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Entrevista
a Jon Lee Anderson
autor de"Cartas desde Afganistán"
El silencio
hace daño
La
que sigue es la relatoría, a manera de entrevista, del taller de
la
Fundación para un
Nuevo Periodismo Iberoamericano,
sobre Narrativas de Guerra, dictado por Jon Lee Anderson,
reportero de The New Yorker, quien cubrió para esta revista
algunos aspectos de la reciente guerra en Afganistán. Desde allí
envió cinco reportajes que fueron publicados uno a uno bajo el rótulo
de "Cartas desde Afganistan". Estos reportajes pueden
ser consultados en inglés en www.newyorker.com
en la sección The Attacks.
-
¿Por qué regresó a Afganistán como reportero de guerra?
- A pesar de su glamour, rehuyo el término "reportero de
guerra" pues encajona tanto a los periodistas como a la
gente. Siempre he tenido un interés por explorar el mundo
insurgente, el mundo de la guerra. Yo había estado trece años
antes en Afganistán y cuando sucedió lo del atentado del 11 de
septiembre les dije a los editores de The New Yorker que
quería ir. Pensé de inmediato que había sido Osama Bin Laden y
que un presidente como George Bush reaccionaría de manera
previsible. Siempre he querido estar en zonas donde los
estadounidenses han tenido algún impacto. Sentí la compulsión
de compartir algo con la gente. No era un deber patriótico. Mucha
gente trató de disuadirme, pero yo sentí el afán de encontrar
la verdad y de humanizar a la gente para que no todos fueran
convertidos en blancos. Necesitaba ser testigo y contar historias
porque duran más que las noticias.
¿Se sintió tentado a enviar noticias?
Mi instinto de reportero es muy fuerte pero sabía que necesitaba
contar historias. Las noticias dejan de tener trascendencia y
objetivizan al ser humano. Las historias rescatan el valor humano.
Por lo regular casi nunca se recuerda la cronología de los
eventos sino las historias Mi narrativa de guerra -si es que puede
llamarse así- oscila entre la crónica y los perfiles, ya sean
estos de ciudades o de seres humanos.
¿Por fortuna, en una revista como The New Yorker se
puede hacer eso?
The
New Yorker
resulta perfecto. Hay
un cruce, un equilibrio entre la reportería y lo bien escrito,
entre la urgencia de la noticia diaria y la historia bien contada.
Creo que eso es obligatorio en una revista de carácter semanal, y
también en los periódicos pero aquí en Colombia los alumnos me
dicen que tanto los periódicos como las revistas se pegan a los
noticieros de televisión, que son los que determinan la agenda.
¿Cómo hacer buen periodismo sin ir al ritmo de los canales de
televisión?
Hay que tener autoconfianza. Mientras estaba en el frente de
batalla me dije que era necesario dejar pasar una semana sin
informar. Lo que hacía era investigar. Mi editora lo comprendió.
¿Podría hablar un poco más de The New Yorker?
Es una revista semanal, que existe desde los años 20, muy
influyente tanto en Nueva York como en Estados Unidos. Es una
publicación de élite, ahora vende 1 millón de ejemplares, ya
que en los últimos años ha aumentado su circulación en casi 250
mil. Publica reportajes, artículos de 10 mil palabras,
periodismo, ficción, poesía y ensayo. Se diferencia de las otras
revistas porque permite una multiplicidad de voces. La mayoría de
las revistas son monofónicas. En The New Yorker no hay
fuentes asignadas, no hay territorios, los temas son propuestos
por los escritores.
¿Cómo funciona el "Fact Checking Department"
(Departamento de Verificación de Datos) al interior de la
revista?
Existe un departamento que verifica si los datos recolectados y
ofrecidos por el escritor o por el periodista son ciertos. Está
conformado por un grupo de chicos geniales que hablan varios
idiomas y se dedican a comprobar cada uno de los datos. Por
ejemplo, en un reportaje sobre Afganistán yo hablé sobre las
petunias rojas que crecían en un jardín y una de las niñas
verificadoras llamó al director del Jardín Botánico de New York
quien le dijo que esa variedad de petunias no podía existir en
Asia central y yo tuve que decir simplemente que eran flores
rojas. Por lo regular estos chicos le amargan la vida a los
escritores pero yo me llevo bien con ellos.
