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Irak y las fallas de la democracia
por Richard Falk y David Krieger*
Traducción de Rubén Arvizu*

En la política extranjera no hay decisión más seria que el recurso a la guerra. Ya que la administración Bush empuja al país hacia una guerra impopular e ilegal con Irak, es una cuestión de urgencia nacional preguntar si nuestro sistema del gobierno constitucional nos está proporcionando la protección adecuada contra el látigo de la guerra.

Debido a la crítica situación mundial y la supremacía militar de Estados Unidos, lo que la nación americana haga afectará el bienestar y posiblemente, la supervivencia, de las demás naciones el planeta. Por ello debemos cuestionar si nuestro sistema de la democracia representativa está funcionando actualmente en lo referente al asunto fundamental de la guerra o de la paz.

Sin duda los acontecimientos del 11 de septiembre fueron una prueba de la viabilidad de nuestras instituciones bajo una forma de tensión jamás antes experimentada, la amenaza de un super enemigo terrorista que está al acecho en docenas de países, incluyendo posiblemente el nuestro.

Responder con eficacia sin perder nuestra identidad democrática en el proceso requiere una dirección sabia y sensible. Requiere también mostrar imaginación política y moral al idear una estrategia capaz de enfrentar con eficacia el mega-terrorismo, sin perder nuestros valores y ética como nación. En este momento, al estar al borde de una guerra contra Irak, un país al que no se le ha probado ser responsable o estar ligado a los ataques terroristas del 11 de septiembre, es imposible concluir que nuestro gobierno está resolviendo este desafío sin precedente.

De hecho, la administración Bush parece intensificar el peligro mientras que ensancha la órbita de muerte y destrucción. El sistema americano de gobierno constitucional depende de un sistema de cheques y de balances. Tales cheques y balances entre los tres ramas principales del gobierno son un principio fundamental, y más que nunca, en lo referente a la guerra y la paz. El congreso tiene la responsabilidad de refrenar la carrera hacia la guerra, convocando a serias discusiones públicas. Hasta la fecha el congreso solamente ha llevado a cabo audiencias menores hace unos cuantos meses.

No se invitó a participar en estas audiencias a ningún opositor de la postura adoptada por la administración Bush. Estas reuniones se limitaron a analizar casi exclusivamente los costos y las ventajas de la opción de la guerra contra Irak. No se consideraron alternativas a la guerra. No hubieron reflexiones en la legalidad dudosa de la doctrina del derecho a una guerra "preventiva", ni de la innecesaria urgencia en el concepto de que no había tiempo que perder para lograr el "desarme" y el "cambio del régimen" en Irak.

El congreso ha fallado hasta estos momentos en sus responsabilidades constitucionales. Al adoptar la USA Patriot Act (Acto del Patriota de E.E.U.U.) poco después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, el congreso afectó seriamente las tradicionales garantías americanas de libertad y privacidad garantizadas en la Bill of Rights (Acta de Derechos) La USA Patriot Act permite que el gobierno conduzca búsquedas secretas, así como el acceso del FBI a los expedientes personales y financieros de individuos sin orden judicial o sin causa probable de un crimen. Crea una nueva y amplia definición del "terrorismo doméstico" sujetando a quienes participen en protestas públicas a la intervención de sus teléfonos y a penas correspondientes..

La amplia resolución del congreso que autoriza al presidente a recurrir a la fuerza sólo acentúa su fracaso de cumplir con estas responsabilidades. Tal parecería que el espíritu patriótico que surgió después de los ataques terroristas, así como el problema de desafiar a un presidente popular, ha adormecido las facultades de crítica del congreso a pesar de la buena voluntad de un pequeño número de senadores y miembros del congreso de hacer escuchar sus voces en la oposición. Como república, el gobierno de E.E.U.U. no puede funcionar correctamente si el congreso no ejerce sus responsabilidades constitucionales en lo referente a las graves responsabilidades de la guerra y la paz, y simplemente respalda sin mayor cuestionamiento al presidente.

Muy relacionado a esta interrupción institucional, está el comportamiento lamentable del partido Demócrata, particularmente su dirección. No han podido, en su papel de un partido de oposición, plantear ideas importantes, especialmente cuando tanto está en juego. La pasividad del partido Demócrata en estas circunstancias se puede explicar solamente por su oportunismo con respecto a la política doméstica, incluyendo una inadecuada pretensión de patriotismo. Dada la importancia del sistema de partido, los procedimientos que nos gobiernan no pueden proteger a los ciudadanos contra políticas inaceptables si el partido de la oposición pierde su voz y oculta la cara ante la anticipada controversia.

Estos hechos han sido medianamente reportados por los sumisos medios de comunicación, especialmente las redes noticiosas propiedad de grandes corporaciones. Los medios se han limitado a promover la obediencia patriótica al gobierno tratando de movilizar al país para la guerra contra Irak en lugar de analizar con conciencia si ésta es justificada y necesaria. Enfocan su atención en cuándo comenzará la guerra, cómo será luchada, y qué clase de política de ocupación será establecida. Se han refrenado de considerar la cuestión de porqué los E.E.U.U. deben o no iniciar este conflicto y examinar las muchas y graves consecuencias para el Medio Oriente y los mismos E.E.U.U. si se libra este conflicto.

Existen numerosos críticos calificados entre los ciudadanos americanos, así como en otros países, pero sus voces virtualmente nunca se oyen en los medios masivos de comunicación. Los medios recurren, para orientar sus noticieros, a "obedientes analistas militares " y bien conocidos conservadores. Incluso cuando prominentes figuras militares como los generales Norman Schwartzkopf y Anthony Zinni, expresan dudas sobre apresurar la guerra, virtualmente no se presta atención a sus objeciones. Este espectáculo de los medios auto-adoctrinados y auto-censurados debilita nuestro espíritu democrático, privando a los ciudadanos de la información y de las perspectivas que son necesarias para alcanzar conclusiones inteligentes en relación a apoyar u oponerse a la guerra.

Lo más importante de todo, es que la administración Bush parece desplazarse hacia una guerra no-defensiva contra Irak sin proveer una relación coherente al pueblo americano. Ha presentado evidencias al Consejo de Seguridad de la O.N.U sugiriendo que Irak conserva un número indeterminado de armamento biológico y químico, pero no ha proporcionado ninguna prueba convincente de esto y ciertamente ningún análisis razonado que sirva como base para la guerra. La opinión pública americana debe darse cuenta de que existen por lo menos veinte países con mayores capacidades que Irak con respecto a tal armamento. Varias de esas naciones pueden ser un conducto para que esas armas pasen a manos de al Qaeda u otros operativos terroristas, lo cual es un peligro más grave.

Es también importante que el pueblo americano entienda que en el curso de un ataque americano contra Irak, Saddam tendría solamente en su desesperación un incentivo, dar el armamento que posee a al Qaeda o utilizarlo contra las tropas americanas. Sin tal incentivo, es muy probable que Irak siga siendo el país más sometido del planeta, sabiendo bien que cualquier acto de provocación que implique el despliegue o amenazas de armas de destrucción masiva traería la aniquilación instantánea del régimen de Bagdad y sería el fin de Irak como país independiente.

Bajo estas circunstancias, debemos preguntarnos porqué la administración Bush, con el apoyo de un congreso complaciente continúa presionando para iniciar una guerra que es tan contraria a la razón. Hay dos posibles explicaciones, ambas plantean perturban tez preguntas que cuestionan la legitimidad del gobierno bajo la dirección del presidente Bush. La primera es que el impacto del ataque del 11 de septiembre ha trastornado la racionalidad del proceso de la política hasta tal punto que se está emprendiendo una guerra injustificable. Parte de esto es la frustración experimentada por la administración Bush como consecuencia de la guerra en Afganistán.

El no saber qué hacer después ha hecho que el gobierno americano absurdamente vea a Saddam Hussein como si él fuera Osama Bin Laden y a Irak como si fuera al Qaeda. Tal irracionalidad pasa por alto la diferencia radical entre combatir a una red terrorista que no puede ser disuadida o enfrentarse a una nación menor, hostil y desagradable. La guerra no es ni necesaria ni aceptable en el último caso. La segunda explicación, y la más probable en nuestro juicio, es que no se está diciendo a la nación americana ni a los otros gobiernos del mundo las verdaderas razones de la política de guerra de E.E.U.U.. Desde esta perspectiva, la supuesta preocupación de las armas irakies de destrucción masiva es en gran parte una distracción, al igual que el énfasis en la brutalidad de Saddam.

Las razones verdaderas de la guerra son petróleo y el control estratégico regional, una cabeza de playa en el volátil Medio Oriente. Tales justificaciones para la guerra tienen sentido estratégico si, y únicamente si, Estados Unidos está persiguiendo la dominación global para asegurarse de que su prominente poder económico y militar actual estará sostenido en el futuro. Pero es indudablemente impolítico que la administración de Bush revele tales motivos para la guerra. El pueblo americano en su mayoría se opone a derramar sangre por petróleo o un imperio. Y la mayor parte de la comunidad internacional se opondría ciertamente a la guerra si las metas estratégicas de Washington fueran dadas a conocer.

La sospecha de que las verdaderas razones de la guerra no se están divulgando no se basa en oscuras teorías que conspiran contra el gobierno. Si examinamos de cerca el concepto mundial expresado años antes del 11 de septiembre por los cerebros del Pentágono y el vice presidente Cheney, esta comprensión de las metas americanas en el mundo es más transparente. Lo que el 11 de septiembre hizo fue proporcionar una bandera antiterrorista bajo la cual estos planes grandiosos podrían ser alcanzados sin el conocimiento público. Una vez más esto no es una fantasía paranoica. El presidente Bush expresó explícitamente esta visión del papel de Estados Unidos en el mundo en su discurso en West Point el pasado mes de junio, y más sutilmente, en el documento publicado por la Casa Blanca en septiembre del 2002 bajo el título "La estrategia de la seguridad nacional de los Estados Unidos de América."

Quedamos así con dos problemas relacionados. El primero es ocultar la verdad al pueblo americano, y el segundo es la faraónica decisión de si Estados Unidos debe iniciar una guerra para cumplir el gran designio del poder americano y su imperio. Parece razonable asumir que las razones para el ocultamiento se deben a que la administración sabe bien que sus motivos secretos para la guerra son políticamente inaceptables. Esta doble imagen de nuestra crisis democrática es particularmente perturbante ante el deterioramiento de nuestra confianza constitucional en cheques y balances.

Pero no todo está perdido. La oposición a la guerra está creciendo tanto en Estados Unidos como en casi todos los países del mundo. Los ultimos muestreos de la opinión pública indican que más del 70 por ciento de los norteamericanos no apoyan una guerra preventiva unilateral.

Más de 70 alcaldías de igual número de ciudades en la Unión Americana han declarado su oposición a una guerra contra Irak, y el número continúa creciendo. Recientemente más de cuarenta premios Nobel norteamericanos expresaron públicamente que se oponen a una guerra preventiva de E.E.U.U. contra Irak. Cada día más norteamericanos usan las calles para demostrar su oposición a los planes de la administración Bush a una guerra de agresión.

Los riesgos son extremadamente altos. No es solamente la perspectiva de la guerra contra Irak, es la relación entera de Estados Unidos con el mundo. Continuar con los deseos de la administración Bush nos conduciría a un perpetuo clima de temor y de guerra. Estamos minando nuestras libertades y la seguridad del país al mismo tiempo que nos encaminamos hacia un estado policiaco. El sistema de alerta de codificación por color creado por el Departamento de la Seguridad de la Patria parece haber sido diseñado para mantener a los norteamericanos en un estado de terror y no provee medidas positivas que puedan tomarse para aumentar su seguridad.

No necesitamos tener tal futuro, pero será difícil evitarlo a menos que el pueblo norteamericano ejercite sus prerrogativas democráticas, defienda sus libertades civiles, y apoye la causa por la paz, por el derecho internacional y el gobierno constitucional.

*Richard Falk, Profesor Distinguido Visitante en la universidad de California en Santa Barbara, es Director Ejecutivo de la Nuclear Age Peace Foundation (Fundación Paz en la Edad Nuclear)

*David Krieger es fundador y presidente de la Nuclear Age Peace Foundation. (www.wagingpeace.org). Krieger y Falk son co-editores de un reciente folleto informativo de la Fundación, "La crisis de Irak y el Derecho Internacional."

*Rubén Arvizu es Director para América Latina de la Nuclear Age Peace Foundation.

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