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Cosas de cine
DOS OSADIAS ARGENTINAS

por Oribe Irigoyen

Lugares comunes” y “Kamchatka” son dos películas argentinas que coinciden en la cartelera montevideana. Cada una dice lo suyo, diverso y en diferente estilo.

Concitan, no obstante, una reflexión algo particular acerca de alguna similitud sugestiva. 

“Lugares comunes” de Adolfo Aristarain, un melodrama de amor, muestra a un profesor obligado a jubilarse e iniciar una nueva vida junto a su esposa, que reflexiona sobre su vida. “Kamchatka” de Marcelo Piñeyro, drama de ‚poca, se centra en la mirada testimonial de un niño de 10 años, para seguir los pasos de un matrimonio con dos hijos, que deben huir y refugiarse en el campo en tiempos de la dictadura militar Argentina de 1976. 

Ambas películas no parecen estar muy emparentadas en temática, género y estilo. Sin embargo, es posible relacionarlas de modo expreso, en cuanto a una similar postura de sus creadores ante el acto de hacer cine. 

Es que tanto Lugares comunes como Kamchatka no son producciones independientes a contrapelo de la industria cinematográfica, sino usuales películas de probados profesionales, rodadas con todo el aparato técnico y estelar del caso y orientadas hacia el gran público. 

Que exhiben una peculiar osadía temático-expresiva: quebrantan los códigos del cine comercial o se distancian del buen producto industrial en su búsqueda artística, adquieren el aire de una obra muy personal. A nivel de un cine de empeño independiente. Más evidente tal hecho en el caso de Adolfo Aristarain. 

SOBRE TODO, LA PALABRA - Adolfo Aristarain es un cumplido narrador del cine argentino, cultiva un estilo tradicional que sigue las huellas de los maestros de Hollywood - John Ford y Howard Hawks, en particular - y su política de géneros. Así Aristarain se apoya en el género policial en sus primeras obras, La parte del león, Tiempo de revancha, Últimos días de la víctima, apela al western para el caso de Un lugar en el mundo y La ley de la frontera. 

En Lugares comunes, el sustento genérico de la trama es el melodrama y la historia de un gran amor entre una pareja veterana. En eso, ninguna novedad. El director despliega su enorme capacidad narrativa para llevar ese amor hasta el final. La novedad proviene de otro lado. De la necesidad, manifiesta, ostensible y desembozada, y en ese sentido de una cabal honestidad, que experimenta Aristarain de dar su visión del mundo, de plantear los problemas que lo preocupan - el desempleo forzoso, los ideales de los años 60, los códigos de conducta y fidelidad a principios, su concepción del amor, etc -. Hacerlo a su buen entender personal a través del verbo, contra viento y marea de supuestos cánones cinematográficos y de comunicación con el público. 

Siguiendo una tendencia reciente en sus películas, Un lugar en el mundo, Martín (Hache), en que los diálogos adquirían cierta preponderancia narrativa, la palabra se hace dueña de las imágenes, éstas "hablan" de continuo, pretextando que el ex-profesor metido a chacrero escribe una novela de su vida. Sus reflexiones, en off, no sólo son hegemónicas, sino que articulan, comandan y orientan al relato. En tanto que, es cierto, en forma soterrada, el melodrama sigue su curso con las imágenes adecuadas. ¨ Anti-cine ?, no necesariamente. La continua serie de editoriales - lo son - del profesor-Aristarain-relator en off opera como un contrapunto de encuadres y secuencias, que no ilustran ni reiteran lo mostrado por éstos, sino que dan sentido y proyección a la peripecia del matrimonio enamorado. 

Hay diálogos y reflexiones en off inteligentes y agudos, también los hay obvios, en particular para los veteranos traqueteados por la vida y atraídos peor las zonas temáticas bastante universales que el filme toca. Ese exceso editorialista debilita de algún modo el drama en sus alcances de persuasión y emotividad. No tanto por la impregnación "literaria" de esta propuesta artística corajuda y lícita - hablando de cine - sino por el carácter didáctico en exceso y el inevitable tono doctrinal y catedrático que alcanzan las reflexiones. 

SOBRE TODO, LA MIRADA – También Marcelo Piñeyro se ha ganado un buen lugar de respeto y consideración como cineasta, con sus anteriores Tango feroz, Caballos salvajes, Cenizas del Paraíso. En el caso de Kamchatka concreta su mejor y más personal película, con una propuesta artística que se distancia y mucho de lo previsible del cine industrial. De igual modo, su filme registra una intención audaz y la correspondiente fertilidad de resultados, en el tratamiento de un tema - los años terribles de la dictadura militar Argentina de 1976, su crónica, denuncia o crítica - bastante transitado por el cine de ese país. Un enfoque o plan de ataque originales de ese tema, por parte de Piñeyro, permiten a Kamchatka expresar cosas nuevas y enriquecer la reflexión sobre ese pasado tétrico. 

La clave es la mirada - un niño de 10 años - que domina de modo casi absoluto escenas y secuencias. El relato se ciñe a ese punto de vista: la sucesiva curiosidad y creciente angustia de un niño por saber qué pasa y qué‚ motiva ese cambio radical de vida en el campo, con la necesidad de cambiar de nombre, no establecer nuevas amistades, intentar captar respuestas en los gestos, miradas, frases sueltas de sus padres, un abogado y una científica, quienes simulan, mantienen y cuidan que la vida cotidiana en el campo sea normal, como unas vacaciones o un prolongado picnic. Ese astuto y sugerente planteo de Piñeyro se complementa con otro rasgo sustancial de las imágenes. Salvo una escena callejera fugaz, la represión y aparataje amenazante de la dictadura no aparece nunca en las imágenes, no hay autos ominosos, vecinos extraños, signos o suspenso exteriores que delaten un acoso en aumento. Sólo frases entrecortadas, gestos desolados de los padres, inútiles llamadas desde una cabina telefónica o una larga espera en una plaza pública, revelan al niño, y al espectador, que el círculo se estrecha en forma inexorable. Completa la riqueza sugerente del filme, y es un hallazgo mayor, la circunstancia de no saberse nada de la militancia o filiación política del matrimonio perseguido. Con lo que la propuesta se universaliza a toda pareja en el mundo acosada por cualquier motivo de disensión. Y la política, la militancia, el horror dictatorial, el suspenso y la violencia correspondientes se integran en toda su dimensión en la cabeza del espectador, siguiendo y compartiendo esa angustia infantil hasta la despedida final - hermoso y estremecedor remate de la película con imagen congelada - en que el niño ve por última vez a sus padres alejándose en auto por la carretera. Un ejemplar y original tratamiento de un tema político. 

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