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Colombia (I):
de la droga al petróleo

por Luiz Alberto Moniz Bandeira *
Cientísta Político

A pesar de que el comunismo, como ideología y movimiento políticamente organizado, empalideciese después del colapso del Bloque Socialista y de la disolución de la URSS en 1991, y Cuba dejase de sustentar las guerrillas, la lucha armada en Colombia nunca cesó y  se tornó el conflicto armado más largo del siglo XX, pues empezó a fines de los años 40’, como consecuencia de la guerra civil entre el Partido Liberal y el Partido Conservador. El asesinato del líder liberal, Jorge Eliécer Gaitan, por el cartel de Medellín, provocó el Bogotazo, violentos disturbios que ocurrieron en Bogotá en 1948, en el momento en que la IX Conferencia Interamericana se reunía allí para recrear la Unión Panamericana, bajo el nombre de Organización de los Estados Americanos.  Las manifestaciones, con la participación de los trabajadores y campesinos, se extendieron por toda Colombia.  El presidente Virgilio Barco impuso medidas de emergencia y los EE.UU. anunciaron la posibilidad de transferir tropas para ayudar a Colombia a combatir el tráfico de drogas1.  Pero, una vez enfriadas las manifestaciones, el sector más radicalizado del Partido Liberal desató la lucha de guerrillas, que posteriormente pasó a recibir el respaldo de la URSS, Cuba y China. 

En 1964-1965, el gobierno colombiano, con el apoyo de los EE.UU. a través de la Operation for Security of Latin America (OSAL), desencadenó la Operación Marquetalia, involucrando a 16.000 soldados, helicópteros, aviones de ataque y asesores norteamericanos, y consiguió derrotar las guerrillas y reconquistar las áreas donde éstas habían implantado las repúblicas campesinas, durante la represión, conocida como La Violencia, en la que murieron cerca de 200 mil personas entre 1948 y 1953.  Con el respaldo de Cuba y China, los remanentes se reagruparon y formaron las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), así como el Ejército Popular de Liberación, de tendencia maoísta.  Y, con el correr del tiempo, la insurgencia política – promovida fundamentalmente por las FARC – se expandió y ocupó territorios dominados por los negocios de la droga, cuya producción y comercialización los guerrilleros pasaron a proteger por convertirse en una importante fuente de financiamiento.  Así, mediante la cobranza de un “impuesto” a los traficantes en territorios controlados por las FARC y por el ELN, los objetivos políticos de la guerrilla se entrelazaron con los intereses del narcotráfico, y, en muchos aspectos éstas, tuvieron mejor financiación que el gobierno colombiano. 

Por otro lado, en 1965, el gobierno confirió al ejército la autoridad de armar a los civiles con el objetivo de detener el avance de las guerrillas y los estancieros y otros propietarios, comenzaron a organizar unidades paramilitares que también se asociaron al narcotráfico, dándole protección y también cobrando impuestos como contrapartida.  Gracias a la intervención del ejército, esas unidades, conocidas como Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) , se fortalecieron militarmente y, desde 1998, se instalaron al oeste de Caquetá (zona de Sabaneta), así como en Putumayo (Puerto Asís, La Hormiga y a lo largo del río Caquetá, frontera natural entre ambos departamentos).  Después, las AUC, bajo el comando de Carlos Castaño, conquistaron territorios bajo el control de la ENL, particularmente en la región de San Pablo, zona que fue bombardeada durante varias semanas a principios de 1999 y atacaron regiones dominadas por las FARC, en el Urubá chocoano, cerca de la frontera con Panamá y en el norte de Santander, cerca de Venezuela, amenazando con represalias al presidente Hugo Chávez y su ejército, así como a la Guardia Nacional de Panamá, alegando que protegían y colaboraban con la guerrilla.

Un triángulo de violencia, con las fuerzas de seguridad en una de las puntas y los guerrilleros y paramilitares en las otras dos, se formó en Colombia, donde la lucha armada se convirtió en un problema crónico, pues, si ningún gobierno consiguió extirparla, las FARC y el ELN tampoco nunca estuvieron en condiciones de derribarlo y asumir el poder.  Sin embargo, con la caída del Muro de Berlín, la disolución del Bloque Socialista y de la propia URSS, en 1991, el comunismo dejó de representar el gran enemigo, que amenazaba el orden económico, social y político de las democracias capitalistas de Occidente.  Cuba perdió su importancia estratégica y la legitimidad para una intervención en América Latina se desvaneció.  Y, sin un enemigo visible, con capacidad para confrontar su poderío militar, los EE.UU. trataron de descubrir nuevas amenazas, de modo de justificar la permanencia de los sistemas nacionales e internacionales de defensa, así como los presupuestos destinados a sustentar el complejo industrial-militar, cuya influencia denunciara el presidente Dwight D. Eisenhower, al despedirse del gobierno el 17 de enero de 19612.

Esas nuevas amenazas identificadas en los documentos sobre la estrategia de defensa de los EE.UU., eran, por orden de importancia y capacidad de afectar el sistema capitalista: el fundamentalismo islámico, el terrorismo y el narcotráfico.  La defensa de la seguridad nacional constituyó la rationale para la militarización del combate al narcotráfico, que comenzara en la administración del presidente Richard Nixon (1969-1973) y se evidenció el 20 de diciembre de 1989, cuando el presidente de los EE.UU. George Bush (1989-1993), ordenó la invasión de Panamá (Just Cause Operation), violando las leyes internacionales como pretexto de apresar al presidente Manuel Antonio Noriega y someterlo a la justicia norteamericana por tráfico de droga, pero con el objetivo de testar, en un escenario contemporáneo, el planeamiento y la ejecución conjunta de operaciones de contingencia en países menos desarrollados.  Y la justificativa de proteger la seguridad nacional permitió proveer más recursos y armamentos para el combate al narcotráfico, elevando el presupuesto de menos de US$ 1 billón en 1970, a más de US$ 16 billones en 1999, y fue reforzada mediante la vinculación de los movimientos de guerrilla al negocio de drogas.  De ahí la expresión “narcoguerrilla”, acuñada en los EE.UU., que sustituyeran la lucha contra el comunismo por el combate al narcotráfico, como pretexto para tutelar e intervenir en América del Sur, destinando, en 1999, cerca del 90% de sus costos en asistencia militar y policial, y 50% del entrenamiento, a apenas cuatro países de los Andes: Bolivia, Ecuador, Perú y, especialmente, Colombia. 

