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Ataque
a Irak: primer acto de la guerra
De
Hitler a Bush: Irak y el Nuevo Siglo Americano En
1933, agentes de la Gestapo indujeron a Marinus van der Lubbe,
enfermo mental y fichado comunista, a emprender el incendio del
Reichstag (Parlamento alemán), de acuerdo a la idea de dos próceres
del nazismo, Joseph Goebbels y Hermann Goering, hecho ese que
permitió a Adolf Hitler obtener poderes extraordinarios e
implantar la dictadura, legalmente, sin revocar una línea
siquiera de la Constitución de Weimar2. El
1939, poco antes de invadir Polonia, Adolf Hitler, hablando al
Alto Comando de la Wehrmacht, dijo: “Daré una razón propagandística
para comenzar la guerra, no importa si es plausible o no. Al vencedor no se le pregunta después si él dijo o no la
verdad”3. En
efecto, hombres de las SS, uniformados como soldados poloneses,
atacaron una estación de radio en Gleiwitz, Alemania, frontera
con Polonia. Ahí estaba la “razón propagandística”. El
proyecto de Hitler y de los nazis era extender el dominio de
Alemania del Atlántico a los Urales y de Narvik a Suez,
transformar en realidad el refrán del himno nacional – Deutschland
übre Alles – y construir el Gran Imperio Germánico – III
Reich – para durar por lo menos un milenio. Casi
70 años después, George W. Bush ganó la presidencia de los
EE.UU., mediante un golpe judicial.
El atentado terrorista contra el World Trade Center
y el Pentágono (11/09/2001), que la CIA y el FBI, a pesar
de tener informaciones nada hicieron por impedir, permitió que su
gobierno se legitimase y él, seis días después (17/09/2001),
firmó un documento de dos páginas y media, clasificado como
Top Secret, en el cual delineó la campaña en Afganistán,
como parte de la guerra global contra el terrorismo, y ordenó al
Pentágono que iniciase la planificación de opciones militares para la invasión de Irak. En seguida, no sólo solicitó y obtuvo del Congreso poderes
para hacer la guerra contra el terror, sino que comenzó con el
bombardeo y la ocupación de Afganistán, así como trató de
montar, gradualmente, un sistema represivo, violando derechos
civiles en los EE.UU. Después
de esos hechos, George W. Bush ordenó al Pentágono la elaboración
de planes de contingencia para el uso de armas nucleares contra
siete países, no solamente Rusia y los que denominó como “eje
del mal” – Irak, Irán y Corea del Norte – sino también
China, Libia y Siria. En
abril de 2002, proclamó entonces su propósito de derrocar a
Saddam Hussein y cambiar el régimen político en Irak, con una
aberrante falta de respeto al principio de no-intervención en los
asuntos internos de otros países, acordado en el Tratado de
Westphalia, de 1648. Y,
el 1º de junio, hablando a los cadetes de West Point,
anunció el cambio de estrategia de seguridad nacional de los
EE.UU., sustituyendo la doctrina de “containment
and deterrence” por la de “preemptive
attacks”, o sea, de ataques preventivos y, de ser necesario,
unilaterales, contra grupos terroristas o países percibidos como
amenaza, o que viola el derecho internacional moderno, que apenas
autoriza el uso de la fuerza en defensa propia, para combatir
amenazas reales, no potenciales, pero no como acción preventiva y
anticipada. “The war
terror will not be won on the defensive” – declaró George W.
