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Mukthar
Mai: "A mis violadores Así empieza este
extraordinario testimonio recogido por dos periodistas en Pakistan
para el diario El Mundo de Madrid. Esta nota vía fotocopia
circula en las aulas de varios Liceos y de la Universidad de la
República en Montevideo. Como una contribución y
homenaje a quienes allí en Meerwala
hicieron todo para denunciar esta aberración, La
ONDA, publica este material periodístico. Los
ojos de Mukthar, violada en Pakistán para limpiar el honor de
otra familia, escupen rabia. Serena, cuenta con detalle su
tragedia a los periodistas occidentales que se han atrevido a
llegar al lugar Abre
una escuela Meerwala El
responsable local de Educación de Meerwala, un pueblo aislado en
la provincia de Punjab (al este de Pakistán), Khurshid Ahmned
Siddiqui, indicó que el Gobierno le había concedido la
autorización que había solicitado. La joven se ha
convertido en un símbolo de la lucha contra los malos tratos a
las mujeres, tan frecuentes en Pakistán. Mukthar Mai fue violada
cuatro individuos el pasado 22 de junio Tras la denuncia de
los hechos por los medios de comunicación, el presidente
Musharraf indemnizó a la joven con 8.300 euros y varias ONG del
país también le dieron dinero para ayudarla a reconstruir su
vida. Entonces, Mukthar anunció que abriría una escuela. Hasta el momento, la policía paquistaní ha detenido a 13 de los 14 acusados de la violación de la joven, según informaron ayer fuentes del servicio de noticias de Naciones Unidas. Como
fueron los hechos «Sí, grité y
lloré pidiendo ayuda, pero nadie hizo nada», prosigue.«Entonces
me empezaron a golpear y a dar patadas, me tiraron al suelo, me
agarraron con fuerza y empezaron a violarme uno por uno. Nadie me
ayudaba; estaba indefensa y no dejé de gritar, pero ellos no
pararon durante una hora. No sé cómo finalmente logré soltarme.
Estaba desnuda e intenté cubrirme con mi chal. Había cientos de
personas esperando para ver mi vergüenza. Mi padre y mi tío
estaban allí y me llevaron a casa. Los dos lloraban. Nunca había
visto las lágrimas correr por las mejillas de mi padre tan
claramente». El ambiente es
asfixiante en la comisaría de Jatoi, en la región paquistaní de
Punjab. El calor de la tarde cae a plomo. Sin embargo, toda la
obsesión de Mukthar es cubrirse el rostro con el chal marrón,
que no deja de desprendérsele. Acaso para ocultar la vergüenza
de ser una mujer a la que robaron brutalmente la honra, una mácula
imperdonable en el Pakistán rural. El pasado 22 de
junio Mukthar Mai fue salvajemente violada por cuatro hombres en
presencia de otros 200 en la pequeña aldea de Meerwala (en el
centro de Pakistán) para cumplir la sentencia de un tribunal
popular. Su crimen, su pecado, ser la hermana mayor de Abdul
Shakoor, un adolescente de 14 años del clan de los Guijar del que
dicen que tuvo relaciones con Selma Bibi, de 22 años y
perteneciente al clan superior de los Mastoi. Por supuesto, el
joven Abdul Shakoor fue convenientemente apaleado y sodomizado por
tres Mastois. Pero el castigo no fue suficiente para el panchayat
o consejo de ancianos de Meerwala. En los remotos pueblos de
Punjab, en los que todavía rige un primitivo código de honor
basado en la pertenencia a un clan o a otro, la capacidad para
proteger a las propias mujeres se convierte en la manera de medir
la fuerza de cada casta. Destruir el honor de las mujeres del
enemigo es la mejor manera de hacerle daño y de demostrar poder.