La arquitectura militar de los EE.UU.

La concentración de la asistencia militar y policial en los cuatro países andinos, reflejando aparentemente, el recelo de que el conflicto en Colombia se expandiese y desestabilizase a América del Sur, ocurrió en el mismo año de 1999 en que los EE.UU. se preparaban para devolver a Panamá el control del canal, el 31 de diciembre, y redistribuían por la Florida, Puerto Rico (isla de Vieques), Cuba (Guantánamo), Ecuador (Manta), Honduras, así como las islas de Curaçao y Aruba (gobierno holandés), las instalaciones militares que, desde la primera década del siglo XX, conformaran sus sistemas de defensa y seguridad, con respecto a América Latina.  Los EE.UU. aún esperaban mantener una presencia militar en el istmo, mediante la creación del Centro Multilateral Antidrogas – CMA – cuya sede probablemente quedaría en la base de Howard, en el lado del Océano Pacífico del Canal ya ocupado por los militares norteamericanos. 

Las negociaciones secretas con Ernesto Pérez Balladares, presidente de Panamá (1994-1999), fueron abandonadas, sin embargo, cuando se tornaron públicas y Mireya Moscoso, su sucesora en la presidencia, rechazó la implantación de CMA, porque violaba el Tratado de 1977, firmado por los presidentes Jimmy Carter y Omar Torrijos.  Así, el 30 de julio de 1999, el Southern Command de los EE.UU. arrió la bandera y se retiró de Panamá, a cuyo gobierno debería entregar el control del estratégico canal inter-océanico el 31 de diciembre. 

Este acontecimiento constituyó un motivo de preocupación para el general Charles E. Wilhelm, comandante-en-jefe del Southern Command (USSOUTHCOM), que consideraba las instalaciones de la Forward Operating Locations, o FOLs3, el elemento más crítico de la nueva arquitectura militar, en la perspectiva del combate al narcotráfico, pues entendía que eran necesarias tres bases para compensar la pérdida de Howard.  Por eso, desde que la retirada de Panamá, en 1999, se volvió inevitable, los EE.UU. buscaron inmediatamente una alternativa, negociando acuerdos de modo que pudiesen usar como plataformas los aeropuertos existentes en América Central, Caribe y el norte de América del Sur, como Forward Operation Locations (FOLs), para conducir esencialmente operaciones aéreas multinacionales en el combate a las drogas.  Las FOLs fueron entonces establecidas en Manta (Ecuador), en Beatrix (Aruba) y Hato (Curaçao), en el Caribe y en el Aeropuerto Internacional de El Salvador, Comalapa, en América Central.  Mientras tanto, a pesar de que la base militar en Manta, sustituyendo a la de Howard, permitiese que los EE.UU. pudiesen dominar el bloque andino, controlando no sólo las guerrillas en Colombia, sino a largo plazo, los corredores inter-océanicos de toda América, la posición de Panamá comenzó a preocupar a los EE.UU.  El General Charles E. Wilhelm, comandante-en-jefe del Southern Command, la juzgaba como “more complicated4, debido al hecho de que las fuerzas militares y las Fuerzas Públicas Panameñas, no eran manejadas y entrenadas ni equipadas para impedir las repetidas incursiones de las guerrillas o de las unidades paramilitares en el sur de Panamá, en la provincia de Darién, fronteriza de Colombia.  Según el general Charles E. Wilhelm, las FARC entraban en Panamá para descansar y rearmarse y las unidades paramilitares igualmente violaban el mismo territorio para destruir a los guerrilleros.  También varios miembros del Congreso norteamericano, principalmente del Sub-Committee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources, manifestaron preocupación con el hecho de que la frontera de Panamá con Colombia propiciaba refugio a los guerrilleros, para evitar la persecución de las fuerzas militares y policiales colombianas5.  Y oficiales del Pentágono y otros sectores de la administración norteamericana comenzaron a percibir como una gran amenaza a sus intereses económicos y estratégicos, representados por el Canal de Panamá, el incontenible avance de las FARC, que con 17.000 efectivos controlaban grandes zonas del sur de Colombia y una zona en torno de Bogotá, mientras que el ELN, con 5.000 efectivos, dominaban el territorio al norte, o sea, un total de aproximadamente 40% del país6

El general Charles E. Wilhelm no ocultó ese temor y, durante una audiencia en el Senado norteamericano, advirtió que el enfrentamiento con los guerrilleros en Colombia ponía en peligro la seguridad del Canal de Panamá, agregando que las incursiones en el área fronteriza representaban un impulso más vigoroso por parte de los traficantes, que utilizaban la ruta del istmo, y ese hecho podría requerir una intervención militar unilateral de tropas norteamericanas.  Esa declaración provocó la protesta de gobiernos tanto de Panamá como de Colombia, llevando a que el secretario de Estado adjunto, Peter Romero, se reuniese en Washington con el embajador de Panamá, Eloy Alfaro, y le entregase una nota aclaratoria en la que desautorizaba al general Charles E. Wilhelm.  No obstante ese desmentido, la hipótesis de intervención unilateral de los EE.UU. en Colombia seguramente fue aventada.  Cuando el proceso de negociaciones de paz comenzó, a fines de 1998, el presidente Bill Clinton declaraba que los EE.UU. darían dos años al presidente Andrés Pastrana para alcanzar un acuerdo de paz con las FARC, pues, en caso contrario, resolvería el problema a su manera.  Esta disposición era consistente con el principio estratégico de los EE.UU., según el cual la decisión de usar la fuerza sería dictada primero y por encima de todo, por los intereses nacionales de los EE.UU. en áreas específicas, y donde sus “vital interests are at stake, our use of force will be decisive and, if necessary, unilateral”7

