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El
concepto de soberanía esta en peligro Es
un hecho probado por la historia que la legislación internacional
por si misma no es suficiente para detener una agresión por parte
de los Estados Unidos, a este respecto Heinz Dieterich ha
sostenido que “En primera instancia, el derecho siempre protege
a los más débiles” sin embargo, Estados Unidos se empeña en
conseguir que no solo el Congreso apruebe el uso de la fuerza de
forma preventiva (cosa que dicho sea de paso ya logró), sino que
también sea una resolución del Consejo de Seguridad la que
autorice una acción armada contra Irak si llega a obstaculizar en
lo más mínimo las potestades de los inspectores de las Naciones
Unidas. Resulta extraño que en lugar de violentar abiertamente
estas trabas legales -como lo han hecho ya repetidas veces en el
pasado- estén buscando la guerra pero procurando afanosamente el
respaldo legal internacional. ¿Por qué busca Bush la legitimidad
jurídica de acciones ilegítimas de origen (como lo es fracturar
el concepto de soberanía al arrogarse el derecho de patrullar el
territorio iraquí con aviones de guerra británicos y
estadounidenses) teniendo la posibilidad real de lanzar la guerra
sin mayores miramientos? Una
explicación la encontraríamos en la sociedad civil organizada.
Como ya hemos repetido en otras ocasiones –y parafraseando a
Chomsky- “si la gente en los Estados Unidos supiera lo que hace
su gobierno no se lo permitirían”. En México, un semanario dio
a conocer la siguiente información: “Una encuesta del The
Pew Research Center muestra que 73% de los estadounidenses
consideraba a los medios “altamente profesionales en noviembre
pasado. Esa proporción es ahora de solo 49%, incluso inferior al
54% existente antes del 11-S” (Milenio. Sept.23.2002).
Esta cifra muy bien puede ser el reflejo de la opinión pública
en torno a la falsificación de hechos de que ha sido víctima y
que comenzó tan pronto se suscitó la crisis el año pasado. El
Diario Reforma publicó el siguiente titular a escasas dos semanas
de la tragedia: “El periodismo bajo fuego: Los controles
oficiales dificultan la cobertura mediática” y detallaba:
“... tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, la
prensa estadounidense enfrenta el dilema de mantener la
objetividad o apegarse a la ola de patriotismo y a las apelaciones
a la unidad...” (Reforma 26.septiembre.2001). Esta
dinámica muestra que desde el inicio de la crisis los mecanismo
mediáticos de control social funcionaron siguiendo el modelo de
propaganda de Chomsky. Estos mecanismos continuaron de forma
permanente hasta bien entrado este año todavía en las vísperas
del ataque a Irak como lo demuestra un reportaje publicado en el
Semanario Proceso en este mes de octubre que reza: “Tanto
dentro como fuera de Estados Unidos ha surgido una fuerte oposición
a la guerra contra Irak. Ante ello, el gobierno de Bush
intensifica la propaganda para convencer de la necesidad de
derrocar a Saddam Hussein. A mediados de septiembre, según
informaciones publicadas en la prensa estadounidense, el gobierno
del presidente Bush decidió invertir 200 millones de dólares
suplementarios en su “campaña antiSaddam”, supervisada por la
Office of Global Communication. La estrategia no es nueva;
se basa en los guiones utilizados en las guerras del siglo XX:
descalificaciones, hechos exagerados o distorsionados y, sobre
todo, mentiras...” (Proceso. 6.octubre.2002). Cruzando la
información de este reportaje con las cifras que arroja la
encuesta de The Pew Research Center, obtenemos que no
obstante el carácter de permanente de la campaña mediática, sus
efectos son cada vez menores, en otras palabras. George W. Bush
gasta cada vez más dinero en engañar a una población cada día
más conciente (o sea que esta tirando el dinero a la basura). Milenio
Diario remató que de acuerdo con un sondeo de realizado por Guardian/ICM