Bush 4. De
hecho, dejó claro que su proyecto era ampliar y consolidar la
hegemonía de los EE.UU., sobre todas las regiones, remodelando
los países, conforme a sus intereses económicos y políticos, al
declarar que pretendía extender la paz, evidentemente la pax
americana, alentando “free
and open societies on every continent”,
y, para no dejar la menor duda, agregó: “The
requirements of freedom apply fully to Africa and Latin America
and the entire Islamic world”5. No fue sin fundamento que, cuando el presidente George W. Bush intensificó los preparativos para atacar Irak, en setiembre de 2002, Herta Däuber-Gmelin, ministra de Justicia en el gobierno de Gerhard Schröeder, comparó sus métodos con los que usó Hitler, en los años 30, antes de explotar la II Guerra Mundial. Evidentemente, el contexto es otro, la retórica, diferente, pero la esencia es la misma. El atentado terrorista contra las torres gemelas del World Trade Center y el Pentágono ofreció a George W. Bush la “razón propagandística” para declarar la guerra permanente contra el terror, e imponer a todos los países, en todos los continentes, inclusive en el “Islamic World”, según resaltó para los cadetes de West Point, lo que llamó “free and open societies”, o sea, regímenes dóciles y favorables a los intereses económicos y políticos de los EE.UU. Y
a fin de proseguir en la consecución de tal objetivo, después de
ocupar Afganistán, olvidó a Al Qaeda y a Osama Bin Laden, y se
empecinó en la demonización de Saddam Hussein, acusándolo de
poseer armas de destrucción masiva, sin presentar pruebas y
evidencias consistentes, apenas como “razón propagandística”
para comenzar la guerra contra Irak, que ya estaba en sus planes,
desde que asumió el gobierno americano6. También
el gobierno de John F. Kennedy buscó una razón propagandística
para invadir Cuba, en 1962, y una fuerza del Pentágono propuso,
como pretexto, la explosión de un navío norteamericano en Guantánamo7,
para atribuir la culpa al gobierno de Fidel Castro, que podría
también ser acusado, con pruebas fraudulentas de interferencia
electrónica, por cualquier falla en el lanzamiento de la nave
espacial Mercury, así como por
el derribo sobre la Habana de un avión civil de pasajeros, cuya
explosión la CIA accionaría por radio8.
Sólo no perpetró la invasión, unilateralmente, por temer
que la URSS, como represalia, invadiese Berlín o Turquía.
Pero la URSS se desintegró y no importa al presidente
George W. Bush si la acusación para atacar Irak es plausible o
no. También debe
pensar que “al vencedor no se le pregunta después si él dijo o
no la verdad”, verdad ésta que podría, además, ser fabricada
después de la ocupación de Irak. La
guerra contra Irak constituye el primer acto en la implementación
de la estrategia de seguridad nacional, según la doctrina de “preemptive
attacks”, que el gobierno del presidente George W. Bush
oficializó en un documento de 33 páginas – The
National Security Strategy of the United States of America –
divulgado en setiembre de 2002, como si representase una respuesta
al atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001.
El atentado contra las Torres Gemelas del World Trade
Center y el Pentágono, sin embargo, sirvió una vez más como
“razón propagandística”, justificativa para el
establecimiento de un estado de guerra permanente, atendiendo los
intereses del complejo industrial-militar-petrolífero, al mismo
tiempo en que, luego de repudiar el acuerdo de Kyoto y denunciar
el tratado anti-balístico (ABM) con la URSS, Bush no sólo retiró
la firma de los EE.UU. del tratado que creó la Corte Penal de La
Haya, para juzgar crímenes de genocidio, crímenes contra la
humanidad y otros crímenes de guerra, sino que trató de
presionar a los otros países, con amenazas, con el objetivo de
dispensar a los soldados americanos y no someterlos a su
jurisdicción. En
realidad, la doctrina de “preemptive
attacks” fue formulada, a inicios de los años ‘90, por un
pequeño círculo de teóricos conservadores, entre los cuales se
encontraba Paul Wolfowitz y I. Lewis “Scooter” Libby, que hace
mucho tiempo presionaban en el sentido de que los EE.UU. ampliase
la función de las armas nucleares, a fin de garantizar su
superioridad militar y ejercer influencia económica, política y
estratégica. En 1992, el entonces secretario de Defensa, Dick Cheney,
emitió un documento elaborado, en gran medida, por Paul D.
Wolfowitz, que era su sub-secretario, definiendo que la primera
misión política y militar de los EE.UU., luego de la Guerra Fría,
consistía en asegurar que ningún poder rival emergiese en
Europa, Asia y en la extinta URSS9. En
aquella época, el presidente George Bush, padre de George W., no
adhirió a esa idea. Bill Clinton fue electo presidente en 1993 y los lobbies (Munitions
Industrial Base Task Force, The Heritage Foundation y otros) lo
acusaron de continuar el desmantelamiento sistemático de la
defensa nacional, que el presidente Ronald Reagan reconstituyera
en los años 80’, y que la fuerza militar, por él propuesta,
era muy pequeña para defender los intereses de los EE.UU.
