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Las
cláusulas de la OMC sobre propiedad El
derecho al conocimiento es demasiado esencial para los seres
humanos como para permitir que dependa de poderes económicos e
intereses comerciales. Por eso, el informe del PNUD de 1999
presentó el conocimiento como nuevo patrimonio de la humanidad y
base imprescindible de posibilidad de desarrollo. Lo que nos lleva
a negar el actual sistema de propiedad intelectual Casper
Gutman es un gangster de modales exquisitos y palabra culta (un
personaje de “El halcón maltés”, de Dashiell Hammet),
dispuesto al asesinato para conseguir una valiosísima figura de
oro y piedras preciosas. Cuando se le pregunta qué derecho de
propiedad tiene sobre esa joya responde: “Un objeto de tal valor
pertenece indudablemente a quien lo consiga”. Ésta parece ser
la filosofía del actual sistema de patentes: el
conocimiento, para quien se apropie de él. De ahí surge la
nefasta concepción de la propiedad
intelectual (las patentes), celosamente defendida por la
Organización Mundial del Comercio (OMC). Según
Noam Chomsky, “los derechos de propiedad intelectual no son más
que protección del control que garantiza a las megacorporaciones
el derecho a cobrar precio monopólicos”. Denuncia también a
las corporaciones que se empeñan en patentar productos porque
–dicen- los descubrieron, olvidando que partieron de
conocimientos y hallazgos de biología y ciencia, conseguidos con
dinero público en instituciones públicas. Hay
patentes desde hace siglos, pero en los ochenta, los países ricos
se pusieron nerviosos porque Estados asiáticos se convirtieron en
competidores: eran capaces de imitar lo que hacían pero lo vendían
más barato. Entonces el norte echó mano de la OMC para que
estableciera algún sistema que volviera las aguas a su cauce y se
inventaron los "trips"
(derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio),
una forma de frenar a los países en desarrollo del sudeste asiático
y de perjudicar a los países pobres. Los
ciudadanos tuvieron conocimiento de la voracidad y miseria moral
de los países del norte en asunto de patentes con el conflicto
entre medicamentos y genéricos (más baratos) para emergencias
sanitarias. Suiza, Canadá, EEUU, Australia y Japón se opusieron
a que la OMC autorizara el uso de medicamentos genéricos para
combatir el sida, porque los derechos de patentes de las farmacéuticas
estaban vigentes (¡durante 20 años!). Intermon Oxfam denunció
que los países ricos continuaban defendiendo los beneficios de la
gran industria contra el derecho a la salud de los más pobres.
Una fuerte presión internacional hizo que se llegara a un acuerdo
de fabricación de genéricos sin pagar derechos de patente,
aunque con condiciones ambiguas. Esta
muestra de codicia se dio en un mundo en el que mueren cada año
diecisiete millones de personas por no poder conseguir
medicamentos, según Médicos Sin Fronteras y la Organización
Mundial de la Salud (OMS). Infecciones respiratorias, malaria,
sida, tuberculosis y enfermedades sexuales diezman a los países
pobres porque los fármacos tienen precio prohibitivo. En Europa,
el tratamiento de una neumonía con antibióticos equivale a dos o
tres horas de salario, pero en África representa el sueldo
mensual. Un tercio de la población
mundial no tiene acceso a los fármacos. Las macroempresas farmacéuticas dicen que el sistema actual de patentes garantiza financiar la investigación, pero, según la OMS, sólo dedican el 0,1% de los fondos de investigación a buscar algún producto contra la malaria, por ejemplo. La
malaria es desconocida en los países ricos, pero hay 500 millones
de casos en el mundo y causa el 3% de muertes en países pobres.
Por otra parte, los grandes laboratorios solo producen un 1% de fármacos
para enfermedades tropicales y apenas se dedica 10% del gasto
mundial de investigación en el 90% de los problemas sanitarios
mundiales, como denuncia el Foro Global para la Investigación de
la Salud. La
intransigente y voraz propiedad intelectual custodiada por la OMC
no atañe solo a los medicamentos; también a los recursos
naturales: plantas, animales y microorganismos están en el punto
de mira de corporaciones transnacionales y, al tiempo que niegan fármacos
parapetados tras las patentes, saquean los países pobres, ricos
en recursos naturales: envían a sus ejecutivos-exploradores a
averiguar qué plantas, semillas o microorganismos de países
pobres pueden proporcionar grandes beneficios. Cees J. Hamelinck,
profesor de la Universidad de Ámsterdam, denuncia que “en
varios países pobres se saca partido del conocimiento local para
fabricar medicamentos muy rentables, sin el consentimiento
informado de los habitantes del lugar”. Ya
es hora de reclamar los derechos de los habitantes de una zona
sobre los recursos naturales de
ese territorio; no
son "partes interesadas" con los que firmar contratos
leoninos, sino titulares de los derechos sobre sus tierras. En el
Foro Internacional Indígena sobre Biodiversidad, celebrado en
Holanda, se ha proclamado que 600 millones de indígenas, y no los
Estados, son los dueños de los recursos genéticos extraídos de
plantas y animales de sus territorios.” No somos inquilinos. Es
nuestra tierra”. El
naturalista español Joaquín Arriola ha denunciado que “el
dominio de las patentes por países del norte es uno de los
factores que dificultan la industrialización de países del
sur” y Cees Hamelinck escribe en el "Unrisd news" de
la ONU que “cada vez existen más pruebas de que las cláusulas
de la OMC sobre propiedad intelectual constituyen un obstáculo
para la generación de conocimiento de las sociedades en
desarrollo y favorecen el saqueo de los recursos del sur.” La
transferencia de tecnología no perjudicial para el medio ambiente
es fundamental para que el sur salga del subdesarrollo y ahuyente
la pobreza. El actual sistema de patentes es un impedimento
insalvable para ello. El
derecho al conocimiento es demasiado esencial para los seres
humanos como para permitir que dependa de poderes económicos e
intereses comerciales. Por eso, el informe del PNUD de 1999
presentó el conocimiento como nuevo patrimonio de la humanidad y
base imprescindible de posibilidad de desarrollo. Lo que nos lleva
de la mano a negar el actual sistema de propiedad intelectual. LA ONDA® DIGITAL |
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