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Silvio Instigador... Libro
de Cuentos de
Este libro esta escrito por Homero Muñoz uno de los más destacados escritores uruguayo surgido en la ultima década. Homero en dialogo con la prensa recuerda "Silvio Instigador es el resultado de miles horas de maravillarme con la música de Silvio Rodríguez. Pero más que el "MILES" lo importante es "CUALES" horas. Porque las ha habido de tristeza, de euforia, de reflexión filosófica, de análisis político. Ante cada cosa de la cotidianeidad, siempre se me ocurre un "como dijo el poeta..." y todos mis cercanos saben que me refiero a Silvio. De allí, de habernos hablado, de estarnos hablando, en clave de música y poesía de todas las cosas de este mundo y algunos otros que pudieran imaginarse, sale la necesidad de poner en cuentos lo que sus canciones mueven en mi interior. Dicen que SIlvio dijo cuando leyó El Trovador..."...es raro, parece una extensión de la canción...", con lo cual ya tengo para mí el mejor elogio que se pudiera hacer de este intento literario." INDICE
EL
TROVADOR DE BARRO En
el pabellón de mis juguetes Tiene,
un sombrero de arlequín con cascabeles pequeñitos en las puntas,
que a veces vibran, se estremecen, por la pluma de una caricia de
brisa. Su lugar, rodeado de viejos libros desencajados, sin ganas
de ni esqueleto para ser hollados, al borde de una crisis de las
que tiñen canas y sofrenan gulas, le va de perillas a su palidez
triste, a la cuadrícula azul sucia de su traje, a sus brazos
colgantes y desanimados que me tienden una mano que a veces tomo,
con la esperanza de que de veras se estire hasta mí y me lleve. Dos
veces estuvo a punto de serme puente, camino, hacia esa arcana
saciedad de sorpresas a la que vuela cada tanto, siempre por la
noche, siempre cuando sólo yo puedo no verlo. Se va, se
emparienta con la vorágine de un mundo que no sé, que nunca supe
pero quisiera adivinar. Se amista con sombras sin demasiada
entidad, funámbulas y banales, que divagan, aplastado su espíritu
por ausencias que nada más pueden ser criadas al frío de la
madrugada. Corre, salta por los vericuetos del silencio ominoso,
sin que sus chinelas despeñen ni la más mínima de las
piedrecitas del camino. Y sin embargo vuelve a mí. Se pierde de
sus colegas nocturnos y viene a su lugar. Jamás pude verlo
llegar. Nunca lo vi partir. Pero cuando no está, cada uno de mis
cristales se quiebra en melancólicos pedazos; cada parcela de mis
ganas se ablanda y se derrite; ni una estrella me queda, ni un
pequeño sol. La
primera vez, fue la abuela que vino a mirarme, como hace cada día
desde que soy este despropósito vital. Se acerca y me toca, mueve
los labios; sus ojos húmedos, de gelatina apaciguada, escrutan
los míos buscando memorias, alguna llamita, un reflejo quizás.
