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Hace
seis años Saramago nos "Ensayo sobre la ceguera" es una novela de José Saramago, editada en 1996, que viene a cuento en momentos en que Uruguay soporta la mayor crisis financiera y bancaria de su historia. En su obra el autor portugués describe una epidemia de "ceguera blanca" que se expande de manera fulminante. Los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir. Saramago también nos alerta sobre la responsabilidad "de tener ojos cuando otros le perdieron". Lo que sigue es parte de su relato estremecedor. * “(...)
El coche trajo al presidente del consejo de administración a la
reunión plenaria semanal, la primera que se realizaba desde la
declaración de la epidemia de mal blanco, y luego no hubo tiempo
para llevarlo al garaje subterráneo donde esperaría hasta el
final de los debates. El chofer se quedó ciego cuando el
presidente entraba en el edificio por la puerta principal, como le
gustaba hacer, dio aún un grito, estamos hablando del chofer,
pero él, estamos hablando del presidente, no lo oyó. Por otra
parte, la reunión no sería tan plenaria como el nombre hacía
suponer, pues en los últimos días se quedaron ciegos algunos
miembros del consejo. El
presidente no llegó a abrir la sesión, cuyo orden del día tenía
previsto precisamente la discusión y medidas convenientes en caso
de que perdieran la vista todos los miembros del consejo de
administración efectivos o suplentes, y ni siquiera pudo entrar
en la sala de reunión porque, cuando el ascensor lo llevaba al
decimoquinto piso, exactamente entre el noveno y el décimo, falló
la electricidad, y para siempre. Y como las desgracias nunca
vienen solas, en el mismo instante se quedaron ciegos los
electricistas que se ocupaban del mantenimiento de la red interna
de energía, consecuentemente también del generador, modelo
antiguo, no automático, que habría tenido que ser sustituido ya
hacía tiempo, el resultado, como ha sido dicho, fue la paralización
del ascensor entre el piso noveno y el décimo. El
presidente vio cómo se quedaba ciego el ascensorista que lo
acompañaba, él mismo perdió la vista una hora después, y como
la energía no volvió y los casos de ceguera dentro del banco se
multiplicaron aquel mismo día, lo más seguro es que estén los
dos, muertos, no es necesario decirlo, encerrados en una tumba de
acero, y por eso afortunadamente, a salvo de perros devoradores. No
habiendo testigo, y si los hubo, no consta que hayan sido llamados
a estos autos para declarar lo que pasó, es comprensible que
alguien pregunte cómo se sabe que estas cosas ocurrieron así y
no de otra manera, la respuesta es que todos los relatos son como
los de la creación del universo, nadie estaba allí, nadie asistió
al evento, pero todos sabemos lo que ocurrió. La mujer del médico
había preguntado, Qué habrá pasado con los bancos, no es que le
importase mucho, aunque había confiado sus economías a uno de
ellos, hizo la pregunta por simple curiosidad, sólo porque se le
pasó por la cabeza, nada más, ni esperaba que le respondiesen,
por ejemplo. En
un principio, Dios creó los cielos y la tierra, la tierra era
informe y estaba vacía, las tinieblas cubrían el abismo, y el
Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas, en
vez de esto lo que ocurrió fue que el viejo de la venda negra
comentó mientras seguían por la avenida abajo, Por lo que pude
saber cuando aún tenía un ojo para ver, al principio fue el
caos, las personas, con miedo de quedarse ciegas y desprotegidas,
acudieron a los bancos para retirar su dinero, creían que tenían
que asegurarse su futuro, y eso hay que comprenderlo, si alguien
sabe que no va a poder trabajar más, el único remedio, duren lo
que duren, es recurrir a los ahorros hechos en tiempo de
prosperidad y de previsiones a largo plazo, suponiendo que la
persona hubiera tenido la prudencia de ir acumulando ahorros grano
a grano, el resultado de la fulminante carrera fue que quebraron
en veinticuatro horas algunos de los principales bancos, intervino
entonces el Gobierno pidiendo que se calmasen los ánimos y
apelando a la
conciencia cívica de los ciudadanos, terminando la proclama con
la declaración solemne de que asumiría todas las
responsabilidades y deberes derivados de la situación de
calamidad pública que se vivía, pero el parche no consiguió
aliviar la crisis, no sólo porque la gente seguía quedándose
ciega, sino también porque quien aún veía sólo pensaba en
salvar sus dineros, al final, era inevitable, los bancos, en
quiebra o no, cerraron las puertas y pidieron protección
policial, no les sirvió de nada, entre la multitud que se juntaba
gritando ante los bancos había también policías de paisano que
reclamaban lo que tanto les había costado ganar, algunos, para
poder manifestarse a gusto, avisaron al mando diciendo que estaban
ciego, y se dieron de baja, y los otros, los que todavía estaban
uniformados y en actividad, con las armas apuntando a la multitud
insatisfecha, de pronto dejaban de ver el punto de mira, éstos,
si tenían dinero en el banco, perdían todas las esperanzas y
encima eran acusados de haber pactado con el poder establecido,
pero lo peor vino luego cuando los bancos fueron asaltados por
hordas furiosas de ciegos y no ciegos, pero desesperados todos,
aquí no se trataba ya de presentar pacíficamente en la
ventanilla un cheque, y decirle al empleado, Quiero retirar mi
saldo, sino de echar mano a lo que se podía, al dinero del día,
lo que hubiera en los cajones, en alguna caja fuerte
descuidadamente abierta, en un paquito de cambio a la antigua,
como los que usaban los tatarabuelos, no se pueden imaginar lo que
fue aquello, los grandes y suntuosos patios de operaciones de las
sedes bancarias, las sucursales de barrio, asistieron a escenas
realmente aterradoras, y no hay que olvidar el detalle de las
cajas automáticas, saqueadas hasta el último billete, en los
monitores de algunas, enigmáticamente, aparecieron unas palabras
de gratitud por haber elegido este banco, las máquinas son así
de estúpidas, o quizá sería mejor decir que éstas traicionaban
a sus señores, en fin, todo el sistema bancario se
vino abajo en un soplo, como un castillo de naipes, y no
porque la posesión de dinero hubiese dejado de ser apreciada, la
prueba está en que, quien lo tiene, no lo quiere soltar, alegan
ésos que no se puede prever lo que será el día de mañana, y
también con esa idea estarán sin duda los ciegos que se
instalaron en los sótanos de los bancos, donde están las cajas
fuertes, esperando un milagro que les abra de par en par las
pesadas puertas de acero-níquel que los separan de la riqueza, sólo
salen de allí para buscar comida y agua o para satisfacer las
otras necesidades del cuerpo, y vuelven luego a su puesto, usan
consignas y señales de los dedos para que ningún extraño entre
en su reducto, claro que viven en la oscuridad más absoluta, pero
es igual, para esta ceguera todo es blanco. El
viejo de la venda negra fue narrando todos estos tremendos
acontecimientos de banca y finanzas mientras atravesaban con toda
calma la ciudad, con algunas paradas para que el niño estrábico
pudiera apaciguar los tumultos insufribles de su intestino, y pese
al tono verídico que supo imprimir a la apasionante descripción,
es lícito sospechar la existencia de ciertas exageraciones en su
relato, la historia de los ciegos que viven en los sótanos de los
bancos, por ejemplo, cómo la iba a saber él si no conoce la
consigna ni el truco del pulgar, pero, en todo caso, sirvió para
hacernos una idea”. LA
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