¿Y sucede lo mismo con sus editores?
Los editores, si saben hacer su trabajo, son buenos orientadores y
no buscan protagonismo. Yo siento un gran respaldo de Sharon
Delano, mi editora. Cuando hago reportería en otro país, me
mantengo siempre en contacto con ella porque alimenta mis ideas.
Hay conflictos, por supuesto, casi siempre a la hora de la edición.
¿Y en el caso del perfil sobre Hugo Chávez?
Yo tenía veinte mil palabras escritas sobre Chávez y había
recolectado una gran cantidad de información. En medio del
reportaje me dice que solo tengo 12 mil palabras, de todas maneras
dos veces más de lo que publica una revista. Pero yo había
pensado en 17 mil. Vino la discusión y finalmente el perfil se
redujo a 13.500. De todas maneras, el texto resultó largo, tanto
es así que una publicación que se dedica a comentar los medios
de Nueva York preguntó con ironía: ¿por qué tenemos que leer
tanto sobre Chávez?
¿Cómo fue su relación con la editora mientras trabajaba en
Afganistán?
Sharon me orientó acerca de lo que su publicaba y veía en New
York, mientras yo estaba en Afganistán. Eso me ayudó a tomar
decisiones. Fue muy valiosa para mí. Yo enviaba por satélite
fragmentos de los textos, tomas, y ella los iba editando.
¿Tuvo dificultades para enviar los textos? ¿Se rompía la
comunicación?
Mi correo estaba lleno. Las informaciones y correos electrónicos
se bajaban con gran dificultad a través del satélite. Era difícil.
Yo acababa de publicar el perfil sobre Chávez. Y a una venezolana
no le gustó. Y enviaba mensajes a mi correo diciéndome que yo
era un "gringo pendejo" que no tenía ningún derecho de
criticar a su presidente. Eran unas cartas larguísimas y a veces
tenía que leerlas y bajarlas en el frente de guerra.
¿Cómo son sus relaciones con la editora cuando trabaja más
cerca de ella?
Sharon conoce muy bien su trabajo y es discreta. Por lo regular yo
escribo muy largo, con la intención de contextualizarla. Yo sé dónde
se tienen que editar algunos textos pero prefiero que ella lo
haga. Algunos de mis alumnos han planteado el debate sobre si
existen editores de verdad en Colombia. Y me han dicho que tal vez
no, que no hay claridades sobre esas relaciones tanto de parte del
editor hacia el reportero como al contrario.
Reportero en
Afganistán
¿Cuáles
fueron los peligros que enfrentó en Afganistán?
Siempre hay una imprudencia medida por parte del periodista. Al
andar por el bazar te rodean entre 30 y 50 personas. A veces te
tiran piedritas. Hay menos hostilidad entre las filas de la
Alianza del Norte. Pero siempre te tienes que cuidar porque es
como andar entre lobos. Es como estar en un zoológico y tú eres
el animal. A un corresponsal le comenzaron a tirar piedritas, no
reaccionó, y terminaron tirándole ladrillos. Por fortuna lo
pudieron rescatar.
¿Qué le impresionó de Afganistán?
Es menos un país que un campo de batalla. Ha retrocedido casi
doscientos años en el tiempo. Hace treinta años era un país en
vías de modernización. Debajo de los escombros y las ruinas, a
veces se podía observar lo que alguna vez fue una autopista, una
carretera. No hay energía eléctrica ni el agua escasea. Mi fotógrafo
y yo dormíamos en el suelo.
¿Hay diferencia entre el talibán y la Alianza del Norte?
No muchas. A la gente se le olvida que fueron los miembros de la
Alianza del Norte los que impusieron la burkha a las mujeres, por
ejemplo. Esto sucedió antes de la llegada de los talibanes.
¿Se sintió más amenazado que los demás reporteros por el
hecho de ser norteamericano?
En realidad, no. Mi conclusión es que ellos han estado en la
burbuja y le temen a lo foráneo. Lo que ellos llaman Kafir es el
no creyente, es decir, alguien que no es humano y que por lo tanto
se le puede asesinar.
¿Sintió alguna vez que hacía parte de la operación en
contra de Al Qaeda?