Mientras tanto, la alternativa excogitada para evitar la acción unilateral de los EE.UU., fue la creación de una fuerza multilateral de intervención, lo que implicaba la regionalización del conflicto colombiano y, desde 1998, la política de Washington se orientó en ese sentido.  El propio general Charles E. Wilhelm, frente al Senado, resaltó que el conflicto en Colombia por él estigmatizado como “malignant cancer”, tenía dimensión internacional, inclusive porque los insurgentes y narcotraficantes encontraban santuarios en la provincia de Darién, frontera de Panamá con Colombia, en Venezuela y en Ecuador, así como, en menor escala, en Perú y en el Brasil, cuyo gobierno continuaría desarrollando el Sistema de Vigilancia de la Amazonia (SIVAM), presupuestado en US$ 1,4 billones, reestructurando su organización nacional contra los negocios de droga e intensificando las operaciones militares en el vasto estado de Amazonas8

Los EE.UU. se alarmaron, mientras tanto, con el hecho de que las FARC fuesen capaces de coordinar, a comienzos de julio de 1999, una amplia ofensiva en casi todo el territorio de Colombia, “in the second most populace nation of South America”, sin que los servicios de inteligencia norteamericanos detectasen algún indicio concreto de sus intenciones9.  Cerca de 500 guerrilleros llegaron a apenas 50 km al sur de Bogotá y se trabaron en intensos combates, en una zona montañosa, contra 2.500 efectivos del Ejército y de las fuerzas policiales, que contaban con la cobertura de aviones y  helicópteros.  Frente a esa ofensiva nacional, en la que, de acuerdo con las noticias, cerca de 134 guerrilleros y 17 policiales murieron, el presidente Andrés Pastrana tuvo que decretar el toque de queda en casi un tercio del país.  Pero las operaciones de guerrillas no cesaron.  Poco tiempo después, en agosto de 1999, las FARC arremetieron contra Urubá10, en el departamento de Chocó, zona de interés estratégico, situada en la frontera de Panamá.  Allí había yacimientos de petróleo, así como importantes reservas de gas natural, explotadas por compañías norteamericanas y británicas y, los EE.UU., desde mediados del siglo XX, planeaban aprovechar el río Atrato, uniéndolo al río San Juan, para abrir un canal interoceánico, que duplicaría al de Panamá. 

Ese ataque aumentó el nerviosismo en el Pentágono y en otros sectores de Washington, al darle mayor volumen a los informes que generales norteamericanos decían conocer, sobre un plan para cortar la vía entre los dos océanos y provocar un colapso del comercio mundial11.  Esos y otros acontecimientos generaron o fundamentaron en Washington la percepción de que las negociaciones con las FARC, iniciadas en 1998 por el presidente de Colombia, Andrés Pastrana, no iban por buen camino12.  Militares en el Pentágono y otras autoridades en Washington evaluaban que los esfuerzos de paz fracasarían y servirían solamente para fortalecer las guerrillas y tornarlas más definidas, de acuerdo a la opinión expresada por el senador Jeff Sessions, de Alabama, agregando que no estaba seguro de que se consiguiese algo antes de que los guerrilleros fuesen derrotados en el campo de batalla13.  El general Charles Wilhelm también pensaba así e insistió, frente al comité del Senado norteamericano sobre el control internacional de tráfico de drogas, que las guerrillas deberían ser primero derrotadas en el campo de batalla, antes de cualquier iniciativa de paz14.  Esa opinión reflejaba el ánimo existente en los EE.UU., que jamás aceptarían un acuerdo de paz que implicase dejar el 40% de Colombia sobre el control de los comunistas, y temían que las guerrillas se expandiesen a otros países.  El propio general Wilhelm advirtió que la inestabilidad en Colombia podría amenazar a América del Sur entera, temor igualmente manifestado por el senador Mike Dewine, de Ohio15 y otros políticos.  Por otro lado, aunque los EE.UU. fuesen a aumentar su asistencia militar para que el gobierno de Andrés Pastrana lanzase una ofensiva contra el territorio ocupado por los guerrilleros,  tanto los militares como los senadores no creían que sus fuerzas de seguridad – el Ejército con cerca de 122.000 efectivos y la fuerza de policía con aproximadamente 104.000 – fuesen capaces de reconquistar Putumayo y Caqueta, fuente de dos tercios de la coca producida en Colombia, dado que carecían de entrenamiento, inteligencia, movilidad y buen sistema de comunicación16

Los norteamericanos se alarmaron aún más con una estimación hecha por la Defense Intelligence Agency (DIA), servicio de inteligencia del Ejército norteamericano y revelada por The Washington Post, previendo que los guerrilleros podrían derrotar al Ejército colombiano, dentro de los próximos cinco años, a menos que el gobierno de Bogotá reconquistase la legitimidad política y reestructurase drásticamente sus Fuerzas Armadas. 