Acaricia tenue, alguna parte de mi cuerpo que no veo, que no
siento. Y se va, encorvada de resignación. Pero esa vez, el
tiempo, que arrugó su vida y sus sentidos le jugó una mala
pasada y sus manos que vibran me desconectaron. Y me fui. Me fui
tras él, con la esperanza aguda, los asombros bien grandes y
dispuestos, agitado y nervioso. Entré poco a poco en sus
historias de perros de la noche, de árboles y sombras, de fuegos,
de aquelarres donde saltábamos furibundos, agitando la sangre,
arañando cada gajo de luz para arrancarle la verdad a golpes de
tesón. Pero no pudo ser. Volví, me volvieron y él estaba allí,
como si no nos hubiéramos ido. Como si todo su asunto fuera el
vano intento de tañir su laúd, apoyado en su entrepierna,
abandonado al polvo y a la trama lábil de una arañita pertinaz,
que como prueba de las ausencias que refiero, seguía
recomponiendo la tela que se desbarataba, cada vez que su afán de
aventuras lo llevaba a dejarme para volver. A
veces me tiñe de azul el silencio y me avalancha de música sin
nombre, derrama en mi universo una tonada despaciosa, que sólo yo
puedo hilar. Entonces el laúd crece entre sus brazos, que lánguidos,
recorren el encordado para hacer mi delicia, para no dejarme a
merced de la nada. La
segunda vez, se fue la luz y dejó la parafernalia de tubos,
medidores, máscaras, caños, pulseras, agujas, electrodos, vías,
transfusiones, goteos y demás, en suspenso, hasta que desde
alguna parte recuperaron el ánimo, se agitaron y volvieron a
jalarme la ausencia. Esa vez sí, creí que me iba con él hasta
el más bajo escalón del recuerdo. Llegué tan pero tan hondo,
que el regreso fue a golpes. Me trajeron a mamporros en el pecho,
a ruegos estrujados, apretando mis manos y mis hombros sin
concierto, sin razones, sin saber mi asentimiento. Y
nuevamente, en mi retorno, laúd en ristre, me guió por la
delicia, prometió concederme el deseo. Yo dejé que fluyera de mí,
lo de más adentro; soplé las velas de mi historia, conté
fugaces rayitas de luz en cada cielo. Pedí y pedí, con todos los
párpados, las muelas, el resuello. Apreté todo lo que tengo. Pasaron
muchas noches desde entonces, he recorrido cada camino de nuevo.
Una y otra vez, he esperado sus ausencias y presencias. Cada vez,
le he reclamado mi anhelo. Entonces, ahora, en este instante supe, que sólo de ella podía esperarlo; solamente de quién me acunó en su vientre y me dio el pensamiento. De quien murió conmigo cada día de mi infortunio. De ella es la mano que apaga, la que da vuelo a mi empeño. De ese corazón parten mis alas, a encontrar otro camino, con mi trovador de barro negro. CAUSAS Y AZARES (1)
El
Vito se sacó un trocito de tumba de entre los dientes, con la uña
del meñique izquierdo y acomodó el mate con un movimiento mecánico.
Cebó y le alcanzó la infusión a su nuevo compañero de celda.
El muchacho era callado. Cuando al Vito le dijeron que le iban a
poner un "político" en la celda,
se preparó para aguantarse uno de esos charlatanes
inveterados. Pero resultó ser humilde y de pocas palabras. -
¿Y vos porqué caíste? - le preguntó el Vito sin mucho preámbulo. El
muchacho levantó las cejas para mirarlo desde sus ojos renegridos, instalados en una cara morena cortada a
hachazos. Contó
que estaba durmiendo en un galpón de Paso de la Arena, cuando cayó
la policía. Alguien lo había “cantado”. -
Ta, pero ¿porqué te metieron preso? Comunista,
había dicho el botija. -
¡Uf! No los soporto. ¡Sin ofender! - aclaró el Vito. Ricardo
sonrió, condescendiente y se puso a armar un tabaco. Las
ansiedades de la Flaca Adriana, siempre lo divertían un poco. -
Tienes que calmarte Flaca. Está lloviendo, no podemos hacer nada
por ahora. -
Mirá Canario- dijo la Flaca - vos la tendrás muy clara, pero a mí
esto me parece muy arriesgado. ¿Quién nos va a creer que vos y
yo somos una parejita de pequebú que vienen a echarse un polvo en
Punta del Este? ¿Vos te viste la facha? A
su vez, él le había devuelto la pregunta. -
¡Ah! - el Vito movió la cabeza, renegando - ¡si yo te cuento,
no me vas a creer! -
¿Porqué?- su interlocutor se asomó por detrás del mate,
semisonriente, preparándose para la anécdota. -
No loco; si lo mío es de Ripley - se puso de pie y recorrió la
estrechez de la celda, como tomando impulso. -
Mirá- dijo- yo soy medio brasilero, medio italiano; tengo
documentos uruguayos porque viví acá un montón de años, pero
me crié en el Brasil. El
Vito se paró contra la ventanita de la celda y miró el cielo que
se iba oscureciendo, como hurgando en su memoria, buscando algo.
