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¿Negros
en Buenos Aires? Sarmiento:
"Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires,
donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente
decente, es decir patriota”.
¿A
qué se refiere Matamoro con “población de color”? Tal vez a
una historia “antigua”, donde los portadores de piel blanca
decretaron que podían considerarse los únicos dignos de
pertenecer al género humano. Algo razonable para algunos
intelectuales como el filósofo francés Charles Louis Montesquieu
-que tantas ideas aportara a los patriotas de la Revolución de
Mayo allá por el cercano 1810- a quien le “Resulta impensable
que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre
todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”. Nadie
advirtió el error de Matamoro, pues parece que ningún secretario
de redacción del ya mítico diario -dirigido por Jacobo Timerman-
olvidó retractarse y publicar al día siguiente –o durante la
semana- la obligada disculpa, comúnmente titulada “Fe de
erratas”. Dos años antes de la publicación de esta nota, el
plan que perseguía el gobierno Juan Carlos Onganía desde 1966,
se llevaba a cabo con clausura del Shimmy club, uno de los
espacios culturales más importantes de los afroargentinos y los
militares trasladaban a Ciudad Evita a la comunidad africana que
habitaba la Ciudad de Buenos Aires. Finalmente,
el artículo atribuye esta desaparición de los afroargentinos,
puntualmente, a las
guerras patrias, las enfermedades, el mestizaje con la primera
inmigración europea y el alto nivel de mortalidad infantil. Luego
se despide aclarando que “multitudes de voces y raíces negras y
bozales (de castellano deformado por los negros) quedaron en el
habla corriente de Buenos Aires, y pueblan nuestra conversación
cotidiana”. Pero los negros no se han esfumado de esta ciudad y
su herencia sigue teniendo más herederos de lo que se piensa.
Según
las estadísticas extraoficiales, la población de origen africano
en Argentina está estimada en medio millón, desperdigada por
todo el país, formando a veces pequeñas comunidades en la
provincia de Buenos Aires en Munro, Palermo, Liniers, Morón,
Chascomús y La Plata. También viven en
Tucumán, Salta, Río Negro o Santa Fe, donde según relata
la fundadora de la asociación Africa Vive, María Magdalena
Lamadrid: “Una química –antes de irse a Francia- vino a contarnos que ella hizo un estudio de sangre en
Rosario y el 3 por ciento es negro, y de eso no se habla, y cuando
vuelva de París, quiere hacerlo acá (Buenos Aires), quiere hacer
las pruebas de sangre y me dijo, ‘traeme a la persona más
blanca que conozcas y nosotros le analizamos la sangre, vamos a
ver si es blanca o negra’”. El
Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) se negó
durante el último censo nacional a incluir una tilde para
preguntar la descendencia de los habitantes. Lamadrid
-descendiente de una pareja de esclavos que vivió aquí desde la
época del Virreinato- cree que hay dos millones de afroargentinos
y explicó porqué el Estado se niega a hacer un relevamiento:
“Estamos haciendo el censo por nuestra cuenta, primero nos querían
ayudar con 1000 pesos, hoy nos ofrecieron 5000, o sea, me están
tapando la boca para que no le haga un juicio al INDEC. Porque mi
idea, no es esperar 10 años, sino hacerlo en cinco y poner la
tilde y después le voy a cobrar al INDEC.
Ellos no quieren hacerlo, no les interesa poner la tilde.
No es que lo pida yo porque se me antoja a mí, lo pidieron los
indígenas y les dijeron que no. Acá si no gritás, no hay
derecho para nada”. Se estima que de la actual población negra,
el 39 por ciento nació en Argentina, el 28 en África y la misma
proporción en países americanos. Entre éstos se destacan los
uruguayos y los brasileños, según informan en Africa Vive,
quienes -gracias a un préstamo del Banco Interamericano de
Desarrollo y la ayuda de la Fundación Kellogs- luchan desde 1996
para desmitificar la desaparición de los negros en Argentina.