La evolución de los acontecimientos apuntaba, por lo tanto, a una intervención directa de los EE.UU. en Colombia, donde ya habían 200 asesores militares norteamericanos.  La administración Clinton, sin embargo, estaba aparentemente dividida en dos tendencias.  Una temía que esa asistencia militar resultase en una escalada del conflicto, tal como sucediera en Vietnam, tanto que algunos analistas políticos ya referían el obscurecimiento de las líneas entre la campaña contra las drogas y el combate a las guerrillas como posible “Vietnamization” de la política norteamericana en Colombia. La otra tendencia, liderada por el general Bary McCaffrey17, director de la National Drug Policy Control Office de los EE.UU., pretendía incrementar la asistencia y enviar más asesores militares, a fin de intensificar el entrenamiento del Ejército en Colombia, o estimular una intervención militar multinacional en Colombia, ejecutada por algunos estados de América del Sur, sin un compromiso directo de los EE.UU., por lo menos en el primer momento.  En una declaración realizada al Committee on Government Reform, Subcommittee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources, el 6 de agosto de 1999, el general Barry McCaffrey resaltó que las unidades de guerrilla encontraban santuarios en panamá y también cruzaban las fronteras de Ecuador, Venezuela y Perú, de modo que la insurgencia, que era más un problema interno de Colombia, estaba recibiendo combustible con los negocios de la droga y ganando significación para la seguridad regional18. Con tal percepción, pocas semanas después él viajó para América del Sur y, a partir del 23 de agosto de 1999, visitó Brasil, Bolivia, Perú y Argentina, donde describió dramáticamente la situación colombiana, urgió en forma privada a los jefes de gobierno de los cuatro países a participar de una intervención multinacional contra las FARC que no tenían interés en el proceso de paz, según su opinión.  McCaffrey ponderó, mientras tanto, que para los EE.UU. sería “una locura” intervenir militarmente en Colombia, razón por la cual era necesario buscar el apoyo de la región para solucionar el problema.  La alternativa para el proceso de paz, propuesta por él, consistía en rematar una ofensiva con cinco batallones colombianos, que los EE.UU. ya estaban entrenando y equipando, y recorrer la intervención militar multilateral, si ella se malograse.  El plazo para que las negociaciones con las FARC concluyesen un acuerdo, era enero de 2000, cuando Andrés Pastrana, al no conseguir establecer la paz, declararía el estado de guerra interna en Colombia y solicitaría asistencia de los países vecinos, principalmente Perú, Ecuador y Brasil, cuyas fuerzas se unirían a los cinco batallones entrenados por asesores norteamericanos, mientras navíos de guerra de los EE.UU., en la costa de Colombia, sustentarían la intervención con misiles y ataques aéreos. 

La colaboración de Argentina y Perú

La Argentina ya estaba dispuesta a colaborar estrechamente con los EE.UU. en operaciones conjuntas para el combate al tráfico de droga y a la insurgencia, quizás, entre otros motivos, con vistas a una actuación en Colombia.  Miembros de la Gendarmería Nacional y de la DEA habían ejecutado una operación llamada Operativo Area Frontera Norte, ocupando una casa alquilada en la calle Santiago del Estero, en la provincia de Salta, y allí 30 policías argentinos trabajaban, independientemente de su cadena de comando, bajo la supervisión de dos norteamericanos.  Esa operación conjunta EE.UU.-Argentina, de la cual el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, tuviera conocimiento, pero no fuera oficialmente consultado, podía constituir, según los rumores, el comienzo del proyecto para el establecimiento de una base operacional de los EE.UU. en la Argentina.  De hecho, el 5 de setiembre de 1999, El Clarín, de Buenos Aires, dio la noticia que Menem había ofrecido a los EE.UU. para entrenamiento en combate en la selva de sus unidades de contra-insurgencia, los boinas verdes (Green Berets), la Escuela de Monte19, que el Ejército poseía en la provincia de Misiones, con 10.000 hectáreas y en una zona muy próxima de la frontera con Brasil.  Ese ofrecimiento atendía a la demanda del Pentágono, interesado en encontrar nuevos lugares de entrenamiento para sustituir al de Panamá y estacionar los millares de soldados que de allí se retirarían el 31 de diciembre de 199920 y no retornarían a los EE.UU., pues el propio Clinton consideraba necesario fortalecer la presencia militar norteamericana en el continente.  El trasfondo de ese ofrecimiento fue el pedido para la admisión de Argentina como miembro pleno de la OTAN, y Menem21 quiso dar una demostración efectiva de su propósito de colaborar con los EE.UUU., inclusive en una eventual intervención en Colombia.  McCaffrey, en la charla mantenida con Menem en Buenos Aires, se refirió al establecimiento del contingente militar de los EE.UU. en Misiones como “army delegation”, en lugar de “military base”, porque la constitución de la Argentina prohibía la presencia de tropas extranjeras en territorio nacional.  Pero, en verdad, el proyecto, de concretarse, transformaría la Escuela de Monte, cuyos costos asumiría el Pentágono, en una base norteamericana, permitiendo que los Boinas Verdes (Green Berets) entrenasen sus comandos y realizasen frecuentes maniobras conjuntas con los militares argentinos, como ya anteriormente habían hecho en esa misma región de Misiones, generando suspicacias en el Ejército brasileño22

En tales circunstancias, el presidente de Argentina, Carlos Menem, habiendo ya aceptado las tareas de policía para el combate al narcotráfico, etc., designadas por el Pentágono para las fuerzas armadas de América Latina, ofreció enseguida su apoyo a una eventual intervención en Colombia.  Justo antes de la visita de McCaffrey a Buenos Aires23, él proclamara públicamente su disposición de ofrecer tropas para intervenir en Colombia, en caso de que el presidente Andrés Pastrana solicitase ayuda.  Y al propio McCaffrey manifestó su opinión de que “ya no se debe negociar” con los grupos guerrilleros, pues era necesario “recuperar el terreno perdido”, o sea, el enorme territorio de Colombia, del orden del 30% al 40%, controlado por las FARC24.  A lo que todo indicó, no fue mera casualidad que su pedido para la admisión de Argentina como miembro pleno de la OTAN coincidió con la perspectiva de intervención en Colombia, abierta por los EE.UU. frente a la incapacidad del presidente Andrés Pastrana de contener el incontenible avance de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), que ya controlaban el 40% de su territorio dominando la situación en cerca de 650 municipios, casi todos en las fronteras con otros países, aunque no fuesen los más poblados.  El Departamento de Estado calificaría ese avance del narcotráfico como un problema de seguridad para el resto de la región y el propio Clinton, en julio de 1999, afirmara que décadas de lucha armada en Colombia constituían una “national security issue” para los EE.UU. y que haría todo lo posible para solucionarla. 