-
En la frontera me crié. Y si uno es pobre ahí en el borde, o sos
milico o sos contrabandista - miró a su compañero de celda,
aquilatando, tratando de evaluar si entendía, si podía imaginar
lo que era la vida fronteriza. El
muchacho asintió, las manos abrazando el mate, los codos sobre
las rodillas, atento. -
De gurí acompañaba las tropas de ganado que se pasaban a un lado
o a otro. Iba de bombero. Cruzábamos de noche, cuando no había
luna y para saber si venía alguien, tenías que tirarte al suelo
y mirar el horizonte estrellado. Cuando desaparecían y aparecían
las estrellas bajas, era porque venía alguien de a caballo.
El
Vito le pasó el termo al joven para poder contar con las manos y
armar un cigarro. -
Para cuando tenía más o menos tus años, era baquiano. Recuerdo
las agarradas con los milicos. Eran bravas. No nos andábamos con
chiquitas, no. Se metía bala duro y parejo. Ya en esas épocas
empezó la cosa con la macoña. Llevábamos vacas y traíamos
marihuana. Y eso rendía mucho, mucho. Así que me fui metiendo
cada vez más en el asunto, hasta que pude comprar un avioncito,
un Cessna 170, chiquito. Y me largué solo a traer droga desde el
Brasil. -
Trajimos los materiales, tenemos todo listo, los volantes, los
compañeros cada cual en su sitio; la ciudad está llena de gente,
Flaca. Está todo bien. Los servicios lo último que se esperan es
una acción como esta, aquí. La
Flaca Adriana, se sentó en el borde de la cama, la cabeza entre
las manos. Asomando un ojo intentó: - pero estamos gastando un
montón Canario. ¿Y si sigue lloviendo? -
Si sigue veremos que hacemos. Más caro nos saldría abandonar
todo ahora, porque habría sido al pedo - el Canario Ricardo se
sentó al costado de la Flaca y pasó el brazo por sobre sus
hombros. -
La cosa no es fácil. Hay que hacerse una red de contactos, tener
hablados a los estancieros para aterrizar en sus campos, a los
milicos, a los aduaneros - el Vito pitó hondo - todo el mundo se
lleva su parte; todo el mundo muerde un pedacito. Y aunque no me
gustaba mucho, por los botijas ¿viste?, empecé a traer cosas que
dejaban más guita. -
¿Falopa dura? -
Sí; cocaína, heroína, ácido. Así que empecé a volar seguido.
Este es un negocio cada vez más floreciente. Aunque tiene sus
cosas. A veces se pierde un cargamento entero, porque no
apestillaron bien a alguno que hasta ayer transaba y de la noche a
la mañana pasa a convertirse en defensor de la sociedad y azote
implacable de los traficantes. A veces aterrizaba en un campo por
ahí y el contacto fallaba y pasaba días en el medio de la nada,
esperando. Tres
días habían esperado, mirando llover tras los vidrios del
hotelito, hasta que el viernes de tarde abrió. Ricardo y Adriana
dejaron la habitación, pagaron y recogieron los documentos
argentinos falsos con que se habían registrado. Las valijas que
cargaban estaban llenas de volantes llamando a la resistencia
contra la dictadura. -
¿Y ahora? - preguntó la Flaca. El
Canario admiró el temple de Adriana, que no estaba al tanto de cómo
se iba a desarrollar la acción y había pasado tres días de
nervios e incertidumbre sin preguntar absolutamente nada. Sólo él,
que era el responsable y otro compañero, conocían el plan
general. Esa muchachita era cuadro político seguro en unos pocos
años. -
Ahora hay que juntarse con el Cono que tiene los petardos y vamos
hasta el edificio Santos Dumont. Ahí nos espera Ramón, que ya
debería tener colocados los caños en la azotea. Desde ahí
arriba vamos a hacer la volanteada. Es la entrada de Gorlero. A
las nueve de la noche es un gentío. -
Y los vuelos son difíciles. Es como cuando pasábamos ganado. Hay
que entrar de noche, sin luces. La pista de repente te la alumbran
con alguna que otra fogatita. Diga que esos Cessna son una
maravilla. Yo había despegado desde atrás de la laguna Merín y
