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Es propio de una democracia consolidada
como la brasileña, la alternativa en el y del
poder, y el derecho a probar nuevas
fórmulas económicas

por Paulo Roberto de Almeida
Sociólogo, Prof- de Relaciones Internacionales

En juego la credibilidad de Lula y del PT,
comentarios al margen de la razón económica

La reconversión política social-democrática y la transformación económica para una orientación reformista-capitalista del PT y de su candidato a la presidencia de la República, vienen siendo puestas en duda por periodistas, por observadores económicos y por analistas políticos de las más diversas tendencias ideológicas, en especial, cabe señalar, del espectro conservador, o de gobierno, del actual escenario electoral.  Esas críticas, generalmente, tienden a señalar el carácter reciente de esos cambios, su consistencia o sinceridad y, con mayor énfasis, su profundidad o adecuación a nuevos padrones de credibilidad, en vista de los vestigios “socialistas” que aún quedan en el principal líder opositor, así como el grado aún considerado “insuficiente” de preparación técnica, económica o internacional del candidato Lula, de cara a los desafíos coyunturales o de las complejas dificultades estructurales en las que se debate el Brasil. 

A pesar de concederle un cierto grado de legitimidad intrínseca (esto es, interna) a ese tipo de crítica, veo, de mi parte, algo de mala voluntad con relación al candidato del PT, junto con algunos procedimientos tendientes a la amalgama de elementos diversos, que pienso, deben ser considerados por separado y a su propio mérito, como intento demostrar en este texto.  En un artículo publicado en el diario Valor Econômico del 25.09.02, bajo el título de “La hora de la verdad”, la Profesora Eliana Cardoso procede, por decir así, a una síntesis de esas críticas al candidato Lula, reuniendo argumentos económicos, políticos e ideológicos que tenderían a “probar” que él no se encuentra, por cierto, preparado para el cargo, que su “reconversión” no es sincera o consistente y que, de ser electo, podría precipitar en el Brasil una vuelta a los viejos tiempos de inflación y de turbulencias económicas.  No pretendo desmentirla punto por punto, sino ofrecer una visión menos catastrófica de lo que sería un eventual gobierno del PT, cuya posibilidad puede estar tornándose urgentemente realista. 

Tal vez sea necesario agregar, antes que nada, que no soy afiliado, nunca lo fui, a ningún partido brasileño, ni acostumbro pautar mis simpatías electorales simplemente en un espectro del sistema político, prefiriendo elegir racionalmente en función de plataformas y propuestas concretas, basadas principalmente en la consistencia de las posiciones defendidas por los candidatos en función de una adhesión incondicional a ciertos principios éticos y de buena conducta en la vida pública.  Aclaro aún que soy funcionario público federal, un burócrata especializado, pero mis argumentos no están vinculados con obligaciones profesionales o posiciones institucionales. 

Las críticas dirigidas por la Prof. Eliana Cardoso al candidato Lula son resumidas por ella misma al inicio de su artículo.  Según ella, Lula no tiene “instrucción”, “credibilidad” en su reconversión económica y tampoco “experiencia en cuestiones internacionales”.  Su elección, además, podría atraer “inseguridad económica, “terremotos” derivados de las demandas sociales surgidas de allí y “fuga de capitales”, con pérdida de la “riqueza nacional”.  Aparte del requisito “instrucción” – tomado aquí en el sentido de educación formal -, que puede tanto revelar un dato objetivo del itinerario de Lula como ser considerado “preconcepto elitista” visto desde otra perspectiva, no quiero descartar que los demás “peligros” apuntados por ella no existan, efectivamente, inclusive porque tuvimos un poco de todos ellos en las dos administraciones que finalizan ahora, independientemente de los talentos personales y de la capacidad intelectual del presidente FHC. 

Me molesta, sin embargo, metodológicamente, la forma como se presentaron esos “peligros”, casi como una “necesidad hegeliana”, presumiendo que ellos, de hecho, sucederán inapelablemente, lo que, dicho con anticipación, en un escenario naturalmente caliente por el fragor del debate electoral, se inscribe, convengamos, más en el reino de las profecías que en de las posibilidades reales. 

