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Nosotros creemos que si el Estado no
invierte en su cultura, desatiende su razón
de ser y deja de cumplir una de sus
principales obligaciones constitucionales

Doctor Gonzalo Carámbula

CUANDO OIGO LA PALABRA RECORTES
ECHO MANO A LA CULTURA

En estos días se oyeron planteos en algunos ámbitos gremiales y políticos, que demandan recortes en el presupuesto de Cultura en Montevideo. 

No creemos que todas las personas que se han sumado a ese coro consideren a la cultura un bien suntuario. Muchos de ellos, a título personal o familiar, invierten sus propios recursos en su capacidad de desarrollarse como seres humanos, como ciudadanos. Leen, escuchan, aprecian detalles, disfrutan, hacen deporte, se recrean... Es notorio que para estas personas no alcanza con los años de enseñanza formal para ser capaces de abrirse paso en esta vida, discernir, discrepar y poder expresar sus ideas. Esas personas han invertido en “su” cultura y sin duda desearán que lo mismo suceda para todos los demás. 

Ese derecho elemental, de crecer así, pensando con cabeza propia, sintiendo cada cual a su manera y comunicándose libremente con el entorno, consideramos nosotros que es el derecho a la cultura. Un derecho humano, una necesidad básica. 

Suponiendo que todos estemos de acuerdo con eso, desde el edil colorado Linzo hasta algunos dirigentes de Adeom, parece necesario hacer algunas precisiones sobre el tema presupuestal pero ubicándolo en un contexto necesariamente más amplio. 

Una aclaración previa. Personalmente hemos señalado en varias oportunidades, en la prensa (la última vez fue en El Observador, el 4/8 pasado), en la Junta Departamental y en diversos seminarios (la primera vez fue en la UCUDAL, en el 96), que es imprescindible una reforma del estado en el sector cultura. Básicamente, porque hay una inadecuación de los recursos humanos y materiales que el país destina a este sector respecto a los desafíos actuales en el ámbito cultural. Hemos heredado una estructura del sector, particularmente en el Municipio, que acumuló institutos, prácticas y organizaciones que distan bastante de nuestra forma de pensar hoy y que rigidizan sobremanera la posibilidad de desplegar la potencialidad de la cultura. Por eso mismo hemos propuesto desde el año pasado desarrollar un plan estratégico de cultura que encare seriamente esta situación. Hemos dicho que pretendemos una reforma del sector sin prejuicios, sin modas, sin tomar como “variables de ajuste” a los artistas y a las metas genuinas de una política cultural asumida como tal. No nos duelen prendas, entonces, cuando se trata de analizar críticamente las características de nuestro sector. Con la promoción de estudios (como “La Cultura da Trabajo”, 1995-97) e intercambios (como la Asamblea Arte y Presupuesto, 1995; la Asamblea General de la Cultura, 1996) lo hemos patrocinado en varias oportunidades y hemos procurado actuar en la práctica cotidiana en atención a tales planteos. En abril del año pasado expusimos estos puntos a varias organizaciones culturales. Y, precisamente en estos días, para darle el soporte académico que merece esta reflexión, estamos concretando un convenio con el Instituto de Ciencia Política de la Universidad de la República. Por ello, nos parece lamentable cuando se abordan estas cosas, necesariamente complejas y largamente ausentes en el debate democrático, con premuras cotidianas y una aparente superficialidad. 

El Departamento de Cultura se adecua a las pautas presupuestales que sugieren nuestros compañeros de Recursos Financieros en acuerdo con el Sr. Intendente. En sus gastos de funcionamiento, Cultura no ha generado déficit alguno, o sea, no ha gastado más allá de lo autorizado por el deliberativo comunal. Es más, desde el año 98 se le ha establecido  una rebaja cercana al 50 % y así lo ha cumplido. Reflexión y práctica: para no decaer e, incluso, ampliar la actividad se ha desarrollado una relación dinámica y cuidadosa con el sector privado. Muchos de sus emprendimientos han sido posibles, como es público y notorio, en virtud del apoyo del sector privado: gremial, institucional, de personas y empresarial. Por eso la crisis, conviene señalarlo, nos golpea doblemente: cuesta muchísimo más que antes contar con el castigado sector privado de nuestro país. 

Alguna vez hemos oído establecer comparaciones con el presupuesto del Ministerio de Educación y Cultura. Si uno quiere observar algunos parámetros de ese tipo, debe comparar sumando a ese Ministerio el de Turismo, el de Deportes y el SODRE sin la radiodifusión. Esas son, genéricamente, las áreas que están en el Departamento de Cultura capitalino, subrayándose específicamente la enorme planta patrimonial que tiene en su haber: desde el Jardín Botánico, por ejemplo, hasta los museos, pasando por la Sala Zitarrosa. Dicho sea de paso, esta inversión también cuestionada en su momento por el mismo edil y algunos otros, es hoy un ejemplo elocuente de lo que representa la aplicación de recursos públicos en valorizaciones patrimoniales tangibles  e intangibles. 

En la rendición de cuentas del 2001, los gastos de funcionamiento del Departamento significaron el 4,40 % del total de la IMM. Allí debe incluirse para tener una idea: desde el alimento para los animales de los zoológicos hasta el pago de los servicios de limpieza; desde el Carnaval, o el Programa de deportes en las playas, o la Carpa que recorre los barrios, o la informatización de las bibliotecas o los premios literarios anuales, hasta la actividad de la Comedia Nacional, la Orquesta Filarmónica y la Banda Sinfónica. En este punto es de señalar la importancia del apoyo municipal a las fuentes de trabajo que se generan en el universo artístico no estatal y el impacto ocupacional indirecto que ello genera. 