tenía que aterrizar en un campito al costado de la Laguna del
Sauce. Y ahí es donde hice la boludez. -
Qué mierda esto de la lluvia ¿no? - dijo Ramón a modo de
saludo. La Flaca estaba impresionada por la efectividad de los
compañeros. El Cono estaba donde debía estar con su
"novia", que resultó ser la Gallega, compañera de círculo
de Adriana, con sus bolsos llenos de explosivos y Ramón los
estaba esperando en la entrada del edificio, con todo listo. Subieron
a la azotea por el ascensor de servicio. A esa hora no había
nadie y pasaron sin problemas. Armaron los dispositivos: dieciocho
caños con sus correspondientes bases, los petardos cuidadosamente
calculados para impulsar las mariposas a gran altura y los
volantes que Adriana y la Gallega ayudaron a meter en los caños. -
En vez de ir derechito para el campo de aterrizaje, se me ocurre
pasar por encima de Punta del Este. La noche estaba encapotada y
la ciudad toda iluminada tenía un resplandor irreal, porque las
luces se reflejaban en las nubes bajas. Yo venía volando bajito y
era todo un espectáculo. Seis
caños para cada encendedor. Las mechas eran largas y les darían
5 minutos para bajar. Como siempre, algo anduvo mal. Dos de las
mechas no quisieron prenderse, pero el Canario Ricardo dijo que no
importaba. Cuando
los explosivos detonaron casi en ráfaga, ellos estaban subiéndose
al auto que los llevaría a Montevideo antes de que los milicos
pudieran reaccionar. El
estruendo de los petardos fue lo suficientemente fuerte como para
que varios transeúntes hicieran cuerpo a tierra. La lluvia de
volantes fue maravillosamente profusa. Caían en cámara lenta,
hamacando elegantes su mensaje, desde la nada del cielo oscuro,
desde arriba del neón citadino. Sin esperanzas de que su llamado
a resistir fuera tomado como bandera por los paseantes, era su
intrusión inopinada en la Meca turística del país la que daba
fuerza a su presencia. -
Hice dos pasadas por el centro de la península. Recorrí Gorlero,
el puerto y ya iba apuntando la nariz para aterrizar, cuando de
repente aparecen dos cazas de la fuerza aérea y se me ponen a la
par, uno a cada costado y me dan orden por radio, de aterrizar en
el aeropuerto de El Sauce. Yo no entendía nada. ¿Te imaginás? -
dijo el Vito - ¿dos cazas para mí solo? No tenía la más mínima
chance. El asunto es que aterrizo y me caen como catorce milicos,
me llevan para un calabozo de la base y del avión nada. Ni lo
revisan. El
Vito, dio otra pitada y miró al otro que estaba expectante. -
Al rato caen dos de Investigaciones a preguntarme que dónde se
habían impreso los volantes y que quiénes eran mis contactos y
ahí mismo comenzó la paliza. Yo no entendía de qué carajo me
estaban hablando. Tres días estuvieron
dándome sin asco. Me hicieron mierda. Pero de la mercadería
nadie preguntaba nada. Al final por las preguntas pude ir atando
hilos. Parece que los bolches habían hecho una volanteada desde
arriba de un edificio, justo cuando a mí se me ocurrió pasar por
ahí. ¡Dicen que creyeron que yo había tirado los volantes desde
el avión! Pero lo cierto es que de la carga nunca más se supo. Y
van y me guardan por bolche. ¡A mí! ¡Al Vito! ¿A vos te
parece? ¿No es de Ripley? El
Canario Ricardo asintió y se cebó un mate que empezó a chupar
con énfasis para disimular la sonrisa apenas esbozada. CAUSAS
Y AZARES (2)
La
mala suerte de Martín estuvo, paradoja si las hay, en su
permanente buena suerte. Martín
terminó en una cuneta, con las manos atadas a la espalda con un
alambrecito y un treintayochazo en la nuca. No salió su foto en
los diarios, ni fue objeto su muerte de investigación policial
alguna. Se pudrió ahí nomás, al costado del camino, a medias
tapado por unas acacias rastreras. Era
magro y dentudo, de pelo y ojeras abundantes. Ese tipo de gente