Y, el 3 de junio de 1997, un grupo compuesto por Jeb Bush,
hermano de George W. Bush, Dick Cheney, Francis Fukuyama, el teórico
del fin de la historia con la victoria del liberalismo, I. Lewis
Libby, Paul Wolfowitz,
Donald Rumsfeld y otros, la misma caterva que se encaramó en el
poder en 2000/2001, emitió una declaración, lanzando el Project
for the New American Century
(Proyecto para el Nuevo Siglo Americano) con la propuesta de
aumentar los gastos en defensa, fortalecer los vínculos democráticos
y desafiar los “regímenes hostiles a los intereses y valores”
americanos, promover la “libertad política” en todo el mundo,
y aceptar para los EE.UU. el rol exclusivo de “preservar y
extender un orden internacional amigable (friendly)
para nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros
principios”. Si
Hitler y los nazis pretendieron imponer Deutschland ubre alles,
i.e., Alemania para todos, George
W. Bush y los radicales de derecha que lo rodean quieren imponer America
for all. Esos
radicales de derecha, que el presidente George W. Bush representa,
están íntimamente vinculados a los intereses no sólo de la
industria petrolífera, como muchos imaginan, sino también al
complejo industrial-militar.
George W. Bush está ligado a la empresa de energía CEO,
así como Dick Cheney, su vice-presidente, que es accionista de la
firma Halliburton (petróleo, defensa, construcción) y cuya
esposa, Lynn Cheney, es vice-presidente y directora de la firma
Lockheed Martín; el secretario de Estado, general Colin Powel, es
accionista de la General Dynamics;
Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa, es director de
Gilead Sciences (biotecnología); Paul Wolfowitz, secretario
adjunto de Defensa, es co-presidente de la task
force de Nunn-Wolfowitz, Hughes Electronics; Dov Zakheim, sub-secretario
de Defensa, es vice-presidente de Systems Planning Corporation
(firma de consultoría en el área de defensa); el U.S. Trade
Representative, Robert Zoellick, que negocia el ALCA, es
integrante del Consejo Consultivo de la Enron, empresa de energía
que fraguó los balances y no pagó los impuestos federales entre
1996 y 1999; y Condoleezza Rice, asesora de Seguridad, pertenece a
la dirección de la Chevron; Otto J. Reich, que pasó de
secretario de Estado-Asistente a enviado especial para América
Latina, fue lobbista de la Lockheed Martín y promovía la venta
de los aviones de combate F-16.
Y no sólo esos, sino casi todos, sino todos los otros
miembros del gobierno de George W. Bush representan los intereses
de esas corporaciones, que integran el complejo
industrial-militar-petrolífero, cuyos lucros aumentan con el
clima de guerra, gastos en defensa y conquista de áreas
de petróleo, en el Mar Caspio (Afganistán) y en el Golfo
Pérsico (Irak), beneficiando a sus accionistas. Esas
industrias bélicas necesitan experimentar los nuevos armamentos y
tecnologías en una guerra real y gastar los stocks que poseen y
recibir nuevas encomiendas del gobierno americano. Por otra parte, la derrota de Saddam Hussein permitiría que
los EE.UU. ocupen Irak, controlen las reservas de petróleo y
consoliden su predominancia en la región. Después
será el turno de Siria, de Irán, de Egipto, de Libia y de otros
países, de modo de aplicar plenamente lo que los ideólogos
neo-conservadores de los institutos de estudios de Washington ,
jefes civiles del Pentágono, articuladores de Wall Street Journal
y los accionistas de las empresas
petrolíferas y de material bélico entienden como “requirements of freedom”
(requisitos de libertad), no sólo para Africa y América Latina,
sino para el “entire
Islamic world” (el mundo islámico entero)
estableciendo “un orden internacional amigable (friendly) para nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros
principios”, o sea, para la seguridad, prosperidad y principios
de los EE.UU.10. Inspirado
por Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfwitz y otros
participantes del proyecto The New American Century, el presidente
George W. Bush pretende redefinir el cuadro estratégico de
Oriente Medio, lo que implica el control de las reservas de petróleo,
evitando que la OPEP, en las transacciones internacionales,
abandone el padrón dólar y adopte el padrón euro, cambio ya
efectuado por Saddam Hussein, en noviembre de 2000, cuando el euro
valía cerca de 80 centavos de dólar, no sufriendo, por lo tanto,
perjuicios con la devaluación de la moneda americana, del orden
de 15% frente a la moneda común de la Unión Europea, en el año
2002. Irak
se convertiría entonces en un laboratorio, o mejor dicho, en
cobaya, con la implantación de un simulacro de democracia, fácil
de manipulación a través del proceso electoral, a ejemplo de lo
que sucedió en Yugoslavia y en otros países, inclusive en América
del Sur (Perú). El
presidente George W. Bush imagina que ese país, democratizado y
abierto al capitalismo americano, se tornará estable y próspero,
con repercusión sobre todo en el mundo islámico.
