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Nosotros
creemos que si el Estado no
No creemos que
todas las personas que se han sumado a ese coro consideren a la
cultura un bien suntuario. Muchos de ellos, a título personal o
familiar, invierten sus propios recursos en su capacidad de
desarrollarse como seres humanos, como ciudadanos. Leen, escuchan,
aprecian detalles, disfrutan, hacen deporte, se recrean... Es
notorio que para estas personas no alcanza con los años de enseñanza
formal para ser capaces de abrirse paso en esta vida, discernir,
discrepar y poder expresar sus ideas. Esas personas han invertido
en “su” cultura y sin duda desearán que lo mismo suceda para
todos los demás. Ese derecho
elemental, de crecer así, pensando con cabeza propia, sintiendo
cada cual a su manera y comunicándose libremente con el entorno,
consideramos nosotros que es el derecho a la cultura. Un derecho
humano, una necesidad básica. Suponiendo que
todos estemos de acuerdo con eso, desde el edil colorado Linzo
hasta algunos dirigentes de Adeom, parece necesario hacer algunas
precisiones sobre el tema presupuestal pero ubicándolo en un
contexto necesariamente más amplio. Una aclaración
previa. Personalmente hemos señalado en varias oportunidades, en
la prensa (la última vez fue en El Observador, el 4/8 pasado), en
la Junta Departamental y en diversos seminarios (la primera vez
fue en la UCUDAL, en el 96), que es imprescindible una reforma del
estado en el sector cultura. Básicamente, porque hay una
inadecuación de los recursos humanos y materiales que el país
destina a este sector respecto a los desafíos actuales en el ámbito
cultural. Hemos heredado una estructura del sector,
particularmente en el Municipio, que acumuló institutos, prácticas
y organizaciones que distan bastante de nuestra forma de pensar
hoy y que
rigidizan sobremanera la posibilidad de desplegar la
potencialidad de la cultura. Por eso mismo hemos propuesto desde
el año pasado desarrollar un plan estratégico de cultura que encare seriamente esta situación.
Hemos dicho que pretendemos una reforma del sector sin prejuicios,
sin modas, sin tomar como “variables de ajuste” a los artistas
y a las metas genuinas de una política cultural asumida como tal.
No nos duelen prendas, entonces, cuando se trata de analizar críticamente
las características de nuestro sector. Con la promoción de
estudios (como “La Cultura da Trabajo”, 1995-97) e
intercambios (como la Asamblea Arte y Presupuesto, 1995; la
Asamblea General de la Cultura, 1996) lo hemos patrocinado en
varias oportunidades y hemos procurado actuar en la práctica
cotidiana en atención a tales planteos. En abril del año pasado
expusimos estos puntos a varias organizaciones culturales. Y,
precisamente en estos días, para darle el soporte académico que
merece esta reflexión, estamos concretando un convenio con el
Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República.
Por ello, nos parece lamentable cuando se abordan estas cosas,
necesariamente complejas y largamente ausentes en el debate democrático,
con premuras cotidianas y una aparente superficialidad. El Departamento de
Cultura se adecua a las pautas presupuestales que sugieren
nuestros compañeros de Recursos Financieros en acuerdo con el Sr.
Intendente. En sus gastos de funcionamiento, Cultura no ha
generado déficit alguno, o sea, no ha gastado más allá de lo
autorizado por el deliberativo comunal. Es más, desde el año 98
se le ha establecido una
rebaja cercana al 50 % y así lo ha cumplido. Reflexión y práctica:
para no decaer e, incluso, ampliar la actividad se ha desarrollado
una relación dinámica y cuidadosa con el sector privado. Muchos
de sus emprendimientos han sido posibles, como es público y
notorio, en virtud del apoyo del sector privado: gremial,
institucional, de personas y empresarial. Por eso la crisis,
conviene señalarlo, nos golpea doblemente: cuesta muchísimo más
que antes contar con el castigado sector privado de nuestro país. Alguna vez hemos oído
establecer comparaciones con el presupuesto del Ministerio de
Educación y Cultura. Si uno quiere observar algunos parámetros
de ese tipo, debe comparar sumando a ese Ministerio el de Turismo,
el de Deportes y el SODRE sin la radiodifusión. Esas son, genéricamente,
las áreas que están en el Departamento de Cultura capitalino,
subrayándose específicamente la enorme planta patrimonial que
tiene en su haber: desde el Jardín Botánico, por ejemplo, hasta
los museos, pasando por la Sala Zitarrosa. Dicho sea de paso, esta
inversión también cuestionada en su momento por el mismo edil y
algunos otros, es hoy un ejemplo elocuente de lo que representa la
aplicación de recursos públicos en valorizaciones patrimoniales
tangibles e
intangibles. En la rendición de
cuentas del 2001, los gastos de funcionamiento del Departamento
significaron el 4,40 % del total de la IMM. Allí debe incluirse
para tener una idea: desde el alimento para los animales de los
zoológicos hasta el pago de los servicios de limpieza; desde el
Carnaval, o el Programa de deportes en las playas, o la Carpa que
recorre los barrios, o la informatización de las bibliotecas o