que a uno le resulta imposible imaginarse de niño. Se puede como
máximo, ensayar la ridiculez de endilgarle túnica y moña a esa
cara imposible, de una sola ceja techando ambos ojos hundidos y
febriles y pretender convertir en blanca palomita, al paradigma
del ave rapaz. Se puede, pero queda en la imaginación como una
foto trucada, como una caricatura. Martín
jamás trabajó. Eso no es para mí, decía sin que se le cayera
una lagrimita. Pero a ver si Ud. me entiende: nunca. Y póngale
mayúsculas si quiere. Siempre le pasó lejos a lo que oliera a
esfuerzo. De chico, competía a todo lo que involucrara el azar,
pero nunca se le vio en una payana, en la habilidad de las bolitas
o el trompo, ni una arrimadita con cromos de los astros del
deporte. Un picado en el potrero era un desgaste impensable. Pero
si se armaba una conga, una lotería de cartones y más tarde,
gofo, monte o sevelé ahí estaría, ganando siempre, haciendo
calentar a todo el mundo con su suerte asombrosa. Empezó
a jugar por plata muy pronto. A los trece, el tío Eladio lo
descubrió e intentó llevárselo a los boliches, para fiolarle la
buena suerte. Pero el don de Martín, era absolutamente
individual. Ganaba cuando jugaba solo. Así que Eladio empezó a
financiarle sus inicios en el monte y el gofo, levantando
fortunas, que unas copas después devolvía al intentar hacerlo
por sí mismo. -
Este pendejo no me va a enseñar a mí- decía la caña por su
boca. Para
cuando se convenció de que debía dejar hacer a Martín, ya nadie
quería jugar contra el botija. Pero a la sazón, el imberbe había
visto la luz. Y
lo de imberbe, que no lo pongo por figurar, ni por desmerecer al
muchacho, era realmente un problema. No lo dejaban jugar porque
era demasiado chico. Llegó a ponerse bigote postizo para poder
entrar a algunas timbas y ese fue el comienzo de una larga serie
de cambios de personalidad, a los que tuvo que apelar después
para que lo dejaran entrar, no ya por joven sino por suertudo. Su
suerte era asquerosa, pero no se le daba en los casinos, donde
intentó un par de veces la palangana o el blackjack. Era una
suerte de timba entre gente. Con el tiempo aprendió a moderar sus
ganancias, perdiendo a propósito, yéndose al mazo en partidas de
póker con cuatro ases en la mano, porque de otro modo se
espantaban todos los puntos inmediatamente. Pero fue inútil. Su
fama se hizo legendaria y lo convirtió en un emigrante
permanente. Adquirió documentos falsos, no para zafar de la policía
sino para acreditar que él no era él, cuando llegaba a un garito
donde no lo conocían. Y cambiando peluca, barbas y bigotes,
lograba entrar y desplumar incautos, hasta tres o cuatro veces.
Debía ser cuidadoso sin embargo, ya que descubierto su disfraz,
se había llevado algunas palizas serias. Ahora
bien, Martín tenía, como todos tenemos, usted, yo, una
debilidad: se moría de amor cada vez que se cruzaba con una
pelirroja. Pero su suerte se limitaba al juego y su estampa no
ayudaba en la conquista. Varias bellas de rizos cobrizos,
zanahoria o sangre, se le habían ahorcajado en la imaginación
hendiéndole el olfato con su olor de negras, haciéndosele río
de deseo contarles las pecas con la punta de la lengua, distrayéndosele
la vida en el fluir de los ojos, verdes como el paño de la mesa
de juego. Todas le fueron esquivas, agresivas de abofetearlo
cuando sus impulsos lo acercaron para llevarse en la memoria el
aroma a panceta, a jamón serrano, a humo, que ejercen las
coloradas en su epidermis. Todas lo ningunearon. Tontas, aún las
tontas que no vieron siquiera, la oportunidad de vivirlo. Todas se
perdieron a Martín. Todas,
menos la Rusita. Martín
llegó al Chuí, en el ómnibus de las siete. Tenía referencias
de lugares y horarios, así que se dedicó a buscar hotel y a
comerse unos ticholos, paseando despacio por la avenida divisoria.