En un Departamento que tiene un enorme activo fijo con bienes muebles e inmuebles muy valiosos, las inversiones representan el 0,85 %. Si se incluye al Teatro Solís, que debe ser considerada una obra central, el porcentaje es del 4,20 %. (Se ha establecido una comparación engañosa con la División Vialidad, sumando rubros de manera no clara; esa División muestra un 23,75% en Inversiones). 

¿Dónde está el mayor peso del presupuesto de Cultura?. Está en las retribuciones personales de los funcionarios del Departamento: estos representan casi el 78 % de todo su presupuesto, un 11,72% del total municipal. Actualmente los integrantes de esta repartición son 1.135 personas. Es importante observar que, según el informe anual de Recursos Humanos, esa cantidad significa el 13,2 % de toda la población municipal. Es decir, los funcionarios de Cultura están por debajo de la media de retribuciones personales de la Intendencia. Además, debe tenerse en cuenta la relación con un patrimonio muy vasto, como se dijo, y el carácter particular de los servicios culturales en contacto semanal con miles de vecinos y visitantes de Montevideo. Igualmente, la cantidad de trabajadores puede y debe ser objeto de consideración, pero ha de hacerse con el mismo cuidado que cuando se analizan otros ámbitos estatales. 

Echando mano a la cultura
Reiteramos lo que se decía al principio, es posible y necesaria una mejor aplicación de los recursos que se destinan a la cultura, tanto en lo municipal como en lo nacional. Es necesario revisar las estructuras anquilosadas en realidades hoy inexistentes o conformadas por políticas inconsistentes, de otra época. Es imprescindible buscar la sinergia entre organismos que se presentan como nacionales pero que actúan casi exclusivamente en la capital; entre organismos que son municipales pero que tienen una razón de ser y proyección nacional. La búsqueda de la sinergia en los múltiples y riquísimos ámbitos que cuenta el Uruguay es determinante para fortalecer al sector y ahorrar recursos importantes. Se impone una mirada transversal e integral, que supere ciertas chacras, y que trascienda a la rotación de los partidos políticos en el poder porque los tiempos de la cultura, con sus tradiciones y futuros, son muy diferentes a los tiempos administrativos y políticos.
 

Debería ser posible conformar una única planta artística de primer nivel y diseñar una política verdaderamente nacional para un aprovechamiento pleno de la riqueza que tenemos. Debería ser posible coordinar funcional y materialmente las instancias de formación artística (¿a quién se le escapa que la única escuela pública nacional de formación terciaria en el arte dramático está en esta órbita municipal cuyo presupuesto se quiere recortar?). Debería ser posible programar las salas y teatros para un mejor aprovechamiento de los espacios y así facilitar la producción y el acceso a la diversidad de manifestaciones estéticas. Tendría que asumirse como una responsabilidad de estado apoyar la producción audiovisual, promover la inversión en ese terreno y estimular la circulación plural, para competir con cierta dignidad en el imbricado mundo de las imágenes. Sería sumamente importante que hubiese políticas nacionales para apoyar a este sector, como existen o se discuten para otros sectores aun menos importantes económica y socialmente.  Debería dejar de ser un título la vinculación entre la educación y la cultura para constituirse en clave de la integración efectiva de la sociedad, para permitir el protagonismo real de la gente y detener la proceso de marginalidad creciente. 

El tratamiento residual, por momentos frívolo o primitivo, de estas cuestiones apenas enunciadas sólo puede explicarse por un desconocimiento peligroso para esta época de la llamada sociedad de la información. 

La sensibilidad, los conocimientos, las formas de ser, de actuar y de relacionarnos, que se trasmite en una obra teatral uruguaya o en un escenario carnavalero, no le llega a los uruguayos en la saturante red comunicacional que descargan los satélites. Si no hay estrategias públicas (no necesariamente estatales) para asegurar esos espacios, gubernamentales y no gubernamentales, con los recursos necesarios para ello, habrá sólo estrategias comerciales transnacionales que ocupen la escena. Así de sencillo, así de grave. No es paranoia, se puede ver todos los días en la televisión: si la manera de ser de los uruguayos no ocupa su lugar, otras historias –no importa si buenas o malas- lo ocuparán. Siempre recordamos a Mahatma Gandhi: No quiero que mi casa quede totalmente rodeada de murallas, ni que mis ventanas sean tapiadas. Quiero que la cultura de todos los países sople sobre mi casa tan libremente como sea posible. Pero no acepto ser derribado por ninguna ráfaga. 

Efectivamente, en este mundo del tercer milenio y especialmente en nuestro Uruguay, hay que echar mano a la cultura... para democratizarla y potenciarla. 

Nosotros creemos que si el país no invierte en su cultura, factor determinante del llamado capital social o humano, pierde el tren definitivamente. Nosotros creemos que si el estado no invierte en su cultura, desatiende su razón de ser y deja de cumplir una de sus principales obligaciones constitucionales. Nosotros creemos que si las personas no pueden gozar del derecho a la cultura no hay democracia. Nosotros creemos que la clave del cuidado de los derechos culturales es la promoción de la diversidad cultural y que ésta es una responsabilidad pública de primer orden. Nosotros creemos que es en este lugar, el de los valores, lo simbólico, lo sensorial, lo comunicacional, donde se juega en buena medida el destino del país y su gente. LA ONDA® DIGITAL


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