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Selección
Uruguaya en el Mundial 2002
Convengamos que este debut frente a Dinamarca donde quedó libre de toda sospecha el honor, las ganas, el esfuerzo y la entrega; componentes todos ellos de la querida y vieja garra que ostenta una grifa reconocida en el mundo entero. Siempre vigente de esta raza oriental que no se deja llevar por delante bajo ninguna circunstancia ni condición adversa. Soportando conducciones dirigenciales nefastas, donde la falta absoluta de estrategia- a modo de ejemplo en la etapa previa del mundial no se concretó ningún amistoso frente a un equipo anglosajón de peso internacional, que hubiera sido necesario para una evaluación adecuada que posteriormente se utilizaría para aplicar la táctica- y no recurrir a esta quiniela tentatoria dependiente de la casualidad. Primeros diez minutos del partido de un Uruguay que sorprende por su elocuente manejo de pelota, los tiempos y la distancia, imponiendo una supremacía que además desnudaba impericias y escasa plasticidad de jugadores robotizados, sometidos a un sistema que desnaturaliza la esencia misma de un deporte emocionante, vibrante y espectacular para transformarlo en dogmático, aburrido y sin imaginación. Si el celeste hubiera encontrado un gol en los primeros minutos y si esa misma magia hubiese creado el incentivo para estimular una forma y tratar en lo posible de desbaratar estos planos esquemáticos que le causaban tantas dificultades, principalmente físicas que Uruguay debió soportar. Posteriormente, a los 20 minutos de juego fueron marcando, una preocupación prioritaria de soluciones defensivas que hacían olvidar la intención de ofender, entrando a jugar la ley de las posibilidades donde de tanto machacar recibimos un gol al terminar el primer tiempo; nada agradable, pues el ánimo y la moral en el vestuario debería estar pautando soluciones definitivas para llevarnos los tres puntos, en vez de restablecer el marcador que a esta altura parecía difícil de lograr por las escasas posibilidades que tuvimos de mover el marcador. Cuando todo parecía seguir siendo un monólogo atacante del equipo rojo, al minuto de comenzado el tiempo complementario, Darío Rodríguez con una impecable bolea al estilo de Cascarilla Morales o de Walter Gómez, hace ilusionar una vez más a todo un pueblo deportivo que sugería y ansiaba un triunfo más basado en lo emocional que en lo racionalmente expuesto en el campo de juego. En una actitud de reflejo natural observamos al técnico uruguayo y pensamos en una solución emergente del banco de suplentes. Los delanteros uruguayos guapeaban y luchaban, no recibían pelotas limpias, todo lo contrario, la guinda venía siempre comprometida dependiendo de un error o de una mala posición defensiva. Uruguay, a esta altura parecía más un taller de reparaciones mecánicas reestableciendo el orden perdido donde el lateral G. Méndez sufría el 2 contra 1 y hasta el 3 contra 1 con una confirmación plena de esta apreciación al recibir los dos goles por su sector. Gustavo Varela debía desdoblarse en una función de ayuda a Méndez, y por el otro lado Guigou también establecía una función básica de ayuda y no de creatividad necesaria para quien juega haciendo esa tarea. En definitiva Uruguay carecía de choferes para manejar el partido y paralelamente el esfuerzo desplegado dejaba sin oxigeno a los pulmones de los jugadores orientales para controlar a estos daneses que más que jugadores parecían atletas con una valencia de resistencia a la velocidad, que dejaba expuestos a nuestros representantes a una impotencia, que va mucho más allá de esta actitud positiva que presentó la escuadra celeste. Como cuando recibimos el indecoroso 6 a 1 histórico, con una notoria coincidencia, los dos goles uruguayos furon marcados por los laterales izquierdos. En aquella oportunidad, el realizador fue Elbio Pavoni y ahora, el lateral Rodríguez hace el gol, observando y dejando en blanco una ineficacia manifiesta de nuestros delanteros... 30 años pasaron y otra vez nos comimos la galletita.LA ONDA® DIGITAL |
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