De la misma manera, son las mujeres las que tienen que llevar el
estigma de la deshonra familiar. TRAGEDIA
DE MUJERES Y
esta vez le tocó a Mukthar, la mayor de las tres hermanas de
Abdul Shakoor. Después de todo, ya había estado casada durante
tres años con un hombre mayor que ella que la engañó y la acabó
abandonando. En cierto modo, a los 30 años que cree que tiene -no
sabe exactamente cuándo nació- ya estaba marcada y condenada a
quedarse para siempre en la pequeña casa familiar. Si la violada
hubiese sido cualquiera de las otras dos hermanas -aún solteras-
arrastraría el baldón de por vida y jamás podría casarse, una
humillación insoportable en las aldeas de Punjab. La situación de
las mujeres es atroz en esta región de Pakistán.A diario se
producen en torno a cuatro violaciones de las que muy pocas,
apenas 300 al año, llegan a ser denunciadas. Según la Comisión
de Derechos Humanos de Pakistán (HRCP en sus siglas en inglés),
numerosas víctimas han sido asesinadas después de acudir a la
policía. Mukthar Mai, en
cambio, no está por callar. Exhausta tras toda una mañana de
interrogatorios, aún le queda aliento para contar a los dos
periodistas enviados por CRONICA: «Quiero justicia. Quiero verlos
castigados». Por el borde del chal dos ojos negros escupen rabia.
«Y no sólo a los que lo hicieron; también a los que lo vieron
sin mover un dedo. A los violadores... A los violadores quiero
verlos colgados». Situado a 120 kilómetros
al sureste de Multan, una de las ciudades más prósperas de
Punjab, Meerwala es un pueblucho polvoriento perdido en el espacio
y en el tiempo. Unas 200 familias viven allí arando los campos
con búfalos, extrayendo el agua de un pozo y, en la mayoría de
los casos, sin luz eléctrica en las casas. Aunque está
relativamente cerca de Multan, llegar hasta allí no es fácil y
bien se pueden tardar cuatro horas a través de carreteras llenas
de baches. Multan fue
precisamente el punto de partida de nuestro viaje en busca de
Mukthar. Y la gasolinera de las afueras en que llenamos el depósito
del coche, nuestro último contacto con la civilización. En
el coche, el chofer, el abogado del HRCP Raschid Rehman,
que está ayudando a Mukthar con su caso y se ofreció para ser
nuestro guía, y nosotros dos. El trayecto es lo más
parecido a un viaje a otra dimensión. Cada kilómetro es un kilómetro
más dentro del Tercer Mundo; cada aldea, más pobre y sucia que
la anterior. La carretera, cuando hay carretera, es un continuo
bache de 100 kilómetros de largo por cinco metros de ancho. Con nosotros la
recorren camiones herrumbrosos con la carga saliéndoles por
encima del remolque, autobuses llenos de gente, coches a toda
velocidad, carros tirados por burros hastiados de tragar el humo
de los tubos de escape... Por las noches, sin embargo, las
carreteras están casi desiertas. Nadie -menos aún la policía-
se atreve a enfrentarse a los dacoits, los peligrosos salteadores
que se hacen a la carretera cuando se pone el sol. A nuestro paso
vemos a docenas de hombres y mujeres trabajando bajo la solana
como solía hacer Mukthar. Desde que la abandonó su marido, hace
cosa de un año, y hasta el pasado 22 de junio su vida no era gran
cosa. Mucho trabajo en el pequeño terreno de Meerwala donde sus
padres plantaban trigo, algodón y caña de azúcar, ocuparse de
la pareja de búfalos que había en casa y paseos al pozo para
extraer agua. Ya antes de la
violación era bastante conocida en el pueblo porque enseñaba el
Corán a los niños en una madraza. Nunca había salido de
Meerwala y jamás pisó una escuela de niña, pero se las arregló
para aprender a leer por su cuenta. Más tarde, cuando empezó a
enseñar el libro sagrado, llegó a tener entre sus alumnos a
chavales del clan de los Mastoi. La cuestión le
interesa tanto que ya tiene invertidos, antes de recibirlos, los
8.000 euros con que le va a compensar el Ministerio de la Mujer de
Pakistán. «Con el dinero de la ayuda me gustaría abrir una
mezquita y una escuela para niñas. Me gustaría dar a otras
mujeres la oportunidad que a mí nunca me dieron». APRENDIENDO
A COSER Según
nos acercamos a Meerwala, Rehman nos va contando alguna cosa más
sobre ella. Como que aprendió a coser por su cuenta para ganar
unas rupias zurciendo la ropa de sus vecinos. «En la comisión
nunca habíamos oído de un caso tan horrible como éste»,
asegura. «Tradicionalmente una mujer es llevada frente al consejo
tribal para pedir perdón por los crímenes de sus parientes, pero
a Mukthar la engañaron para violarla. Nadie en la multitud hizo
nada para evitarlo. Estamos consternados». Al cabo de más de
tres horas atisbamos las primeras casas de Meerwala. Un viejo
machacado por la edad nos señala cuál es la de Mukthar. Sólo
habla con Raschid; a Ima y a mí la gente nos mira de reojo.
