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La ascensión de Lula al gobierno
de Brasil y su significado

por Luiz Alberto Moniz Bandeira*
cientista político

La ascensión del Partido de los Trabajadores (PT) al gobierno, tras la aplastante victoria de Luiz Inácio Lula da Silva (con 61.27% de los votos válidos) en las elecciones presidenciales de octubre de 2002, constituye el más significativo cambio en el escenario político de Brasil, desde el golpe militar de 1964, y modifica el mapa político en la América del Sur, adonde ningún partido reconocidamente de izquierda ha ganado las elecciones, a nivel nacional, desde la caída del Presidente de Chile, Salvador Allende, en 11 de Septiembre de 1933.

Ese acontecimiento no ha resultado de una circunstancia excepcional. Ello demuestra la tendencia de la población brasileña, a favor de los cambios de su modelo económico y social y es profundamente significativo. Desde 1982, los partidos clasificados como de izquierda, dentro de un concepto amplio, vienen aumentando su representación en el Congreso Nacional. De 31 diputados (6,5% del total), en 1982, esa representación subió para 47% (9,6%) en 1986, 100 (19,9%) en 1990, 110 (21,4% en 1994, y 112 (21,9%) en 1998. Pero, en 2002, el equilibrio de fuerzas se inclinó hacia la izquierda, como nunca antes aconteció: en el inicio de lo que se llamó "la ola Lula", la representación de esos partidos a la izquierda del espectro político saltó de 112 para 161 diputados (45%) y de 18 para 24 senadores (28%).

El notable fortalecimiento de la representación de izquierda, especialmente del PT, fue un claro voto contra las políticas neoliberales, la desocupación, la reducción real de los sueldos, la degradación de los servicios públicos, los efectos de las privatizaciones, y el aumento de la criminalidad como consecuencia de la crisis económica. Esto no significa que el gobierno del presidente Fernando Henrique Cardoso no tuvo muchos méritos. Los tuvo, sí.

El gobierno de Fernando Henrique Cardoso logró bajar la inflación a un dígito anual, lo que solamente se podía hacer con la política de austeridad fiscal y medidas ortodoxas, recuperó la credibilidad externa de Brasil y consiguió otros avances. Pero, las reformas neoliberales, a grosso modo, fracasaron en la solución de los problemas existentes y contribuyeron para aumentar las enormes diferencias sociales. El Brasil, cuyo superávit comercial había sido el tercero mayor del mundo en los años ´80 (aunque muy debajo de Japón y Alemania), pasó a acumular saldos negativos en su balanza comercial que, entre 1995 y 2000, alcanzaron a u$s 38,1 mil millones, de los cuales u$s 23,92 mil millones con los países del NAFTA (u$s 19,33 mil millones solamente con los Estados Unidos). Las privatizaciones permitieran una mayor desnacionalización de la economía y, en consecuencia, el incremento de las transferencias de ganancias hacia el exterior, presionando y desequilibrando aun más la balanza de pagos, lo que contribuyó a aumentar terriblemente el endeudamiento externo y la vulnerabilidad del país. Si no había saldos comerciales para atender al servicio de la deuda externa, Brasil tenía que recurrir continuamente a los préstamos, permaneciendo como un país extremadamente "injusto", según el propio presidente Fernando Henrique Cardoso lo definió, con 10% de su población controlando 50% de la riqueza nacional, mientras 50%, en la base, solamente se benefician de 10%.

El Presidente Lula da Silva, de cierto, no va a cambiar la política de austeridad fiscal y monetaria, porque sabe que con inflación no puede haber distribución de la riqueza. Pero, en esa elección, los brasileños manifestaron su protesta, su revuelta y su decisión de corregir los aspectos básicos de las políticas económicas, basadas en el Consenso de Washington. Y Lula seguramente va a hacerlo, promoviendo una política económica y una política exterior, teniendo como fundamento los intereses nacionales de Brasil, no como simples reflejo de su condición de país en desarrollo, sino de su decisión de acelerar intensamente ese desarrollo y defender su soberanía, que, como dijo Ruy Barbosa, un jurista brasileño, es la "gran muralla de la patria".

