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Leer artículo Saúl Ibargoyen:
el escriba de sí mismo

por
Guadalupe Galván
Leer artículo El alma está en Galicia
por Rolando Faget


Saúl Ibargoyen:
el escriba de sí mismo

por Guadalupe Galván

El escriba fue la mano de todos. El transmisor de mensajes, el único dador de la palabra escrita. La palabra de todos que aquí el poeta-escriba convierte en propia y la ofrece. 

El escriba de pie (1) es un viaje, un recuento, un conjunto de preguntas sobre la escritura y el origen. Sobre el propio nombre. Un viaje realizado por el poeta que el escriba rememora y transcribe. 

Su canción al escriba -primera parte del poemario- oscila entre dos voces que no dialogan ni se responden. Una describe una geografía sin nombre donde se intuye un paisaje seco que es constante durante todo el viaje. Ahí hay pan de sol, mercaderes, una mujer enviejada y una fauna encenizada y traslúcida: garzas transparentes, pálidos peces, sutilísima libélula y vacas de basalto. 

  La otra voz -la voz poética- es la de un escriba erguido, viajante y en movimiento que se niega y se pronuncia a la vez. Niega lo que ha visto, lo que ha oído y lo que ha dicho:

    “No soy el escriba/ no soy el presunto señor/ de la veraz palabra./ Nada pinto ni dibujo ni grabo/ ni escribo ni hablo./ Sólo veo una mujer polvorienta/ y objetos distintos/ y ajados mercaderes y pájaros/ que nadie compra ni bautiza ni recuerda...” 

El verbo que al ser pronunciado actúa. La presencia por ausencia. Cesare Pavese señala que un poeta se finge a sí mismo no saber lo que ya sabe. El escriba de pie dice “No soy yo”, como si al decirlo quisiera advertir que es otro, al mismo tiempo la voz de tantos hombres. Esa negación a lo largo del poemario se convierte en una postura, una actitud llena de dignidad y simultáneamente de dolor:  

 “Soy débil con toda mi fuerza/ y mis cuartillas y papiros/ se agrisan y agrietan/ como las verdades/ que no supe escribir.”  

Le duelen la mujer polvorienta, el asno de ceniza y el aire que llena el pulmón de hombre cotidiano pero no se sienta a la orilla a lamentarse, se niega a llorar. Sus voces sostienen su verticalidad adonde todo está de pie: “la barca con su blancura vertical”, “el recto pincel”, “la alta pluma iluminada”, “el estandarte”. 

Así, continúa casi imperativo, negándose, y con furia levanta el estilete que lleva su nombre para hablar más alto y decir:

“No soy escriba de nadie/ ninguna orden se introdujo en esta mano/ ni en mi bolsa el precio/ de lo incierto...” 

Insiste con las palabras precisas y el verbo fértil, y que sólo es un escriba que ve y escucha. El poeta-escriba cuestiona su labor, hace recuentos y provoca. Busca, como todo poeta, la sustancia esencial de la palabra, su contenido y su significado. La busca en la raíz: “más abajo del debajo”, él dice. Busca el origen en el misterioso choque del cobre sumergido entre los muros de una caja de papel para encontrar las palabras irrompibles, para hacerlas primeras y luego dejarlas en soledad, en medio de un desierto que las rodea. El gran vacío de las telas de un libro blanco que el poeta quiere raspar: “hasta que la sangre de un oscuro libro aparezca.” 

  El autor abandona la escritura para que su poesía cobre existencia, comience su vida activa y vuelva a su origen esencial, “pierde sus denominaciones” y encuentra su perfil y su nombre verdadero, su nombre secreto. 

El escriba de pie le habla a todos: “al que nunca escucha”, “al que siempre llama”, “a ti tan solamente solo”, “tan solísima”, “al que no encuentra aún su casa sonora”, “a los que sólo oyen la liviandad del verbo”. 

  El poeta crea su propio bestiario: animales del aire, de la tierra y el agua, de los que sobresale la negrura de un escarabajo. Hace recordar a Maldoror con su escarabajo que conduce una bola no más terrible que el mundo, que rueda este animal de espaldas “como pétalos de petróleo florecido”:

    “Y la bola rueda ajustándose/ a los tropiezos de una esfera/ de terregales y rocas inmedibles/ de humanas griterías y lodo podrido.” 

