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Irak:
1.
Introducción ¿Es de verdad la
guerra contra Bagdad una fatalidad que, como si de un designio bíblico
se tratara, tiene carácter de inevitable?. La esperanza no debe
perderse, eso esta muy claro pero ¿existen elementos sólidos que
nos permitan tener algún grado de optimismo respecto a las
posibilidades reales de prevenir el incremento de una matanza que
lleva ya 10 años funcionando con el disfraz de “bombardeos periódicos”
y de “sanciones económicas”?. Respuestas a preguntas como
estas son fundamentales para definir con claridad los cursos de
acción en las tareas de prevenir, mitigar y -si es posible-
anular la atrocidad. El objetivo de esta
reflexión es simple: arrojar luces en torno a diversos elementos
claves, de orden estratégico y político internacional, que no
deben ser soslayados al momento de evaluar las posibilidades
reales de impedir la nueva excursión de Marte, dios romano de la
guerra, al ya de por si atormentado oriente medio. 2.
El Petróleo y el juego geoestratégico mundial Desde hace 10 años
Japón tiene un retraso en la carrera de bloques de poder político-económicos.
El dato cobra una importancia sustancial y se explica en buena
medida si a él agregamos el factor Irak: el nulo crecimiento económico
japonés de la última década empata con los resultados de la Operación
Tormenta del Desierto ¿coincidencia?, no debemos ser tan
inocentes. Como ahora, en 1991 la guerra fue también por el petróleo.
La tarea: dejar a la saga a uno de los tres competidores. El
resultado: un éxito rotundo. Así como el carismático Talleyrand
y su acérrimo enemigo, el duque de Otranto, el siniestro José
Fouché, limaron transitoriamente sus diferencias en el siglo
XVIII para conspirar contra el mismísimo Emperador, los británicos
entendieron muy bien el juego estadounidense de finales del siglo
XX y se prestaron a seguirlo. A diferencia de aquellos en la
Francia napoleónica, los modernos conspiradores sí tuvieron éxito
a principios de los noventa donde aquellos fracasaron: sacaron
avante sus planes y dos son los resultados más evidentes: 1) el
establecimiento de las llamadas “Zonas de exclusión de
vuelos” al norte y al sur de Irak, de control conjunto británico-estadounidense
y 2) el declive japonés como bloque de poder. Hoy, en la
“inminente guerra” del principios de Siglo la tarea es
diferente: geoestratégicamente no se trata ya solamente de
mantener al Japón -como motor industrial de su bloque- al margen
del mano a mano que se disputan Europa y Estados Unidos, sino de
hacer lo posible por reventarlo ante la eventualidad de un drama
económico-financiero en el corazón del “bloque fuerte”:
Estados Unidos. En esto están de acuerdo Estados Unidos y
Bruselas, aunque, por separado, esta nueva guerra contra Irak saca
a relucir los intereses más mezquinos de ambos actores de la
arena internacional. Por
supuesto la nueva amenaza que se cierne sobre Irak tiene también
sus repercusiones en las relaciones de bloque entre la Unión
Europea y los Estados Unidos, entre quienes las cosas no son todo
miel sobre ojuelas. La Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN) se expande a la Rep. Checa, Polonia y Hungría, (dato
importante), aunque más significativo es que la Unión Europea en
fechas recientes haya aprobado la candidatura para un ingreso
eventual en el corto plazo de 10 nuevas naciones de Europa del
Este y Central. ¿Por qué? Por la fractura política
noroccidental europea: la fractura británica. Si alguien ha
salido beneficiado de la desobediencia británica frente a las políticas
que se dictan en Bruselas, en el marco de un enfrentamiento de
bloquews, estos han sido los Estados Unidos. El distanciamiento de
facto de Londres respecto a la Unión Europea, y el
acercamiento paralelo de aquel con Washington ha hecho las veces
de Caballo de Troya al interior de los órganos de gobierno del
bloque en el viejo continente. En Bruselas la incertidumbre no
podría ser mayor: es imposible expulsar a la Gran Bretaña y sin
embargo esta es más parte del problema que de la solución al
momento de definir la política exterior común: condena de origen
la política exterior común a la esterilidad.