En ese sentido, la ascensión de Lula y del PT al poder reanuda el camino del gobierno João Goulart, que intentó promover las reformas de base y los EE.UU trataron de bloquear, alentando y respaldando el golpe de Estado de 1964. Eso no significa que el gobierno de Lula, va a hacer una política de confrontación con los EE.UU., con el cual Brasil buscará mantener buenas relaciones y entendimiento. El gobierno de João Goulart también no buscó la confrontación. Pero, como Frank McCann, profesor en la Universidad de New Hampshire escribió, el nacionalismo de EE.UU. es peligroso porque no acepta el nacionalismo de los otros pueblos. Aunque el Presidente George W. Bush ha recibido a Lula con honores de jefe de Estado y ha demostrado que pretende trabajar productivamente con el Brasil, pocos observadores creen que la victoria del PT haya agradado a su administración, a la comunidad americana de hombres de negocios y a los que invierten en Brasil. Algunos analistas, periodistas, inversores y autoridades en los EE.UU. llegaron a manifestar el temor de que el gobierno de Lula pueda intentar articular nuevo bloque de poder regional o establecer un "eje del mal" en las Américas, con la posibilidad de tener en breve armas nucleares y cohetes balísticos. Ese temor no tiene la menor consistencia. Luís Inacio Lula da Silva, aunque haya planteado un claro propósito de mudar el modelo económico neoliberal y manifestado su discordancia con las políticas de Washington relacionadas con Argentina, Cuba, Colombia y Venezuela. Ha moderado el radicalismo y no tiene Cuba ni Venezuela como modelo para Brasil.

El Brasil y los EE.UU. deben desarrollar una relación madura y equilibrada, sobre un razonable balance de coincidencias e divergencias, tanto económicas y comerciales como políticas. Y las divergencias no pueden ser suprimidas cuando aparecen, determinadas por la contradicción entre los intereses nacionales de dos Estados, que, como instancias superiores de dirección y organización de los sistemas productivos de las respectivas sociedades, tienen intereses estratégicos contradictorios, dentro de un contexto en que las tendencias para la globalización y regionalización simultáneamente se profundizan. Lo que Brasil no puede aceptar es la arbitrariedad y el autoritarismo entre los Estados, la imposición de políticas unilaterales y someterse a una dictadura planetaria, sacrificando su destino como nación soberana.

La victoria de Lula y del PT en las elecciones en Brasil ha demostrado así la potencial contradicción entre la democracia en la América Latina y las políticas que los EE.UU. pretenden imponer, en favor de sus intereses económicos, políticos y estratégicos. La democracia permite que los pueblos demuestren, libremente, que no las aceptan. Pero que los EE.UU. y el capital financiero internacional no intenten derrocar al gobierno de Lula, como lo hicieron en 1964, con el de Goulart. Es necesario que acepten y respeten las opiniones de los otros pueblos, y sus intereses nacionales, que sus gobiernos, democráticos y legítimamente electos, se puedan expresar libremente. Solamente así habrá seguridad en el hemisferio. La alternativa al gobierno de Lula no será otra dictadura militar como en 1964. Será, probablemente, la convulsión social, que a nadie conviene.

* Luiz Alberto de Vianna Moniz Bandeira es doctor em ciencia políticca, profesor titular (retirado) de Historia de la Política Exterior de Brasil en la Universidad de Brasília y autor de varias obras sobre las relaciones de los EUA con el Brasil y los demás países de América Latina, entre los cuales Presença dos EUA no Brasil, De Marti a Fidel e Da Guerra do Paraguai ao Mercosul, esta a ser lanzada en marzo de 2003.

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