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CUENTO
-Yo detrás de todo eso -

por Lucía Lorenzo Sienra

Este cuento de la joven escritora Lorenzo Sienra que a continuación los lectores de La ONDA digital pueden leer ganó el primer premio en su categoría en el concurso Keep Walking 2000

El viaje fue en auto. Manejando iba mi padre, mi madre al lado fumando su cigarro prohibido por todos los médicos de la ciudad y los que salen en la tele también. Y yo atrás, sola, sintiendo el olor seco del humo de su cigarro. Me acomodé y cerré los ojos, no podía dormir.

No vimos el mar hasta un poco antes de llegar al parador amarillo. Entraba el sol por las ventanas, las cortinas rosadas, feas, los manteles igual. Me senté frente a mis padres. Pedimos la comida. En una de las mesas un niño de unos nueve años terminaba su almuerzo. Afuera no había nada, sólo la carretera, nuestro auto estacionado, una moto vieja, y un cartel con el nombre del parador y una flecha, no pude leer el nombre.

No hubo conversación. El almuerzo en su imposible equilibrio. El niño se levantó, rodeó el mostrador y entregó el plato vacío a un hombre de bigotes. Nadie en el parador. Tres personas en el parador. Mi padre, mi madre y yo. Nadie en el parador. Supongo que me sentía sola o inquieta porque me levanté para ir al baño y cuando salí, en vez de volver directamente a la mesa, caminé hasta la puerta trasera cercana al baño y salí.

Afuera había un corto camino que bajaba, un baldío, gallinas sueltas, la cuerda de un perro, latas vacías y pasto. Caminé hasta llegar a la casita de cemento gris. Era un cubo la casa. Y adentro vi una mesa con su mantel floreado y una lámpara y una garrafa, y dos ojos como vidrio que me miraban quietos. Yo tenía doce años. Y allí estaba la casa y la familia, eso era todo.

Del otro lado, junto a las ventanas, dos padres veían subirse a una moto vieja al señor de bigotes y el niño de nueve años; veían arrancar la moto, irse delante del polvo; la carretera era un mundo desconocido o vacío, un frío orden sin interés ni tiempo.

Los ojos seguían allí, apenas un poco se movieron. Me asomé. Los ojos se movieron, retrocedieron Había que decir algo y lo dije: "mis padres están comiendo en el parador", y no supe cómo seguir. Mal comienzo. Me alejé un poco. Di media vuelta para irme.

Junto a las ventanas, mi madre fumando su cigarro lento, mi padre ya sacando la billetera para pagar, y mi madre su cigarro lento y mi padre su ansiedad absurda, y yo detrás de todo eso, como un animal pequeño que crece y no sabe para qué o cómo.

Yo frente a la casa cubo de cemento, sólo para tener después algo para contar, animada por esa sola idea, con los pies ya casi adentro y la voz de los ojos de vidrio diciendo: "el baño está al fondo". Como si el baño fuera una muletilla, una frase amable y necesaria, como para ordenar el caos. "No busco el baño" me escuché decir. Salieron los ojos y tenían ochenta años. "¿Y qué busca?" preguntó la anciana. "Quería ver la casa por dentro" me animé a decir. "Entre" dijo y entré.

No era nada la casa, una habitación, y un baño. Una sola cama. Ella se sentó en la silla cerca de la mesa y miró por la puerta para afuera. Yo me quedé de pie en medio del cubo, sin saber qué hacer o decir. La señora se dio cuenta de esto y me señaló la cama como ofreciendo asiento. Fui y me senté.

Respiré el olor suave de casa con garrafa y miré el perfil de la mujer, quieto y perfecto. Sabía que ella no iba a hablar más, y yo tampoco, esa era su casa y era todo. Yo era inútil, yo era lo más inútil que se podía imaginar.

Y mis padres del otro lado, caminando ya hacia el auto, mirando disimuladamente el paisaje para buscarme, sin querer gritar ni preguntarse uno al otro, porque preguntar era poner en evidencia. Qué desborde, qué desatinada situación. Una niña con una anciana en un cubo. Un cubo detrás del parador, detrás del almuerzo. Una niña que va al baño y nunca vuelve. Quedaron de pie quietos en medio de la medialuna de pedregullo, al lado del auto, cada uno cerca de su correspondiente puerta, sin poder moverse. Después mi padre mirando para todos lados, y mi madre ya dentro del auto.

Los ojos de la anciana como vidrio mirando hacia afuera o mirando nada. O a un adentro tal vez no tan silencioso. Habría ahí reuniones y cumpleaños. Palabras dichas al oído o gritadas a la cara. La puerta de un garaje abierta al padre trabajando y la madre de rodillas en el piso limpiando el barro, la grasa de los autos. Un molino como castillo. Un novio. Ningún hermano. O uno muerto por accidente un día de lluvia. O muerto por culpa de ella. Y ella arrastrada por su destino. Ella ahí adentro ahora. Sin poder hablar porque hablar sería como llorar. Todos sin poder hablar. Sellados. Injustos. Inacabados. Miserables.