la posición de los británicos respecto al ataque contra Irak al
29 de septiembre era de 44% en contra frente a un 33% a favor (Milenio
Diario, 2.octubre.2002). Cifras como estas se multiplican
todos los días y a esta dinámica ya no escapa ni siquiera The
New York Times que a su vez dio fé en su momento de la
debilidad que tiene Bush en el frente interno en términos de
opinión pública. Así las cosas todo parece indicar que la gente
en los Estados Unidos cada día se percata más de los malos pasos
en los que andan Bush y los cuarenta matones. A
diferencia de lo que ocurre en nuestros países, un gobierno
acostumbrado a ser atacado por todos los flancos, por todo el
mundo, todo el tiempo, no es susceptible de ser controlado con los
mecanismos con los que se mata a las moscas: a periodicazos. En
otras palabras, la crítica internacional no le quita el sueño ni
a demócratas ni a republicanos. La cosa cambia cuando los
periodicazos no son exógenos sino endógenos, es decir, cuando la
crítica y la movilización social ocurre en el centro mismo del
poder como es el caso en nuestros días. El resultado de esta dinámica
de concientización de masas esta a la vista. Primero fue una
marcha contra la guerra de Afganistán, que aunque simbólica, no
fue tan multitudinaria como se hubiera deseado. Pero más tarde
vinieron repetidas y sistemáticas campañas de protesta en los
Estados Unidos y en todo el mundo, por igual en la calle, que en
foros internacionales o frente a embajadas.
Esta dinámica continúo hasta la reciente carta de los 4
mil intelectuales que como coagulo sanguíneo se atravesó en el
corazón del imperio y que después se reforzó por la marcha de
los 10 mil artistas y trabajadores que en Nueva York dijeron “No
en nuestro nombre”. ¿Qué
salió mal?, ¿funcionaron mal los mecanismos propagandísticos?,
¿fueron lentos?. No, de hecho nada les resultó mal a los
Rumsfeld, Bush, Rice, Powell y sus amigos de Lockheed Martín y
similares (de ahí que en el primer round –Afganistán-
resultaron vencedores), todo
lo que ocurrió es que al parejo de sus victorias quedaron al
descubierto los límites reales de frases como “en tiempos de
guerra la primera víctima es la verdad” o “en tiempos de
guerra, la verdad debe ser protegida por un guardaespaldas de
mentiras” (Winston Churchill). Contra lo que Henry Kissinger
argumentaba al decir que “En nuestros días, existen tantos
argumentos a favor y en contra en torno a un mismo asunto que se
pueden defender ambas posturas perfectamente bien”, lo cierto es
que aunque le pese a Churchill la verdad jamás será una víctima
absoluta como lo demuestra el hecho de que, así sea a la larga,
los crímenes patrocinados por los “guardianes de la libertad”
estadounidenses o franceses, salen a la luz, por igual en Centroamérica
que en Argelia o en cualquier parte del mundo; por su parte,
contra lo que Kissinger sostiene vale la pena recordar lo que dijo
Einstein “para mi, un asesinato en una guerra no es muy
diferente a un asesinato ordinario” dando a entender que
objetivamente el hecho de quitarle la vida a alguien es igualmente
repudiable independientemente de la situación. Entre Einstein y
Kissinger me quedo con Einstein ya que la verdad no depende de la
interpretación de los hechos (de otro modo no existiría la
ciencia social) y al fin, dentro de este marco de referencia, los
“guardaespaldas” a la Churchill acaban por ser poco más
que inútiles. Al fin, tarde o temprano, la gente termina por
darse cuenta de lo que ocurre. La
pandilla de los siete enanos (Bush, Rumsfeld, Rice, Powell,
Cheney, Reich y Negroponte) saben a lo que se enfrentan, saben muy
bien que ante una sociedad crecientemente crítica, las
perspectivas de gobernar con solidez y avanzar en la agenda
solamente a punta de propaganda son decrecientes –algo que
Vicente Fox en México apenas está aprendiendo-, de aquí la
necesidad de apuntalar sus acciones con argumentos legaloides