De la perspectiva militar, sin embargo, la intervención en Colombia, realizada por una fuerza multinacional, bajo el control norteamericano, posibilitaría que los EE.UU. desarrollasen nuevas estrategias y experimentasen su capacidad de coordinar las bases de Aruba-Curação, El Salvador y Manta, de donde sus aviones DCH-7 partían para sobrevolar el territorio de Colombia, registrando las imágenes infrarrojas de los guerrilleros colombianos y realizando la lectura de sus comunicaciones por radio a fin de trasmitirlas al comando de las Fuerzas Armadas de Bogotá25.  Incluso antes de la visita de McCaffrey, el presidente de Ecuador, Jamil Mahuad, ya habría ordenado que sus Fuerzas Armadas aumentasen la vigilancia en la frontera norte.  La propuesta para una intervención multinacional también contaba con la simpatía de Alberto Fujimori, presidente del Perú, que despachara de 2.000 a 5.000 soldados para la frontera de Colombia y cuatro navíos de guerra y unidades de fusileros navales para el litoral, al mismo tiempo en que ordenaba una revisión de la ley de reclutamiento militar ante la posible amenaza de las guerrillas colombianas a la seguridad nacional del Perú.  Por esa razón, el líder del Partido Liberal de Colombia, Horacio Serpa, acusó a los EE.UU. de estar atrás de la decisión de Perú y otros países vecinos de militarizar las fronteras con Colombia, por el supuesto temor de incursiones de guerrilleros y narcotraficantes.  Pero la colaboración entre los presidentes Mahuad y Fujimori en los preparativos para una eventual intervención en Colombia sólo fue posible porque el Perú, Ecuador y los países garantes (Argentina, Brasil, Chile y EE.UU.), luego de arduas negociaciones, habían firmado el 30 de mayo de 1998 la Declaración de Brasilia, dando una solución definitiva al antiguo litigio fronterizo que, en 1995, llevara a los dos países a otro enfrentamiento armado en las cercanías de Cenepa, confluencia de los ríos Santiago y Yaupi y en la Cordillera del Condor26, 

Según informaciones que Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional en el Gobierno Fujimori, dejó traslucir, el Perú y el Ecuador serían los protagonistas en una eventual operación multilateral en Colombia que se realizaría a pedido del presidente Andrés Pastrana, bajo la forma de incursiones directas contras los campamentos de las FARC en las fronteras de los dos países y vigilancia de las zonas de donde el Ejército colombiano hubiese expulsado la guerrilla.  De la operación participarían 120.000 hombres, en un período de 45 a 60 días, apoyados por dos divisiones aerotransportadas, dos fuerzas especiales del Ejército, tres divisiones de marines y 200 aviones C-5 y C-141.  De acuerdo con el diario El Espectador, de Bogotá, el desmantelamiento de un bando peruano que contrabandeaba armas de Jordania para las FARC, de acuerdo a lo anunciado por el propio presidente Alberto Fujimori del Perú27, tendió a crear las condiciones para esa intervención militar en Colombia.  Fue, además, el propio Vladimiro Montesinos, responsable por la compra de cerca de 10.000 fusiles AKM, lanzados en paracaídas para las FARC en territorio colombiano28, quien difundió, al mismo tiempo, el rumor sobre la grave situación en Colombia e informó al periodista Genaro Delgado Parker y a tres generales, el 21 de abril de 1999, que la intervención se consumaría el 29 de octubre.  No obstante, a principios de setiembre de 2000, el escándalo del tráfico de armas, compradas a Jordania y desviadas para las FARC, estremeció aún más la posición de Fujimori.  Sarkis Soghanalian Kopelian, miembro de una familia armenia de traficantes de armas, con nacionalidad turca y antiguo colaborador de la CIA, también conocido como “El Mercader de la Muerte”,  confirmó públicamente que vendió al gobierno de Perú las armas compradas en Jordania y de las cuales él fue intermediario.  Ese escándalo comprometió a Fujimori.  La secretaria de Estado, Madeleine Albright, solicitó entonces que él convocase a nuevas elecciones y presionó a Panamá para que diese asilo a Montesinos, bajo el  pretexto de que su salida facilitaría el proceso democrático en el Perú, donde cerca de 1.100 km al sur de Lima, en la proximidad de la frontera con Chile y Bolivia, se dio en octubre de 2000 un levantamiento militar, liderado por un oficial llamado Ollanta Humala Tasso, que exigió la renuncia de Fujimori y la prisión y el juicio de Vladimiro Montesinos30

La crisis en el Perú por cierto dificultó la situación con vistas a una eventual intervención en Colombia.  Brasil, por su parte, se rehusó firmemente a participar en cualquier tipo de operación multilateral, con el objetivo de combatir a los traficantes y las guerrillas de las FARC y del ELN, aunque intensificase los esfuerzos en la represión al narcotráfico y transfiriese 6.000 soldados para la frontera del Amazonas.  Y no sólo se rehusó a colaborar en la intervención sino que no aceptó la expansión de la presencia norteamericana, bajo el pretexto estratégico-militar o de combate al narcotráfico, porque percibía la amenaza de los EE.UU., tendiendo al control de todo el valle del Amazonas, en el alargamiento de sus instalaciones militares en Colombia, mediante el refuerzo de las bases en Caquetá (Florencia), en Putumayo (Tres Esquinas – sede del Batallón Antidrogas, Macao, La Tagua, Puerto Leguizamo), y en el Ecuador (Puerto Manta), puerta de acceso a las fronteras de Perú-Colombia-Ecuador.  El Panamá se negó igualmente a apoyar una intervención multinacional en Colombia.  La jefe de gobierno, Mireya Moscoso, rechazó el alegato de que el conflicto con las FARC se pudiese desbordar, amenazando la seguridad del canal, no obstante reforzar la guardia nacional en la frontera de Darién, para donde transfirió 2.000 efectivos y aceptar la permanencia en Panamá de 3.300 soldados norteamericanos hasta después del año 2000.  También Venezuela se rehusó a colaborar en cualquier operación multinacional en Colombia y el presidente Hugo Chávez no sólo admitió a las guerrillas como parte legítima del conflicto, disponiéndose a intermediar en las negociaciones con las FARC, sino que sustentó la decisión de no permitir que aviones militares de los EE.UU.,procedentes de las bases de Aruba y Curazao, atravesaran el espacio aéreo de Venezuela, con el pretexto del combate al narcotráfico, sin una autorización explícita.  Esa objeción reflejó el temor existente en las Fuerzas Armadas venezolanas, dentro de las cuales fuertes sectores se preocupaban con el tema de la soberanía nacional y suponían que los aparatos norteamericanos estacionados en Aruba y Curazao no se limitaban a las misiones de reconocimiento, pues entre ellos había aviones de guerra F-16.

