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Los modales de Batlle escondieron la realidad
Violó las normas diplomáticas,
aunque trazó un diagnóstico

(Extraído de "La Nación", jueves 6/6/02)

  • Parecía referirse a los políticos más que al argentino común
  • La violación del off the record
  • El mensaje es que la Argentina "habla un idioma que ya nadie habla en el mundo"

El presidente de Uruguay, Jorge Batlle, habló de la Argentina como un argentino. Ese fue su problema y ése es, también, su atenuante.

Batlle tiene el corazón repartido a ambos lados del Río de la Plata. Pero más allá de la evidente violación de las normas diplomáticas elementales, inadmisible en un jefe de Estado, sus palabras exaltadas no deberían archivarse rápidamente. Expresan, de algún modo, estados de ánimo y sensaciones que existen en la sociedad argenti-na y en el mundo.

La única arbitrariedad en que incurrió fue cuando expresó que "los argentinos son unos ladrones, del primero al último". Sin embargo, si se observa la grabación de sus declaraciones, podrá establecerse que era un político hablando de los políticos y no del argentino común.

La generalización es también injusta aun cuando se encierre sólo en la clase política; esa tendencia es, de todos modos, la misma que prevalece en vastos sectores de la sociedad argentina.

* * *

Un dato que surge también de la observación del video que registró sus declaracio-nes es que Batlle no estaba hablando en público cuando dijo lo que dijo. Esto es, fue sorprendido en su buena fe y grabado por la cámara cuando él creía que la graba-ción no existía. Sus movimientos y sus gestos son propios de un hombre que está conversando informalmente y no de un presidente que habla ante una cadena de televisión.

Ese instante en que la grabación se prepara o se termina es, para la televisión, lo que en el periodismo gráfico significa el "off the record", un código inviolable y casi sagrado de la profesión. El periodismo gráfico debe respetar el acuerdo de no revelar sus fuentes, como la televisión no debe difundir declaraciones grabadas a hurtadillas, salvo cuando se trata de la prueba de un delito.

El hecho de que la transgresión haya sido cometida por una prestigiosa cadena de información norteamericana no hace más que agravar la circunstancia.

Debe convenirse que si periodistas argentinos hubiesen cometido semejante viola-ción a los códigos de la profesión, el propio medio periodístico local hubiera sido im-placable ante la infracción. El pasaporte norteamericano no es razón suficiente para convalidar la incorrección.

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Lo cierto, de todos modos, es que Batlle piensa como piensa. Y ése es un dato irrefu-table. ¿Piensa mal? ¿Está equivocado? Un promedio del 50 por ciento de los argen-tinos consultados, ya sea por Internet o por agencias de medición de opinión pública, está de acuerdo con las palabras del presidente uruguayo. Las mediciones pueden estar condicionadas por la rapidez, pero el promedio no deja de ser igualmente alto.

Su opinión sobre el presidente Eduardo Duhalde, a quien caracterizó como un políti-co débil e intelectualmente inseguro, es compartida por los principales dirigentes del peronismo.

¿No fueron acaso los gobernadores de su partido los que le impusieron un programa de 14 puntos cuando vieron a Duhalde oscilar entre el populismo y la ortodoxia? ¿La caracterización de Batlle no coincide acaso con la que hacen del Presidente los pro-pios gobernadores en sus conversaciones reservadas?

Sin embargo, hubo una frase de Batlle que pasó inadvertida entre diatribas más lla-mativas. Dijo que los políticos argentinos "hablan un idioma que ya nadie habla en el mundo". Nada describe mejor la crisis de fondo de la Argentina que esas pocas pala-bras.

El problema de la política argentina es que ha regresado, raudamente, a los debates propios de hace varias décadas. Más aún: el doble discurso de su dirigencia está apretando el cuello del país y llevando a la sociedad a discusiones inservibles.

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Por ejemplo: ¿debe ser la Argentina un país capitalista y democrático? ¿Tiene que estar insertada en el mundo interdependiente o puede "vivir con lo propio", ajena a las corrientes internacionales, ufanándose de no pagar su monumental deuda pública y privada? ¿Puede dejar de negociar con el FMI tras haberle pedido préstamos por un valor infinitamente superior al que le correspondía?

Un ex presidente uruguayo, Julio María Sanguinetti, desplegó hace poco, en las pá-ginas de LA NACION, un consejo de amigo entrañable de la Argentina: le reclamó que mirara con sensatez y seriedad el manejo de sus cuentas públicas. Pero un ex presidente argentino, Raúl Alfonsín, le salió al cruce en el acto con argumentos muy antiguos. Sanguinetti prefirió no abrir una polémica ante lo irremediable.

Un sector importante del mundo occidental (de los Estados Unidos y de Europa) también coincide con Batlle, aunque no lo diga en fogosas declaraciones robadas subrepticiamente. Ese pensamiento podría sintetizarse de esta manera: la Argentina está gobernada -y ha sido gobernada- por una dirigencia con ideas enmohecidas y atravesada en gran medida por prácticas corruptas.

La palabra de Batlle tiene en ese mundo más peso que las escandalizadas reaccio-nes de los políticos argentinos. Justa o injusta, la realidad sólo es como es.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION

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