–que no legales en tanto procuran modificar las leyes (léase
resoluciones del Consejo de Seguridad) para que ajusten a sus
intereses, con lo cual se desvirtúa el ya de por sí flaco y
cansado espíritu imparcial del organismo para convertirla en
legislación ad hoc-. En el fondo esta necesidad de obtener
al menos un dejo de legitimidad de su accionar público es una de
las razones que orillan a George W. Bush a insertarse –aunque
sea artificialmente- dentro del círculo de “lo legal”, aunque
en el proceso violente la naturaleza misma de esa legalidad que
aspira. Tal
vez el culpable de arruinar la culpable de poner en tan intrincada
situación a los siete enanos fue la denuncia de Irene Khan
–Secretaria General de Amnistía Internacional-
cuando sostuvo que “En la lucha contra el terrorismo,
perdieron los derechos humanos” (La Jornada, 26.Junio.2002); o a
lo mejor las repetidas denuncias de Robert Fisk –corresponsal de
The Independent en el área del conflicto- sobre las
violaciones a los derechos humanos y políticos de sospechosos que
estaban siendo torturados, ejecutados o secuestrados para ser
interrogados por la CIA y el FBI (La Jornada 18.Agosto.2002); o
quien quita y fueron los cables que informaban de las condiciones
bestiales (tanto legales como materiales) en las que viven los
detenidos en Guantánamo, condiciones que, de acuerdo con
denuncias de Human Rights Watch, han llevado a por lo menos
30 intentos de suicidio entre los talibán recluidos en el
“centro penitenciario” que tienen los Estados Unidos en la
mayor de las Antillas (La Jornada, 16.Agosto.2002). A lo mejor fue
todo junto, o a lo mejor fue alguno de los otros elementos que
componen el abanico de atrocidades del último año. Lo importante
es que muchos ojos se han abierto, tal vez más de los que
pensamos. Así como es posible calcular el número de
radioescuchas de un programa de radio de acuerdo con el número de
llamadas telefónicas que se reciben en cabina, sería bueno
averiguar si es posible calcular cuantos ojos se han abierto de
acuerdo con el número de manifestantes que se tienen en las
calles. Hay
quien sostiene que la lógica del macroespacio tiene simetrías en
el microespacio, que la lógica global puede encontrar paralelos
en el orden local y que dialécticamente los fenómenos de orden
personal a veces pueden tener referentes en el orden estatal. Hace
algunos meses causo hilaridad el accidente que un mal rato le hizo
pasar a George W. Bush pero que, además de un mal rato para la víctima,
dejó también una enseñanza: una galleta “pretzel” (¿terrorista?)
consiguió de forma efímera pero significativa lo que ningún país
o ser humano en la tierra sería capaz: poner en peligro, al grado
de postrar de rodillas y herirle la cara, al hombre más poderoso
del mundo (que dicho sea de paso es también el mejor protegido).
No es que la repostería sea ya parte del entrenamiento
terrorista, sino más bien que la torpeza mandibular intrínseca
de Bush (esa que lo hizo afirmar sin mayor reparo cuando era
gobernador que “la gran mayoría de nuestras importaciones
vienen de fuera del país” o que “el futuro será mejor mañana”)
puso en evidencia el talón de Aquiles de la nación de las barras
y las estrellas: la principal amenaza a la “seguridad
nacional” (léase de los políticos e industriales petroleros,
farmacéuticos y armamentistas) de los Estados Unidos no es
externa sino interna. Hoy, la resistencia pacifista en los Estados
Unidos puede conseguir lo que ninguna protesta en el mundo puede
lograr: atragantar los ánimos belicistas de su gobierno. Al fin,
me quedo con Einstein y la repostería, al fin, contra la
guerra....galletas. Pd.- El creciente movimiento pacifista en los Estados Unidos nos obliga a repensar el aspecto geográfico de aquella frase del guerrillero heroico que rezaba “del Rio Bravo al sur todos somos hermanos”. LA ONDA® DIGITAL |
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