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Asunto
delicado El dólar no sube porque las AFAPs los venden a gran ritmo obligadas por el BCU; la medida es dañina para los intereses de los afiliados al sistema ¿No le ha llamado la atención, lector, la estable cotización del dólar? Con un fuerte déficit fiscal, con el mercado de crédito voluntario inaccesible, en medio de una desconfianza que paraliza la inversión, a la vista de un gobierno hesitante, no sería extraño que el apacible mercado de cambios hubiese despertado su curiosidad. En tal caso, le recomiendo no abandonar esta lectura, porque ella contendrá algo con qué satisfacer su curiosidad. El dólar no sube porque hay agentes en nuestro medio que están vendiendo esa divisa a gran ritmo. Un día tras otro, sin descanso, deshacen sus posiciones. Su conducta explica que la moneda estadounidense esté muy ofrecida en nuestro mercado, no sólo impidiendo que suba, sino incluso reclamando a veces la compra de dólares por el Banco Central, a fin de evitar la apreciación del peso, que desalentaría a los exportadores. Esos agentes, que se desprenden de una mercancía siempre juzgada apetecible en nuestro medio, canjeándola por pesos, que por contraste no suelen suscitar más que desconfianza, pertenecen todos a un mismo gremio, a una misma actividad financiera. Se trata de AFAPs, administradoras de fondos de pensiones, quienes, como su nombre lo indica, se dedican a invertir los ahorros de los trabajadores que hayan optado por una jubilación privada. Es bien sabida la triste historia del sistema de retiros de carácter público. Él se caracterizó por la diferencia abismal entre los aportes pagados por el propio trabajador y sus empleadores, frecuentemente copiosos, y las pasividades servidas como eventual contrapartida, por regla general misérrimas. En parte ello se debió a la desastrosa colocación que los entes públicos competentes hicieron de sus recaudaciones. Políticos profesionales, proclives a hacer favores al Tesoro nacional, a expensas de los trabajadores, invirtieron enormes sumas en la compra de títulos de deuda pública de renta fija, en pesos no reajustables, cuando la inflación ya había comenzado a trotar, conservándolos aún cuando ésta entró a galopar. Eventualmente, un sistema alternativo fue ofrecido a los afiliados activos del sistema, y es en él que las antedichas AFAPs conocen su origen. Éstas recogerían los aportes de cada empleado, y los invertirían en su nombre. Cada trabajador recibiría continua información sobre el capital acumulado en su cuenta personal, el cual, llegado el día del retiro, sería utilizado para adquirir una renta vitalicia que desempeñaría el papel de las viejas jubilaciones y pensiones. Administradas por profesionales, las AFAPs colocarían el dinero de manera de optimizar su valor, dentro de las reglas fijadas por la autoridad pública, y lo harían en competencia las unas con las otras, permitiendo a los afiliados pedir pase de una a cualquier otra, aparte de elegir al comienzo, en busca de máxima rentabilidad. Un sistema racional, cuidadoso de no repetir los viejos errores, abría perspectivas mucho más halagüeñas a los trabajadores para el tiempo de su retiro. Desgraciadamente, esas perspectivas debieron enfrentar obstáculos que están frustrando su plena concreción. En primer lugar, las normas a las cuales los administradores debieron ajustarse no estuvieron exclusivamente enfocadas hacia el bienestar de los trabajadores. Sobre todo, en cuanto obligaban a los gerentes de los fondos a invertir el 95% del dinero dentro del país. Las opciones de inversión abiertas a aquellos eran magras, debido a la estrechez de la economía y, aun más, al escaso desarrollo de nuestro mercado de capitales. Parece obvio que, si el objetivo consistía en optimizar el bienestar de los trabajadores, las AFAPs deberían haber disfrutado de plena libertad en cuanto al lugar donde los fondos se invertirían. Por descontado que se trataba de ahorro uruguayo. Admitido que la inversión del ahorro uruguayo dentro de fronteras debía reportar buenos resultados para el desarrollo económico del país. Ya fuere la inversión real, suministrando capital para nuestras industrias manufactureras, nuestro comercio, nuestra actividad agropecuaria, nuestras industrias de servicios, ya la mera inversión financiera, como en el apoyo al Tesoro nacional en condiciones de intereses y plazos más favorables que las alcanzables en el exterior. Así son, efectivamente las cosas. Pero el sistema jubilatorio no tiene por fin el desarrollo económico del país, ni el facilitar la gestión de sus finanzas públicas. Tiene por fin el interés de los trabajadores, a fin de acumular la mayor cantidad posible de riqueza durante su vida activa. Y, si para ello, como obviamente era el caso, convenía que se abrieran las puertas del ancho mundo a los administradores de fondos previsionales, así debió hacerse. Persistir, como se persistió, en el encierro del ahorro de los trabajadores dentro de fronteras implicaba grandes riesgos para la solidez de las inversiones acumuladas por las AFAPs. Ese riesgo se concretó en un descalabro mayor durante el año en curso, al desplomarse el valor de mercado de los bonos gubernamentales uruguayos. Por dicho concepto el bienestar de los trabajadores uruguayos fue mal servido por la política forzada por la autoridad nacional. Pero los administradores de los fondos previsionales procuraron evitar ese peligro, y consiguieron limitar sus consecuencias dañosas. Las normas les obligaban a invertir el 95% de los fondos dentro del país, pero, mientras los fondos permaneciesen líquidos, podían estar denominados en dólares. No se podían comprar bonos del gobierno estadounidense, por que eso sería una inversión en el exterior, pero sí se podían depositar dólares en bancos locales, lo que contaba como una inversión doméstica. El dólar era como un resquicio en la prisión del riesgo uruguayo. De hecho, todas las AFAPs optaron por mantener mayoritariamente sus recursos en forma líquida, en dólares de los EEUU. Pero la voracidad estatal no sería impunemente burlada. Hace algunos meses, luego de la fuerte depreciación del peso, el órgano regulador, que lo es el Banco Central del Uruguay (BCU), ordenó a las AFAPs deshacer sus posiciones en dólares, y sustituirlas por pesos reajustables, en un 20% de sus tenencias como mínimo, antes del 30 de junio de 2003. El resquicio se empezaba a cegar con hormigón. La venta de dólares a que las AFAPs se vieron obligadas detuvo la caída del peso. Sus administradores, deseosos de paz, contemporizaron con el BCU en esa ocasión, logrando éste darle a la medida la apariencia de un consenso. Mala estrategia: la falta de protestas reavivó el apetito del gigante. Con fecha 29/11/02 el BCU resolvió que el 20% de venta de dólares previamente decretado se duplicase, debiendo llegar a 25% a fin de año, a 35% a fines de marzo y a 40% a fines de junio. ¿Con qué finalidad se dispuso tal cosa? No lo sabemos, ya que la circular que transmite la decisión no contiene fundamentación. Pero sí sabemos, porque son innegables, dos cosas: primero, que no fue con un fin lícito, ya que la medida sólo puede surtir efectos dañinos sobre los afiliados al sistema; segundo, que poner de esa manera en peligro al sistema de jubilaciones privadas es un grave ataque a los intereses del pueblo uruguayo, por el cual la autoridad que lo ordenó deberá ser, más tarde o más temprano, condignamente responsabilizada. LA ONDA® DIGITAL |
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