Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

Para la escritora mexicana Elena Poniatowska, descendiente del último monarca de Polonia,
"Hay concenso sobre que el primer responsable
de la matanza de Tlatelolco fue Echeverría"

por Adriana Herrera

Hubo una noche en México en que soldados del ejército ataviados con un guante blanco masacraron a centenares de estudiantes, mujeres, niños y jóvenes desarmados, disparándoles por la espalda, mientras corrían despavoridos, intentando romper el cerco militar que repetía en Tlatelolco la "Noche Triste" de los aztecas. A la mañana siguiente, la plaza amaneció barrida y la televisión daba el reporte del tiempo. Pero eran demasiados los cadáveres en los anfiteatros, las víctimas o testigos, los detenidos torturados, para que la negación fuera posible. Oriana Fallaci estaba allí ese 2 de octubre de 1968 y escribió, furiosa, apenas se recuperó de las heridas de bala que recibió, el último capítulo de Nada y así sea, sobre la guerra de Vietnam, diciendo que lo que había pasado en la Plaza de las Tres Culturas, era peor que el bombardeo vietnamés más horrible, porque allí no había dónde correr a guarecerse. 

Años después, ante la evidencia, el gobierno del presidente Luis Echeverría Alvarez (1971-1976), decidió apoyar el ofrecimiento del prestigioso premio Xavier Villaurrutia a la periodista mexicana Elena Poniatowska, por su libro de denuncia La noche de Tlatelolco, en el que se documentaba el horror de la matanza. Premiar la obra era una manera endiabladamente inteligente de modificar la imagen de lo que había sucedido en el período anterior, cuando él era secretario de Gobernación. "Así asumía los testimonios como si fueran una tragedia compartida en la que no había culpables ni responsables", explica ella. Fue entonces cuando, en una carta pública -que apareció "mutilada" en El Excélsior- Elena rechazó la nominación con una pregunta clara: "¿Quién premiará a los muertos?". 

No era, como no lo son muchos de sus libros, una obra que pudiera ser festejada. (Claro que Poniatowska ha obtenido incontables premios nacionales e internacionales de periodismo y literatura, y sobre su propia vida se han hecho varias biografías y montañas de artículos). "La noche de Tlatelolco es sólo una denuncia, una acusación que recae directamente sobre el gobierno de Díaz Ordaz y sobre quienes propiciaron la matanza", puntualiza.

Para escribirla, Elena, la descendiente de Estanislao Augusto Poniatowski, el último monarca de Polonia; la hija de Paulette Amor, una mexicana con el arrojo de la azteca que parió a Huitzilopotchli -manejaba una ambulancia en la Segunda Guerra sacando heridos de los campos de batalla-; la muchacha sonriente de ojos azules que creció en una inmensa casa de la Rue Bretón de París y estudió interna en Filadelfia en colegios privados; que bailaba en las galas del Jockey Club de Ciudad de México donde era famosa su belleza y la de las mujeres de su familia, y que departía con los intelectuales más importantes de la época -Octavio Paz, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis y Luis Buñuel se inclinaban ante su inteligencia- pasó todos los domingos del año que siguió a la masacre, con los detenidos en la cárcel de Lecumberri.

Para entrar en la tenebrosa prisión se sujetó a la incomodidad de la revisión, a los reglamentos del vestido y se cambió de nombre en la mayoría de las ocasiones, apuntándose en distintas listas de presos para no llamar la atención por sus visitas constantes. Como no podía llevar pluma ni papel, salía corriendo a su casa para escribir los relatos memorizados. Luego, ella, que estaba amamantando a su segundo hijo por esos días, se iba a encontrar con las madres de los muchachos muertos y les preguntaba con la urgencia de salvar la memoria. Sabía que indagar, "horadar en el dolor, es una insolencia". Pero también sabía que no podía dejar en el olvido lo que estaban sucediendo en su país. Y mientras Octavio Paz renunciaba a su cargo de embajador en la India en un acto de protesta por esa noche triste, ella escribía, sin parar, sin escuchar la sordina del miedo. Sin oír las advertencias de quienes abusan del poder. La verdad, nunca lo ha hecho.