Posiblemente sea la primera vez que muchos de ellos vean a un
occidental. Los niños nos miran como si viniésemos del espacio.
No se ríen ni hacen chistes sobre nosotros como es habitual entre
chavales de otros sitios de Pakistán. La madre de Mukthar
se asoma a la puerta, nos mira de arriba abajo y vuelve a entrar.
En su cara se ve que algún día fue hermosa, pero hoy ya lleva
grabado el mapa de una vida miserable. Aunque no nos hace caso,
tenemos tiempo de echar un vistazo a la casa, una pequeña
construcción de adobe de una planta y una sola habitación que
revela la pobreza de los Guijar. No tiene agua ni electricidad. No
muy lejos de la casa corre una acequia con el agua negra de la que
llega un olor insoportable. En la entrada hay
unos cuantos hombres del clan de los Guijar tirados en hamacas.
Nos dicen que Mukthar lleva todo el día declarando en la comisaría
de Jatoi, a 10 kilómetros de allí. Entre ellos no está Ghulam
Farid, el padre de Mukthar. Tampoco Abdul Shakoor, su hermano de
14 años. No hace mucho,
Abdul estaba durmiendo plácidamente debajo de un árbol cuando
tres Mastois se acercaron y se lo llevaron. Le acusaban de haber
tenido relaciones con Selma Bibi Mastoi y allí mismo dictaron
sentencia. Le apalearon, le violaron y le retuvieron durante casi
un día. Mukthar y su madre
tuvieron que ir a casa de los Mastoi para rogarles que le
soltaran. No consiguieron más que humillarse. Al final tuvieron
que vender de urgencia uno de sus dos búfalos a mitad del precio
que les hubiesen pagado en una feria para pagarle un soborno a un
policía que reclamara al crío. Aún hoy Abdul
lleva una venda encima del ojo izquierdo. Pero dar una paliza y
violar al agresor resultaba muy poco para limpiar el honor de los
Mastoi. Y el sábado 22 de junio a media tarde el consejo tribal o
panchayat, formado por más de un centenar de los varones
considerados poderosos en Meerwala, se reunió para deliberar
sobre el caso. Fue una reunión
larga y muy tensa. Finalmente, al cabo de varias horas, el
presidente del consejo, el anciano Faiz Bakhsh, tomó la palabra y
sentenció que la honra de los Mastoi había sido gravemente empañada.
La única manera de restituirlo, añadió, era que una Guijar
fuese violada en público. Minutos después
Ghulam Farid Guijar era llamado ante los Mastoi. Cuando le
comunicaron lo que había acordado el consejo tribal quedó
horrorizado, pero algunos miembros del panchayat le consolaron
diciendo que seguramente los Mastoi se conformarían con que
Mukthar pidiera perdón en público. Aturdido y sin saber qué
creer, volvió a casa y esperó a que llegara algún representante
de los Mastoi. Llegaron, claro que
llegaron. Los encabezaba Ghalum Ramzan, un primo de Selma Bibi.