Queda preguntarnos si seremos capaces de usar el traje de escarabajo y rodar nuestra bola de estiércol, nuestra rueda de sudores del día, nuestro mundo individual a través de nuestros Nilos y nuestras calles irreales. 

Ibargoyen pronuncia un solo nombre propio: Nilo, y este río, ya sea real o metafórico, se agita y se aquieta a lo largo de todo el libro. 

No podía faltar el erotismo. El poeta le canta a una mujer en “El escriba en ti”, donde efectúa otro viaje, uno por el cuerpo. Es ahora el escriba horizontal, el temblante escribiente que invita a la sensualidad y a descubrir palabras en la piel. 

  El escriba de pie es un recorrido que inicia situándose en la sequedad del desierto, describiéndola, procurando el origen, y termina al cruzar el río, al subir a la barca blanca y al preguntar qué queda en la tierra que se deja, qué en el desierto, qué en el libro blanco. 

  Después de hacer preguntas abrumadoras que no requieren respuesta, el poeta se cuestiona en “Post scriptum”:

    “De mí/ del escriba que sólo supo hablar/ con su encía personal.../ del escriba presente/ ¿qué podrá ser escrito?” 

  ¿Qué permanece luego de la escritura, después de degollar el lápiz y escribir el nombre más propio? ¿Qué soledad envuelve y cómo ser fiel a ella y a nuestro nombre? Son algunas preguntas que provoca el final del libro, adonde se reitera la búsqueda de las palabras. Sólo el lector podrá decir algo sobre este poeta que se define “apenas balbuceante”, “apenas de pie”. 

Y como finaliza Eliot algún poema, así despido hoy al Escriba de Pie:
                                   “No feliz viaje.
                                  
Sino adelante viajero.”

 LA ONDA® DIGITAL



El alma está en Galicia

por Rolando Faget

La presentación oficial en Santiago de Compostela del último libro  de Héctor Rosales fomenta estas semblanzas viajeras, escritas desde Andorra (para La ONDA digital)  y evocadoras de seres y sensaciones que se mezclan con los destellos del ámbito gallego.  

Recuerdo Vigo, hace años y años, cuando todavía se cruzaba el charco grande en barco. Vigo, una escala, fue el primer contacto físico con Galicia.

Y tantos –tantos– años después, me acerco en tren a La Coruña, rumbo a Santiago de Compostela. Vengo de Andorra, allí vivo, mi tren empieza en Barcelona.

De mañana temprano ya es jueves y es Galicia. Hay un verde nuevo, limpio, ingenuo en este paisaje gallego que estoy descubriendo, miles de matices de verde como recién nacido. Y llueve como en Macondo –bastante menos–, llueve como en Borges, llueve o llovió. Como en el título del libro de Héctor Rosales que vamos a presentar en Santiago de Compostela: “Mientras la lluvia no borre las huellas”.  

LA META

Y ya estamos en Santiago –y llueve o llovió– la ciudad-meta, la que tiene en custodia los restos del Apóstol Santiago, hijo de Jebedeo y hermano de Juan Evangelista.

Por la custodia de los restos del Apóstol Mártir –decapitado por Herodes, el menor– se considera a Compostela “la más feliz y excelsa de las ciudades de España”.

¡La Catedral! El granito gallego… solidez, esplendor y, en medio de todo –todo es mucho, son diez siglos en el exterior y más, adentro– coherencia, asombrosa coherencia.

La tumba con los restos del Apóstol. Nadie –por lo menos yo– se resiste a los ritos. Abrazar al Apóstol, poner los dedos en determinada esfera del Pórtico de la Gloria, dejarse invadir por los efluvios –benditos– del increíble y gigantesco botafumeiro.

Uno sale de la Catedral, horas después, y se siente un hombre nuevo. Siente como si hubiera entrado a Jerusalén, –pero– a la Jerusalén Celeste… es otro plano y llueve o llovió.