No, no lo sentí. Cuando voy a un país trato de alejarme de las
fuentes ligadas a la embajada de Estados Unidos. Así sucedió
cuando hice la reportería para escribir el perfil de Chávez. Sin
embargo, después me arrepentí porque necesitaba cierta información
y tuve que conseguirla por teléfono.
¿Ha sido utilizado por sus propias fuentes?
Muchas veces algunos funcionarios de la embajada te llaman para
sacarte información. Pero nunca les he dicho nada. Es algo
rutinario, ellos te dan su visión y esperan que tú compartas
información con ellos. Nunca lo he hecho.
¿En Afganistán, eran demasiados los prejuicios?
Trato de que no me influyan los prejuicios a pesar de que siempre
es incómodo tratar con gente brusca, no amigable, agresiva. A
veces me tiraban piedras y tenía que reaccionar rápido. Hay
algunos días de depresión sobre todo tras la llegada. Y también
la comida es una gran decepción. Se toma té, pan y grasa de
chivo. Muchos de los reporteros se enfermaron.
¿Logró entender a los afganos?
Yo fui a Afganistán de manera consciente y con la intención de
educar a mis paisanos. Siempre traté no de enjuiciar sino de
relatar. Quise presentar también a la gente buena que hay en ese
país. Uno trata de comprenderlos pero diría que en verdad por
razones de cultura, siempre hay una barrera y alguna incomprensión.
¿Pero a algunos de ellos los vio como enemigos?
Sí, es que aprendí que algunos extremistas de Al Qaeda y sus
condiscípulos pueden ser tus asesinos en cualquier momento.
¿Cómo escogió a los intérpretes?
Probé varios intérpretes porque los necesitaba. El pashtun y el
farsi no son idiomas fáciles. El 1% de los periodistas los
hablaban y yo no. Era una situación nueva para mí. Escoger un
intérprete requiere de instinto y olfato. Es como cuando escoges
al guía para entrar a un barrio bravo. Confías en que las
personas que te llevan son las que dicen ser. Andábamos con 2 ó
3 y comparábamos. Uno de ellos era un poco integrista y este
hecho era un poco chocante. Desde el principio, yo tuve a Qiaz, un
muchacho de 21 años, que me fue muy fiel.
¿Cómo sabía que le estaban traduciendo correctamente?
Los afganos tienen una gran facilidad para los idiomas. Yo confié
en ellos. Alguna vez me pasó que uno de mis intérpretes no
traducía una inflexión verbal que cambiaba el significado de la
frase. La manera de pronunciar un nombre puede demostrar amistad o
indiferencia. Me pasó con alguien que me pareció muy cercano al
Mullah Omar y yo lo estaba entrevistando. Su manera de referirse a
Omar demostraba cierto respeto, tal vez amistad, pero Habibullah,
el intérprete, no me lo dijo. Fue Qiaz, quien me lo hizo notar.
Si no hubiera tenido intérpretes ¿cómo hubiera resuelto el
asunto?
Siempre hay un punto en el que te puedes comunicar con la gente
aunque no hables el idioma. Cuando no he podido comunicarme con la
gente he tenido muy buenas experiencias de escritura, porque se
agudizan los otros sentidos. De ahí la importancia de los
detalles.
¿Sintió que se perdía de algo interesante que le hubiera
gustado cubrir?
Cuando se está en el frente se tiene que elegir hacia qué sitio
se va y eso implica perderse algunos hechos que pueden también
resultar más interesantes. Me hubiera gustado estar en la caída
de Kabul pero estuve en la de Kunduz. Esta última fue más dramática.
La de Kabul en cambio fue el anticlímax. Me hubiera gustado estar
en la revuelta de los presos talibanes en Mazar-i-Sharif, pero ya
había decidido hacer otra cosa. .Siempre se pierde algo al elegir
un camino. Estas decisiones se toman en minutos. El contacto con
la editora puede ayudar. Muchas veces lo correcto lo imponía el
mismo terreno y yo tenía que decidir basándome en mi instinto de
reportero.
Método de
trabajo: la reportería
¿Cómo es su método
de trabajo?
Primero trato de comprender y luego de explicar el sitio o la
situación en la que me encuentro. Mi óptica es de hormiga.
