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A Bolivia le urge hacerse hoy otras
preguntas, febrero, tiempo de finales

por Erick R. Torrico V.

Lo que probablemente es muy difícil de entender y sobre todo de aceptar para muchos es que los hechos del pasado 12 de febrero, con su dramática intensidad, la sangre y la incertidumbre, han sellado en Bolivia la muerte del modelo estatal y de desarrollo que fue erigido como inmejorable hace apenas diecisiete años y medio.

Múltiples síntomas de este desenlace se fueron manifestando al menos en el último quinquenio, pero ninguno de los actores relevantes de la vida nacional los tomó en serio.

Hoy está a punto de suceder lo mismo, y hay que lamentar que ese riesgoso desconocimiento tienda a repetirse: mientras los unos, todavía conducidos por los recetarios multilaterales, buscan reducir los acontecimientos a una especie de episodio catártico de las masas, los otros, autopercibiéndose como la encarnación mesiánica para esas mismas masas, interpretan lo ocurrido el 12 como el llamado definitivo hacia el edén de una revolución popular de viejo cuño.

No se trata, obviamente, de quererse situar "al centro" de estas dos posiciones que, a su modo, bloquean la búsqueda de soluciones pertinentes para las actuales circunstancias de crisis. El "centro", en términos de observación de la realidad, es un lugar inexistente pero cómodo y seguro para quien lo asume, pues siempre le deja a resguardo de todo cuestionamiento ya que le recubre de un halo de neutralidad ante cualquier mirada ajena e ingenua. Pregúnteseles si no cómo disfrutan de ese "centro" a quienes se expresan desde una presunta "independencia informativa o analítica" como desde las honduras de sus mundos interiores.

Lo que se pretende, al contrario, es optar por una lectura de los hechos que, sin descomprometerse de su inserción en la dinámica de lo que examina, recupere la potencialidad del pensamiento negativo para tomar distancia de las visiones predominantes en un momento dado y sondear otras perspectivas para el entendimiento de lo que ocurre así como algunas probables líneas de intervención al respecto.

En tal sentido, es prioritario aproximarse de nuevo a la noción de ruptura, ya que es probablemente ella la que esté en mejores condiciones para contribuir a dar cuenta del período que hoy vive la sociedad boliviana. Una ruptura, desde el punto de vista metodológico, se presenta cuando todas las respuestas ofrecidas a un problema han demostrado su insuficiencia o inadecuación y, en consecuencia, cuando lo que más bien se requiere es un cambio sustantivo en la formulación de las interrogantes.

A Bolivia le urge hacerse hoy otras preguntas. Y, para empezar, es indispensable que le dé la cara al tiempo de finales del que el mortal enfrentamiento del 12 de febrero en la Plaza Murillo fue sólo una inicial condensación palpable.

El Estado ha perdido legitimidad y autoridad moral tanto como la capacidad de control de sus propias instituciones y de la colectividad.

Los actores y operadores políticos han puesto en evidencia, pese a los afeites multiculturales con que algunos de ellos fueron revestidos tras las elecciones generales de junio de 2002, una acentuada desubicación histórica que anuncia su más o menos próxima desaparición.

El equilibrio y la subordinación de los poderes fácticos armados (ejército y policía) se han quebrantado.

Los principios de macroestabilidad de la "democracia de mercado" han tocado fondo.

Todo esto, sin duda, está sirviendo para dotar de algún contenido programático coyuntural al gobierno y a sus adversarios, pues les ha dado temas de qué hablar, razones inmediatas para preocuparse y hasta oportunidades para intentar proyectarse.

No obstante, lo que no se advierte en ellos -quizá sea muy pronto para pedir tanto- es una señal de comprensión responsable del real alcance y significado del pasado miércoles 12 para el Estado y la sociedad bolivianos y para sus aspiraciones de desarrollo.

Los hechos del 12 no son un capítulo más en la historia nacional como tampoco el comienzo del efectivo asalto del cielo. Son, simplemente, el principio concreto de un tiempo de finales (y de inicios también).

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