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Es
propio de una democracia consolidada
A
pesar de concederle un cierto grado de legitimidad intrínseca
(esto es, interna) a ese tipo de crítica, veo, de mi parte, algo
de mala voluntad con relación al candidato del PT, junto con
algunos procedimientos tendientes a la amalgama de elementos
diversos, que pienso, deben ser considerados por separado y a su
propio mérito, como intento demostrar en este texto.
En un artículo publicado en el diario Valor
Econômico del 25.09.02, bajo el título de “La hora de la
verdad”, la Profesora Eliana Cardoso procede, por decir así, a
una síntesis de esas críticas al candidato Lula, reuniendo
argumentos económicos, políticos e ideológicos que tenderían a
“probar” que él no se encuentra, por cierto, preparado para
el cargo, que su “reconversión” no es sincera o consistente y
que, de ser electo, podría precipitar en el Brasil una vuelta a
los viejos tiempos de inflación y de turbulencias económicas.
No pretendo desmentirla punto por punto, sino ofrecer una
visión menos catastrófica de lo que sería un eventual gobierno
del PT, cuya posibilidad puede estar tornándose urgentemente
realista. Tal
vez sea necesario agregar, antes que nada, que no soy afiliado,
nunca lo fui, a ningún partido brasileño, ni acostumbro pautar
mis simpatías electorales simplemente en un espectro del sistema
político, prefiriendo elegir racionalmente en función de
plataformas y propuestas concretas, basadas principalmente en la
consistencia de las posiciones defendidas por los candidatos en
función de una adhesión incondicional a ciertos principios éticos
y de buena conducta en la vida pública.
Aclaro aún que soy funcionario público federal, un burócrata
especializado, pero mis argumentos no están vinculados con
obligaciones profesionales o posiciones institucionales. Las
críticas dirigidas por la Prof. Eliana Cardoso al candidato Lula
son resumidas por ella misma al inicio de su artículo.
Según ella, Lula no tiene “instrucción”,
“credibilidad” en su reconversión económica y tampoco
“experiencia en cuestiones internacionales”.
Su elección, además, podría atraer “inseguridad económica,
“terremotos” derivados de las demandas sociales surgidas de
allí y “fuga de capitales”, con pérdida de la “riqueza
nacional”. Aparte
del requisito “instrucción” – tomado aquí en el sentido de
educación formal -, que puede tanto revelar un dato objetivo del
itinerario de Lula como ser considerado “preconcepto elitista”
visto desde otra perspectiva, no quiero descartar que los demás
“peligros” apuntados por ella no existan, efectivamente,
inclusive porque tuvimos un poco de todos ellos en las dos
administraciones que finalizan ahora, independientemente de los
talentos personales y de la capacidad intelectual del presidente
FHC. Me
molesta, sin embargo, metodológicamente, la forma como se
presentaron esos “peligros”, casi como una “necesidad
hegeliana”, presumiendo que ellos, de hecho, sucederán
inapelablemente, lo que, dicho con anticipación, en un escenario
naturalmente caliente por el fragor del debate electoral, se
inscribe, convengamos, más en el reino de las profecías que en
de las posibilidades reales. Deseo
contraponer a esa visión razonablemente pesimista, para no decir
moderadamente catastrófica, algunos argumentos de orden lógico y
otros tantos elementos de hecho, para intentar restablecer la
balanza, en lo que me parece ser un saludable debate democrático
en busca de las mejores soluciones posibles para el Brasil.
No lo hago por pedido de nadie, sino apenas motivado por el
deseo de ejercer mi derecho ciudadano de opinar. Vamos
a separar, en primer lugar, el impedimento de la educación, que
no me parece criterio absoluto de competencia presidencial.