Trabajo de forma intuitiva. En realidad no tengo un norte claro ni
un plan determinado. Hay que buscar cómo arrancar. En el caso de El
Señor de la Guerra¹
, por ejemplo, estaba claro que Mamur Asan era el personaje
principal pero finalmente tenía que conseguir también al asesino
de su madre. Sabía de su potencial. Si no tenía a Sadruddin no
iba a poder darle la vuelta a ese texto. Finalmente lo conseguí.
¿Cómo funciona su manera de recolectar datos?
Pienso de forma visual. Reacciono de forma emotiva a los sitios.
Por ejemplo, en Caracas lo que me impresionó fue el ruido de la
ciudad. En la India, los olores. Cuando llego a un sitio me siento
como una esponja que absorbe todos los detalles, trato de educarme
a mí mismo. Esta etapa donde todo es fresco no dura mucho y también
depende del estado anímico. Pero mis primeras impresiones nunca
fallan.
¿En cuanto a los personajes es igual...?
Miro mucho las manos de las personas, los lugares en los cuales me
reciben pero hay detalles que se escapan. Por ejemplo cuando salí
de la casa de Rabbani (escena narrada en La rendición²
) me olvidé si las paredes tenían o no papel de colgadura. En
España, en una reunión del Rey Juan Carlos con Netanyahu, me
impresionó mucho la actitud de matón de barrio que exhibía el
primer ministro israelí. Era pintoresco verlo caminar como un matón
en un palacio.
¿Y en los perfiles...?
En el caso de un perfil de lo que se trata es de llegar al
personaje. Sino lo haces entonces tienes que escribir ese tipo de
cosas Por qué no entrevisté a Fulanito de tal. Ese tipo de artículos
ya se ha vuelto un género.
¿Utiliza la grabadora?
Pocas veces. Con jefes de Estado sí.
¿Ha tenido conflictos entre la obligación de salvar la vida
de alguien y reportear el hecho?
El deber moral es siempre salvar la vida de alguien porque la nota
o la foto no duran tanto como el recuerdo de no haber ayudado a
una persona. En Uganda me sucedió algo terrible. Luego de una
masacre, mi fotógrafo y yo encontramos a una anciana golpeada y
desnuda bajo el sol tropical. Quedamos impactados. Habían
arrasado su aldea. Los sobrevivientes habían huido al pantano. Al
rato aparecieron dos mujeres y nosotros les dijimos: "Ella
necesita agua". Pero en realidad nos fuimos caminando y no
supimos si las mujeres hicieron algo y nosotros no hicimos más.
Quedé con la duda de si las mujeres hicieron algo. Pero en todo
caso nosotros no fuimos a auxiliarla. No reaccioné como ser
humano. Rex, el fotógrafo, nunca más tomó una foto. Nunca se
supo de esa masacre que dejó 250 personas muertas. Yo hice una
nota y a nadie le interesó. Me hubiera sentido mejor si le
hubiera llevado agua a esa mujer. Y la culpabilidad me persiguió
durante un tiempo.
¿Ha dejado de preguntar algo por miedo?
Nunca hay que pensar que no te van a contestar la pregunta. Yo
estaba a punto de terminar un reportaje con un general boliviano y
entonces le pregunté acerca del sitio donde estaba el cadáver
del Ché. Le hice la pregunta antes de irme, ya para terminar, y
el tipo me la contestó. Siempre pensé que no me la iba a
contestar.
¿Pero ha dejado de preguntar algo por miedo?
En El Salvador, en una conferencia de prensa, luego de que todos
los periodistas se habían ido, yo me quedé con Roberto
D'Abuisson, un tipo tenebroso, el padrino de los escuadrones de la
muerte, candidato a la presidencia de la República. Yo estaba
fascinado con el personaje. Era buen mozo y las mujeres parecían
sentirse atraídas por él. Durante la conferencia de prensa yo no
hice ninguna pregunta pero después le pregunté: ¿Qué
porcentaje de la población salvadoreña es necesario matar? Puso
su cara en mi cara, a escasos centímetros, y me dijo: "Eso
una pregunta muy inconveniente". En verdad, me sentí
intimidado. Y al verme rodeado por sus guardaespaldas no pregunté
más y me fui.
A la hora de
escribir
¿Tiene una estructura
en mente antes de empezar a escribir?