A las once fue directo al boliche del turco Amir, sin disfraz,
seguro de que allí nadie lo conocía. Se acercó a la barra, pidió
una caña y preguntó por el señor Amir. -
Está
ocupado- le dijo el dependiente de la barra, mientras con sus
cejas y mirada indicaba una estructura de madera que hacía las
veces de entrepiso. Martín
giró, buscando la escalera y en la escalera, rumbo al cielo,
estaba la Rusita. Claro que lo único que Martín vio, fue un
estallido de cobre derramado sobre unas caderas cimbreantes,
rotundas de más al primer atisbo, corregido sin dudas cuando se
advertía el contraste con la finura del talle. La escueta
vestidura dejaba ver la piel tensa sobre la carne, de unas piernas
de primer plano de película, subiendo hacia el entrepiso. Sin
dudarlo se lanzó en pos de la dama, a quien alcanzó cuando ella
llegaba a la puerta del cubil. -
Martín- le espetó, mientras estiraba la mano. La
mujer, jovencísima, lo miró, con curiosidad primero y un poco de
desconcierto después. Pero acabó tomando la mano estirada,
temblorosa, entre las suyas y dejándolo sumergirse en sus ojos
infinitos. -
¿Amigo tuyo Rusita?- preguntó un hombretón de largos bigotes
renegridos, cuando abrió la puerta y se encontró la teatral
escena. La
Rusita tartamudeó un sí, que le terminó de franquear el paso a
un Martín, a medias azorado por este otro destello de su buena
suerte y a medias embelesado por los ojos de mar, que ahora
miraban a otra parte, pero habían quedado instalados para siempre
en su memoria. Describir
el ambiente de la timba es ocioso. Lo que Ud. ya sabe si anduvo en
ellas, o se imagina si le contaron. El humo, los tapetes verdes,
los gestos nerviosos, el mozo con zapatos de charol negro, con la
suela pintada de dulce de leche, para pisar y llevar cualquier
billete escapado de la atención de su circunstancial propietario,
las lámparas, intocables de tanta cagada de mosca en su haber. Nadie
le dio pelota a la belleza coronada de fuego, que pasó como si no
pasara y fue a sentarse en un banco largo en el fondo de la sala.
Pero todos en algún momento espiaron a Martín, sopesándolo,
midiéndolo, imaginándose como esquilmarlo. El
turco Amir le dio una palmadita en la espalda y lo invitó a su
mesa, donde se jugaba póker abierto. Ahí, no se podía
disimular. Martín
apostó modestamente, se mostró temeroso e indeciso. Y ganó
todas las manos que quiso jugar. Se retiró temprano, dejando
comentarios sobre su buena suerte, en decibel de rumor; pero sin
pasar a mayores, fue invitado a concurrir la noche siguiente para
el desquite. La Rusita no lo miró en toda la noche, pero ya en la
calle la vio, recortada su silueta de botella de cocacola, en la
ventana del entrepiso. Estaba seguro de que lo miraba irse. Martín
volvió a ganar poco la noche siguiente.
Pero esta vez, para regocijo y nervios de Martín, la
Rusita lo miró bastante. Amir
que además de turco era terco, solía triangular el juego con el
indio Rojas y don Severino, que acompañaban cada vez que se
presentaba un punto nuevo. De modo que la noche siguiente, de sábado,
la estructura de desplume estaba preparada para cuando llegó el
suertudo. Eran como las once, cuando el quinto integrante de la
mesa, a quien no le presentaron, comenzó a repartir las cartas.