Se encogió de hombros cuando la sacaron del Canal 13 por transmitir la historia de una vendedora de tejolotes a la que la policía había pateado salvajemente -estuvo proscrita de Televisa durante años-; y, como escribió de ella Guadalupe Loaeza, este marzo, cuando cumplió 70 años, alguna vez le pusieron un carro con policías frente a su casa para vigilar sus movimientos y les fue a ofrecer un café. No le importó la noche que le hicieron pasar en la cárcel de Temixco porque indagaba sobre el robo de las tierras campesinas que hacía el gobernador en la zona para crear un condominio, e igual lo denunció en su libro Fuerte es el Silencio. Y, cuando a raíz de Tlatelolco y de sus textos sobre los desaparecidos políticos comenzó a recibir llamadas nocturnas donde la llenaban de improperios -"P..., hija de la chingada, vas a ver lo que te va a pasar..."-, tomó una medida extrema: se cambió de recámara, para no oír el teléfono, y no pasar la incomodidad de descolgarlo.

- ¿Cuál es su visión del juicio al ex presidente Echeverría?
- Estamos frente a la decisión de un gobierno que se asustó en un momento en que por primera vez se celebraban los Juegos Olímpicos en un país latinoamericano y corrían rumores de que los estudiantes estaban dispuestos a sabotearlos. Se había gastado mucho para recibir a deportistas y visitantes y las manifestaciones estudiantiles estaban haciendo que se cancelaran las reservas en los hoteles. Echeverría optó por la represión a sangre y fuego que se cumplió de un modo atroz, alucinante. Ahora no quiere dar la cara frente a sus actos. Esa es la palabra. Está encerrado en el hospital, retraído de todo y no ha hecho su declaración. El presidente Díaz Ordaz no estaba en México cuando el gobierno planeó la masacre, aunque lo supo de forma inmediata. Echeverría era el secretario de Gobernación en esa época, y aunque Ordaz se atribuyó la responsabilidad, hay un consenso sobre que el primer responsable de la matanza fue Echeverría. No participó, nada más la ordenó. Quien sí participó directamente fue el jefe de la Guardia Presidencial, el general Gutiérrez Oropez. No creo en la inocencia de Echeverría, y muerto Ordaz, es el único de los responsables que aún vive. Quizás el juicio sea un modo simbólico de impedir que el olvido cubra estos crímenes atroces, un modo de que no queden impunes del todo. Creo que es bueno haber llevado a Echeverría a la Procuraduría para interrogarlo. Ese hecho ya es una ganancia para México; pero no pienso que del juicio vaya a resultar gran cosa más.

- Lo contradictorio es que él se decía amigo de Allende, y de hecho protegió a los estudiantes chilenos exilados tras su asesinato...
- En el PRI, Echeverría era un hombre con tendencias de izquierda y fue cierto que abrió las fronteras de México a los perseguidos políticos de otros países, porque no impugnaban el gobierno mexicano. Pero el 10 de junio de 1971 ordenó la segunda masacre. Fue a raíz de esa guerra sucia que Rosario Ibarra de Piedra, una madre a quien le desaparecen su hijo en 1975 -un año antes de que terminara su presidencia Echeverría- funda un comité con las madres de 502 desaparecidos. Y la ironía es que organizaciones internacionales como Amnistía Internacional o las Naciones Unidas se resistían a creer que en México hubiera persecución política, que se llegara a extremos como la desaparición; decían "esas cosas no pasan en México", justo porque el gobierno recibía a los exilados del continente.

(Durante el gobierno de Echeverría, México cortó su trato diplomático con Taiwán, y estableció relaciones amistosas con China, país que ha visitado siete veces desde entonces. A los ochenta años se precia de haber conocido a tres generaciones de líderes chinos, y en los elogios que hace al gobierno de este país nunca ha aludido a la masacre de la plaza Tien Amen, donde asesinaron a cientos de estudiantes).

