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Ideologías
y mitología de mercado
Como si fuera un gen en rebeldía, nuestra vapuleada región otra vez desconfía de los discursos refinados, aquella apología a la benevolencia del mercado. El neoliberalismo, otrora ideología y doctrina única, se fractura y cae, en más de un lugar, en pedazos.
Hace un año atrás el moderado The Economist proyectaba que la economía norteamericana crecería un 0,6 por ciento, el área del euro uno por ciento y Japón caería 0,8 por ciento. A la vista de las nuevas circunstancias tenemos que el producto de Estados Unidos se ha expandido en 2,4 por ciento, el PIB japonés retrocedió 0,5 puntos y sólo la Unión Europea estuvo bajo las expectativas con un aumento de su economía en 0,7 por ciento. Estas cifras son sólo la cara más bonita del cuento. Por nuestras latitudes el panorama se oscurece. América Latina sí que ha sufrido (no tiene efectos sociales equivalentes una caída en el PIB japonés que en el uruguayo, por poner uno de los dramáticos ejemplos). Durante el 2002 el producto regional tropezará un 0,5 por ciento, un guarismo que incorpora el colapso argentino, con una violenta caída del once por ciento, el hundimiento de Uruguay, con trazos muy similares y la crisis venezolana, cuya economía también pierde, inmersa en otro tipo de tribulaciones bien conocidas para los chilenos, un siete por ciento. Son números que llevan anexados la tasa de desempleo regional más alta registrada por la Cepal en toda su historia de más de 50 años y cuyo corolario son siete millones de pobres más para nuestra avasallada zona. En América latina, que vive en los ribetes, un tropiezo significa el derrumbe de buena parte de su entramado económico y social. Y así ha sido. Eso es lo malo, diríamos, funesto. La buena noticia -un eufemismo, una perífrasis si recordamos el drama en las provincias argentinas- es que el vendaval habría pasado. Las marcas negativas habrían quedado atrás -al primer trimestre la economía regional cayó casi un tres por ciento- y los números más recientes todos señalan hacia arriba. América latina crecería sobre el dos por ciento durante el 2003 y Argentina, en estos momentos nuestra medida de profundidad, en una cuantía aproximada. A la vista de estos datos, lo que sucede en nuestro país es, diríamos, una anécdota menor. Por cierto no crecimos sobre al dos por ciento como proyectaron las autoridades (sino bajo esta cifra), como tampoco la demanda interna se expandió. Empero, la tasa de desempleo no volvió a tocar los dos dígitos y el clima social, al observar la vecindad, ha mantenido la misma abulia que en períodos de dilatación. A Chile, podría alguien por ahí decir, no le entran balas. Algo así como el viejo espíritu del jaguar nos ha venido a proteger. Hemos terminado el año con la promesa de los tratados de libre comercio, que nos traerían, en algún momento futuro, un compendio casi ilimitado de beneficios. Pese al lastre -pobreza, masa laboral iletrada (un 40 por ciento no ha terminado la Media) y unos 600 mil cesantes- habríamos entrado, por algún agujero negro, al Primer Mundo (¿?). A partir de ahora, nos han dicho, todo sería bienestar. Dejemos atrás la ciencia ficción (social). Dejemos a Isaac Asimov; quizá podríamos leer un poco más a William Gibson. Quienes realizan sus cálculos en un escritorio han olvidado que forman parte del mundo. Allí -o aquí- no sólo hay números, sino personas y, lo que no es un dato menor, afiebrados políticos. Terminamos el año bajo el nuevo signo del optimismo comercial. Tal vez no es un error incorporar algún que otro factor de análisis. Estados Unidos y el Reino Unido -con el beneplácito de la ONU- se aprestan a atacar a Irak, Corea del Norte surge como otro foco de conflicto (nuclear) y en América latina la mitad de la región se levanta contra el establishment globalizador. Como si fuera un gen en rebeldía, nuestra vapuleada zona otra vez desconfía de los discursos refinados, aquella apología a la benevolencia del mercado. El neoliberalismo, otrora ideología y doctrina única, se fractura y cae, en más de un lugar, en pedazos. La libertad
económica anunciada cual valor sublime durante más de diez años
ha llevado a América latina a retroceder. Una resta socialmente
dolorosa, que ha desarmado también aquel encomiado ideario.
Porque el mercado, nunca ha sido libre. Ha sido simplemente un
espacio abierto y desregulado para el campeo de las
transnacionales y los grupos económicos. Como ha dicho el
pensador posmoderno Fredric Jameson, el mercado no puede
homologarse con la libertad; en el mejor de los casos, puede
homologarse con nuestras democracias parlamentarias de tipo
representativo. En Chile, nuestro mercado sería tan libre como
nuestra limitada democracia. LA ONDA® DIGITAL |
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