Deseo contraponer a esa visión razonablemente pesimista, para no decir moderadamente catastrófica, algunos argumentos de orden lógico y otros tantos elementos de hecho, para intentar restablecer la balanza, en lo que me parece ser un saludable debate democrático en busca de las mejores soluciones posibles para el Brasil.  No lo hago por pedido de nadie, sino apenas motivado por el deseo de ejercer mi derecho ciudadano de opinar. 

Vamos a separar, en primer lugar, el impedimento de la educación, que no me parece criterio absoluto de competencia presidencial.  El proceso histórico algunas veces sitúa en posiciones de mando a hombres (y mujeres) salidos de las propias filas de los habitualmente mandados, personas que se elevaron por talento individual, persistencia personal o chance ocasional (cualidades identificadas como la virtud y la fortuna maquiavélicas).  Tenemos innumerables ejemplos de ese proceso de “circulación de las elites”, para retomar a algún otro pensador italiano, el sociólogo Gaetano Mosca.  Creo que, hace mucho tiempo, Lula se alzó, por vocación natural, por coraje personal y dedicación a una cierta causa pública, a la posición de “miembro de la elite” brasileña, aunque este tipo de clasificación pueda hacerlo fruncir las cejas de desconfianza.  Desde que comandó la primera huelga en el ABC paulista pasó a pertenecer a esta “elite” de líderes, y desde entonces supo persistir en el liderazgo, aprendiendo en ese itinerario a guiar a otros hombres en la búsqueda de objetivos comunes, sin lo que no hubiera conseguido preservar y aumentar su capacidad de liderar y conducir otros hombres, inclusive de otras esferas profesionales y sociales que no eran las de su origen.  La capacidad de liderazgo es un tipo de “instrucción”, probablemente la mayor que pueda haber, como demostraron antes de Lula otros líderes surgidos de medios similares o comparables, como el polaco Lech Wallesa, también obrero metalúrgico, también líder sindical y finalmente presidente de su país, en uno de los más intensos y conflictivos procesos de democratización – ya que estaban confrontados con un Imperio, éste sí implacable – que se conocen en el siglo 20. 

Por consiguiente, decir que la “falta de instrucción es un obstáculo que el buen sentido no consigue superar” revela una preferencia de principio por títulos universitarios que la experiencia histórica no consigue validar.  Regímenes parlamentaristas europeos tuvieron varios líderes de origen obrero a lo largo del último siglo y el único presidente americano ostentando un PhD se llamó Woodrow Wilson, excepcional en una muestra de talentos mediocres desde el punto de vista del desempeño universitario (al pasar se habla del "instruido" Wilson, mas conocido por sus virtudes "internacionalistas", quien también pasó a la historia norteamericana por otra virtud menos meritoria: fue el presidente que introdujo el principio de la segregación racial como norma legal en el servicio público federal, dando así pase libre para que los estados agravaran sus medidas de "apartheid" en el plano local).  Aunque la educación formal sea importante, no puede ser elevada a la categoría de requisito imprescindible, máxime porque no existe examen de ingreso para las candidaturas presidenciales.  El buen sentido no suple, por cierto, la falta de preparación técnica, pero ningún presidente o ninguna persona reúne todas las cualidades necesarias para administrar, a partir de su propio arbitrio, una economía moderna y un país complejo, razón por la cual un régimen de gabinete es el que más tiende a equilibrar determinados problemas administrativos.  Opciones difíciles se le exigirán a cualquier presidente electo, pero el carácter cesarista y autosuficiente es más susceptible de errar que el espíritu cooperativo, cuando se ejerce en un régimen casi de presidencia colegial. 

Los ejemplos citados por la Prof. Eliana Cardoso como “derivados” de la falta de instrucción – promesa de aumento del salario mínimo o interrumpir las exportaciones hasta garantir el abastecimiento alimenticio interno – no me parecen constituir anticipaciones de “desastres económicos” (la expresión no es de ella), por la simple razón de que cualquier medida de ese tipo tendría que pasar por tantos filtros administrativos o por la necesaria tramitación legislativa que harían que la voluntad política se adecuase a los datos de la realidad económica.  Un debate abierto sobre ese tipo de equivocación, contribuiría, además, a elevar el nivel de comprensión de las realidades económicas por parte de los miembros de uno de los mayores partidos brasileños, complementando los argumentos técnicos de aquellos que, dentro del PT, se esfuerzan por traerlo a posiciones más consistentes de racionalidad instrumental.  En el plano de la democracia política, no se puede olvidar, por ejemplo, que argumentos como aquellos citados corresponden a un cierto “sentido común” de inmensos estratos de la población, siendo por lo tanto también compartidos por el partido que se convirtió en uno de los centros del sistema político brasileño, debiendo ahora subsidiar la “educación económica” de líderes y militantes.  Nunca es tarde para aprender algo, como descubrimos además todos los días con relación a los más experimentados líderes políticos. 