En efecto, después de Irak, será el turno de Siria y, en
seguida, de Irán, de Libia, de Egipto, en los cuales los EE.UU.
se disponen a intervenir, con el pretexto de combatir el
terrorismo, a fin de consolidar su predominancia en el mundo islámico
entero y dar mayor seguridad a Israel. Ese
objetivo lo puso de manifiesto
Paul Wolfowitz, uno de los teóricos del proyecto The
New American Century,
inmediatamente después del atentado del 11 de setiembre de 2001,
al defender la tesis de que no bastaba con capturar y apresar a
los talibanes, sino que era necesario remover los sistemas de
apoyo, “ending states who
sponsor terrorism”, señalando a Irak como el primer blanco
de la campaña, con el argumento de que la campaña sería más fácil
que en Afganistán11.
Ilusión. El
ex presidente Bill Clinton, en Madrid, comentó que hay tipos como
Paul Wolfowitz que creen que después de la guerra contra Irak
todo se resolverá en Oriente Medio.
Y, calificando esa idea como naif,
destacó que, en los últimos 50 años, todas las guerras que los
EE.UU. promovieron o de las que participaron, fueron fracasos a
corto, mediano y largo plazo12.
En efecto, los EE.UU. no ganaron la guerra de Corea.
Perdieron la guerra contra Cuba, sí, porque la invasión
de la Bahía de Cochinos, en 1961, fue planeada y comandada por
los americanos, que entrenaron a los exiliados cubanos y les
suministraron las armas y todos los equipamientos para su
realización. El
bloqueo de Cuba no consiguió derrocar a Fidel Castro, que hace 44
años se mantiene en el poder.
Y de Vietnam los americanos tuvieron que huir, derrotados,
a pesar de toda su tecnología. Ni en la guerra del Golfo, en 1991/92, vencieron los EE.UU.
Apenas expulsaron a las fuerzas de Irak que habían
invadido Kuwait. La
ironía es que los medios del poderío militar de los EE.UU.
crecieron, enormemente, pero por eso mismo se volvieron casi inútiles.
Salvo en países insignificantes, como Granada, las fuerzas
armadas americanas pueden apenas destruir, pero no alcanzan sus
objetivos. Es lo que
está sucediendo en Afganistán. La lucha continúa y, más tarde o más temprano, recrudecerá
y los costos de la ocupación, en vidas y recursos financieros,
aumentarán cada vez más. La
guerra contra Irak puede tener resultados catastróficos, aunque
los EE.UU. aniquilen el régimen de Saddan Hussein. El
diplomático francés Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord
(1754-1838), príncipe de Bénévent, que sirvió tanto a Luis XVI
como a Napoleón Bonaparte y a Luis XVIII, dijo que “on
peut tout faire avec les bayonnettes excepté s’y asseoir”.
