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Baltasar
Garzón "Mira Baltasar, en la vida, las espaldas hay que tenerlas muy anchas, nunca lo olvides..." "¿Qué significa eso de tener las espaldas muy anchas?" "Tú aguanta, que siempre al que te ataca le ganarás con la paciencia..." Baltasar Garzón Real nunca olvidó las palabras pronunciadas por su padre, cuando todavía era un jovencito revoltoso de pantalones cortos y vivía en medio de enormes dificultades económicas en una casa austera en las afueras de Jaén, en Andalucía. Su padre Ildefonso Garzón Cruz era peón en la cosecha del olivo y su madre, María Real, una ama de casa alegre y llena de vida, que además de Baltasar, crió a cuatro hijos más. Durante los ratos libres, Baltasar provocaba a la autoridad sacerdotal de su pueblo, jugando en la torre de los campanarios y -a riesgo de penitencias- provisto de una piedra o de un palo hacía sonar las campanas a la hora que le parecía. En esos tiempos nadie presentía el futuro del hombre, que muchos años después, se haría famoso en el mundo como el perseguidor implacable de los corruptos, los terroristas, los narcotraficantes, los lavadores de dinero, los abusadores del poder y los dictadores. La "paciencia" de la que le hablaba su padre se hizo carne en él y a ella pudo incorporar otras muchas características que aprendió en la escuela de la vida: la experiencia de la calle. Fue seminarista durante seis años -"Me atraía ser sacerdote, misionero en Africa o en América, la defensa de los pobres y los desamparados", explicó en una entrevista- pero luego abandonó la vocación religiosa, porque había descubierto que lo suyo no era la sotana y el celibato. Le gustaban demasiado las mujeres, al punto tal que durante las vacaciones de verano, cuando regresaba a casa, se pasaba persiguiendo chicas y tenía a varias perdidamente enamoradas de él. Pero también descubrió que las leyes y la justicia le atraían más allá de cualquier religión o cualquier falda. "Voy a ser juez", dijo convencido un mediodía de verano en la sobremesa familiar. En ese entonces se habían trasladado a vivir a Sevilla y Don Ildefonso estaba a cargo de una gasolinera. "Ay, Baltasar, estáis delirando, que eso no es para nosotros... Eso es un coto cerrado, todos son hijos y nietos de magistrados y tú no eres nadie... un engreído, eso sí que aspiras demasiado alto". Al joven Garzón, las palabras de su padre no le hicieron mella y siguió adelante. Como un toro contra la bandera roja. Quería ser juez y hacia allí movió las fichas de su vida. "(...) Vino a disertar sobre la carrera de derecho y sus salidas profesionales el juez comarcal de Jódar, Juan del Río, padre de Lorenzo, un alumno del colegio y compañero mío de habitación. Este señor nos habló de su vida como juez, de la soledad y de la independencia del juez. El se sentía independiente aún en aquellos tiempos en que 'una decisión judicial se podía cuestionar políticamente'. Así lo afirmó y para entonces me pareció muy audaz. Afirmó que en definitiva, el juez es el único que tiene en su mano la fuerza de la ley, pero 'no para avasallar, sino para servir a los demás ciudadanos'; y que 'esa misma fuerza de la ley le exige ser independiente'. Yo le oía como un deslumbrado por un resplandor. Recuerdo que dijo 'Donde haya un juez independiente, el hombre de la calle estará amparado por una ley'. Entonces, pensé: Esto es lo que yo quiero ser, un ciudadano independiente, que sirva a los demás haciendo justicia, defendiendo a los débiles, luchando contra el delito sin más armas, ni más herramientas que la ley. (...) Aquella charla me abrió horizontes y me orientó: vi en la judicatura el cauce para mis ideales de espíritu de servicio, llevando yo la iniciativa y haciendo posible la justicia para todos". Confesó Baltasar Garzón a la periodista Pilar Urbano, en el libro Garzón, el hombre que veía amanecer, la mejor biografía escrita sobre su persona, convertida rápidamente en un best seller. "¿Engreído, ambicioso? Nada de eso. Yo elegí ser juez como un trabajo para mejorar el mundo y servir a los demás. Ni quería imitar a nadie, ni envidiaba a nadie. Mi camino era el mío". En esa época trabajaba en la gasolinera de su padre en turno nocturno y otras veces de albañil, y se