El proceso histórico algunas veces sitúa en posiciones de
mando a hombres (y mujeres) salidos de las propias filas de los
habitualmente mandados, personas que se elevaron por talento
individual, persistencia personal o chance ocasional (cualidades
identificadas como la virtud
y la fortuna maquiavélicas). Tenemos
innumerables ejemplos de ese proceso de “circulación de las
elites”, para retomar a algún otro pensador italiano, el sociólogo
Gaetano Mosca. Creo
que, hace mucho tiempo, Lula se alzó, por vocación natural, por
coraje personal y dedicación a una cierta causa pública, a la
posición de “miembro de la elite” brasileña, aunque este
tipo de clasificación pueda hacerlo fruncir las cejas de
desconfianza. Desde
que comandó la primera huelga en el ABC paulista pasó a
pertenecer a esta “elite” de líderes, y desde entonces supo
persistir en el liderazgo, aprendiendo en ese itinerario a guiar a
otros hombres en la búsqueda de objetivos comunes, sin lo que no
hubiera conseguido preservar y aumentar su capacidad de liderar y
conducir otros hombres, inclusive de otras esferas profesionales y
sociales que no eran las de su origen.
La capacidad de liderazgo es un tipo de “instrucción”,
probablemente la mayor que pueda haber, como demostraron antes de
Lula otros líderes surgidos de medios similares o comparables,
como el polaco Lech Wallesa, también obrero metalúrgico, también
líder sindical y finalmente presidente de su país, en uno de los
más intensos y conflictivos procesos de democratización – ya
que estaban confrontados con un Imperio, éste sí implacable –
que se conocen en el siglo 20. Por
consiguiente, decir que la “falta de instrucción es un obstáculo
que el buen sentido no consigue superar” revela una preferencia
de principio por títulos universitarios que la experiencia histórica
no consigue validar. Regímenes
parlamentaristas europeos tuvieron varios líderes de origen
obrero a lo largo del último siglo y el único presidente
americano ostentando un PhD se llamó Woodrow Wilson, excepcional
en una muestra de talentos mediocres desde el punto de vista del
desempeño universitario (al
pasar se habla del "instruido" Wilson, mas conocido por
sus virtudes "internacionalistas", quien también pasó
a la historia norteamericana por otra virtud menos meritoria: fue
el presidente que introdujo el principio de la segregación racial
como norma legal en el servicio público federal, dando así pase
libre para que los estados agravaran sus medidas de
"apartheid" en el plano local). Aunque
la educación formal sea importante, no puede ser elevada a la
categoría de requisito imprescindible, máxime porque no existe
examen de ingreso para las candidaturas presidenciales.
El buen sentido no suple, por cierto, la falta de preparación
técnica, pero ningún presidente o ninguna persona reúne todas
las cualidades necesarias para administrar, a partir de su propio
arbitrio, una economía moderna y un país complejo, razón por la
cual un régimen de gabinete es el que más tiende a equilibrar
determinados problemas administrativos.
Opciones difíciles se le exigirán a cualquier presidente
electo, pero el carácter cesarista y autosuficiente es más
susceptible de errar que el espíritu cooperativo, cuando se
ejerce en un régimen casi de presidencia colegial. Los
ejemplos citados por la Prof. Eliana Cardoso como “derivados”
de la falta de instrucción – promesa de aumento del salario mínimo
o interrumpir las exportaciones hasta garantir el abastecimiento
alimenticio interno – no me parecen constituir anticipaciones de
“desastres económicos” (la expresión no es de ella), por la
simple razón de que cualquier medida de ese tipo tendría que
pasar por tantos filtros administrativos o por la necesaria
tramitación legislativa que harían que la voluntad política se
adecuase a los datos de la realidad económica.
Un debate abierto sobre ese tipo de equivocación,
contribuiría, además, a elevar el nivel de comprensión de las
realidades económicas por parte de los miembros de uno de los
mayores partidos brasileños, complementando los argumentos técnicos
de aquellos que, dentro del PT, se esfuerzan por traerlo a
posiciones más consistentes de racionalidad instrumental.
En el plano de la democracia política, no se puede
olvidar, por ejemplo, que argumentos como aquellos citados
corresponden a un cierto “sentido común” de inmensos estratos
de la población, siendo por lo tanto también compartidos por el
partido que se convirtió en uno de los centros del sistema político
brasileño, debiendo ahora subsidiar la “educación económica”
de líderes y militantes. Nunca
es tarde para aprender algo, como descubrimos además todos los días
con relación a los más experimentados líderes políticos. No
atribuyo, por otro lado, mayor importancia al argumento de la
Prof. Cardoso según el cual
“Lula no esconde su creencia de que los fines justifican
los medios”, pues me parece este asunto electoral comúnmente
compartido por todos los candidatos, que procuran agradar a
militares y a civiles, patrones y obreros, rurales e industriales,
griegos y goyanos, en fin, hacen el juego habitual del político
intentando seducir potenciales electores.