Así como en el cuerpo humano los objetos extraños nocivos
que no pueden ser expulsados tienen a ser encapsulados, del mismo
modo Bruselas parece querer encapsular y distanciar a Londres. Las
baterías parecen estar enfocadas a suplir a la Corona de
Occidente –hasta donde sea posible- con las “nuevas
democracias” del Centro y Oriente europeo, y si no suplirla, al
menos sí, mitigar el daño que causa su infidelidad. La amenaza contra
Irak ha funcionado como caja de resonancia de la fractura
noroccidental de la Unión Europea y de la debilidad estructural
que tiene esta para traer al redil a la oveja descarriada. Como es
natural el tiempo disponible para reaccionar se ha acortado para
los países de la Unión que siguen respetando a sus órganos de
gobierno; aunque la necesidad de acciones contundentes correctivas
se ha incrementado exponencialmente: si ya Japón, sin dejar de
ser potencia, está casi fuera del juego, y para los Estados
Unidos Rusia tiene ahora el papel de “país del tercer mundo con
armas nucleares”, en la Unión Europea se tiene el miedo de que
la desunión británica de facto sea el principio
del fin. Esto por supuesto implicaría la defunción del periodo
de la “bipolaridad” (Bruselas-Washington) posterior a la
Tripolaridad sistémica (Bruselas-Washington-Tokio) de la
Postguerra Fría, para iniciar, ahora si, la tan temida
unipolaridad del sistema internacional. 3. La oposición
oficial: Alemania, Francia, Rusia y China. Ante
la amenaza común, primero Francia y Alemania y después China y
Rusia han decidido emprender su segunda embestida: la creación de
un bloque de facto que consiga erigirse como freno de la
estrategia estadounidense de claros tintes “ladrones”. La
defensa del dinero invertido fortalece la tesis de la crisis
europea y su esfuerzos de reemplazo: fue más fácil conseguir
dejar atrás la historia franco-alemana de la segunda guerra
mundial que convencer a los británicos de unirse en un bloque
pan-europeo occidental anti-Washington. Y que decir de Rusia,
centro del otrora “Imperio del Mal”, ahora puede erigirse como
un aliado estratégico del que en el pasado se presentaba como el
centro Europeo del “mundo libre”. Así de crítica es la
desconfianza hacia los británicos;
así de desesperada esta Bruselas por salvar su honor (y
sus intereses), que en la coyuntura, teje pactos reactivos con
quien sea, como sea. Aunque si se observa con cuidado, aunque
desesperados, los esfuerzos de la Unión no tienen bases tan
irreflexivas. En Bruselas se entiende por supuesto la importancia
que tiene para Rusia un acuerdo político con ella. Moscú es, en
el sentido estrictamente político, el espejo futuro de cómo la
Unión no se quiere ver: asolada por conflictos internos,
disminuida en la esfera internacional y necesitada de pactar de
todas las formas posibles en todas la áreas imaginadas para, al
menos formalmente, amarrar garantías que no compliquen más una
situación crítica de por si. Aliarse con Rusia a la Unión
Europea le puede salvar de un futuro tan poco alentador; a Rusia,
acercarse a la Unión Europea le puede revitalizar políticamente
y tal vez llenar de contenido algunos de los acuerdos que
frecuentemente no pasan del papel (como el Acta Fundacional de
1997), y tal vez, porque no, apelando un poco al optimismo, en el
mediano o largo plazo abrirle la puerta para recuperar el estatus
de gran potencia que en el pasado levantaba la cabeza de los
miembros del Ejercito Rojo. 4.
Conclusiones preliminares 5.