La Rusita se había pintado sobre las piernas y las nalgas, un
pantalón verde cotorra que hizo suspirar a Martín. Un
in-crescendo de full de reyes, poker de ases y escalera real, acabó
con los fondos visibles de Amir y sus cofrades. Fue
en ese momento que el turco irguió toda su anatomía, adelantó
los bigotazos en un gesto decidido y súbitamente se dio la
vuelta, fue hasta un armario, revolvió un poco y trajo hasta la
luz un fajo de papeles amarillentos. La apuesta dijo, era todo lo
que Martín había ganado, contra el boliche. Mano a mano. Después
de ganarle, Martín, dio tiempo a que Amir se derrumbara, se
tomara bebido su vaso de caña brasilera y amagara a ponerse
belicoso. Entonces, cuando tenía al turco apoyado sobre la mesa
con dos brazos como columnas que descansaban en unos puños del
tamaño de la cabeza de Martín, los ojos generando un arco
voltaico, el bigote con Parkinson y los dientes listos para
masticarle el hígado allí mismo, el hombre de la suerte increíble
dijo algo en voz tan baja, que los demás jugadores debieron
inclinarse sobre la mesa, para escucharlo. El
turco se echó hacia atrás despacio, incrédulo, con la frente
arrugada y los ojos grandes, por la sorpresa. Miró hacia el fondo
del garito, donde dos esmeraldas alumbraban el silencio, miró a
Martín y asintió. Martín
volvió a ganar. Como siempre. Lo
que no esperaba, lo que nunca supo, fue que el quinto integrante
de la mesa, fuera el comisario del pueblo, que tan caliente como
los demás, se llevó en una bolsa de plástico la lata de Guaraná
que Martín desechó antes de irse para el hotel con la Rusa
tomada por la cintura y una sonrisa labrada a cincel en el enjuto
rostro. Los
hechos posteriores son confusos. Como
se sabe, las huellas digitales no pueden disfrazarse. Y el mal carácter
de los jugadores cuando pierden china y hacienda, es proverbial. La
nota que le hizo llegar el comisario a Amir, decía: te pasó para
la cueva el famoso Martín Gala. MONÓLOGO Disculpen
la molestia -
Yo luqui el carrito amigo, yo luqui el carro, señor, compañero,
yo, yo. Yo llegué primero amigo - decía, imponía, el niñito
rodeado de una nube de otros niñitos, entre los 9 y los 12 años. A
pesar de estar hastiado de la ominosa insistencia, medio enojado,
medio avergonzado, me acuclillé y lo tomé por los bracitos. -
El carro lo cuida el compañero policía que allí viene - dije.
Me miró franco y sus ojos impacientes acompañaron su - dame una
moneda. -
El problema aquí es distinto - dijo el de disertante ante su
juvenil auditorio. - En los otros países de América,
la limosna, el dinero entregado a cambio de nada, conduce
casi invariablemente a la subvención de la deseducación hogareña,
a financiar la batalla contra el hábito de trabajar que la
educación publica, o aún privada, le pueda inculcar al niño.
Esa, en el mejor de los casos solidaridad mal entendida, conduce a
la consolidación del lumpenazgo entre las masas de chiquiticos
con hambre. Pero aquí es distinto. Puede que tengan ganas de
comer un dulce o de comprarse algo extra, o que sus mayores los
manden a pedir para satisfacer sus propias necesidades de consumo.