El Plan Colombia

Dentro de ese contexto, Bill Clinton, el 31 de agosto de 2000, viajó a Cartagena de Indias, donde se encontró con Andrés Pastrana y anunció el lanzamiento del Plan Colombia31, que preveía una inversión de US$ 7,5 billones32 en cinco años, bajo el alegato de combatir el narcotráfico, fomentar el desarrollo económico del país y financiar culturas alternativas en sustitución a las plantaciones de coca.  Ese hecho generó una enorme aprehensión en varios países, sobretodo en el Brasil, que recibió con extrema cautela el movimiento de los EE.UU. en la región.  El ministro de Relaciones Exteriores, embajador Luiz Felipe Lampréia, aún reconociendo que Colombia tenía el derecho soberano de aceptar ayuda externa, manifestó públicamente su preocupación con el impacto que la ejecución del Plan Colombia produciría sobre el territorio brasileño, en la medida en que el conflicto en Colombia se intensificase, a partir de enero de 2001, fecha prevista para el comienzo del entrenamiento militar y del uso del material bélico.  El gobierno brasileño temía que el narcotráfico se desplazase para su territorio y guerrilleros o militares colombianos lo invadiesen, o que hongos (Fusarium orysporum) u otras armas químicas y biológicas, eventualmente empleadas por los EE.UU. para destruir las plantaciones de coca, contaminasen los ríos de la Amazonia. 

Por otro lado, a su entender, no se podía vincular la necesidad de combatir el negocio de las drogas con el problema de la insurgencia, que era de competencia interna de Colombia y debía ser políticamente resuelto, aunque esta posición no significase simpatía por ninguna solución tendiente a ceder a las FARC y al ELN las zonas conquistadas, por implicar una renuncia del estado colombiano a la soberanía sobre su territorio. 

Mientras tanto, el gobierno brasileño consideraba que la vía militar, como los EE.UU. proponían, no resolvería la crisis y se rehusó terminantemente a permitir la utilización de cualquier base u otras instalaciones militares en su territorio para operaciones en Colombia, solicitada por la secretaria de Estado, Madeleine Albright.  En las Fuerzas Armadas, además, el Plan Colombia fue percibido por muchos militares como el Caballo de Troya de los EE.UU. para dominar las nacientes del río Amazonas, lo que suscitó la conjetura de que el combate al narcotráfico y a las guerrillas viniese a servir como pretexto para la ocupación disimulada de la Amazonia, bajo el argumento de que el Ejército brasileño no estaba en condiciones de controlar la región e impedir el tránsito de alimentos y armas para las FARC.  Hubo sospecha de que por atrás del Plan Colombia, había una estrategia que tendía a rediseñar el mapa de América del Sur y el senador José Sarney, así como varios militares, intuyeron que el Plan Colombia, colocando a los americanos militarmente en la Amazonia, representaba el comienzo de su internacionalización, pues los EE.UU. tenían un plan de ayuda militar a la Guayana y una red de monitoreo extendida desde Panamá.


* Luiz Alberto de Vianna Moniz Bandeira es doctor em ciencia políticca, profesor titular (retirado) de Historia de la Política Exterior de Brasil en la Universidad de Brasília y autor de varias obras sobre las relaciones de los EUA con el Brasil y los demás países de América Latina, entre los cuales Presença dos EUA no Brasil, De Marti a Fidel e Da Guerra do Paraguai ao Mercosul, esta a ser lanzada en marzo de 2003.

[1] Ethan Bronner, “US aide talks of troop help for Colombia,” The Baltimore Sun, August 21, 1989, p. 1.

2 Cook, Fred J. – O Estado Militarista. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1964, pp. 7-10.

3 Esses acordos, chamados pelo Departamento de Defesa dos EUA Forward Operating Locations, ou FOLs, permitiam que os aviões norte-americanos de reconhecimento e monitoramento tivessem acesso a aeroportos ou bases estrangeiras. As instalações dos aeroportos e bases eram de propriedade e operadas pelos países hospedeiros e nelas ficava estacionado um pequeno número de militares, de agentes do DEA (Drug Enforcement Agency), da Guarda Costeira e da alfândega para apoiar os aviões norte-americanos e coordenar comunicações e coleta de inteligência.

4 Statement of General Charles E. Wilhelm, U.S. Marine Corps Commander in Chief, U.S. Southern Command
before the Senate Caucus on International Narcotics Control - 21 September 1999.

5Ana Maria Salazar, Deputy Assistant Secretary of Defense for Drug Enforcement Policy and Support, United States House Of Representatives, Committee on Government Reform, Subcommittee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources – “Counter-Drug Implications Of The U.S. Leaving Panama”, June 9, 2000. Statement For The Record, distributed by the Office of International Information Programs, U.S. Department of State. Web site: http://usinfo.state.gov - Washington File

6 O general Barry McCaffrey estimou em cerca de 20.000 o número de guerrilheiros na Colômbia. Statement by General Barry R. McCaffrey, Director, Office of National Drug Control Policy Before the House Committee on Government Reform, Subcommittee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources - The Evolving Drug Threat in Colombia and other South American Source Zone Nations - August 6, 1999.

7 A National Security Strategy For A New Century - The White House Office Of The Press Secretary January 5, 2000 The White House  December 1999.

8  Statement of General Charles E. Wilhelm, United States Marine Corps
Commander-in-Chief US Southern Command Before the Senate Caucus on International Narcotics Control - 21 September 1999.

9 Ibid. 

10 O Urubá chocoano era uma zona produta de bananas e lá havia rica reserva de água doce, com a maior  de maior pluviosidad na Colombia. Os paramilitares arrasaram-na em 1994 e o conflito armado provocou o êxodo de sua população para a fronteira do Panamá, que se intensificou desde 1996.

11García Lupo, Rogelio -  “La intervención militar en Colombia”, Tiempo nº. 903, Madrid.

