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El
deporte tiene onda 90
URUGUAY
EN EL MUNDIAL
Hoy es un día
gris, frío lluvioso, típico del otoño. No importa si usted mira
por la ventana y ve sol, o la temperatura es agradable. Es un día
gris, y lo será al menos hasta las 10.30 del jueves 6 de junio,
escribiendo en hora uruguaya.
Porque nos robaron
el chupetín cuando papá con mucho esfuerzo nos lo había
regalado. Y también nos quitaron el pedazo de torta del
cumpleaños de la abuela que nos habíamos traído porque uno,
asmático viejo pero niño al fin, esta vez habíamos podido ir a
saludarla. Teníamos un montón así de figuritas, y no le estoy
mintiendo: era un toco así, y vino un grandote, un malo y nos
arrebató todas.
Todas no. Pero
buena parte de ellas indudablemente. Porque Dinamarca, que es
floja, que no es la gran escuadra ni mucho menos, que si pasa la
serie no va a ir mucho más lejos, nos ganó 2 a 1.
Pero lo malo es que
morimos viendo por donde venía el asesino. Como era el
robachupetines. Quien se nos comió la torta descaradamente frente
a nuestras narices, de la fiesta a la que hace 12 años no íbamos
Porque no se puede
jugar un Mundial con 9 y medio. Gustavo Méndez, el mismo que una
y mil veces dijimos que ya no estaba para estos trotes hizo eso:
trotar por la cancha. Ser un espectador de lujo en ella. Conseguir
mediante una tarjeta amarilla ser el único celeste en verla hasta
ahora en el torneo, y ver de cerca una especie de puntero al que
le conoce muy bien su espalda o como levanta centros, pero que
nunca pudo frenar.
El otro gran
fracaso fue Gustavo Varela. No quitó, no armó. No vio la pelota.
Y cuando la tuvo la jugó sin criterio, haciendo que el flanco
derecho uruguayo fuera el lugar del comienzo de la fiesta danesa.
Que no son unos
grandes daneses, perros de calidad. Son atletas fundamentalmente,
que se vieron superados netamente los primeros doce del primer
tiempo, cuando Uruguay pareció estar cerca del gol, cuando estaba
éste al caer, al alcance de cualquier pie o cabeza.
Una llegada de
entrada nomás de Darío Silva que no alcanzó a darle a un balón
de gol. Un libre de Recoba a centímetros del palo. Un cabezazo de
Varela recto a las manos de un buen golero. Muchos foul, que
ameritaron varias amarillas más que las que mostró el árbitro
en contra en especial del olimareño del Málaga.
Pero bastaron un
par de llegadas por nuestra derecha una -el gol-, y un cierre mal
hecho ante un centro del otro lado -palo y afuera-, para que el
primer tiempo se lo llevaran los robachupetines.
Y en el segundo la
cosa empezó mejor. Al minuto nomás, el marcador que sube poco,
según se decía, aunque haya hecho varios goles en Peñarol,
tomó una pelota al borde del área, se llenó el empeine y nos
dio la cuchara y el plato donde estaba la torta.
Pero el malo es
más grande. Volvió por la derecha en el doble error de los dos
Gustavo y se nos fue de nuevo el postre.
Los cambios se
manejaron mal. Muy tarde. Cuando alguien pretende que dos personas
arreglen todo en cinco minutos es porque está obnubilado o
demasiado presionado.
Ahora nos toca con
Francia. Nos queda alguna figurita y jugando a la tapadita de la
derecha, podemos ganarle la sellada al más grande de todos hasta
ahora. Pero que tampoco está en un nivel que uno pueda creer
inalcanzable.
Pero hay que
pelear. Mientras uno tiene vida puede hacerlo, y en esta pequeña
lucha nos va la vida misma, la posibilidad de conseguir otro
chupetín y otro pedazo de torta, porque la fiesta de la tía
está muy cercana, creemos que el cambio de país lo podemos
hacer, y si lo logramos, hasta de repente llenamos el álbum.
Claro. Falta
automatización, jugadas preparadas, conocimiento del lugar en el
que aparecerá el compañero. Y eso no se consigue más que
jugando con los titulares. Esos que van a ser otros en dos o tres
lugares, otra vez.
Demasiadas veces.
Hasta la semana que
viene que mientras hay vida hay esperanza. Y esta sigue siendo
celeste, ya que le gustó el cambio del color. LA
ONDA®
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