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El
movimiento
Nuestra música es
indudablemente muy percutiva, y no solo por tradición e historia,
con el Candombe como emblema, los tamboriles, la murga. Eso se ha
visto aumentado con creces en los últimos años, en parte por una
toma de conciencia “casi”
de identidad que no solo se le puede adjudicar a nuestros
descendientes africanos, al mestizaje, sino también como a un
sentimiento nacional, además claro está, de su utilización como
identificación con lo popular, con “lo nuestro” y, asociándolo
con otras grandes pasiones masivas, dándole un claro matiz de
“barrio” a esta expresión, en parte como manifestación de
división y a veces – infelizmente – como color político además,
de la innegable influencia que en este resultado han tenido los
persistentes problemas sociopolíticos. Efecto Maracaná:
Pero, en todo nuestro universo musical damos vueltas en círculo.
Nos quedamos encerrados en nuestras propias y supuestas glorias
tanto como limitaciones, si bien hay excelentes excepciones, en términos
generales seguimos viviendo casi de espaldas a la realidad del
mundo contemporáneo, prenda la radio y recorra el dial, vaya a la
tienda de discos y revise con calma sus anaqueles, verá lo que
quiero decir. Esto es tan complicado o tan sencillo como que,
queramos admitirlo o no, discutirlo, analizarlo o achacárselo a
nuestra proverbial “idiosincrasia”, melancolía o bucólica y
“grisácea” personalidad, que en definitiva, no es más que
una imagen, ya desdibujada que, al parecer aceptamos mantener. A veces pareciera que quienes “manejan” el mercado optan
por no hacer mayor difusión y promoción de otras tendencias en
la, finalmente incomprensible creencia, de asegurarse así los
beneficios. Por otro lado los medios, igualmente presionados por
esta absurda mecánica, tampoco difunden otros géneros, no
divulgan, no se “abren” a otras corrientes que les signifique
llegar a segmentos del público o audiencia, de igual o mayor
importancia pero por ellos descuidados y poco tenidos en cuenta,
cayendo así en un círculo vicioso, “clásico”, por ende
repetitivo cual estigma de un “lo nuestro” de valores desteñidos.
O donde – increíblemente – lo popular, en tanto popular, es
llevado a caer en la mediocridad. Se subestima obscenamente a toda
la audiencia, porque el público dicen – quienes manejan el
negocio, los medios, la difusión masiva – eso es lo que
quiere!!!. Encerrados en este
“micro-clima”, no nos damos cuenta de que en realidad,
nuestras expresiones y manifestaciones musicales, poco trascienden
fronteras, poco son conocidas en otros mercados, poco es el
intercambio. A modo de anécdota, se han dado casos en que a
nuestra popular cuerda de tambores de candombe, en otros países
de Latinoamérica, se le han atribuido tendencias tribales, demoníacas.
Así, aun rendimos pleitesía a unos cuantos artistas a los cuales
los rodeamos de una aureola de majestuosidad (los bueyes sagrados)
que obviamente no tienen y, me atrevo a asegurar, que esto lejos
de favorecerlos finalmente los perjudica, ya que son emblemáticos
por lo que hicieron, por lo que fueron, en vez de darle la
importancia que pudieran tener por lo que ahora hacen y por lo que
puedan hacer como guías de las nuevas generaciones, con la mirada
puesta en la realidad total, de las nuevas tendencias. Esto
demuestra sin lugar a dudas, una fuerte y evidente dificultad para
aceptar y adaptarse a los cambios, globalización incluida. La revolución
necesaria: Solo unos pocos artistas han considerado la
necesidad y tenido la honestidad de escuchar otras músicas y
asimilarlas, no para dejar lo suyo, sino para revalorizarlo a través
de amplios conocimientos y de aprovechar ese trabajo de asimilación,
comprensión y estudio para crecer como músicos, como artistas y
como personas. Para poder trascender, competir y aspirar mayores
logros con posibilidades de ampliar los horizontes, para no perder
el ómnibus de lo contemporáneo y actual, lo que no quiere decir,
perder de vista sus raíces, no, pero conscientes de la
universalidad de los nuevos tiempos, lo que exige “romper
paradigmas” que absurda e inconscientemente puedan atarlos a
vicios de actitud, falsos y malentendidos nacionalismos o
trascendentales pero hoy románticas revoluciones. Artistas que
son reconocidos por sus propuestas musicales, por sus proyectos en
todo el mundo, que comparten el escenarios y los estudios con los
grandes exponentes de distintos géneros pero, también en casa,
los hay en buena cantidad que trabajan, luchan y tienen igualmente
interesantísimas propuestas, actuales y de vanguardia. Juntos
forman parte de las nuevas tendencias, opacadas aun, pero que están
para quedarse. Ellos, nunca se
comprometieron tampoco con el equivocadísimo nacionalismo que se
abroquela en lo propio y se circunscribe al aldeanismo de las
fronteras. Y con una mejor difusión y divulgación podemos hacer
que la revolución, sea el trascender nuestras propias fronteras
(no solo las de la mente) y dar a conocer nuestros valores, pero
conscientes de que la forma de hacerlo, pasa por no
“cerrarnos” a la universalidad de la música, a la que le
pondremos sí, nuestro autóctono sentir. Tenemos con que, la
materia prima existe, variada y de excelente calidad. No debemos olvidar,
para no repetirlo. Lo que no es igual a, repetirlo y repetirlo
para no olvidarlo. Si el mundo es en colores: porque insistir en
verlo en blanco y negro. Podemos hacer de estos tropiezos una
oportunidad. Un País mejor para todos. *
Jorge Rocha: LA ONDA® DIGITAL |
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