Casi no hay verdes, creo, no los recuerdo ahora. Hay unos dorados dando luz profundísima al granito. Esos dorados impresionantes proceden de unos musgos ¿o líquenes? que sólo viven en este granito gallego que vive en Santiago de Compostela. ¡Cuánta luz! Cura el alma, me la sigue curando mientras escribo –aquí, en la vieja Andorra, y a mano, claro– estos recuerdos que crecen para siempre. 

PLAZAS Y GENTES

Ah, Santiago, cuatro monumentales –o no tanto– plazas rodean la Catedral.

La del Obradoiro es enorme y barroca, tal vez engaña mucho esta plaza, pero es símbolo de Santiago de Galicia. Espejos, luces, laberintos.

Santiago es una ciudad viva, no es una escenografía, no es Venecia, hay gente viva, jóvenes, muchos jóvenes, otros no tanto, pero palpitan con la ciudad, la hacen cálida, compartible, entrañable.

¿Los turistas? No hay turistas, nadie puede ser turista aquí, lo dorado –en mejor luz– nos toma rápido, todos somos peregrinos, emocionados, distendidos, en paz porque ya llegamos. 

EL FIN DEL MUNDO

Oh, muy lejana Andorra donde vivo, tal vez becado o escribiendo –o no– en algún diario, Andorra, mi Macondo –de Antoni Morell y de las Montses– a 1.400 kms. de Santiago. ¡Finisterre! Hay que viajar a Finisterre, 100 kms., donde se acaba el mundo, y tratar de ver al atardecer el granito dorado –liquen, musgo, incienso, lluvia– de Santiago. Digo, tratar de ver, yo fui a Finisterre a esa hora señalada y santísima y no alcancé a ver Santiago. Creo que no vi, ya lo sabré más tarde. 

EL LIBRO

En Andorra leí hace tres meses el libro de Rosales-Castelao, son dibujos Castelao, son poemas Rosales. Y nada se puede describir ni contar. Los poemas hay que leerlos. Los dibujos, genial fundador gallego, patriarca para siempre, Alfonso D. Rodríguez Castelao, ya venían dentro nuestro. Él los sacó para nosotros cuarenta o cincuenta años antes de que naciéramos y se fue a morir a Buenos Aires. Retornó –no se había ido– a la Galicia de Teresa Bravo, Carme Varela, y la mira nadar siempre en sus rías. Galicia nada sola y no se hunde. Y Castelao la abraza cuando no se hunde. La abraza constantemente con Balbina Pazos Otero y Eulogio González Goberna, abuelos maternos de Rosales, en una Pontevedra con cierta melancolía onettiana.

Hay una foto que dice –y va a seguir diciendo– Castelao, Balbina, Eulogio, Uruguay, 1942, tierra de Zitarrosa, añade Carme. 

CARTELES

Y en Santiago de Galicia, mayo, 2002, llegamos un día antes que Don Héctor, pero en las librerías, en las vitrinas compostelanas hay carteles que reproducen la tapa del libro, la cara del autor y anuncian “Rosales en Santiago”, en letras azules y con un fondo verde muy claro con destellos amarillos. Llueve o llovió en Santiago. 

LAS VOCES MAYORES

Hoy, viernes 24, se nos presenta el libro.

Galería “Sargadelos” –nombre que evoca mucho– anochece con luces tranquilas, en oro, plata, piedra. En el centro de Santiago.

Y hay gente cordialísima. En la mesa: Avelino Pousa Antelo, fuertes 88 años. Don Avelino es presidente de la Fundación Castelao, que organiza el acto. Es un gran luchador por la identidad y la formación cultural de Galicia. Conoció personalmente a Castelao y se ha mantenido siempre fiel a su ética. Pousa Antelo es toda una referencia –un nombre alto– para la Galicia contemporánea.

Don Avelino inicia el acto presentando a Héctor Rosales, uruguayo, de padre y abuelos gallegos. Nombra –homenajeándolos– a Balbina Pazos y a Eulogio González Goberna, que están en el libro, en una foto inédita junto a Castelao. Habla profundamente Don Avelino del contenido humanístico de “Mientras la lluvia no borre las huellas” y agradece su génesis. 