Mito que hasta el ex presidente Carlos Saúl Menem creyó
conveniente revalidar cuando resaltó en una ocasión: “En
Argentina no existen los negros; ese problema lo tiene Brasil”. El
origen de un destino "Es acaso esta la vez primera que vamos a preguntarnos
quiénes éramos cuando nos llamaron americanos, y quiénes somos
cuando argentinos nos llamamos. ¿Somos europeos? ¡Tantas caras
cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas? Sonrisas de desdén
de nuestras blondas damas nos dan acaso la única respuesta. ¿Mixtos?
Nadie quiere serlo, y hay millones que ni americanos ni argentinos
querrían ser llamados”, se interrogaba el escritor y presidente
de la República, Juan Domingo Faustino Sarmiento -en
1883- en su libro Conflictos y armonía de las razas en América.
En esas mismas páginas predijo la desaparición total de la
raza negra durante los siguiente 20 años. Pocos años después,
en 1887, el segundo censo de población argentina determinó que
solo había un dos por ciento de negros entre los 433.375
habitantes que tenía la ciudad y versaba: “Podemos decir que
actualmente no existen negros en cantidad apreciable, los hay
dentro de la provincia de Buenos Aires y específicamente en la
Capital Federal, donde ocupan preferentemente los puestos de
servicio doméstico, principalmente en las familias ricas”. Ya
a principios del 1900, se decía que para ver un negro había que
irse a Brasil. Sin embargo, por esos años se editaban dos diarios
que afirmaban la presencia de los afroargentinos y hablaban sobre
sus problemas. Se trataba de La Verdad, editado por
Benedicto Ferreira, y La
Protectora, publicado por una mutual homónima que existió
hasta los ‘50. También hubo asociaciones como La Agrupación
Patriótica 25 de Mayo, el Círculo Social Juvencia
y la Asociación de Fomento General San Martín. A principios
de los ‘20, apareció una discoteca atendida casi exclusivamente
por negros en el Teatro Marconi, el legendario “Shimmy Club”.
Según el historiador Binayán Carmona fue fundado en 1924,
contaba con cientos de miembros y aceptaba blancos. Allí los
habitúes concurrían los primeros sábados de cada mes al club
-que quedaba en el barrio de Almagro- y durante el carnaval
alquilaban un salón, donde bailaban toda la noche candombe, rumba
y una mezcla de ambos. Cultores de esta música, tradicionalistas
y modernistas discutían vivamente, al punto de formar dos grupos
rivales de tambores y bailarines. Sin embargo, el feriado de
carnaval sería eliminado. ¿Pero
por qué se los marginaba? ¿Por qué tratan de negar la
existencia de esta cultura? Para el sociólogo Gino Germani esta
supuesta desaparición era parte de una política inmigratoria
racista, cuyo “primer y explícito objetivo” consistía en
“modificar substancialmente la composición de la población”
para europeizar a la población. Marvin A. Lewis, autor de El
discurso Afro-Argentino : otra dimensión de la diáspora negra,
denuncia que “hubo una planificación oficial, que concentró
sus esfuerzos en eliminar a los negros de la sociedad
Argentina”. Se les impuso un doble desarraigo. Perseguidos y
secuestrados en su continente, los trajeron a levantar la América
recién descubierta. Luego de edificar la fortuna de sus raptores,
fueron maldecidos por la tierra que los enterró, tras penar la
condena de una ley ajena e indescifrable. Un
viaje sin despedidas El
ingreso sistemático de africanos al puerto de Buenos Aires comenzó
poco después de 1580, a
causa de las necesidades de mano de obra y la casi inexistencia de
indios. Procedían mayoritariamente de la costa occidental
africana (Senegal, Gambia, Sierra Leona, Ghana, Guinea, Angola). Víctimas
del hacinamiento, el hambre, la pestilencia, la tortura, el dolor
y el pánico, muchos murieron en el barco durante la penosa travesía
que duraba dos meses. Los que sobrevivían, llegaban enfermos o
heridos, lo que representaba una mala inversión para los
mercaderes y eran lanzados al mar. Los demás, una vez llegados a
destino, solían ser cebados o incluso drogados para que lucieran
lo más saludable posible. Luego se los marcaba con hierro
candente en la frente o en la espalda –con un instrumento que
