo. LA ONDA® DIGITAL


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