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La
Mirada de Federico, una A continuación La ONDA digital publica un breve tramo de la novela La Mirada de Federico, de Luis González Olascuaga, que es un paradigma del perfil temático que el autor va tejiendo del mundo contemporáneo, de su mundo, y es a la vez la mirada de una generación de uruguayos que nació a la vida social, política y cultural en la década del 80. La década bisagra entre la dictadura y la democracia. Lo atractivo de esta mirada no está solo en la prolija estructura literaria del relato, sino la combinación de un relato vivencial, personal, intimista que incorpora sistemáticamente el marco social en que el autor empieza a ingresar a este mundo contemporáneo. Mundo al que va ingresando y descubriendo desde sus primarias funciones como hombre, mundo de "los despiertos" que el autor descubre que "era posible". La correspondencia con lo contemporáneo y con la inmediatez de la materia prima de esta "mirada" se exacerba con la traumática existencia práctica de su relator. Esta prueba permanente se resuelve con genialidad intelectual aunque este confiese que "Ya mis amigos habían notado, cuando me hablaban mirándome a los ojos, que yo los escuchaba desde algún lugar muy remoto." Este lugar remoto y seguramente más cómodo que el agreste y por momentos dramático mundo concreto al que se ve enfrentado a vivir el protagonista principal, está admirablemente pintado y explícitamente relatado en varios tramos de la novela. Al mejor estilo de los existencialistas de los años 60, la muerte interpretada por los que están con vida aparece como el rincón tranquilo de la vida, donde los más vivos programan los "contubernios" a brindarles a sus semejantes, esta recomendable "mirada" de Joselo comienza en el Cementerio Central de Montevideo aunque al leer la novela recordemos aquello que está en sus páginas, el mundo de "los despiertos" es "posible". Lo que sigue es parte del capítulo IX. POR UNA CABEZA También Federico hablaba mucho conmigo en aquellos tiempos. Una vez me preguntó cuándo me había sentido más cerca de la muerte. -El 9 de noviembre de 1983, cara a cara- le mentí, porque en realidad esa noche mencionada no pensé para nada en la muerte. Pensaba en la muerte, la sentía cerca, cuando me atacaban cólicos nefríticos, por ejemplo. Pero quería no quedar demasiado por debajo de la altura de sus epopeyas, así que le mentí. -¿Cómo fue eso, cuéntame? -Nos cortaron el paso en Eduardo Acevedo entre Dieciocho y Colonia. Los coraceros formaron de vereda a vereda. Duró un siglo. Los ojos de los caballos, extraviados por el miedo y la impaciencia. Mientras los milicos los sujetaban en fila, prontos para arremeter. Nosotros con los brazos entrelazados, formando el cordón de seguridad. Yo en primera fila a veinte metros de la primera de los coraceros. Tenía veintitrés años y el cagazo de la vida (eso sí es cierto). Después en el Departamento 5, esperando de plantón. Pero la que te dije me dejó ir. No había llegado a tiempo. Me la presentaron y nada más. LA ONDA® DIGITAL |
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