había enamorado perdidamente de María del Rosario Molina "Yayo", con la que después de siete años de noviazgo se casaría y traería al mundo tres hijos: dos mujeres y un varón. Ella, además de su primera novia, sería esposa, amante, amiga y confidente en los tiempos de gloria y en los tiempos tumultuosos de los seguimientos, las amenazas de muerte, las presiones y los de su breve paso por la política, durante la última presidencia de Felipe González. Un episodio que Garzón preferiría dejar de lado. "Me acusó de soberbio, más que de ingenuo: creí que yo sólo podía acabar con la corrupción", dijo cuando la historia acabó. Conocí a Baltasar Garzón justamente en esta instancia de su vida. Era uno de los responsables de los cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid, en la que yo había ganado una beca para participar de un seminario sobre lavado de dinero. Hablamos varias veces y una de ellas fue en una entrevista formal. Había renunciado hacía muy poco y corrían mil versiones sobre su persona: que le gustaban las prostitutas y los travestis, la celebridad y la fama, que tenía una amante, que existían fotografías y videos que lo mostraban esnifando cocaína. Y otras tantas porquerías. Se las mencioné una por una. No se inmutó, todo lo contrario. "Así es la vida de un juez honesto, que busquen nomás, que no encontrarán nada", me respondió inmutable, con una sonrisa a medio terminar. Hermético, tímido, seductor, eficiente hasta la exageración, detallista, obsesivo, familiero y con el instinto de una pantera, Garzón es un tipo difícil de tragar para cualquier establishment, en los tiempos que corren: incorruptible, el magistrado español nunca olvida y jamás perdona. Eso sí, tampoco Baltasar Garzón Real es un monje tibetano. Le encanta la buena vida, los vinos rojos con cuerpo, bailar sevillanas, escuchar tangos, practicar con los toros y jugar al fútbol. La música clásica, el rock de los años setenta y el cine de todas las épocas. Luciendo siempre un aspecto juvenil, el cabello lacio tirado hacia atrás con mechones de cana que asoman y que poco le importan, prefiere la intimidad de una conversación profunda a un acto público. Viste siempre trajes elegantes y corbatas haciendo juego -jamás de marca- y vive cómodamente en las afueras de Madrid, aunque muy pocos privilegiados conocen su dirección. Gana el equivalente a 4.000 dólares mensuales, al que hay que sumar el salario de bióloga de su mujer. Su honestidad e incorruptibilidad hicieron que Felipe González se fijara en él y lo convocara para las elecciones presidenciales de 1993. Esa historia oscura de su vida en la que conoció los recovecos de la política. Fue miembro del gobierno socialista por unos pocos meses y se fue pegando un portazo. Desilusionado y triste, acusó a González de no querer combatir la corrupción. Y ellos no le perdonaron. "¿Quién se atreve a detenerme? ¿Un juez español? ¡Sé quién es! ¡Garzón! ¡Ese comunista! ¡Ese maldito comunista!", gritó enfurecido el decrépito tirano chileno, devenido senador vitalicio, convaleciente de una operación en una clínica de Londres. Lo que pasaba se asemejaba a un milagro. La intérprete Jean Pateras, de Scotland Yard, le había trasmitido al viejo las órdenes de oficiales británicos que habían llegado al lugar: "¿Don Augusto Pinochet Ugarte? Traemos una orden judicial de detención". Un juez español había logrado que las leyes que castigan los delitos contra la humanidad dejaran de ser una simple declaración de buenas intenciones en el plano internacional y se aplicaran con rigor para apresar a un acusado de genocidio, secuestros, asesinatos y torturas. Días antes, el prestigioso periodista Jon Lee Anderson había logrado la primicia de una entrevista exclusiva con Pinochet, que publicó la revista New Yorker. Y Baltasar Garzón estaba, como una pantera, alerta sobre su presa. Después de la escandalosa decisión judicial, se desató una batalla judicial, que meses más tarde devolvió al tirano a su tierra. Pero Garzón quedó como el juez que hizo historia sobre los imposibles, por encima de cualquier tiranía. Sobre aquellos intocables de los que nadie se quería hacer cargo. Augusto Pinochet Ugarte cayó y el gobierno de José María Aznar se hizo eco de las posiciones de las