12 Em 8 de junho de 1999, o  Congresso colombiano rechaçou uma reforma política proposta pelo presidente Andrés Pastrana, que incluía poderes especiais para que o chefe de estado fosse o condutor supremo do processo de paz com a guerrilha, até depois de dois anos  de terminado seu mandato presidencial, e também o autorizava a conceder indultos e amnistia  a membros de grupos rebeldes, a criar zonas especiais de paz dentro do território nacional e a destinar  recursos a grupos rebeldes.

13 Colombia: Counter-Insurgency  Vs. Counter-Narcotics -  Hearing  before the     Senate Caucus on International  Narcotics Control  - One Hundred Sixth Congress,  First Session,  September 21, 1999 U.S. Government Printing Office, Washington : 2001.

14 Ibid.

15Ibid.

16 Statement by General Barry R. McCaffrey, Director, Office of National Drug Control Policy before the House Committee on Government Reform, Subcommittee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources -
The Evolving Drug Threat in Colombia and other South American Source Zone Nations.

17Um repórter veterano  do periódico norte-americano New Yorker, Seymour Hersh, vencedor do prêmio Pulitzer Prize, revelou que  o general Barry McCaffrey, que lutara na guerra do Vietnã, dirigiu em 1991 o massacre de  centenas de soldados do Iraque dois dias depois do cessar fogo e terminar a Guerra do Golfo.

18 Statement by General Barry R. McCaffrey, Director, Office of National Drug Control Policy before the House Committee on Government Reform, Subcommittee on Criminal Justice, Drug Policy, and Human Resources -
The Evolving Drug Threat in Colombia and other South American Source Zone Nations, August 6, 1999.

19 Na Escuela de Monte o exército transandino da Argentina preparava o batalhão de caçadores ou  tropas de elite.  Internacional - 06 de Septiembre de 1999  -  La Tercera en Internet.

20 Muitos contingentes já se haviam sido trasladados para  novas instalações militares em Aruba, Puerto Rico, Miami e Equador, entre outros lugares.

21  Menem já promovera a criação do centro argentino de formação de inter-exércitos em operações de paz, que funcionava desde 1995.

22  O Exército brasileiro rechaçara proposta do Pentágono, para a realização de operações conjuntas de treinamento na Amazônia, recebendo como contrapartida a oportunidade de fazê-las no território norte-americano, o que o Alto Comando rechaçou, sob a alegação que somente se fazia treinamento em regiões onde se supunha que as tropas um dia tivessem de lutar e que o Brasil jamais imaginara combater dentro dos EUA.

23 McCaffrey  não se encontrou apenas com Menem. Dado que as eleições para a presidência da República ocorreriam em 24 de outubro, ele também se entrevistou com os candidatos Eduardo Duhalde, do Partido Justicialista, e  Fernando de la Rua, da Frente País Solidário (FREPASO).

24 Young, Gerardo y Gerschenson, Ana – “Menem dio apoyo total a EE UU por Colombia”, in El Clarin, 29.8.1999.

25  García Lupo, Rogelio -  “La intervención militar en Colombia”, Tiempo nº. 903, Madrid.

26  O litígio fronteiriço, que irrompeu em 1941  entre o Peru e o Equador, consistiu na  demarcação de uma linha fronteiriça de cerca 78 km em plena selva amazônica.. Em 19 de janeiro de 1942, enquanto parte do Equador estava ocupada pelas tropas do Peru, ambos os países firmaram o Protocolo do Rio de Janeiro. Argentina, Brasil, Chile e EUA assinaram o protocolo  como garantes.  O problema da demarcação da zona da cordilheira do Condor decorreu porque o Protocolo do Rio de Janeiro deixou de estabelecer a fronteira precisa e o laudo arbitral do capitão brasileiro Brás Dias de Aguiar, elaborado em 1945, não resolveu todos os problemas. A geografia da zona, depois de haver sido estudada, não correspondeu ao  descrito no laudo: a divisória de águas, referência para a demarcação da fronteira, não dividia os rios Zamora y Santiago mas o Zamora e o Cenepa, cuja extensão era desconhecida até então. Era um fato que o tratado não mencionava e que o Equador julgou decisivo. Uma vez  que o Cenepa seria uma abertura para o Amazonas, Brasil e Europa. Houve numerosos choques militares ao longo dos anos (1978, 1981, 1991 e 1995). Ocorreram geralmente porque os postos militares de observação progressivamente se aproximavam  e em dezembro de 1994 os serviços de inteligência do Peru descobriram que o Equador havia infiltrado bases na área litigiosa. Combates foram então travados nas vizinhanças do Cenepa, na confluência dos rios Santiago e Yaupi e cordilheira do Condor.  A Declaração de Brasília, assinada em 28 de maio de 1998, reconheceu o território como peruano.

[1] Em 21 de agosto 2000, o presidente Alberto Fujimori e assessor de segurança Vladimiro Montesinos apareceram em público em uma entrevista à imprensa para anunciar o desmantelamento de una rede internacional de tráfico de armas que se iniciava na Jordânia e terminava na selva colombiana de Vichada. Nos dias seguintes, revelou-se que a rede de traficantes era dirigida pelo próprio Montesinos, que os demais protagonistas da operação para a compra de 50.000 fuzis

AK-47 (Kalashnikov, calibre 7.72, fabricados na Rússia) eram colaboradores do serviço de inteligência  do Peru, SIN, e que em quatro vôos já haviam entre 10.000 armas a uma  frente das FARC, na fronteira dos departamentos de Vichada e Guainía. A operação de contrabando de armas do Peru para as FARC tinha o propósito adicional de fortalecer a guerrilha: gerar uma escalada do conflito de modo a justificar uma intervenção militar estrangeira, para evitar a desestabilização do sul da Colômbia. El Espectador, Bogotá, 13.5.2001.

[1] Entre fevereiro  e  julho  de 1999, foram feitos quatro lançamentos, em para-quedas , em uma zona próxima de Barranco Minas, em Guainía, território colombiano, onde operava a  Frente 16 das FARC, sob o comando de El Negro Acacio.