Mukthar recordará para siempre todo lo que ocurrió en las dos
horas siguientes. Segundo a segundo. «Ghalum Ramzan
vino a nuestra casa y dijo que una de las hermanas tenía que
presentarse en la reunión», rememora tres semanas después. «Tuve
que ir. No tenía ni idea de lo que iban a hacerme. Creía que no
tendría más que pedir perdón». Ya había
anochecido. Mukthar, acompañada por su padre y su tío, recorrió
atenazada por el miedo los 300 metros de caminito de arena que
separa su casa de la de Abdul Khaliq, el hermano de Selma Bibi. «Cuando llegamos»,
prosigue, «eran las 10 de la noche y había al menos 250 personas
reunidas. Algunos iban armados, tenían espadas. Yo no conocía a
muchos de los que había. Tenía mucho miedo». Un sollozo vuelve
a quebrar en ese momento su voz maltrecha.«Abdul Khaliq me agarró
con fuerza del brazo y Ghalum Ramzan le dijo: "Ahora puedes
resarcirte". Entonces supe lo que iba a ocurrir». Y Mukthar se
derrumba del todo hasta tener que interrumpir la narración
durante unos segundos. «Le supliqué que me soltara», intenta
seguir entrecortadamente, «"Soy como tu hermana; vivimos uno
al lado de otro", pero él no decía nada. Me metieron en la
casa y Abdul Khaliq, Ghalum Ramzam y otros dos hombres me forzaron
allí dentro. La gente miraba y nadie hizo nada. Mi padre tampoco
pudo hacer nada; tenía miedo a los Mastoi». La habitación
donde violaron a Mukthar es un cuartucho lateral de la residencia
de Khaliq. La casa no es una mansión, ni mucho menos, pero sí
parece bastante más próspera que la de Mukthar.En su interior
las estanterías están alineadas y lucen orgullosas una vajilla
de porcelana muy humilde pero todo un lujo para Meerwala. MILES
DE NIÑAS La
puerta de madera que da acceso a la habitación lateral está
cerrada con un candado, pero a través de las ventanas, únicamente
cubiertas con unos estrechos barrotes de metal, se puede uno
asomar y ver el interior. Es muy pequeño, con el techo bajo y
apesta a humedad. En el interior hay sacos de arpillera que también
desprenden un olor desagradable. Tal vez, de noche, la multitud
acomodada en el patio por el que ahora picotean un par de gallinas
no llegara a ver lo que ocurría dentro, pero seguro que lo
oyeron. «Les odio»,
asegura Mukthar cuando le preguntamos. «Y ya no les tengo miedo.
La violación me ha costado la honra, pero va a servir para
proteger a miles de niñas y mujeres de la tiranía de los señores
feudales y de clanes como el de los Mastoi. Los violadores se lo
pensarán dos veces la próxima vez. No me considero una heroína,
pero lo que ha ocurrido aquí ha dado voz a miles de mujeres». A las puertas de la
comisaría de Jatoi hay un revuelo enorme.Aquí casi nunca pasa
nada, por lo que el escándalo generado por la violación de
Mukthar se está siguiendo con intensidad desmedida. Un policía
armado con un kalashnikov tiene que abrirnos paso con la porra
entre los centenares de personas que se apiñan a la entrada. En el interior, dos
agentes sorprendentemente gordos están dando cuenta de una
chuleta de cerdo que chorrea grasa. Al fondo hay una habitación
que parece vacía. El calor es insufrible. Sentadas en el
suelo del cuarto, ocultas a primera vista, hay dos mujeres
completamente cubiertas con sus chales. La más pequeña es
Mukthar. Tiene el aspecto frágil de un jilguero; no medirá 1,50.
Tirada en el suelo, musita algo ininteligible mientras su compañera
le acaricia la cabeza por encima del velo. Durante un par de
minutos no deja de susurrar y sollozar. Cuando para y advierte
nuestra presencia le hago algunas preguntas pero está agotada
después de toda una mañana de interrogatorios policiales y
contesta de mala gana. Un familiar suyo entra con los ojos
enfurecidos y nos dice que nos vayamos y, un poco decepcionados
después de todo el viaje, desistimos. Diez minutos después, sin
embargo, Mukthar sale del cuarto con la dignidad rehecha. Y esta
vez sí nos atiende. Cuando llevamos un
cuarto de hora hablando y hemos tomado notas para una novela
entera, nos interrumpe un policía. Su uniforme es distinto al del
que nos llevó hasta Mukthar. Es un superintendente, el oficial de
más alto grado que jamás ha visitado la comisaría de Jatoi. Ha
venido para ocuparse personalmente de la investigación. Reclama a Mukthar a
su despacho y, sorprendentemente, también nos deja entrar a
nosotros. Lentamente, con mucho dolor pero también con
inquebrantable determinación, Mukthar se sienta y empieza a
responder una por una con escalofriante precisión todas las
preguntas que le va haciendo el superintendente. Estas líneas son el resultado de transcribir nuestro cuarto de hora de conversación con Mukthar y los 60 minutos de interrogatorio de los que fuimos testigos. Hasta donde la honestidad, la ética y el pudor nos han dejado. LA ONDA® DIGITAL |
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