Interviene luego el profesor Henrique Monteagudo, coordinador de la publicación de toda la inmensa obra de Castelao, y uno de los máximos conocedores de la vida y obra del incandescente gallego. Monteagudo es miembro de la Fundación Castelao, profesor de la Universidad de Santiago, Doctor en Filología Gallega, miembro del Instituto de esa lengua, e integrante del consejo de redacción de la prestigiosa publicación “Grial”.

Henrique realiza un muy certero enfoque del libro de Rosales y lee uno de sus poemas, exhibiendo al mismo tiempo el dibujo de Castelao correspondiente. El profesor muestra –para emoción de todos los presentes– facsímiles de la obra del genial artista y líder.

Después participa Olegario Sotelo Blanco, escritor y periodista y uno de los promotores culturales más importantes que tiene Galicia, dentro y fuera de fronteras, en los últimos veinte años. Es el director de la Editorial Ronsel, que publicó en Barcelona el libro ahora presentado.

Sotelo Blanco se sumó a los comentarios precedentes sobre la dimensión del libro y agradeció a Rosales su aporte al sello Ronsel y al puente cultural entre Galicia y Uruguay. 

EL TRIUNFO ÚNICO

Habló luego Héctor Rosales. Y aquí sentimos –como lo sienten Carme Varela y Teresa Bravo– que en la vida lo único importante es lo espiritual.

Porque Héctor evocó su infancia en Uruguay con sus abuelos maternos Balbina y Eulogio, y aquí, en la emoción de todos, estuvieron los nombres y hechos generosos de estos dos seres gallegos que teóricamente nunca regresaron. Pero que esta tarde –crepúsculo mágico, llueve o llovió, nieve perenne en Andorra– estuvieron, polen fino y fragante, hondo incienso de Pontevedra, en Santiago, en “Sargadelos”, en la voz agradecida del poeta-nieto y en los ojos llenos de lágrimas de todos. Habitando para siempre el corazón de esta gente máxima de la dignidad y la cultura de Galicia. 

TERESA BRAVO

Junto a todos, varios creadores, entre ellos Xosé Mª Monterroso Devesa y José Manuel García Rey, escritores y a la vez –hondamente– ambos de Galicia y de Uruguay.

También estaba en el cálido diálogo de “Sargadelos” Carme Varela, ya nombrada en esta crónica o memoria, joven secretaria de la Fundación Castelao, auténtico motor para la presentación del libro y para muchas cosas más. Fina, inigualable anfitriona y defensora apasionada de la cultura gallega y del formidable legado del artista rianxeiro.

Al día siguiente nos fuimos con Rosales y Carme a Rianxo (La Coruña) a saludar, a abrazar, a agradecer a Teresa Bravo, una de las mujeres más valientes y más hermosas del mundo, quien por más de 40 años cuidó a las hermanas del líder, Teresa y Josefina Rodríguez Castelao.

(Pero el encuentro con Teresa Bravo, con Rianxo –nos llevó Carme Varela–, con la casa de Castelao, da lugar para otra nota, síntesis o remembranza). 

ECOS Y PEREGRINOS

El sábado 25 leemos en Santiago una rotunda y clara nota de prensa en el diario más difundido, “La Voz de Galicia”, con una foto de la presentación del día anterior y un titular que dice: “Castelao inspira la poesía de Rosales”.

Y ya nos tenemos que ir de prisa a Finisterre –Fisterra, en gallego– porque hubo grande alarma. Sucede que un grupo de peregrinos finlandeses quiere venir desde ese rocoso y oceánico rincón del fin del mundo, nadando, para llegar por mar a Santiago de Compostela. Una sobrina mía, Ana Laura Ramírez, sabe finlandés y me da por teléfono las palabras necesarias para informar a esos tercos y valientes peregrinos que “en Santiago no hay mar”. He de transmitir ese mensaje, pero sin estar muy convencido porque, con el mar y con Santiago –de Compostela o Galicia– nada, a ciencia cierta, se sabe.

Y todo es dinámico, proteico, negociable. También verde germinal, plateado por la lluvia y el viento de esta tierra.

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