A veces comienza a aflorar a una idea de estructura que casi nunca
es como termina al final. En realidad, trabajo por escenas. Luego
las voy uniendo por ideas o con algunos personajes. Hablo de
escenas porque así es el periodismo narrativo. Hay escenas que no
funcionan. Pero si uno piensa en escenas utiliza el pensamiento o
el recuerdo visual. Hay que detener los sentidos para recoger los
detalles que hacen vivo el sitio.
¿Puede dar ejemplos?
Al ver a Kabul pensé que era un escenario destruido. La ciudad
era un doble escenario que combinaba el trasfondo histórico y el
actual. Me pregunté ¿cómo describo Kabul a Nueva York? Me di
cuenta que la gente percibe las ruinas con los nombres de los
actores que los han causado. Necesité de voces y actores para
poblar ese escenario, para humanizarlo. La declaración del
profesor humanizó esa ciudad. Utilizo a una persona para que el
me cuente cosas y evito los párrafos de contextualización histórica,
los reemplazo por la vivencia de los personajes.
¿Se cuida de sus opiniones?
Donde va mi ojo es donde está mi opinión.
¿Se vale del suspenso, busca efectos?
Puedo utilizar el suspenso si no es demasiado burdo. Pero nunca
tengo intenciones ni estructuras en la cabeza. Mi hermano también
es escritor y él tiene toda la estructura en la cabeza antes de
sentarse a escribir. Manipula al lector de principio a fin. Y lo
hace muy bien. Yo soy diferente.
¿Cómo consigue narrar dramas profundos sin caer en extremos?
Ante las situaciones dramáticas no hay que dramatizar. Me vuelvo
muy cerebral. No se debe suministrar emoción al público de
manera calculada. Los hechos pueden hablar por sí solos.
En sus trabajos hay una obsesión por la descripción...
La descripción es mi gran afán. Soy detallista. En verdad me
gustaría hacer una descripción al estilo de ciertas miniaturas.
Casi siempre comienzo describiendo un sitio.
Los talleristas preguntan si existe una descripción útil y
una descripción inútil...
Tal vez... Si hay cinco o seis personajes, se pueden escoger uno o
dos. Es interesante saber qué esta vistiendo el personaje
principal siempre y cuando sea curioso. En el caso de Idris, lo
describí poco porque lo que me interesaba era su idea, su
idiosincrasia.
¿Piensa en el lector cuando escribe?
No pienso en el lector. Primero me tengo que convencer a mí
mismo. Cada texto tiene una música interior, y yo trato de
encontrar esa "melodía". Pienso en el lector que está
dentro de mí. Pero es obligatorio leer en voz alta, permite darte
cuenta de lo bueno o lo malo que es el texto, te permite acelerar
o frenar, te muestra cómo manejar el ritmo.
Es cierto que cada tema tiene su melodía. Pero su voz como
escritor...
Hubo una búsqueda para encontrar "mi voz". Cuando
trabajé para un columnista y luego para Time no encontré
mi voz. Pero poco a poco lo fui haciendo y algo que reconozco como
parte de mi voz son las descripciones. A veces, en un párrafo,
siento que lo hago bien y eso me satisface, me satisface mucho.
¿Recomienda el uso de la primera persona?
Trato de no inmiscuirme en las historias, trato de excluirme pero
en ocasiones no lo puedo evitar. A veces el "yo" es la
mejor forma de hacer sentir lo que estoy contando. Muchas veces mi
presencia agrega algo. Hay buen periodismo utilizando la primera
persona y mal periodismo utilizando la tercera. El uso de estas
perspectivas no garantiza nada. También hay maneras de estar
presente sin utilizar el yo.
¿Utiliza recuadros?
Creo que no funcionan en textos narrativos.
¿Hay alguna historia que no haya podido escribir?
Cuando estuve en Centroamérica me topé con unos tipos, los
contras nicaragüenses, que utilizaban niños de 14 años para
torturar prisioneros. Nunca lo pude publicar porque no era política
de Time hacerlo. Pero pasé la información a Human Right
Watch. Es algo que también podrían hacer los periodistas
colombianos.
Cubriendo un
conflicto armado
¿Se puede hacer este
tipo de periodismo mientras se cubren fuentes?