Los EE.UU. ya no usan bayonetas, porque pueden hacer todo
con los misiles nucleares. Solo
no pueden sentarse sobre ellos y convertirlos en el fundamento de
un Estado moderno. Según
advirtió el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, la guerra contra
Irak probablemente derivará en una situación de “desorden y
caos” en los países árabes, desestabilizándolos, pues ningún
gobernante estará en condiciones de reprimir el resentimiento
popular. No
se puede descartar la hipótesis de una erupción revolucionaria
contra el gobierno del general Pervez Musharraf, en Paquistán, y
que su arsenal atómico quede bajo el control de los extremistas
islámicos. Mientras
tanto, convencidos de su poderío económico y militar, los
gobernantes americanos casi siempre demostraron una enorme
incapacidad de prever las consecuencias de sus políticas, a largo
plazo, pues sólo percibieron sus intereses inmediatos.
Como Henry Kissinger reconoció, fue la administración del
presidente Ronald Reagan (1981-1989) que restauró las relaciones
económicas y diplomáticas con Irak y alentó a los aliados de
los EE.UU., en Europa, a suministrar equipamientos militares a
Saddan Hussein, por considerar que Irán era la mayor amenaza a
sus intereses13. Fue
el propio Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa de George W.
Bush, que durante el conflicto Irán-Irak (1980-88) fue a Bagdad
(diciembre de 1983), donde promovió el entendimiento con Saddan
Hussein, y el gobierno norteamericano, inclusive después que
George H.W. Bush, padre, asumió la presidencia (1989-1993),
autorizó la venta a Irak de numerosos productos con aplicación
civil y militar, inclusive productos químicos venenosos y virus
biológicos mortales, tales como el ántrax y la peste bubónica14.
Veinte años después, en 2003, él es uno de los que más
presionan, dentro de la administración de George W. Bush, a favor
de la guerra contra Irak. Si Irak aún tiene las armas de
destrucción masiva, armas bacteriológicas, son para las cuales
los EE.UU. proveyeron los materiales. La
belicosidad, arrogancia, prepotencia, la coacción que el gobierno
americano ejerce sobre los demás Estados, para que lo apoyen en
la aventura, así como sobre el Consejo de Seguridad de la ONU,
tratando de desmoralizarlo, como irrelevante, y amenazando actuar
unilateralmente, en caso de que no se someta a su voluntad,
produjeron, entretanto, efectos contrarios a sus objetivos. Una investigación llevada a cabo por el Instituto Gallup
Internacional, entre julio y agosto de 2002, en 36 países de los
cinco continentes, demostró el efecto negativo de la política
exterior de los EE.UU.15.
También un estudio realizado entre junio y setiembre de
2002 por el Pew Research Center for the People & the Press,
sobre la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright y en el que más
de 38 mil personas fueron entrevistadas, en 44 países, reveló
que el descontento con los EE.UU.
creció y su imagen se deterioró en todos los continentes –
entre sus aliados de la OTAN, en América Latina y en los países
en desarrollo, así como en el Este Europeo y, de forma dramática,
en los países musulmanes16. Y en enero de 2003, una
investigación de la revista americana Time,
entre sus lectores, reveló, que 67.4% consideraban a los EE.UU.
como la mayor amenaza a la paz mundial, mientras que apenas el
21.0% le imputaban a Irak y el 11% a Corea del Norte.