27 O diálogo seguinte foi transcrito pelo jornal El Espectador, de Bogotá, na sua edição de 13.5.2001:

  “El vladivideo 1487: invasión  - El 21 de abril de 1999, Vladimiro Montesinos sostuvo una reunión con el propietario de Global Televisión del Perú, Genaro Delgado Parker, durante la cual hizo afirmaciones en torno a la presunta operación de los Estados Unidos para ocupar el sur de Colombia. Esta es su versión:
Delgado: -Yo el otro día vi que el Presidente tenía una charla en Washington.
Montesinos: -Sí, ¿sobre lo de Colombia? Claro, eso fue coordinado con los americanos.
Delgado: -Claro, pero pienso que detrás de esto está la idea de hacer una especie de NATO en América Latina.
Montesinos: -¿Sabes por qué no se puede hacer? Porque, en primer lugar, Mahuad no está de acuerdo. El loco de Venezuela, el Chávez, tampoco está de acuerdo. Y el único que apoya eso es Menem, pero Menem está muy lejos del escenario; y Cardoso tampoco quiere. Entonces, la única alternativa que tienen los americanos para solucionar el problema de Colombia es la invasión, que la van a hacer este año. Están preparando ellos medio millón de infantes de Marina para invadir Colombia y nos pidieron que el Presidente diera declaraciones porque ellos no pueden decirlo. Entonces, el Presidente hizo declaraciones en el Colegio Interamericano. Acá nosotros estamos tomando previsiones para cerrar toda la zona que tenemos, 1.600 kilómetros de frontera.
Cuando los infantes de Marina ingresen, ¿qué van a hacer las Farc y los narcos? Se vienen al Perú. Y si nosotros no hacemos ahora el cierre de la frontera y adoptamos medidas de seguridad, nos trasvasan el problema para acá”.
 

28 Após a queda  Vladimiro Montesinos, Fujimori viu-se obrigado a convocar novas eleições para 8 de abril de 2001, mas essa iniciativa não evitou que a crise institucional se  aprofundasse e ele viajou para o Japão, onde se homiziou e posteriormente enviou carta de renúncia à presidência, que o Congresso não reconheceu, preferindo destituí-lo.

29 O diálogo seguinte foi transcrito pelo jornal El Espectador, de Bogotá, na sua edição de 13.5.2001:

  “El vladivideo 1487: invasión  - El 21 de abril de 1999, Vladimiro Montesinos sostuvo una reunión con el propietario de Global Televisión del Perú, Genaro Delgado Parker, durante la cual hizo afirmaciones en torno a la presunta operación de los Estados Unidos para ocupar el sur de Colombia. Esta es su versión:
Delgado: -Yo el otro día vi que el Presidente tenía una charla en Washington. Montesinos: -Sí, ¿sobre lo de Colombia? Claro, eso fue coordinado con los americanos.
Delgado: -Claro, pero pienso que detrás de esto está la idea de hacer una especie de NATO en América Latina.
Montesinos: -¿Sabes por qué no se puede hacer? Porque, en primer lugar, Mahuad no está de acuerdo. El loco de Venezuela, el Chávez, tampoco está de acuerdo. Y el único que apoya eso es Menem, pero Menem está muy lejos del escenario; y Cardoso tampoco quiere. Entonces, la única alternativa que tienen los americanos para solucionar el problema de Colombia es la invasión, que la van a hacer este año. Están preparando ellos medio millón de infantes de Marina para invadir Colombia y nos pidieron que el Presidente diera declaraciones porque ellos no pueden decirlo. Entonces, el Presidente hizo declaraciones en el Colegio Interamericano. Acá nosotros estamos tomando previsiones para cerrar toda la zona que tenemos, 1.600 kilómetros de frontera.
Cuando los infantes de Marina ingresen, ¿qué van a hacer las Farc y los narcos? Se vienen al Perú. Y si nosotros no hacemos ahora el cierre de la frontera y adoptamos medidas de seguridad, nos trasvasan el problema para acá”.

30 Após a queda  Vladimiro Montesinos, Fujimori viu-se obrigado a convocar novas eleições para 8 de abril de 2001, mas essa iniciativa não evitou que a crise institucional se  aprofundasse e ele viajou para o Japão, onde se homiziou e posteriormente enviou carta de renúncia à presidência, que o Congresso não reconheceu, preferindo destituí-lo.

31 Em 3 de agosto de 1998, três dias antes de assumir o governo, Andrés Pastrana esteve em Washington e sugeriu a Clinton que o governo norte-americano e os bancos  financiassem uma espécie de Plano Marshall para Colômbia, visando a recuperar as zonas dedicadas ao cultivo de coca e possibilitar  aos camponeses uma economia alternativa e rentável. Esta, aparentemente, foi a origem do Plano Colômbia, que tomou forma em setembro de 1999, obedecendo às linhas do Plan de Desarrollo, de Pastrana, e incorporando as diversas exigências norte-americanas, tanto políticas como econômico e militares, bem como o conteúdo do acordo com o FMI.

32 O Plano Colômbia previa um investimento de US$7,5 bilhões, dos quais os EUA forneceriam U$1,3 bilhão (incluindo  U$47 milhões como ajuda ao Equador),  US$4 bilhões seriam providos pelo Governo da Colômbia, US$1.9 bilhão pela Europa e algumas instituições.

33 Declaração,  Brasília, 1° de setembro de 2000. AA.

34 Kissinger, 2001, pp. 140-141.

35 Id., ibid.,  pp. 140.

36 Id., ibid., p. 145.

37 A United Technologies produzia o poderoso helicóptero UH-60L Black Hawk, o Falcão Negro, e a Bell Textron procurava vender helicóptero UH-1H Huey. Ambas corporações investiram nas campanhas eleitorais dos EUA. Constava que, nas campanhas de 1996 e 1998, a Bell Textron deu uma contribuição de US$ 551,816 ao Partido Republicano e US$ 364,420 ao Partido Democrata; a United Technologies contribuiu com US$ 362,340 para o Partido Republicano e US$ 347,200 dólares para o Partido Democrata.

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