Difícil. Hay historias que uno no puede escribir como periodista
regular. Creo que en Colombia muchos periodistas tienen historias
acumuladas, no contadas. Es necesario que se vayan escribiendo así
no puedan publicarse todavía. Y no es excusa que uno trabaja en
un medio. Kapuscinski escribió sus libros mientras trabajaba en
una agencia de prensa.
¿Cómo califica el periodismo de Kapuscinski?
Tiene su propio género periodístico. El hace lo que hace. Es
genial.
¿Puede determinar sus influencias?
No lo sé, no lo he pensado. Mi madre era escritora y me leía
historias. Yo estaba imbuido de libros, no había televisión. Mi
hermano también es escritor. Si te refieres a autores de
referencia creo que Graham Greene ejerció una influencia por el
tipo de temas que maneja, ese vía crucis entre la fe y la vida.
Crecí en el extranjero, en diversos países. Durante la guerra de
Vietnam llegué a la edad adulta con un gran escepticismo sobre la
autoridad establecida, incluso con respecto a mi país. He sido
autodidacta en general, he aprendido a tropezones y a veces no sé
hablar de lo que he hecho.
¿Cuál es su opinión frente a las historias que ha producido
el taller?
Creo que hay buenas historias y lamentablemente no se pueden
publicar, sobre todo en el caso de las historias de los
periodistas de provincia. Es evidente que en provincia se siente más
la amenaza de los actores armados. Pero yo recomiendo a los
periodistas que vayan escribiendo esas historias que no se pueden
publicar ahora porque algún día tienen que salir a la luz.
Incluso, hay que escribirlas por la propia salud mental. El
silencio hace daño.
¿Se pueden anotar esas historias a manera de diario?
Algo que se puede hacer es, efectivamente, llevar un diario
teniendo en cuenta que se puede publicar en forma de libro. Otra
cosa que recomiendo es configurar redes de periodistas, no de
medios, de periodistas para que las historias puedan publicarse en
otros medios más seguros. Y por supuesto, hacer investigaciones
entre reporteros de distintos medios. Por ejemplo, a un solo
periodista le queda difícil investigar la relación Chávez-Farc
pero 3 ó 4 pueden hacerlo. Esa relación es un asunto que nadie
ha contado.
¿Algunos participantes del taller dicen que sobre El Caguán³
ya todo está dicho y que no vale la pena describirlo?
Creo que hay que ver El Caguán con otros ojos. No es que se tenga
que contar todo de nuevo. Pero de vez en cuando es bueno abandonar
lo noticioso y tomar lo humano. Me pasó, por ejemplo, con el
subcomandante Marcos. Parecía que todo estaba dicho sobre él
pero nadie había hablado de los talismanes que usa. Este rasgo lo
humanizó. Siempre hay un rasgo individual que los humaniza. Por
eso nunca hay arquetipos de guerrilleros sino individualidades.
¿Cuáles serían sus recomendaciones para cubrir un conflicto?
Primero, evitar tomar parte del conflicto. En términos de la
integridad suena difícil porque cada uno tiene sus inclinaciones
políticas. Pero hay que intentarlo. Y en segundo lugar, hay que
sobrellevar el miedo. Sólo he visto cinco tipos que en
situaciones de guerra no han sentido nada y eran locos. De hecho
siempre hay miedo con respecto a personajes de la guerra. Me han
tocado tipos tenebrosos. Y también encuentro en ellos rasgos de
simpatía.
¿Usted regresa de cubrir la guerra, llega a su casa y se
sienta a escribir?
A veces doy vueltas por el escritorio. No es un bloqueo, primero
trato de compartir algo con mi familia. Luego me encierro y
escribo de largo. Puedo escribir hasta 14 horas continuas cuando
estoy en "trance".
¿Qué aprendió de estos tres meses en Afganistán?
Todavía no puedo decirlo. Lo estoy procesando....
¹
Uno de los
reportajes publicados en The New Yorker.
²
Otro de los reportajes publicados en The New Yorker.
³
Pueblo de la
antigua zona de distensión decretada por el gobierno colombiano
para dialogar con la guerrilla de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC) y que fue retomado en febrero
de 2002.
PUBLICADO
INICIALMENTE POR LA FUNDACIÓN PARA UN NUEVO PERIODISMO
IBEROAMERICANO
fundación presidida por el Premio Nobel de Literatura,
Gabriel García Márquez, con un fuerte acento en la formación y
actualización del periodista.
LA
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