Tampoco me parece que la referencia negativa al TNP
(Tratado de No Proliferación Nuclear) configure una amenaza real
de una marcha atrás en las opciones ya consolidadas por el Brasil
en ese terreno, pudiendo suscitarse un saludable y amplio debate
sobre esa cuestión, que tornará aún más explícito y claro a
los ojos de los militares – y de la población como un todo –
la acertada decisión por la adhesión a ese instrumento básico
del desarme contemporáneo. Por
otro lado, los deslices verbales y las aparentes inconsistencias
económicas de Lula pueden, sí, ser utilizados para un debate
sustantivo, pero no me parece que se trate de una cuestión de
“mala fe” del candidato – “desprecio por la palabra
dicha”, en las palabras de la Profesora – y sí de fragilidad
“técnica” de quien dedicó su vida a las luchas sindicales y
políticas, antes que a la reflexión económica, lo que no
implica ninguna deshonra al trabajo de líder del presidente de
honra del PT, cuya “misión histórica” no es, ni nunca fue,
la de debatir con economistas profesionales en elegantes senáculos
académicos, pero sí la de conducir militantes a una situación
de cambio social como la que asistimos hoy, en la cual un partido
forjado al margen de los (y contra los) conjuros oligárquicos
tradicionales de la política brasileña, consigue convertirse en
uno de los centros del sistema partidario nacional. Todavía
más frágiles, cuando no de evidente injusticia y desconocimiento
de la historia reciente del Brasil, son los argumentos de la
Profesora en cuanto a lo que serían los “innumerables ejemplos
negativos de administraciones petistas”, cuando sabemos que el
PT administra un número extremadamente reducido de estados y
municipios brasileños, frente al verdadero mar de
administraciones controladas hace décadas por liderazgos más
tradicionales de la política “oligárquica”, cuyo descalabro
administrativo y presupuestal fue justamente responsable por la
increíble acumulación de incumplimientos y deudas no pagas,
generando buena parte de la actual deuda pública bajo
responsabilidad de la Unión, alimentada en gran medida por las
renegociaciones de los años 1995-98.
Los ejemplos negativos están más bien situados, en su
casi totalidad, en unidades administradas por los partidos de la
coalición gubernamental, como cualquier investigación honesta
podrá constatar. Aún
aquí, los deslices verbales y los reflejos
“anti-neoliberales” de economistas y otros líderes del PT
contra la ley de responsabilidad fiscal y la necesidad de superávits
primarios – que revelan el “stock” de “anti-economía” aún
remanente en sus filas – no se tradujeron en administraciones
irresponsables por parte de ese partido, así como no son
necesariamente indicativos de que el PT, de asumir el poder, venga
a repudiar normas responsables de administración financiera a
cambio de un festival de gastos y del repudio político a las
obligaciones pactadas en contratos o acuerdos con entidades
financieras internacionales.
Un largo camino fue recorrido por el PT y aquí cabría
concederle el beneficio de la duda, antes que condenarlo
anticipadamente. Que
la ascensión de Lula y del PT despierte temores en los círculos
conservadores y en los llamados “mercados financieros
globales” no constituye una sorpresa, pero no parece razonable
suponer que serán los “grupos más radicales del PT” que
determinarán la política económica del nuevo gobierno o sus
relaciones con los banqueros de Wall Street o con las entidades
financieras de Washington. Es
propio de una democracia consolidada como la brasileña, la
alternativa en el y del poder, inclusive en un sentido de probar
nuevas fórmulas económicas, donde las antiguas no fueron
necesariamente las más felices o las más eficaces.
