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La
"socialización y desmilitarización de la guerra"
1. Introducción El
conflicto checheno es una clara muestra del violento futuro que
nos espera. La predicción es negra no por pesimismo sino por que
en esta guerra del Cáucaso ruso (que no es la única) se detectan
patrones de conflicto que no son exclusivos de la región, y que
se presentan cada vez con más frecuencia en la escena
internacional, de Bosnia a Afganistán, pasando por Chechenia y
probablemente en el corto o mediano plazo en Irak. “Chechenia es
historia” se escucha con frecuencia para explicar la antigüedad
del conflicto en el cáucaso ruso, y es verdad, desde el tiempo de
los zares y de forma constante los habitantes de la zona han
destacado por su rebeldía: “...desde 1818 hasta 1859, los
chechenos fueron los adversarios más activos y fuertes del
gobierno zarista durante la conquista del Cáucaso”[1].
El enfrentamiento entre Moscú y Grozny ha sido calificado por
muchos como La guerra más cruel del mundo, y tal vez no se
esté exagerando. Junto con la explosión de la guerra interétnica
en la ex Yugoslavia y la más olvidada –aunque no por ello menos
intensa- guerra del Estado georgiano contra los separatistas
bajazos, el independentismo checheno ha trazado la pauta de lo que
algunos han denominado en nuestros días “las nuevas guerras”[2]
con lo que se hace una distinción clara de la forma como se había
desarrollado el conflicto en el pasado y como se desarrolla ahora.
Los patrones de estas “nuevas guerras” se repiten a lo largo
de todo el globo: violaciones sistemáticas a los derechos
humanos, explosión del crimen organizado y difusión de la
frontera que separa lo civil de lo estrictamente militar. Para
lidiar con estos patrones no se han encontrado muchas herramientas
útiles ni en el derecho internacional, en las doctrinas de
seguridad o en las comisiones de mediación, negociación y
resolución de conflictos en los diversos países u organismos
internacionales. Metafóricamente,
si los politólogos se centran en el estudio de los árboles y los geoestrategas en el estudio de los bosques, a los
mediadores, negociados en resolución de conflictos corresponde el
estudio de las hojas y las ramas que cubren los árboles y que dan
su tono a los bosques: piensan global y tienen que actuar local,
dimensión esta última, que con frecuencia se olvida o se
desconoce en la prensa internacional que opta por los más
seductores análisis estratégicos y geopolíticos. Chechenia como caso
de estudio es muy ilustrativo. Es un conflicto multifactorial y
multidimensional que no se limita (aunque incluye por supuesto) al
hoy tan en boga problema de las “naciones sin Estado”. En la
zona juegan al mismo tiempo diversos factores: petróleo, religión,
seguridad nacional (en el sentido ortodoxo del término), geopolítica,
crimen organizado, intereses corporativos y políticos, y fuerzas
militares regulares e irregulares que son las que aportan el carbón
para la hoguera y civiles que son quienes terminan convertidos en
cenizas. A la complejidad de la interrelación de todos estos
factores se agrega las múltiples dimensiones que adquieren su
relaciones y que son las que terminan por echar por tierra
cualquier intento de resolución tradicional (tratados,
convenciones o acuerdos cupulares). Las dimensiones van desde la
espiritualidad como fenómeno intrínsecamente personal hasta el
mercado petrolero internacional que en todo está por la
internacionalización del capital y la producción. Ambas son
igualmente importantes pues tan significativo es el peso de la
interpretación del sufismo que practican muchos militantes
chechenos -al cual se atribuye buena parte de su ferocidad- como
lo son los proyectos geopolíticos de oleoductos transcaucásicos
por parte de las potencias para controlar el petróleo de la región.
Y entre estas dos dimensiones existen muchos matices que pasan por
el amor fraternal, la solidaridad comunal (familiar, étnica,
nacional o religiosa), la estabilidad local o regional y los
juegos de interés entre grupos y bloques de poder. Las
combinaciones entre los factores y los niveles que están
involucrados en el conflicto se antojan infinitas. Pero analicemos
solo una de ellas dentro del marco de las nuevas guerras: las
violaciones a los derechos humanos en el teatro de operaciones. Con Afganistán se
rompió un record: 90% de las víctimas de la campaña fueron
civiles lo que confirma la tendencia histórica: las guerras se
están “desmilitarizando” y se están “socializando”. Este
es uno de los fenómenos de mayor gravedad en tanto ocurre y se
desarrolla con mucha mayor velocidad que aquella con la que
evoluciona la legislación internacional y los mecanismos con los
que cuenta para lidiar con el problema. De aquí se desprende un
primer reto de las nuevas guerras: ¿cómo distinguir al no
combatiente del combatiente si el cada día pelean más sin
uniforme?. Esto puede explicar -aunque jamás justificar- que los
soldados rusos arrasen pueblos completos de gente inocente: van
con el miedo de estar frente a militantes potenciales, de tal
suerte que para no corre el riesgo de en el futuro enfrentarse a
quienes tienen en ese momento desarmados, los matan. Claro está,
un “método preventivo” macabro por demás, La cantidad de
problemas que genera la “socialización y desmilitarización de
la guerra” es considerable como veremos a continuación. 2.