¿Hay espacio todavía para la paz? Si
se consigue alcanzar ese espacio de paz al que nos referimos, sería
esta la principal (y más importante) derrota que sufrirían los
Estados Unidos: una derrota política al quedar en evidencia que
sus alcances reales son mucho más limitados que sus discursos
inflamados. Así, la paz se erigiría como un tiro por la culata
de la política exterior estadounidense: si la guerra desnuda el
alcance real de la Unión Europea (y de hecho del mundo entero)
para poner un límite a la acción unilateral estadounidense, la
paz exhibe exactamente lo mismo pero sobre la bandera de las
barras y las estrellas. Para detener a los Estados Unidos una
serie de factores tendrían que coincidir; factores que por
supuesto, van mucho más allá del salir a las calles y levantar
carteles frente a las embajadas (esta es tan solo una –de las más
importantes como veremos a continuación- de las trincheras del
combate por la paz). Primer
factor: El cuadrilátero franco-sino-ruso-alemán tendría que
consolidarse como alianza estratégica de amplio espectro, esto
es, Francia, China, Rusia y Alemania tendrían que tener muy clara
la ponderación de que los intereses que pueden defender como
bloque son mucho más importantes, desde la perspectiva
multilateral, que aquellos que unen a cada uno de ellos con los
Estados Unidos de forma bilateral, solo de este modo se podrían
resistir los embates que como grupo (y cada uno de ellos en
particular) recibirán por parte de los Estados Unidos. En términos
crudos, los Estados Unidos solamente respetan un binomio en las
naciones: poder y decisión. Corea del Norte es prueba fiel de
ello, de tal suerte que queda claro que el único lenguaje que
entienden y respetan es el de la fuerza real, no solo formal,
aunque sea de forma implícita (si no fuera así, también
propondrían una solución “diplomática” con Irak y su
actitud sería menos “valiente” –abusiva de hecho-). Los países
del “cuadrilátero” deberán mostrar la solidez y fuerza
necesaria para dejar clara su seriedad frente a Washington, de
otro modo su alianza estará condenada a la esterilidad (como fue
el caso del “Grupo de Contacto” europeo durante la negociación
de los Acuerdos de Dayton para Bosnia). Aquí el riesgo es alto
pues se corre siempre el peligro de caer en aquello que se
pretende evitar; por supuesto, aunque necesaria, su realización
no es nada sencilla. Segundo
factor: Consolidado el frente político internacional, el respaldo
sólido de las masas a nivel internacional jugaría un papel
clave, dentro y fuera de los Estados Unidos[1],
y es entonces que la tarea de la concientización y la oposición
pública se hace vital: moviliza y respalda esfuerzos en el mismo
sentido pero a otros niveles; los gobierno del “cuadrilátero”
lo van a necesitar y mucho. La tendencia a la oposición a la
guerra en el espacio público es creciente, mantenerla es clave. Tercer
factor: Fracturar los esfuerzos belicistas de Washington también
es importante. Si bien es cierto Estados Unidos ha presumido de la
capacidad de participar (y ganar) de forma simultanea en dos
conflictos convencionales, lo cierto es que haciendo una lectura
política internacional, son muchos más los frentes que pueden
estallar. En la inteligencia de que “el que mucho abarca, poco
aprieta”, Washington puede verse obligado a retrazar, si no es
que a cancelar, su proyecto bélico en Irak si diversos conflictos
en diferentes partes del globo se agudizan, o si el escenario
internacional se complica: esto último ocurrió de súbito con
Corea del Norte. El conflicto árabe-israelí, el conflicto por
Cachemira entre Pakistán e India, la insurgencia en Colombia o
incluso factores de alto nivel de stress sico-social al interior
de los propios Estados Unidos pueden dificultar enormemente la
invasión en Irak (como fue el caso del francotirador). Esta por
supuesto no es una invitación a la agudización del sufrimiento
de unos para salvar a otros. La propuesta sería por demás estúpida
pues equivaldría a prevenir una atrocidad practicando otra, sin
embargo, es importante poner sobre la mesa todos los factores
importantes, y estos no pueden dejar de estar presentes: en
resumen, un incremento de la tensión internacional por fuentes
no-estadounidenses podrían complicar los planes de acción bélica
de Washington. Como
se puede observar, mientras el segundo factor avanza a pasos
agigantados (esperemos que con la suficiente magnitud y
velocidad), el tercer factor se encuentra siempre latente,
amenazando a justos y pecadores. Es en el primer factor donde
parece encontrarse en este momento la clave de la paz. No obstante
que se puede correr el riesgo de estar alimentando a un nuevo
hegemón para que derrote al viejo, se tiene que superar esa lógica
de “más vale malo por conocido que bueno por conocer”, además,
del enfrentamiento de los grandes siempre existe la posibilidad de
encontrar espacio para los pequeños (el grupo de los No Alienados
es una clara muestra de ello en tiempos de la Guerra Fría). Como
sea, si se consiguen cumplir las dos primeras condiciones las
posibilidades de llevar la paz a buen puerto en Bagdad (y tal vez
después, por contagio, también a Afganistán y Palestina) pueden
ser prometedoras. El tiempo es corto y el costo de no aprovecharlo
es muy alto, dejémonos de pre-ocupar: ocupémonos. [1] Editor, analista y consultor en relaciones internacionales y resolución de conflictos. Coordinador de los libros Afganistán: Guerra, Terrorismo y Seguridad Internacional en el Siglo XXI y Geopolítica y Globalización en México y América Latina: Del ALCA a los Acuerdos de Sn. Andrés, ambos publicados por Editorial Quimera. [2] Para revisar la importancia de la movilización social ver mi artículo Contra la guerra... Galletas, La ONDA digital . LA ONDA® DIGITAL |
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