No es que se pretenda una “transformación de la ciencia
económica” o “pruebas de laboratorio financiero” a partir
de nuevos principios de administración de la política económica,
pero un cambio de los rumbos económicos estaba implícito en las
plataformas electorales de la mayor parte de los candidatos,
inclusive del oficialista, cabiendo obviamente al candidato del PT
la mayor parte de una eventual “expiación” por los
“temblores” de los últimos tiempos por estar él
consistentemente en primera posición y por el hecho de que el
partido hubiera asumido posiciones mucho más radicales en el
pasado, cuando él parecía bien lejos de asumir responsabilidades
gubernamentales. Presiones
salariales, descontrol presupuestario, hemorragia de capitales,
controles cambiarios, pérdida de inversiones, según fueron
expresados por la Prof. Eliana Cardoso, son amenazas potenciales,
no necesariamente reales, pudiendo, en todo caso, actuar como una
“profecía auto-realizable” de “argentinización” alentada
por los propios círculos gubernamentales al inicio de la campaña
electoral y que mucho hicieron para alimentar el “terrorismo
económico” de Wall Street mucho antes de que sus analistas,
razonablemente rigurosos, pasasen a preocuparse con ese tipo de
posibilidades en el Brasil. Personalmente
no creo, sinceramente, que tal tipo de “argumento” electoral
contribuya a un debate racional sobre las opciones de políticas
económicas para la próxima administración presidencial,
pudiendo, por el contrario, servir para deteriorar aún más el
escenario coyuntural justo antes de que el proceso electoral se
termine, en uno o en otro sentido (preferido obviamente por la
profesora). Las
opciones de política económica deben ser debatidas en sus méritos
(o deméritos) propios, en sus consistencias (o inconsistencias)
intrínsecas, en su lógica instrumental (o falta de), no en función
de los efectos supuestos que el “stock” de posiciones del
pasado podría producir en un futuro aún largamente
indeterminado. Por
cierto que el pasado tiene algo que enseñarnos sobre el
comportamiento de los actores del presente, pero no se trata de un
criterio absoluto, precisamente porque es sometido al tratamiento
selectivo (y razonablemente impresionista) de quien presenta los
“argumentos”. Lo
que debería estar siendo discutido, con un razonable grado de
profundidad, serían las posiciones claramente presentadas por el
candidato del partido en su plataforma electoral, que expresan (o
por lo menos deberían) un cierto grado de compromiso con líneas
directrices que estarán siendo (o no) implementadas dentro de
algunos meses. A ese
tipo de debate, la Prof. Eliana Cardoso está en condiciones de
contribuir con su conocimiento de la teoría económica, su
experiencia gubernamental y en organismos internacionales, su
perspectiva académica comprometida con la mejora de las
condiciones de vida del pueblo brasileño. Podrán
ocurrir algunos trastornos en esa caminata, como es normal con
cualquier gobierno nuevo – e hipotéticamente con una nueva
situación política – pero sería preciso conceder a ese mismo
pueblo el derecho democrático de cuestionar los fundamentos de
“buena administración” de los gobiernos pasados y de intentar
construir un camino alternativo que, sin violar reglas
fundamentales de la buena gestión económica, consiga romper con
la lógica de “déja vu, all over again” a que estamos
acostumbrados hace varias décadas, para no decir siglos. Para
finalizar, debo confesar que también veo con una cierta aprehensión
los temores señalados por la Profesora: fuga de capitales, pérdida
de inversiones, distribución por el stock, no por los flujos,
reflujo de la globalización y de la apertura económica, visión
estrecha de la “autonomía nacional”.
Pero no estoy tan seguro de que, Lula, de ser electo,
produzca inevitablemente ese conjunto de “catástrofes”, o por
lo menos que ellas se manifiesten con la virulencia anticipada por
la académica. Prefiero
creer que prevalecerá el buen sentido y la racionalidad económica,
en ese orden, y que economistas suficientemente instruídos, pero
también otros agentes públicos preocupados con el bienestar de
la mayoría de la población, asumirán puestos de mando en una
eventual presidencia de la nueva mayoría, produciendo algunos
cambios hace mucho anticipados por generaciones de otros académicos
y que nunca pudieron ser implementados por falta de liderazgos
comprometidos con esa mayoría de la poblacion, que nunca tuvo
canales de interlocutores en los más altos niveles del Estado.
Sólo ese cambio habrá valido una revolución en el
Brasil. Traducido
para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte LA ONDA® DIGITAL |
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