También el 71,9% de los lectores entendían que la guerra
contra Irak apuntaba al control de las reservas de petróleo y,
solamente el 6,4% aceptaba la versión de que el objetivo consistía
en el desarme de Saddan Hussein17. De
esta manera se confirma la previsión de Henry Kissinger, según
la cual no importa como los propios norteamericanos perciban sus
objetivos, “una explícita insistencia en la predominancia unirá
gradualmente el mundo contra los EE.UU. y los forzará a
imposiciones que eventualmente los dejarán aislados y agotados”18. Es
lo que el presidente George W. Bush va a conseguir, convirtiendo a
los EE.UU. en una superpotencia irresponsable, fuera de la ley, y
enemistado con todo el resto del mundo, lo que la intensa
propaganda comunista, centrada en el “imperialismo yanqui”, no
logró, a lo largo de más de 40 años de Guerra Fría. Que el presidente George W. Bush, con su doctrina de guerra
preventiva y recursos a las armas nucleares, no convierta a Hitler
en santo y haga que los hechos del nazismo aparezcan como una obra
humanitaria. Traducido
para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte * Luiz Alberto Moniz Bandeira
es doctor en ciencia política, profesor titular (catedrático) de
historia de la política exterior de Brasil, en la Universidad de
Brasilia, ahora jubilado, y
autor de varias obras sobre las relaciones de los EE.UU. con
Brasil y América Latina, entre las cuales Conflitos e integração
na América do Sul: Brasil, Estados Unidos e Argentina (Da Tríplice
Aliança ao Mercosul), De Marti a Fidel: a revolução cubana e a
América Latina e Relações Brasil-EUA no contexto da globalização,
2 vols, conteniendo sus obras Presença dos Estados Unidos no
Brasil e Rivalidade Emergente. Vive en Alemania. 1)Carta
de Oswaldo Aranha a Getúlio Vargas, Washington, 02/12/52. Escrita
há 50 anos passados, quando Oswaldo Aranha era embaixador do
Brasil em Washington, sua frase tornou-se, na atualidade, mais do que nunca real. 2)Schirer,
William L.. The rise and fall of the Third Reich. New York:
Fawcett Crest, 1992,
pp. 267-273. 3)Fest,
Joachim C.. Hitler. London,: Pinguin Books, 1973, pp. 593-595.
Fest, Joachim C.. The face of the Third Reich. London:
Pinguin Books, 1979, p. 82. 4)
Allen, Mike &DeYoung, Karen. “ Bush:
U.S. Will Strike First at Enemies”, in The Washington Post,
02/06/2002. 5) Ibid. 6)
Woodward, Bob. Bush at War New York: Simon & Shuster,
2002, p. 83. 7)Seria
uma reprodução do afundamento do Maine,
que possibilitou aos EUA declarar guerra à Espanha, em 1898, e
intervir em Cuba. 8)
“Sinto ter de dizer. Mas éramos uma democracia e penso que,
quando Presidentes se iludem, pensando que podem arriscar vidas e
conduzir tais operações arrogantes sem nada dizer ao povo
americano, escondendo os fatos da população, é um comportamento
disparatado” - declarou o ex-secretário de Estado, o
general(reformado) Alexander
Haig, que participara da Operation Mongoose contra Cuba e fora
Secretário de Estado na Administração Reagan, ao revelar esses
planos para a invasão de Cuba, durante uma reportagem apresentada
no programa de televisão Nightline,
da rede ABC nos EUA, por Aaron Brown, no dia 29. 1. 1998,
sob o título “How to Star a War: The Bizarre Tale of Operation
Mongoose”, O National Security Archives, da George Washington
University, solicitou então a desclassificação do documento
sobre a Operação Mongoose,
com base no Freedom of Information Act (FOIA) e ele foi
desclassificado em 2001, naturalmente antes do 11 de setembro.
Department
of Defense, [Operation Mongoose, Pretexts for Overt Invasion], c.
March 1962, Top Secret, 7 pp. 9)Miller,
Judith Keeping. “ U.S. No. 1: Is It Wise? Is It New?”. The
New York Times, 26/10/2002 10)
Eis a íntegra do texto de lançamento do The
Project for the New American Century:
“The
Project for the New American Century is
a non-profit educational organization dedicated to a few
fundamental propositions: that American leadership is good both
for America and for the world; that such leadership requires
military strength, diplomatic energy and commitment to moral
principle; and that too few political leaders today are making the
case for global leadership. The
Project for the New American Century
intends, through issue briefs, research papers, advocacy
journalism, conferences, and seminars, to explain what American
world leadership entails. It will also strive to rally support for
a vigorous and principled policy of American international
involvement and to stimulate useful public debate on foreign and
defense policy and America's role in the world”. William
Kristol, Chairman State
of Principles, June 3, 1997 American
foreign and defense policy is adrift. Conservatives have
criticized the incoherent policies of the Clinton Administration.