autoridades de Argentina y Chile que reclamaban la territorialidad del juzgamiento a los represores. Aunque por otro lado, cumplió con los reclamos de extradición cuando Garzón se lo pidió, y la Audiencia Nacional de España, por unanimidad, apoyó la competencia de la justicia local para tratar los crímenes contra la humanidad cometidos en Argentina y Chile. Con el ex presidente Carlos Menem, Baltasar Garzón lleva una inquina de largo alcance. En 1990, en lo que en España se conoció como la "Operación Mago" y en Argentina como el "Yomagate", una espectacular maniobra contra el narcotráfico que a través de un arrepentido permitió desandar las redes de una organización internacional dedicada al lavado de dinero sucio, integrado -entre otros- por la ex cuñada de Menem, Amira Yoma, y su esposo, el sirio Ibrahim al Ibrahim, el juez se ganó el odio del ex presidente, que creyó ver en esto una maniobra internacional en su contra. A estas asperezas, hay que sumar las implacables e interminables persecuciones a militares argentinos acusados de torturas y secuestros, como Rafael Videla, a los que Menem había dictado el indulto. La mayoría de ellos partícipes del famoso "Plan Cóndor", una organización clandestina creada en 1974 por Augusto Pinochet para combatir a la guerrilla y en la que tuvieron importancia relevante los gobernantes de Argentina, Brasil, Paraguay, Chile y Uruguay. Amenazado mil veces por la ETA, la organización terrorista vasca, Garzón, no se achica en sus esfuerzos "contra el mal", como él mismo los define. El magistrado español nunca dio tregua a los etarras, pero tampoco consintió que desde el gobierno socialista se montara una estructura ilegal para combatirlos: los GAL. Los investigó hasta las últimas consecuencias y a partir de aquí las amenazas contra su vida se multiplicaron de un lado y del otro. Se mueve con custodios armados hasta los dientes y en coche blindado y jamás dice a dónde va o en qué lugar pasa sus vacaciones con "Yayo" y sus hijos. Siempre en el candelero y en el fragor de tempestades, la vida de Baltasar Garzón Real no esconde casi nada. Todo está a la vista: su pasión por la justicia, su amor por los desvalidos, su audacia y temeridad, su soberbia, y hasta su ingenuidad de chico de pueblo. "Lo ví llorar ante los testimonios de los secuestros y torturas", dice "Sacha" o Matilde Artés Company, una catalana madre de una detenida desaparecida argentina y abuela de la primera nieta restituida a su familia. Y una de las centenares de víctimas que pasaron frente a los ojos del juez, relatando sus miserias y sus penas. "Para mí, está siendo muy lacerante, muy de conciencia: he escuchado historias conmocionantes de padres, hijos, hermanos, abuelas. Esa gente le enseña a uno a sufrir sin desmoronarse. ¡Tantos años pidiendo justicia y no revancha! Además, llevan razón: un Estado debe responder sobre sus desaparecidos". Al margen de todo, de las pesquisas y los sueños, una de las claves de la personalidad de Baltasar Garzón se encuentra en su infancia, en un recuerdo de sus primeros años: "Para mí la injusticia es no cumplir lo pactado, no respetar el acuerdo previo, que es la base de la vida en sociedad. Desde que yo era muy pequeño, mi padre me inculcaba el valor de la palabra dada, que tenía que ser inamovible. Me decía: 'Lo prometido va a misa'. Tenía sacralizada la verdad: '¿Mentir? ¡Nunca jamás, por nada del mundo, hijo! Si tu en un arrebato matas a alguien, vienes y me lo dices. Yo llamo a un abogado para que te defienda. Pero nunca me mientas'. Muchas veces me aconsejó: 'Apoya a los más débiles porque los más fuertes ya pueden defenderse' y 'Jamás te pelees con uno más chico o más flojo que tú; estate cerca de los desvalidos y lucha por ellos'. Y no eran monsergas, lo he visto en casa de mis abuelos y de mis padres, que acudían los más pobres y les daban patatas, pimientos, tomates. Ayudaban al que no tenía, esa ha sido mi escuela. Lo mismo que en el trabajo. Cuando me dicen: 'Qué trabajador eres", yo contesto: No nací así, tuve el ejemplo de mi padre, que trabajaba hasta extenuarse". LA ONDA® DIGITAL Publicado inicialmente en la Revista Poder Setiembre 2002.LA ONDA® DIGITAL www.revistapoder.com |
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