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El Presidente está
sobre expuesto

por Joaquín Alvarez

Dicen que los chinos inventaron los fuegos artificiales para espantar a las plagas de pájaros que les comían sus cosechas. Los occidentales y cristianos los utilizamos para recibir el año nuevo o para expresar momentos de alegría y de triunfos.

El golpetear de cacerolas, que se le dice caceroleo cuando lo hace más de una persona a la vez, fue utilizado para preparar el derrocamiento del presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, quien terminó su mandato con una bala en la cabeza, en medio de un bombardeo de la fuerza aérea de ese país.

Más tarde esas cacerolas se escucharon en Uruguay para expulsar a la plaga de militares dictadores, que se habían instalado en el poder el 27 de junio de 1973.

Otras cacerolas se escucharon hace muy poco antes de que se fuera Fernando de la Rúa de la Presidencia Argentina, o también por parte de aquellos que intentaron tirar a otro presidente constitucional, Hugo Chávez, en la norteña Venezuela.

Hace pocos días, en menos de una semana, las cacerolas volvieron en Uruguay para expresar su repudio al ajuste impositivo que ha llevado a que los uruguayos paguen más impuestos en el momento de pagar sus salarios y en el mismo instante de acceder a los artículos de consumo. A los tradicionales IRP e IVA, ahora se les agrega un nuevo impuesto que es el Cofis.

En todos los casos, ya sea Chile, Argentina, Venezuela y Uruguay, los que golpearon las cacerolas fueron las capas medias, ese sector de la sociedad que vive con el corazón en los sectores altos y con los pies en el proletariado y que tiene la particularidad de pasar en un segundo de la profunda desazón a la radicalización total.

Por eso hay que escucharlos, más cuando viene de esas capas medias que actuaron tradicionalmente como colchón de las contradicciones sociales. El asunto es que ese colchón hoy está cada día más flaquito y ya no puede jugar más de administrador de la lucha de clases, concepto que no inventó Carlos Marx y que existe desde que en las sociedades aparecieron las clases sociales, como fruto de la acumulación del capital.

Por todo esto los uruguayos están calientes, a su manera. Pero también asustados y por eso retiran sus ahorros, ahorrazos o ahorritos de los bancos, por el temor de que un día, cuando los vayan a sacar puede ser que no les devuelvan dólares - el Presidente jura que eso nunca va a pasar-, sino maltrechos billetes uruguayos; en el mejor de los casos.

Mientras eso ocurre, la imagen del Presidente se va desgastando a un ritmo que preocupa y no solo a él. El doctor Batlle llegó a la Presidencia de la República ganado en un balotaje, con el apoyo de su partido, el Colorado, más el Partido Nacional, la Unión Cívica y las dudas del Nuevo Espacio. En el primer año mostró un talante inesperado, pero con claros signos de apertura y de diálogo, incluso hasta de cierto acercamiento con la izquierda, por lo menos en lo que respecta al rescate de la memoria de los años de plomo.

Entre gestos simpáticas, preñados de arranques inteligentes, el Presidente mantuvo una adhesión muy alta entre la ciudadanía. Incluso cuando comenzaron las críticas por los desajustes de la economía, Batlle parecía intocable. Todos los dardos terminaban dando en la cara del ministro de Economía y Finanzas, Alberto Bensión, que para eso está.

Pero en este verano, cuando se conoció el derrumbe del Banco Comercial y el salvataje que hubo que realizar, la gente no soportó esa señal. Fue así que en un cerrar de ojos, Bensión dejó de ser el centro de los ataques, pasando Batlle a ser el centro de las críticas. Hoy ya nadie se acuerda de Bensión y el Presidente queda sobre expuesto, soportando que algunos vecinos y algunos radicales le hayan golpeado hasta las rejas de su casa.

En su partido, el Colorado, y entre sus aliados, el Partido Nacional, ya nadie defiende al Presidente, aunque sus parlamentarios voten con los ojos cerrados y tapones en los oídos el nuevo ajuste negativo al nivel de vida de los uruguayos.

El Presidente está solo y eso no le hace bien a nadie. Y está solo porque su terquedad lo ha llevado a no establecer formas de diálogo con la oposición, léase Encuentro Progresista, que lo ha invitado a ir a hablar juntos con los bancos internacionales para traerle tranquilidad a los ahorristas. Tampoco acepta conversar, con unos mates de por medio, con la Concertación para el Crecimiento y las tradicionales cámaras empresariales y de la producción.

Lo que es peor, mucho peor, es que tuvo que salir a la intemperie a enfrentar al periodista argentino Jorge Lanata, quien dijo que se venía el corralito en Uruguay, sin haber presentado una sola prueba.

Parece, entonces, que ha llegado la hora de decirle al Presidente que abra el juego, que busque entendimientos, que no se sobre exponga porque todo lo que declare puede ser usado en su contra. Y que no quede atrapado en su ortodoxia ideológica que tiene derecho a practicarla, pero que a esta altura no se la lleva nadie. Ni aquellos que comparten con él los cargos de gobierno. LA ONDA® DIGITAL


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