Un coctel infame: Ley militar con ley de la selva Se viola a una
mujer, se le “siembra” un Ak-47 –en caso de que al menos se
quiera cumplir con las formalidades mínimas- y se le presenta
ante el mando superior inmediato como una rebelde
“neutralizada” en defensa dela madre Rusia. Es la guerra, no
hay tiempo ni equipo para pruebas dactiloscópicas, pruebas de la
parafina o investigación de antecedentes personales ni de la víctima
ni del victimario. ¿Qué hacer? Las Convenciones de
Ginebra y otros instrumentos legales de la guerra son avasallados
por la realidad. La bestialización sistemática a la que conducen
los conflictos bélicos ha sido siempre motor de la corrupción
personal de quienes en ellos participan. “En la política sale
lo mejor y lo peor de las personas” dijo alguna vez Mario Vargas
Llosa, y tal vez tenga la razón, pero si la solidaridad y la
bondad siempre tienen cabida aún en la más dramática de las
situaciones, en las guerras –que según Hobbes son la extensión
de la política por otros medios-, y más en las nuevas, la
belleza y la bondad quedan opacadas por el estruendo de los cañones
y los gritos de quienes viven el infierno sobre la tierra. ¿Cómo
se puede evitar que soldados rusos masacren, arresten o torturen a
inocentes si las fuerzas castrenses no disponen de los recursos
humanos y materiales e incluso la voluntad política para llevar a
cabo investigaciones sistemáticas de abusos por parte de sus
efectivos?. Cuando las guerras eran todavía “militares” y no
“civiles” el rigor de la cadena de mando daba algún margen de
control sobre la conducta militar de las fuerzas combatientes. En
las nuevas guerras esto ha desaparecido, no solo por parte de las
fuerzas regulares rusas en su trato para con los guerrilleros de
Dudayev –o de cualquier otro señor de la guerra-
sino también respecto al trato para con sus propios
camaradas de armas. Esta dinámica se
repite simétricamente –y de forma por demás extensiva- del
lado de los rebeldes separatistas por igual en su trato para con
sus adversarios rusos como en el trato a los civiles que sin tomar
partido a todo lo que aspiran es a poder vivir. Por igual,
soldados rusos saquean y degradan a chechenos (inocentes o no) que
a sus propios elementos, siempre con la bandera en una mano y la
pistola en la otra. Las pruebas de lo primero se pueden leer todos
los días en los diarios, insistir en ellas podría resultar
ocioso, y como pruebas de lo segundo podemos recordar que durante
la primera guerra de Chechenia (1994-1996) generales rusos, cobijándose
en la impunidad absoluta que da el estar al mando en el frente,
llegaron a vender –literalmente- a efectivos bajo su mando en
calidad de “trabajadores” (esclavos dijeron algunos) a
particulares en el área del conflicto. Paradójico, estos
mercaderes de la guerra se apoyaban en la legislación militar
–la cadena de mando- para violentar el derecho humanitario más
elemental. Lo mismo ocurre con las guerrillas. Estructuradas en
cadenas de mando semi-formales, siempre tienen la posibilidad de
romper la jerarquía si no están de acuerdo con ella y si
pretenden hacer uso y abuso de su poder militar a título
personal: se han presentado casos de guerrilleros que secuestran y
después compran y venden por igual a hombres, mujeres y niños
como esclavos sexuales. Así, la regulación de las actividades de
las partes en conflicto en el teatro de operación por medio del
derecho internacional, en la práctica, es poco menos que letra
muerta. El sacro santo libre albedrío boicotea el esfuerzo social
de poner límites a la depravación intrínseca de la guerra. 3.
Las otras víctimas Esto pone sobre la
mesa un elemento más que pocas veces es referido en estudios
sobre el tema: muchos soldados rusos sufren el conflicto tanto
como los chechenos. Muchos de los efectivos rusos son muchachos
que entraron al ejército por no tener otra opción profesional,
es decir, están ahí más por necesidad que por deseo, y la
inmensa mayoría por el abstracto y difuso argumento del
“deber”. Todo esto por supuesto no los hace victimarios, sino
víctimas –a su modo- del destino que los políticos en Moscú
trazaron para ellos. Llegan a Grozny y se encuentran con que toda
aquella retórica de lealtad y decencia que se les inculcó con
arengas inflamadas no sirve para nada, la realidad les explota en
la cara: mediante un proceso dialéctico perverso sus mandos son
corruptos en si mismos y corruptores de la institución y de la
comunidad en la que se encuentran. Ante la descomposición del
tejido social en la zona del conflicto, la economía informal
predomina, y con ella, el crimen organizado. Se trafica con ayuda
humanitaria tanto como se trafica con drogas y con armas. Quien es
ajeno a esta dinámica corre el riesgo de quedar aislado, aún
dentro de sus propias filas. En un lugar en el que como afirmó un
soldado ruso “la meta es vivir”, padecer esta situación es
casi un certificado de muerte. Estos jóvenes reclutas al poco
tiempo se ven robando “por órdenes superiores” armamento de
los depósitos que en secreto es vendido -también “por órdenes
superiores”- a los líderes de las milicias que se supone tienen
que combatir. O se ven prostituyendo a las mujeres de Grozny,
Gudermes o Argun, para con ello –de acuerdo siempre con el jefe-
“usar a los propios terroristas para financiar la guerra contra
el terrorismo”. Es así como en una tierra en la que el ciclo
descontento-represión-desafío-destrucción-corrupción es la dinámica
de vida en la que todos, no importa la trinchera, son al mismo
tiempo víctimas y victimarios. 4.