los premios literarios anuales, hasta la actividad de la Comedia
Nacional, la Orquesta Filarmónica y la Banda Sinfónica. En este
punto es de señalar la importancia del apoyo municipal a las
fuentes de trabajo que se generan en el universo artístico no
estatal y el impacto ocupacional indirecto que ello genera. En un Departamento
que tiene un enorme activo fijo con bienes muebles e inmuebles muy
valiosos, las inversiones representan el 0,85 %. Si se incluye al
Teatro Solís, que debe ser considerada una obra central, el
porcentaje es del 4,20 %. (Se ha establecido una comparación engañosa
con la División Vialidad, sumando rubros de manera no clara; esa
División muestra un 23,75% en Inversiones). ¿Dónde está el
mayor peso del presupuesto de Cultura?. Está en las retribuciones
personales de los funcionarios del Departamento: estos representan
casi el 78 % de todo su presupuesto, un 11,72% del total
municipal. Actualmente los integrantes de esta repartición son
1.135 personas. Es importante observar que, según el informe
anual de Recursos Humanos, esa cantidad significa el 13,2 % de
toda la población municipal. Es decir, los funcionarios de
Cultura están por debajo de la media de retribuciones personales
de la Intendencia. Además, debe tenerse en cuenta la relación
con un patrimonio muy vasto, como se dijo, y el carácter
particular de los servicios culturales en contacto semanal con
miles de vecinos y visitantes de Montevideo. Igualmente, la
cantidad de trabajadores puede y debe ser objeto de consideración,
pero ha de hacerse con el mismo cuidado que cuando se analizan
otros ámbitos estatales. Echando mano a la cultura Debería ser
posible conformar una única planta artística de primer nivel y
diseñar una política verdaderamente nacional para un
aprovechamiento pleno de la riqueza que tenemos. Debería ser
posible coordinar funcional y materialmente las instancias de
formación artística (¿a quién se le escapa que la única
escuela pública nacional de formación terciaria en el arte dramático
está en esta órbita municipal cuyo presupuesto se quiere
recortar?). Debería ser posible programar las salas y teatros
para un mejor aprovechamiento de los espacios y así facilitar la
producción y el acceso a la diversidad de manifestaciones estéticas.
Tendría que asumirse como una responsabilidad de estado apoyar la
producción audiovisual, promover la inversión en ese terreno y
estimular la circulación plural, para competir con cierta
dignidad en el imbricado mundo de las imágenes. Sería sumamente
importante que hubiese políticas nacionales para apoyar a este
sector, como existen o se discuten para otros sectores aun menos
importantes económica y socialmente.
Debería dejar de ser un título la vinculación entre la
educación y la cultura para constituirse en clave de la integración
efectiva de la sociedad, para permitir el protagonismo real de la
gente y detener la proceso de marginalidad creciente. El tratamiento
residual, por momentos frívolo o primitivo, de estas cuestiones
apenas enunciadas sólo puede explicarse por un desconocimiento
peligroso para esta época de la llamada sociedad de la información. La sensibilidad,
los conocimientos, las formas de ser, de actuar y de
relacionarnos, que se trasmite en una obra teatral uruguaya o en
un escenario carnavalero, no le llega a los uruguayos en la
saturante red comunicacional que descargan los satélites. Si no
hay estrategias públicas (no necesariamente estatales) para
asegurar esos espacios, gubernamentales y no gubernamentales, con
los recursos necesarios para ello, habrá sólo estrategias
comerciales transnacionales que ocupen la escena. Así de
sencillo, así de grave. No es paranoia, se puede ver todos los días
en la televisión: si la manera de ser de los uruguayos no ocupa
su lugar, otras historias –no importa si buenas o malas- lo
ocuparán. Siempre recordamos a Mahatma Gandhi: No
quiero que mi casa quede totalmente rodeada de murallas, ni que
mis ventanas sean tapiadas. Quiero que la cultura de todos los países
sople sobre mi casa tan libremente como sea posible. Pero no
acepto ser derribado por ninguna ráfaga. Efectivamente, en
este mundo del tercer milenio y especialmente en nuestro Uruguay,
hay que echar mano a la cultura... para democratizarla y
potenciarla. Nosotros creemos que si el país no invierte en su cultura, factor determinante del llamado capital social o humano, pierde el tren definitivamente. Nosotros creemos que si el estado no invierte en su cultura, desatiende su razón de ser y deja de cumplir una de sus principales obligaciones constitucionales. Nosotros creemos que si las personas no pueden gozar del derecho a la cultura no hay democracia. Nosotros creemos que la clave del cuidado de los derechos culturales es la promoción de la diversidad cultural y que ésta es una responsabilidad pública de primer orden. Nosotros creemos que es en este lugar, el de los valores, lo simbólico, lo sensorial, lo comunicacional, donde se juega en buena medida el destino del país y su gente. LA ONDA® DIGITAL |
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