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No
somos lo que hacemos
Cuando
hablamos de patrimonio, pensamos en forma inmediata en edificios,
monumentos, obras (grandes o pequeñas) que dan identidad a una
ciudad, un país, una región.
Pocas veces vinculamos el término “patrimonio” a una
conducta, un estilo de vida, una trayectoria que fue capaz de
alcanzar el éxito profesional sin perder de vista lo social. Me
estoy refiriendo al Arq. Oscar Niemeyer quien, a pesar de sus 95 años,
conserva la inquebrantable esperanza de un mundo mejor. Teniendo
como pretexto el lanzamiento de su libro “Conversa
de Amigos” de la editorial Revan, se nos reveló más
como un ser humano sensible a las injusticias sociales, que como
un exitoso profesional al que todos conocen por sus obras
realizadas en Brasil y en el mundo. Niemeyer
es, por encima de su profesión, un hombre preocupado por el mundo
que lo rodea, por el sufrimiento de su gente, por la injusticia
social, por la ceguera de los ricos frente a los pobres, en
definitiva, por la búsqueda de un mundo mejor.
En su escritorio del 10ª piso en el edificio Ypiranga en
la zona sur de Río de Janeiro, despojado de lujos y trabajando (a
sus 95 años) de las 09:30 a las 20:00 hs., entre anécdotas y
expresiones de deseos, se puede ir descubriendo un ser
absolutamente comprometido con el momento que le toca vivir. En
una entrevista brindada a Eliane Lobato para la revista ISTOÉ, se
manifiesta como un hombre profundamente comprometido con la
filosofía marxista, orgulloso de ser comunista, de ser amigo
personal de Fidel Castro y esperanzado en que Rusia retome la
postura anterior al fin de la Guerra Fría, pero fundamentalmente,
preocupado por las diferencias sociales y por el sufrimiento de la
gente más indefensa. En
el plano político-partidario se declara simpatizante de Leonel
Brizola y Ciro Gómes, pero no percibió a las recientes
elecciones en el Brasil con demasiado entusiasmo, ya que parte de
la base que lo realmente importante es cambiar el régimen
capitalista por un régimen socialista, a pesar de ser consciente
que es difícil concretizar una sociedad igualitaria.
Pero sostiene que la certeza de una guerra a instancias de
“un buitre” como George W. Bush, reafirma que “es
necesaria la noche para que surja el día”. En
una reciente conferencia brindada por Niemeyer en San Pablo,
culminó su exposición diciendo que “cuando
la vida se degrada y la esperanza se escapa del corazón de los
hombres, sólo queda la revolución”.
Y tan fuerte es su convicción, y tanta importancia
tiene en su vida esta prédica, que sólo está dispuesto a ser
homenajeado en el próximo carnaval carioca, siempre y cuando la escola
do samba “Vila Isabel” destaque al Movimiento Sin Tierra,
la reforma agraria, la lucha política contra el ALCA, el FMI y
todos los intereses norteamericanos que amenazan a América
Latina. Y es bastante
escéptico con respecto a esto, ya que sostiene que las escolas
do samba acaban descendiendo del morro para divertir a la
burguesía que aplaude y olvida todo al día siguiente. Se
entusiasma cuando tiene la oportunidad de disertar frente a
futuros arquitectos y puede ayudarlos a pensar más en la vida, en
la miseria inmensa que nos rodea, en las luchas sociales, que en
alcanzar los éxitos profesionales. Y lamenta el tiempo que le va
a faltar para contribuir al crecimiento
de sus más de 20 descendientes. Y su consecuencia no es sólo a nivel político, filosófico o profesional, ya que día tras día finje que está dormido (como lo ha hecho durante los últimos 70 años), para poder tener el placer de escuchar a su mujer diciéndole cada mañana al oído: “Oscarcito, son las 8:30” Vista de alguna de las principales obras del Arquitecto Osacar Nemeyer **
Oscar Niemeyer nació en Río de Janeiro, Brasil, en 1907. Se
graduó en la Escola Nacional de Belas Artas en Rio de Janeiro en
1934, cuando se unió a un grupo de arquitectos brasileros que
colaboraba con el francés Le Corbusier en la construcción del
nuevo Ministerio de Educación de Río de Janeiro. Esta
experiencia fue muy formativa para el joven arquitecto y lo marcaría
durante toda su vida. En
1942, Niemeyer creó una serie de edificios que tomaron prestado
elementos del estilo barroco brasilero. De esta etapa es el
Palacio Itamaraty de Brasilia (1943). En 1956 fue nombrado
consejero de Nova Cap, la entidad encargada de llevar a cabo el
proyecto de Luis Costa de dar una nueva capital a Brasil. El año
siguiente se convirtió en el arquitecto jefe, diseñando los más
importantes edificios públicos de la nueva ciudad. Esos edificios
marcaron un período de especial creatividad para Oscar Niemeyer y
la piedra fundamental del estilo que lo ha hecho tan relevante
para la historia de la arquitectura. Son de este período sus
obras más célebres; el Palacio del Alvorada (1957), la capilla
de Nuestra Señora de Fátima (1958), el Teatro Nacional (1958),
el Congreso Nacional (1958) o su Catedral Metropolitana (1958). Niemeyer
continuó trabajando en Brasilia hasta mediados de los sesenta,
cuando su militancia en el Partido Comunista brasileño lo forzó
a exiliarse en Francia ante el advenimiento de la dictadura
militar en su país. Durante esos años fuera de Brasil proyectó
obras de gran importancia, como la Universidad de Constantine en
Argelia (1969), la sede del Partido Comunista francés (1965-1980)
o el Centro Cultural de Le Havre (1972), también en Francia.
Retomó su carrera en Brasil enseñando en la Universidad de Río
de Janeiro y trabajando en forma privada. En 1970 fue galardonado
con la Medalla de Oro del American Institute of Architecture y en
1988 recibió el Pritzker Prize. Entre sus obras más recientes
destacan el Museu de Arte Contemporânea de Niteroi, Brasil
(1991). |
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