Sentí el ruido de la moto. La moto delante del polvo. En el polvo ahora. Llegando a la puerta del parador, frente a un señor y una señora inmóviles. El señor de bigotes se bajó y rodeó el parador hasta entrar por la puerta trasera. El niño de pie, frente al auto, mirando a la pareja, sentándose después junto al pedregullo, mirando.

Y la pareja mirando al niño, la carretera, el baldío inquietante a un costado del parador. Pero sin poder hablar, las bocas, ni gritar, las bocas, en el mediodía que ya era tarde. Mi padre sólo pudo abrir la puerta del auto y sentarse.

Mi madre con su cigarro, de pie ahora fuera del auto, negando con la cabeza. Mi padre tocando la bocina una vez. El niño sentado jugando con el pedregullo, una vez y otra vez, y mirando. Y mi padre tocando la bocina una vez más.

Y yo detrás de todo eso. La anciana sin cobardía porque ya su destino la había colocado, insólita pero verosímil, en medio de un cubo frente a una puerta con vista a la carretera, que no era nada. Porque las carreteras no son nada. Autos que pasan y autos que no pasan. Una moto de vez en cuando y un niño que no mira para saludar. Tres gallinas y un perro que se murió de viejo, sólo para mostrarle a ella, la anciana, qué cosa era la muerte. Qué cosa no era.

Yo en la oscuridad de su habitación única, sin saber cómo salir, cómo irme, escuchando la bocina del auto de mi padre, casi viéndolo inquieto, toda su cara inquieta, sin saber tampoco para qué salir. Porque había un destino, yo sabía. Y había tiempo por delante que es como un torbellino frío que avanza y cae sobre mi cuerpo o mi niñez o mi deseo de no ser más una niña, para poder preguntar, por ejemplo, a una anciana inquebrantable -porque ya fue quebrada y abatida- qué es un parador, un almuerzo, un auto, una carretera, una familia.

Mi madre caminó hasta el parador y mi padre la miró caminar, entrar, acercarse al mostrador y preguntar, y él tuvo que mover sus labios para acompañar la pregunta, mientras su mano rozaba la bocina y mi madre escuchaba al hombre de bigotes aclarar que él no era el dueño sino el encargado y escuchaba al encargado llamar a la pareja de dueños, el hombre y la mujer, que dijeron no haber visto a nadie, pero el baño estaba al fondo. Y mi padre la vio rodear el mostrador, hundirse en la penumbra y salir unos segundos después porque allí no había nadie. Entonces él dejó de mirar y la mano que rozó entonces golpeó con fuerza la bocina varias veces hasta que mi madre estuvo frente a él, y él se contuvo.

Escuché. Respiré hondo. Silencio. La anciana. La puerta. No había nada para contar. Sólo un secreto que no se mostraría. Esperé oír una vez más la bocina, me prometí salir corriendo si la oía una vez más. Ya no había razones. Sólo la acción pura y estúpida de dos padres buscando a su hija perdida. Y la hija perdida, es decir yo, queriendo ser la anciana para olvidar que era bocina lo que sonaba, no mi nombre.

Mi madre abrió la puerta del auto y se sentó en su asiento. Mi padre comenzó a caminar alrededor del auto, alrededor del parador, junto a la carretera. El niño en el pedregullo miró a mi madre mientras tocaba con distracción las piedritas y llenaba y vaciaba la mano y veía a la mujer adulta que podría ser su madre, y no entendía. La mujer sin ternura, sin expresión, incapaz de buscar, incapaz de seguir con la vista los pasos desesperados del hombre que buscaba, incapaz de imaginar cómo o por qué puede una niña de doce años no volver del baño. Y mi padre ciego.

Qué absurdo era pensar que no podían encontrarme. Era yo, un cubo y una anciana. Un baldío pequeño y cercano. Nada más que eso. Pero no llegaban, no se los sentía, ya ni la bocina siquiera. Nada. Así que me quedé. La anciana era un vacío, un pozo, un precipicio. Pobre anciana. Pobre yo.

"Cecilia" oí gritar afuera. "Cecilia" y por pura inercia me levanté, corrí, salí. Corrí por el baldío unos metros, "Cecilia", hasta llegar al frente del parador y verlos.

Pero no eran ellos los que gritaban. Era el niño de pie en medio de la medialuna de pedregullo, junto al auto, junto a la ventanilla donde pude ver a mi madre fumando, mirando el vacío, ella como un pozo, un precipicio, sin mirar a mi padre, ya total y absolutamente inmóvil, de pie del otro lado del auto, con los ojos cansados y muy abiertos, y la boca seca, callada, mis pobres padres.

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