Un corte de caja El
desdibujamiento entre lo civil y lo militar, lo militar y lo
policial, y entre la obediencia, la legalidad y la lealtad a una
causa o ideal es lo que complica estructuralmente la resolución
de los nuevos conflictos. ¿Cómo se detiene a los traficantes de
armas si estos son apoyados por facciones del ejército que no
reconocen la legislación civil? y que con el argumento de la
“seguridad nacional” evaden cualquier interrogatorio o
inspección independiente, ¿cómo encarcelar a compañías
enteras de soldados por crímenes de guerra y contra la humanidad
si no existen las más mínimas condiciones para dar seguimiento a
todos y cada uno de los crímenes en los que pudieron haber
incurrido sus miembros? ¿Basta con enjuiciar solo al autor
intelectual de crímenes horrendos pero no a sus ejecutores
materiales? ¿Cómo se puede promover el enjuiciamiento de un
superior en el mando militar, en tiempos de guerra, sin ser
acusado de traición, insubordinación o
desacato? ¿Cómo se obtienen pruebas de crímenes
militares cuando son precisamente los militares quienes aportan y
controlan la información en las áreas de conflicto?. Como es
evidente todas estás no son preguntas fáciles de resolver no
obstante que destacan problemas muy concretos y que se han
limitado a la dimensión personal de los actores en el terreno
como es el tema que nos ocupa. El entramado se complica mucho más
una vez que se toman en consideración el resto de los actores,
dimensiones e intereses que se encuentran en juego. La
solución en Chechenia no es simplemente “aniquilar a los
rebeldes” o la “creación de un Estado Checheno”, esas son
ideas simplistas de política formal y unidimensional, caer en
este reduccionismo es garantizar la permanencia –y tal vez
agravamiento- del conflicto a extremos inimaginables. Aquí hemos
pretendido dar una somera radiografía de algunas de las
complejidades que presenta un conflicto como el checheno en el
lugar de los hechos. A esto habría que agregar muchos otros
factores locales y todos los factores y actores regionales e
internacionales que se inmiscuyen, normalmente para mal, más que
para bien. Solo una conclusión se puede extraer de esto: peca de
vanidad o egocentrismo o hace gala de ignorancia quien crea que
Chechenia en las condiciones actuales se limita a la autonomía
territorial. Sin duda esta es una de las aristas, y tal vez una de
las más importantes, pero no es la única. No se trata de ver
solo el árbol, sino también el bosque y por supuesto las ramas y
las hojas de los árboles que lo componen. 5.
Un buen comienzo Se requieren soluciones integrales, que contemplen todas las dimensiones y que engloben todos los factores. Estudiando a Chechenia desde fuera es muy fácil proponer soluciones o señalar al gobierno ruso como irresponsable y criminal. Posturas maniqueas como estas pueden ser tan dañinas como el objeto mismo que se critica. La inteligencia del silencio obliga a la reflexión: tan hay víctimas en el sentido más puro del término del lado checheno como las hay del lado ruso, y eso que se entiende por “chechenos” no es un bloque monolítico como tampoco lo es el grupo que genéricamente conocemos como “rusos”. El petróleo no lo explica todo como tampoco la geoestrategia, si, son partes claves del análisis, pero son solo eso: partes. A la problemática apasionante del conflicto internacional tenemos que combinar el drama descarnado de la problemática local, solo de este modo se podrá entender la complejidad y los alcances de las mil y un “guerras chechenas” que se libran alrededor del globo con diferentes actores, en diferentes lugares y con diferentes nombres. Puede ser difícil, pero es lo menos que podemos hacer nosotros que vivimos algo de la paz que muchos merecen y desean.ículo. 1 Editor.
Coordinador del libro Afganistán: Guerra, Terrorismo y Seguridad
Internacional en el Siglo XXI.(Edit. Quimera, México. 2002).
cruovat@yahoo.com; cruovat@hotmail.com LA ONDA® DIGITAL |
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