They have also resisted isolationist impulses from within their
own ranks. But conservatives have not confidently advanced a
strategic vision of America's role in the world. They have not set
forth guiding principles for American foreign policy. They have
allowed differences over tactics to obscure potential agreement on
strategic objectives. And they have not fought for a defense
budget that would maintain American security and advance American
interests in the new century. We
aim to change this. We aim to make the case and rally support for
American global leadership. As
the 20th century draws to a close, the United States stands as the
world's preeminent power. Having led the West to victory in the
Cold War, America faces an opportunity and a challenge: Does the
United States have the vision to build upon the achievements of
past decades? Does the United States have the resolve to shape a
new century favorable to American principles and interests? We
are in danger of squandering the opportunity and failing the
challenge. We are living off the capital -- both the military
investments and the foreign policy achievements -- built up by
past administrations. Cuts in foreign affairs and defense spending,
inattention to the tools of statecraft, and inconstant leadership
are making it increasingly difficult to sustain American influence
around the world. And the promise of short-term commercial
benefits threatens to override strategic considerations. As a
consequence, we are jeopardizing the nation's ability to meet
present threats and to deal with potentially greater challenges
that lie ahead. Of
course, the United States must be prudent in how it exercises its
power. But we cannot safely avoid the responsibilities of global
leadership or the costs that are associated with its exercise.
America has a vital role in maintaining peace and security in
Europe, Asia, and the Middle East. If we shirk our
responsibilities, we invite challenges to our fundamental
interests. The history of the 20th century should have taught us
that it is important to shape circumstances before crises emerge,
and to meet threats before they become dire. The history of this
century should have taught us to embrace the cause of American
leadership. Our
aim is to remind Americans of these lessons and to draw their
consequences for today. Here are four consequences: •
we need to increase defense spending significantly if we are to
carry out our global •
we need to strengthen our ties to democratic allies and to
challenge regimes hostile to our interests and values; •
we need to promote the cause of political and economic freedom
abroad; •
we need to accept responsibility for America's unique role in
preserving and extending an international order friendly to our
security, our prosperity, and our principles. Such
a Reaganite policy of military strength and moral clarity may not
be fashionable today. But it is necessary if the United States is
to build on the successes of this past century and to ensure our
security and our greatness in the next. Elliott
Abrams, Gary Bauer, William
J. Bennett, Jeb Bush,
Dick Cheney, Eliot A. Cohen, Midge Decter,
Paula Dobriansky, Steve
Forbes, Aaron Friedberg, Francis Fukuyama, Frank Gaffney, Fred C.
Ikle, Donald Kagan, Zalmay Khalilzad, I. Lewis Libby, Norman
Podhoretz, Dan Quayle, Peter W. Rodman, Stephen P. Rosen, Henry S.
Rowen, Donald Rumsfeld, Vin Weber, George
Weigel, Paul Wolfowitz 11)Woodward,
Bob. Bush at War New York: Simon & Shuster, 2002, p.
60. 12)El
País , Madrid,
28-01-2003. 13)Kissinger,
Henry. Does
América need a Foreign Policy?. New
York: Simon & Shuster, 2001, p. 304. 14)
Dobbs, Michael.
“U.S. Had Key Role in Iraq Buildup - Trade in
Chemical Arms Allowed Despite Their Use on Iranians, Kurds”, The
Washington Post December 30, 2002; Page A01. 15)
“Rechazo a la política exterior de EE.UU”. La Nacion, Buenos
Aires, 15/09/2002. Sotero,
Paulo. “Imagem
dos EUA se deteriora, mostra pesquisa - Opinião no exterior sobre
americanos é mais negativa do que há dois anos”. O
Estado de São Paulo,
05/12/ 2002. Brian Knowlton Fuerte deterioro de la imagen de los
EE.UU. en el mundo (International Herald Tribune) in La Nacion, Buenos
Aires, 05/12/2002. “Estados unidos contra los Estados Unidos”
La Nación, Buenos Aires, 08/12/2002 16)
Time 09/01/.2003. 17) Kissinger, Henry. Does América need a Foreign Policy?. New York: Simon & Shuster, 2001, p. 468. LA ONDA® DIGITAL |
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