tenía el nombre africano de carimba. Este
comercio triangular entre Africa-Europa-America dejó varias
regiones africanas totalmente despobladas. El investigador André
Gunder Frank en su libro La Acumulación
Mundial 1492-1789, afirma que fueron 13.750.000 los esclavos
traídos a América. Si se añade el número de muertes en el
trayecto más las muertes provocadas en África con motivo de las
guerras de captura, la cifra asciende a un total de veinte
millones. En
el período que abarca desde el 1700 hasta principios del 1800,
entraron legal e ilegalmente esclavos africanos al puerto de
Buenos Aires traídos por la Compañía de Guinea -después se
sumaría la inglesa South Sea Company. s
censos estimaban ya en 1778 que, sobre un total de 24.205
habitantes, había 3.153 mulatos y 4.115 negros. Ellos eran la
parte estable que la ciudad necesitaba, de los esclavos que el
puerto -uno de los principales de América- había recibido. Tras
la llegada, fueron literalmente “almacenados” en galpones en
la zona de Retiro. Para salir de allí hizo falta que su propia
desgracia afectara al resto de los habitantes, por lo que el
gobierno consideró que “para
preservar a la ciudad de alguna infección o contagio, es no menos
útil, oportuno y conducente, que se renueven las órdenes
antiguas, sobre que los lotes o partidas de negros se depositen y
alojen en los estramuros de la Ciudad (...) a fin de que los
mercaderes introductores de negros los acomoden precisamente al
fin de la población por la parte del Sur para que si hubieren que
hacerlos bañar lo practiquen en el río, por aquella parte, donde
no hay que temor que infesten con sus malos humores el agua por
ser río abajo”, ordenaba una orden del Cabildo de Buenos Aires. Este
viaje sin despedidas al continente americano fue terriblemente
positivo para el crecimiento económico de los europeos, que
ganaron dinero por su captura en África, su traslado, su venta y
su posterior explotación. Usualmente se señala, entre las
razones que impidieron -en el Río de la Plata- que la gravitación
del régimen esclavista alcanzase la intensidad que tuvo en otras
regiones americanas, la falta de plantaciones. “Así se enmarca
a la esclavitud como un fenómeno más urbano que rural,
eso explica la diferencia de trato que tuvieron los
africanos en el campo y en la ciudad”, aclara el historiador
Alejandro Frigerio y agrega que: “En la ciudad era común que en
los caserones coloniales trabajaran alrededor de doce negros”. Pero
los esclavos no se compraban sólo para servir en tareas del
hogar, sino también para obtener ganancias mediante la explotación.
Muchas familias vivían del trabajo de sus esclavos que, siendo hábiles
artesanos, eran empleados en los amplios patios de las casas
haciendo escobas, velas o dulces que luego vendían por las
calles. También eran cocineros, mucamos, albañiles,
blanqueadores, cavaban pozos o hacían changas. “Otro oficio que
tenían era el de sacadores de hormigas u hormiguereros, como
ellos se titulaban”, señala José Ingenieros en Buenos
Aires desde 70 años atrás, y comenta que vendían alimentos
como, ají, limón, cebolla y la más importante, las aceitunas:
“Este artículo era muy vendible, y muchas familias especulaban
en ese ramo, no teniendo el moreno más parte en el negocio que el
vendaje; es decir, el tanto por peso, que generalmente era 10
centavos”. Algo tan
irrisorio si se compara con el precio de su propia libertad que
podía costarles 200 pesos, lo mismo que salía –según afirma
el historiador Carlos Mayo- ponerse una pulpería, esos boliches
de campo a los que no tenían permitido el acceso. En
los años que siguieron al 1810 no se registraron grandes cambios
en la población y en la estructura física de la ciudad de Buenos
Aires. Sin embargo, hubo transformaciones profundas en todos los
planos pues la revolución significó un corte abrupto en el
proceso político además de una ruptura en lo comercial y económico,
el pensamiento, las creencias y las costumbres. La esclavitud
empezaba a ser cuestionada, los negros fueron considerados como
personas, sí... Personas de menor categoría. La
libertad de vientres y la prisión de la piel “Sabed:
que la Asamblea Soberana general constituyente se ha servido
expedir el decreto del tenor siguiente: ‘Siendo tan deshonroso
como ultrajante a la humanidad el que en los mismos pueblos, que
con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia su libertad, permanezcan
por más tiempo en la esclavitud los niños que nacen en todo el
territorio de las Provincas Unidas del Río de la Plata sean
considerados y tenidos por libres, todos los que en dicho
territorio hubiesen nacido desde el 31 de enero de 1813 inclusive
en adelante, día consagrado a la libertad por la feliz instalación
de la Asamblea general, bajo las reglas y disposiciones que al
efecto decretará la Asamblea general constituyente” decretaba
el 5 de febrero de 1813, el Supremo Poder Ejecutivo Provisorio de
las Provincias Unidas del Río de la Plata. Se terminaba la
esclavitud, pero no la discriminación. Muchos de los esclavos
liberados tuvieron que volver a sus antiguas vidas por no conocer
otra, por no tener herramientas ni acceso a un puesto de trabajo Anunciada
con bombos y platillos, esta ley, según señala el investigador
Lyman Johnson: “No fue más que un recurso legal para disponer
de los esclavos débiles, enfermos o lisiados que constituían una
carga económica para sus amos”. Los archivos del Cabildo
confirman que esto fue tan frecuente que se hizo necesario
prohibir el abandono de los esclavos heridos en las calles de la
ciudad. Ya había esclavos liberados antes de 1813, algunos por
participar de la defensa de la ciudad durante las invasiones
inglesas en 1806 y 1807. En esa ocasión formaron parte del
“Cuerpo de Indios, Pardos y Morenos”. Otros habían logrado
reunir los 200 pesos para pagar su libertad gracias a que “las
familias de esclavos, al sumar sus recursos, permitieron acelerar
el proceso de acumulación y desempeñaron un papel esencial en el
proceso de manumisión” argumenta Johnson. Pese a esto, debe
remarcarse que solo los mulatos tenían mayores probabilidades que
los negros de obtener su libertad en forma gratuita. Según señala
el historiador H. Hoetnik: “Dado que los mulatos, y en
particular los de piel más clara, se asemejaban al tipo físico
del grupo socio-racial predominante, eran considerados como una
amenaza menor a la permanencia del orden social y por ende eran
los principales beneficiarios de las concesiones de los
blancos”. Pero los mulatos representaban en 1810 mucho menos del
50 por ciento de la población de esclavos. El
anuncio de la libertad de vientres, no terminó con el racismo. En
los tiempos de formación del país se ejerció desde las elites
gobernantes una suerte de eurocentrismo ligado a las ideas de raza
y de cultura que se tomaron prestadas de las naciones dominantes
de la época. Así lo testimonia, otra frase de Sarmiento:
"Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires,
donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente
decente, es decir patriota”. La sociedad argentina acuñó gran
número de prejuicios parecidos a éste a lo largo de su historia.
“Los negros, por llevar la marca de la esclavitud, constituían
la casta más baja” escribió el historiador José Luis Molinari.
Este pensamiento limitaría su vida hasta nuestros días. Así
todavía hoy, en el Instituto Argentino contra la Discriminación
y la Xenofobia (INADIX) el 30,5 por ciento de las denuncias son
hechas por personas segregadas por su nacionalidad o su etnia.
“Si sos negro, no podés tener un buen trabajo, un buen estudio,
una buena casa, eso no, no porque
es para los blancos, está comprobado de que no son todos blancos.
Los negros están pero están donde hay pobreza”, enfatiza
Lamadrid y agrega: “Acá el negro no pudo estudiar, y si han
podido estudiar y si han podido blanquearse son blancos. Te digo
porque han llamado acá (a la asociación) diciendo: ‘Soy
blanca, me tiño el pelo como para parecer más blanca todavía
porque es la única forma de encontrar un trabajo’. Si hay un
trabajo para dar, no se lo van a dar al negrito, se lo van a dar
al blanco. La buena presencia la tiene el blanco, nunca la va a
tener un negro por más que se vista bien”. LA ONDA® DIGITAL |
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