- Hay una foto suya con el rostro cubierto como un zapatista. Entiendo que respeta al Comandante Marcos de un modo irrestricto.
-
Yo no respeto de un modo irrestricto a nadie. Pero estamos acostumbrados a gente que miente, y él es un hombre que no miente. Al Comandante Marcos y a los zapatistas los conocí un mes después de que estalló el movimiento, el 1 de enero de 1994. Él me escribió una carta invitándome a Chiapas. Yo fui con mis hijos. En mi casa se reunieron centenares de libros destinados a un lugar de los zapatistas que se llama "La Realidad". Mi hija estuvo casi dos meses organizando allá la biblioteca, y entonces entró el ejército y quemó todos los libros. Yo rechazo la violencia -la cercanía de las armas me trae problemas- y creo en el camino de Gandhi, pero debo reconocer que cuando empuñó un arma empezaron a escucharlo. Además, pronto se desarmó. De hecho, cuando secuestró a Absalón Castellanos lo devolvió sin tocarlo.

- ¿No ha pensado en entrevistarlo ahora? Es de las pocas personas que saben dónde encontrarlo...
- Ahora, cuando él no ha vuelto a escribir ningún comunicado, buscarlo sería un flaco favor. Pienso que en la aproximación es él quien pone las reglas. Pero además hay algo fundamental: él es sólo un intermediario. Hay miles de indígenas que lo acompañan, y la excesiva atención que se da a su figura le crea problemas, porque de lo que hay que hablar no es del Comandante Marcos, sino de las peticiones de Chiapas. El gobierno no ha resuelto nada de sus problemas. No se han cumplido los acuerdos de San Andrés. No obstante las expectativas sobre Vicente Fox, hay un estancamiento. Los zapatistas están a la espera de que les resuelvan algo, quieren su autonomía, sus derechos propios. Mientras tanto no se van a mover.

- ¿Siente desilusión frente a Fox o aún le concede un compás de espera?
- Hay espera. Todos deseamos que resuelvan a satisfacción las peticiones de Chiapas. Las circunstancias son importantes, y hay que ver lo que sigue a este momento de impasse. Este año Fox ha hecho dos acciones que elogio: resolvió el conflicto de San Salvador Atenco, donde los empresarios planeaban construir un aeropuerto, a favor de los campesinos a quienes les pensaban obligar a vender la tierra pagándoles franjas a 60 centavos de dólar y atendió la oposición que éstos tenían frente al proyecto, aunque se granjeó así la enemistad de gente muy rica que estaba haciendo su negocio. Luego, también al cancelar el viaje a Texas donde iba a entrevistarse con Bush -de quien es un buen amigo-, sentó su protesta frente a la condena a muerte no sólo de Javier Suárez Medina, sino de ese 45 por ciento de los sentenciados que son mexicanos.

- ¿Cómo ve hoy la izquierda que gobierna Cuba, y la que representa la guerrilla colombiana?
- Lo que Fidel hizo al principio estaba teñido del aura de la hazaña: era David que vencía a Goliat, se enfrentaba al país más poderoso del mundo y en cierta forma le ganaba. Nos deslumbró. Ahora es claro que a un hombre que permanece en el poder todos los años de su existencia no se le puede llamar de otro modo que dictador. La guerrilla colombiana es una guerrilla que aprisiona en sus garras una nación. No le ha hecho ningún bien a Colombia. Por el contrario, junto con la droga y los extremistas de la derecha, le ha causado un daño aterrador. Rechazo la extensión de la violencia.

Alguna vez Poniatowska declaró que era torpe para mentir. Tampoco se sube de tono. Es olvidadiza: extravía las llaves, perdió el cheque de casi 200.000 dólares que le dieron por el premio de Novela Alfaguara 2001; pero no olvida a sus muertos: a los de la noche de Tlatelolco, o a quienes murieron en el terremoto que sacudió a México bajo edificios que se desplomaban porque habían sido levantados al modo de los corruptos, por un gobierno que otorgaba prebendas para enriquecerse. Tampoco a quienes viven con coraje aunque eso implique una condena a muerte. No se calló nunca ni se callará ante el crimen, la injusticia, o cualquier acto que cause dolor o daño a la gente desamparada. Es que Elena Poniatowska ejerce, como un acto vital al que no renunciará jamás, la indignación.
Publicado inicialmente en la Revista Poder  -  2002. www.revistapoder.com

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Inicio

Un portal para y por uruguayos
URUGUAY.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital