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Augusto
Monterroso, la "La
de Monterroso, extraña literatura que se lee rápido"
Autodidacta,
como el mismo lo confesó en reiteradas oportunidades, fue un
lector incansable de los grandes clásicos de los que –según
sus palabras- aprendió el tono parco y la brevedad expresiva:
creador del cuento breve dijo: “Me aficioné a esa forma de
decir lo que hay que decir, sin añadir cosas cuando algo ya está
dicho”, expreso en algún reportaje periodístico. La trayectoria Fue
a partir de 1959, cuando tenía 38 años, que comenzó a publicar
los textos que lo harían famoso. En ese año aparecería “Obras
completas (y otros cuentos)”, diez años más tarde, “La oveja
negra y demás fábulas”, en 1972 “Movimiento perpetuo”, en
1983 “La palabra mágica”, considerada como texto sobre
dictadores, además de otras obras, de las que puede destacarse
“Los buscadores de oro” unas memorias editadas en 1993 por
Alfaguara. Pero
no sólo fue cuentista y novelista pródigo, sino que también
incursionó por los dominios del ensayo, género del que han
quedado “La vaca” en el 2000 y “Pájaros de Hispanoamérica”
en el año pasado. En el primero, Monterroso, en un clima de
singular simplicidad, acierta en definir los rasgos
esenciales de un grupo de escritores de gran relevancia. Le
sirven a los efectos, Maiakovsky y su vaca, Pablo Neruda, Juan
Rulfo, Erasmo, Luis Cardozo y Aragón, Tolstoy, la ya
legendaria Virginia Woolf, nuestro Juan Carlos Onetti y otros,
que desfilan en una escritura que por momentos parece demasiado
leve, pero que en definitiva, muestra una estructura y una intención
literaria por demás sólidas. En
el segundo, “Pájaros de Hispanoamérica”, aparecen en el
texto otros escritores de nuestro continente –Monterroso fue
siempre un escritor atento a lo que sucedía en una América que
él sentía como propia e intransferible, cuyas obras son tratadas
con un agudo sentido del humor y de cierto laconismo que puede
desconcertar al lector desprevenido, aunque, en la realidad, esos
escritores mencionados son afines al propio autor. En
un ensayo, y lo citamos a manera de ejemplo, publicado en una
revista en octubre de 1996 titulado “Imaginación y realidad”,
firmado por Tito Monterroso refiriéndose a los
desencuentros, entre los pobladores de los pueblos indígenas de
Centroamérica y los conquistadores españoles y reivindicando “
la ciencia y el saber de los antiguos mayas” afirmaba
que:”Quinientos años de dialéctica entre España, Europa y América,
una dialéctica de espadas, de letras, de oraciones y de balas,
desde que fray Bartolomé Arrazola, un ser imaginario, fue vencido
en la hoja en blanco, en la que todo se puede: es decir, en la
imaginación , no siempre parecida a la realidad”. LA
MAGIA DE LA BREVEDAD El eclipse Al
despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de
rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar,
un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que
descansaría, al fin de sus temores, de su destino, de si mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de
las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que
fueron comprendidas. Entonces
floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su
cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó
que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso,
en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a
sus opresores y salvar la vida. ´Si
me matais –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su
altura´. Los
indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la
incredulidad en sus ojos. Vió que ser produjo en pequeño consejo
y esperó confiado, no sin cierto desdén. Dos
horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba
su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante
bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas
recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una,
las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y
lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto
y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles”. ***
Finalmente, podriamos decir muchas más cosas de este Augusto
Monterroso, cuya muerte implica una desaparición muy importante
para las letras de nuestra América. Preferimos en cambio,
reproducir tres cuentos muy breves que son testimonio de su
capacidad de sintetizar las historias más variadas y en los
que campea asimismo, un fuerte sentido de ironía. La
oveja negra Un
siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua
ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así,
en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente
pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas
comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la
escultura. El
espejo que no podía dormir sentía
de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los
otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los
guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta
satisfechos ajenos a la preocupación del neurótico. El
paraíso imperfecto LA ONDA® DIGITAL |
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