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Los
medios masivos y los Todo el mundo recordó convulsionado, y sumergido en un océano comunicativo de los medios masivos, los atentados del 11 de setiembre del 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y la sede del Pentágono, al cumplirse el año de una tragedia que significó un cambio copernicano para la ciudadanía estadounidense y mundial en términos de miedo y psicosis. En realidad, dichos atentados nunca abandonaron la primera plana de los medios de comunicación a lo largo de todo el año. Pero, con gran antelación al 11 de setiembre de este año, todos los medios masivos - prensa escrita, radio y televisión en sus variantes de apertura o cable - desplegaron una gigantesca campaña de recordación, jamas vista antes en tales dimensiones globales. Ella ofreció una singular repetición informativa y comunicativa, una fuerte coincidencia de argumentación y reflexión evocativas, un casi unánime uso de similar ‚énfasis dramático y emotivo. Ya a vuelo de pájaro, para un testigo algo atento, imágenes y comentarios de distintos medios, idiomas diversos y diferentes puntos cardinales decían lo mismo, ya conocido. Ofreció la apariencia de un multitudinario motete, dirigido por un solo director de coro, pese al Babel de voces e imágenes. Acaso, durante una veintena de días de la bisagra de agosto-setiembre, el mundo entero anduvo falto de ideas y solo atinó a decir lo mismo en forma unánime, abundar en barras, estrellas, arengas patrióticas poco simuladas y sentimentalina acerca de la indudable heroicidad de los bomberos de Nueva York. Puede ser. O no. Lo singular del caso, fue que, cualquiera fuera el medio comunicador, en tinta y papel, ondas hertzianas o antena satelital, todos asumieron un discurso-tipo característico de la televisión, ‚se tan vilipendiado por numerosos semióticos y especialistas. Mas allá de la sospecha o realidad de una gigantesca o globalizada campaña de manipulación ideologico-politica en torno a los atentados, y de poder probarlo, se puede considerar ese discurso-aniversario de los medios masivos y someterlo, por un lado, al análisis semiótica y, por otro lado, al análisis clínico. El análisis semiótica permite reconocerlo como un discurso que: a) Se hizo fragmentario; exigió a cada segmento una plena legibilidad; su máxima complejidad no supero el mínimo común denominador de la comprensión del ciudadano medio; propuso un grado mínimo de atención y esfuerzo del razonamiento. Igual a lo que suele ocurrir con la pantalla chica. Incluso la prensa escrita, y salvo algunos semanarios o artículos perdidos en el fárrago de tinta desperdiciada, se destacó por la obviedad, la banalidad y la redundancia. b) Fue un discurso sin clausura, para detenerse, reflexionar, sacar conclusiones, en el cual una singular relación entre fragmentación y continuidad crearon, con respecto al razonamiento, un universo a su vez fragmentado en forma sistemática, y redundante por la repetición constante de fragmentos equivalentes de información obvia pero excitante - el espectáculo clásico de la televisión -. Y establecieron con el destinatario un vínculo imaginario ininterrumpido, absoluto. c) Se trató de un discurso que se agotó en si mismo al crear un universo espectacular cerrado, intransitivo, autorreferencial. d) Construyó, de ese modo, una r‚plica o espejo ficticios de la realidad, donde toda dimensión simbólica de la palabra ( el propio discurso ) y todo sistema axiológico ( de los valores ) fue despojado de sentido, a lo sumo alcanzó el nivel del espectáculo y lo maniqueo con sus dicotomías de blanco-negro, Dios y el Diablo, Bien y Mal, con mayúsculas, claro. El análisis clínico lo muestra, siguiendo al francés Jacques Lacan, como un discurso psicopático en sí mismo, por encima de la psicosis real desatada por los atentados. Un espacio de lenguaje donde, en forma literal, el discurso es sometido a una serie de ataques y tensiones orientados hacia su fractura o disolución, hacia todo lo que el lingüista puede imaginar como descomposiciones de la función del lenguaje ( Lacan, "El seminario III: las psicosis" ). Si se observa el discurso del psicopático y el de los medios masivos en el año-aniversario, parecen mellizos. El psicótico trata en forma desesperada de afirmarse en el lenguaje, de aferrarse al orden del significante. Pero su discurso sufre el despliegue separado y puesta en juego de todo el aparato significante: disociación, fragmentación, movilización del significante en tanto palabra, palabra jaculatoria, insignificante o demasiado significante, plena de insignificancia, descomposición del discurso interior... ( Lacan, ídem ) que distingue a la estructura de la psicosis. En esa disociación, el discurso del psicotico se torna incesante y vacío, cargado de estribillos repetidos una y otra vez, se prolonga y sigue, busca una coherencia que resulta siempre imposible. ... habla todo el tiempo... no cesa de hablar para no decir nada (Jacques Lacan ). Y termina por perder la función simbólica de la palabra. La ausencia de esa función produce en el psicótico una regresión al estadio de espejo, una identificación con el doble como imagen especular, la irrupción de un imaginario absoluto. Se procesa una verdadera invasión imaginaria de la subjetividad... una dominancia realmente impactante de la relación en espejo, una impresionante disolución del otro en tanto que identidad... (Jacques Lacan). Esos rasgos psicóticos que, según los semióticos antes citados, caracterizan al discurso televisivo quedaron de manifiesto en el impactante tratamiento que los medios masivos hicieron del primer aniversario de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Se non e vero, e bene trovato (no es de Jacques Lacan, sino proverbio italiano de aplicación fácil y frecuente). No será verdad, pero está bien encontrado. LA ONDA® DIGITAL |
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