No atribuyo, por otro lado, mayor importancia al argumento de la Prof. Cardoso según el cual  “Lula no esconde su creencia de que los fines justifican los medios”, pues me parece este asunto electoral comúnmente compartido por todos los candidatos, que procuran agradar a militares y a civiles, patrones y obreros, rurales e industriales, griegos y goyanos, en fin, hacen el juego habitual del político intentando seducir potenciales electores.  Tampoco me parece que la referencia negativa al TNP (Tratado de No Proliferación Nuclear) configure una amenaza real de una marcha atrás en las opciones ya consolidadas por el Brasil en ese terreno, pudiendo suscitarse un saludable y amplio debate sobre esa cuestión, que tornará aún más explícito y claro a los ojos de los militares – y de la población como un todo – la acertada decisión por la adhesión a ese instrumento básico del desarme contemporáneo. 

Por otro lado, los deslices verbales y las aparentes inconsistencias económicas de Lula pueden, sí, ser utilizados para un debate sustantivo, pero no me parece que se trate de una cuestión de “mala fe” del candidato – “desprecio por la palabra dicha”, en las palabras de la Profesora – y sí de fragilidad “técnica” de quien dedicó su vida a las luchas sindicales y políticas, antes que a la reflexión económica, lo que no implica ninguna deshonra al trabajo de líder del presidente de honra del PT, cuya “misión histórica” no es, ni nunca fue, la de debatir con economistas profesionales en elegantes senáculos académicos, pero sí la de conducir militantes a una situación de cambio social como la que asistimos hoy, en la cual un partido forjado al margen de los (y contra los) conjuros oligárquicos tradicionales de la política brasileña, consigue convertirse en uno de los centros del sistema partidario nacional. 

Todavía más frágiles, cuando no de evidente injusticia y desconocimiento de la historia reciente del Brasil, son los argumentos de la Profesora en cuanto a lo que serían los “innumerables ejemplos negativos de administraciones petistas”, cuando sabemos que el PT administra un número extremadamente reducido de estados y municipios brasileños, frente al verdadero mar de administraciones controladas hace décadas por liderazgos más tradicionales de la política “oligárquica”, cuyo descalabro administrativo y presupuestal fue justamente responsable por la increíble acumulación de incumplimientos y deudas no pagas, generando buena parte de la actual deuda pública bajo responsabilidad de la Unión, alimentada en gran medida por las renegociaciones de los años 1995-98.  Los ejemplos negativos están más bien situados, en su casi totalidad, en unidades administradas por los partidos de la coalición gubernamental, como cualquier investigación honesta podrá constatar. 

Aún aquí, los deslices verbales y los reflejos “anti-neoliberales” de economistas y otros líderes del PT contra la ley de responsabilidad fiscal y la necesidad de superávits primarios – que revelan el “stock” de “anti-economía” aún remanente en sus filas – no se tradujeron en administraciones irresponsables por parte de ese partido, así como no son necesariamente indicativos de que el PT, de asumir el poder, venga a repudiar normas responsables de administración financiera a cambio de un festival de gastos y del repudio político a las obligaciones pactadas en contratos o acuerdos con entidades financieras internacionales.  Un largo camino fue recorrido por el PT y aquí cabría concederle el beneficio de la duda, antes que condenarlo anticipadamente. 

Que la ascensión de Lula y del PT despierte temores en los círculos conservadores y en los llamados “mercados financieros globales” no constituye una sorpresa, pero no parece razonable suponer que serán los “grupos más radicales del PT” que determinarán la política económica del nuevo gobierno o sus relaciones con los banqueros de Wall Street o con las entidades financieras de Washington.  Es propio de una democracia consolidada como la brasileña, la alternativa en el y del poder, inclusive en un sentido de probar nuevas fórmulas económicas, donde las antiguas no fueron necesariamente las más felices o las más eficaces.  No es que se pretenda una “transformación de la ciencia económica” o “pruebas de laboratorio financiero” a partir de nuevos principios de administración de la política económica, pero un cambio de los rumbos económicos estaba implícito en las plataformas electorales de la mayor parte de los candidatos, inclusive del oficialista, cabiendo obviamente al candidato del PT la mayor parte de una eventual “expiación” por los “temblores” de los últimos tiempos por estar él consistentemente en primera posición y por el hecho de que el partido hubiera asumido posiciones mucho más radicales en el pasado, cuando él parecía bien lejos de asumir responsabilidades gubernamentales. 

Presiones salariales, descontrol presupuestario, hemorragia de capitales, controles cambiarios, pérdida de inversiones, según fueron expresados por la Prof. Eliana Cardoso, son amenazas potenciales, no necesariamente reales, pudiendo, en todo caso, actuar como una “profecía auto-realizable” de “argentinización” alentada por los propios círculos gubernamentales al inicio de la campaña electoral y que mucho hicieron para alimentar el “terrorismo económico” de Wall Street mucho antes de que sus analistas, razonablemente rigurosos, pasasen a preocuparse con ese tipo de posibilidades en el Brasil.  Personalmente no creo, sinceramente, que tal tipo de “argumento” electoral contribuya a un debate racional sobre las opciones de políticas económicas para la próxima administración presidencial, pudiendo, por el contrario, servir para deteriorar aún más el escenario coyuntural justo antes de que el proceso electoral se termine, en uno o en otro sentido (preferido obviamente por la profesora). 

Las opciones de política económica deben ser debatidas en sus méritos (o deméritos) propios, en sus consistencias (o inconsistencias) intrínsecas, en su lógica instrumental (o falta de), no en función de los efectos supuestos que el “stock” de posiciones del pasado podría producir en un futuro aún largamente indeterminado.  Por cierto que el pasado tiene algo que enseñarnos sobre el comportamiento de los actores del presente, pero no se trata de un criterio absoluto, precisamente porque es sometido al tratamiento selectivo (y razonablemente impresionista) de quien presenta los “argumentos”.  Lo que debería estar siendo discutido, con un razonable grado de profundidad, serían las posiciones claramente presentadas por el candidato del partido en su plataforma electoral, que expresan (o por lo menos deberían) un cierto grado de compromiso con líneas directrices que estarán siendo (o no) implementadas dentro de algunos meses.  A ese tipo de debate, la Prof. Eliana Cardoso está en condiciones de contribuir con su conocimiento de la teoría económica, su experiencia gubernamental y en organismos internacionales, su perspectiva académica comprometida con la mejora de las condiciones de vida del pueblo brasileño. 

Podrán ocurrir algunos trastornos en esa caminata, como es normal con cualquier gobierno nuevo – e hipotéticamente con una nueva situación política – pero sería preciso conceder a ese mismo pueblo el derecho democrático de cuestionar los fundamentos de “buena administración” de los gobiernos pasados y de intentar construir un camino alternativo que, sin violar reglas fundamentales de la buena gestión económica, consiga romper con la lógica de “déja vu, all over again” a que estamos acostumbrados hace varias décadas, para no decir siglos. 

Para finalizar, debo confesar que también veo con una cierta aprehensión los temores señalados por la Profesora: fuga de capitales, pérdida de inversiones, distribución por el stock, no por los flujos, reflujo de la globalización y de la apertura económica, visión estrecha de la “autonomía nacional”.  Pero no estoy tan seguro de que, Lula, de ser electo, produzca inevitablemente ese conjunto de “catástrofes”, o por lo menos que ellas se manifiesten con la virulencia anticipada por la académica.  Prefiero creer que prevalecerá el buen sentido y la racionalidad económica, en ese orden, y que economistas suficientemente instruídos, pero también otros agentes públicos preocupados con el bienestar de la mayoría de la población, asumirán puestos de mando en una eventual presidencia de la nueva mayoría, produciendo algunos cambios hace mucho anticipados por generaciones de otros académicos y que nunca pudieron ser implementados por falta de liderazgos comprometidos con esa mayoría de la poblacion, que nunca tuvo canales de interlocutores en los más altos niveles del Estado.  Sólo ese cambio habrá valido una revolución en el Brasil.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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