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Para
la escritora mexicana Elena Poniatowska, descendiente del último
monarca de Polonia, Hubo una noche en México en que soldados del ejército ataviados con un guante blanco masacraron a centenares de estudiantes, mujeres, niños y jóvenes desarmados, disparándoles por la espalda, mientras corrían despavoridos, intentando romper el cerco militar que repetía en Tlatelolco la "Noche Triste" de los aztecas. A la mañana siguiente, la plaza amaneció barrida y la televisión daba el reporte del tiempo. Pero eran demasiados los cadáveres en los anfiteatros, las víctimas o testigos, los detenidos torturados, para que la negación fuera posible. Oriana Fallaci estaba allí ese 2 de octubre de 1968 y escribió, furiosa, apenas se recuperó de las heridas de bala que recibió, el último capítulo de Nada y así sea, sobre la guerra de Vietnam, diciendo que lo que había pasado en la Plaza de las Tres Culturas, era peor que el bombardeo vietnamés más horrible, porque allí no había dónde correr a guarecerse. Años después, ante la evidencia, el gobierno del presidente Luis Echeverría Alvarez (1971-1976), decidió apoyar el ofrecimiento del prestigioso premio Xavier Villaurrutia a la periodista mexicana Elena Poniatowska, por su libro de denuncia La noche de Tlatelolco, en el que se documentaba el horror de la matanza. Premiar la obra era una manera endiabladamente inteligente de modificar la imagen de lo que había sucedido en el período anterior, cuando él era secretario de Gobernación. "Así asumía los testimonios como si fueran una tragedia compartida en la que no había culpables ni responsables", explica ella. Fue entonces cuando, en una carta pública -que apareció "mutilada" en El Excélsior- Elena rechazó la nominación con una pregunta clara: "¿Quién premiará a los muertos?". No era, como no lo son muchos de sus libros, una obra que pudiera ser festejada. (Claro que Poniatowska ha obtenido incontables premios nacionales e internacionales de periodismo y literatura, y sobre su propia vida se han hecho varias biografías y montañas de artículos). "La noche de Tlatelolco es sólo una denuncia, una acusación que recae directamente sobre el gobierno de Díaz Ordaz y sobre quienes propiciaron la matanza", puntualiza. Para escribirla, Elena, la descendiente de Estanislao Augusto Poniatowski, el último monarca de Polonia; la hija de Paulette Amor, una mexicana con el arrojo de la azteca que parió a Huitzilopotchli -manejaba una ambulancia en la Segunda Guerra sacando heridos de los campos de batalla-; la muchacha sonriente de ojos azules que creció en una inmensa casa de la Rue Bretón de París y estudió interna en Filadelfia en colegios privados; que bailaba en las galas del Jockey Club de Ciudad de México donde era famosa su belleza y la de las mujeres de su familia, y que departía con los intelectuales más importantes de la época -Octavio Paz, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis y Luis Buñuel se inclinaban ante su inteligencia- pasó todos los domingos del año que siguió a la masacre, con los detenidos en la cárcel de Lecumberri. Para entrar en la tenebrosa prisión se sujetó a la incomodidad de la revisión, a los reglamentos del vestido y se cambió de nombre en la mayoría de las ocasiones, apuntándose en distintas listas de presos para no llamar la atención por sus visitas constantes. Como no podía llevar pluma ni papel, salía corriendo a su casa para escribir los relatos memorizados. Luego, ella, que estaba amamantando a su segundo hijo por esos días, se iba a encontrar con las madres de los muchachos muertos y les preguntaba con la urgencia de salvar la memoria. Sabía que indagar, "horadar en el dolor, es una insolencia". Pero también sabía que no podía dejar en el olvido lo que estaban sucediendo en su país. Y mientras Octavio Paz renunciaba a su cargo de embajador en la India en un acto de protesta por esa noche triste, ella escribía, sin parar, sin escuchar la sordina del miedo. Sin oír las advertencias de quienes abusan del poder. La verdad, nunca lo ha hecho. Se encogió de hombros cuando la sacaron del Canal 13 por transmitir la historia de una vendedora de tejolotes a la que la policía había pateado salvajemente -estuvo proscrita de Televisa durante años-; y, como escribió de ella Guadalupe Loaeza, este marzo, cuando cumplió 70 años, alguna vez le pusieron un carro con policías frente a su casa para vigilar sus movimientos y les fue a ofrecer un café. No le importó la noche que le hicieron pasar en la cárcel de Temixco porque indagaba sobre el robo de las tierras campesinas que hacía el gobernador en la zona para crear un condominio, e igual lo denunció en su libro Fuerte es el Silencio. Y, cuando a raíz de Tlatelolco y de sus textos sobre los desaparecidos políticos comenzó a recibir llamadas nocturnas donde la llenaban de improperios -"P..., hija de la chingada, vas a ver lo que te va a pasar..."-, tomó una medida extrema: se cambió de recámara, para no oír el teléfono, y no pasar la incomodidad de descolgarlo. - ¿Cuál
es su visión del juicio al ex presidente Echeverría? - Lo
contradictorio es que él se decía amigo de Allende, y de hecho
protegió a los estudiantes chilenos exilados tras su asesinato... (Durante el gobierno de Echeverría, México cortó su trato diplomático con Taiwán, y estableció relaciones amistosas con China, país que ha visitado siete veces desde entonces. A los ochenta años se precia de haber conocido a tres generaciones de líderes chinos, y en los elogios que hace al gobierno de este país nunca ha aludido a la masacre de la plaza Tien Amen, donde asesinaron a cientos de estudiantes). - Hay una
foto suya con el rostro cubierto como un zapatista. Entiendo que
respeta al Comandante Marcos de un modo irrestricto. - ¿No ha
pensado en entrevistarlo ahora? Es de las pocas personas que saben
dónde encontrarlo... - ¿Siente
desilusión frente a Fox o aún le concede un compás de espera? - ¿Cómo
ve hoy la izquierda que gobierna Cuba, y la que representa la
guerrilla colombiana? Alguna
vez Poniatowska declaró que era torpe para mentir. Tampoco se
sube de tono. Es olvidadiza: extravía las llaves, perdió el
cheque de casi 200.000 dólares que le dieron por el premio de
Novela Alfaguara 2001; pero no olvida a sus muertos: a los de la
noche de Tlatelolco, o a quienes murieron en el terremoto que
sacudió a México bajo edificios que se desplomaban porque habían
sido levantados al modo de los corruptos, por un gobierno que
otorgaba prebendas para enriquecerse. Tampoco a quienes viven con
coraje aunque eso implique una condena a muerte. No se calló
nunca ni se callará ante el crimen, la injusticia, o cualquier
acto que cause dolor o daño a la gente desamparada. Es que Elena
Poniatowska ejerce, como un acto vital al que no renunciará jamás,
la indignación. LA ONDA® DIGITAL |
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