Pero aquí, ninguno de esos niños está desnutrido o le falta
educación o cobijo. -
¿Para qué quieres la moneda?- pregunté, manteniendo mi presa
sobre el niño, que viendo acercarse al policía se ponía cada
vez más nervioso. -
Para comer amigo. ¡Para comer! ¡Suéltame!- y zafando de mis
manos, saltó el murito que separa el concreto, de los jardines
del memorial del Che en Santa Clara. -
El fenómeno del turismo nos ha traído cosas positivas y
negativas. Después del azúcar es nuestra principal fuente de
ingreso de divisas. Y bien se sabe que las necesitamos para poder
salir de este período especial que tanto ha costado a Cuba. Son
decisiones de Estado, cosas de vida o muerte que la dirección de
la Revolución ha tenido que tomar, a sabiendas del comemierdismo
que eso implicaba – la palabra fuerte, inusual en los países
del sur hizo remover en sus asientos al grupo de jóvenes
congresales.- Hubo que tomar esas decisiones con valentía. De
otro modo hubiera sido el fin de la Revolución. Pero ha traído
mucha porquería. Gente de todo tipo, mujeres universitarias que
se venden por 20 dólares. Obreros que roban en sus fábricas para
vender por fuera, ron o tabaco. ¡Se roban a sí mismos! Cuando
pasó el policía, le hice señas al niñito, que se acercó
raudo. -
¿Si te doy un dólar me llevas a conocer tu casa? Asintió
y estiró su manito. -
No. Cuando lleguemos te lo doy. -
Bueno. Pero hay que ir de carro. Es lejos - aseveró serio. -
La gente dice: “...el peso no alcanza. Lo que ganamos de sueldo
no alcanza para nada...”. Pero esa visión de las cosas es un análisis
torcido de la realidad. El problema no es que no alcance. Hace 20
años, con los mismos salarios y los mismos precios, alcanzaba. El
asunto es que no hay. El cubano de a pie, la masa, no entiende que
lo que ve en las vidrieras de las tiendas para turistas, esos artículos
de consumo, o aún los de primera necesidad no están en Cuba. Están
en tiendas que son como territorios alquilados a otros países en
tierras cubanas, dentro de los cuales hay artículos que se
comercializan en esos países. Ningún cubano se preocupa porque
en París o en Londres o en Miami, se vendan cosas que ellos no
podrían comprar. Forma parte de lo normal. Lo que no se aguantan
es tener una sucursal de París a la vuelta de la esquina. Y que
una turista canadiense o alemana o aún peor, una marielita,
escoria expulsada de la isla para limpiar las cárceles, entre a
esa sucursal y se compre un perfume de 100 dólares el frasquito.
O compre jabón o un blúmer o lo que sea que no esté en la
tienda para cubanos. El punto es que si lo hubiera en la tienda
para cubanos, en la tienda en pesos cubanos, cualquiera de esos
artículos sería tan accesible para el trabajador común, como lo
fue siempre. Lo que sucede es que no hay. No hay. Subimos
al auto y arranqué, siguiendo las asombrosamente claras
instrucciones del chiquito y entusiasmado por poder meterme en los
barrios, por poder salir del circuito turístico-académico al que
inevitablemente se ve uno sometido cuando va quince días a un
congreso en cualquier lado. -
¿Y tú no estudias?- pregunté. Me
miró con cara de asombro - ¡claro que estudio! - enfatizó. -
¿Y cuándo?. Son las 3 de la tarde y ahí estas, pidiendo monedas
a los turistas. -
Por la mañana. Después
como y me vengo para la plaza del Che. -
¿No era que pedías porque tenías hambre? Dio
vuelta su carita, estudiando atentamente el tránsito. - Pido para
mis hermanitos. -
¿Ellos no comen? - acosé. -
Sí. Pero a veces la leche que dan no alcanza para los más chiquiticos. Y hay que
comprar en las tiendas. Y hay que tener dólar. -
¿Cuántos hermanos tienes? -
Siete. - ¿Siete? – me espanté. - ¿Todos más pequeños? Asintió. -
¿Y con la tarjeta de racionamiento no les dan la leche? -
No hay – respondió cabizbajo. -
Y no hay porque cualquier cosa que haya que comprar afuera,
cualquier importación, se paga en divisa y por lo tanto hay que
venderla en divisa. Y encima hay que ganarle. Y las cosas que se
pueden fabricar acá en Cuba, que no tengan algún componente que
haya que comprar fuera, son pocas. Y esas pocas son las que hay.
Miren por ejemplo la leche. Ustedes que vienen de países lecheros
pensarán, “...pero bueno chico, leche ha de haber, leche tiene
que haber para todos...”. Y no es así. Cuba no tiene esas
pasturas extensivas que hay en los países de ustedes. Y hace ya
muchos años, apostamos a importar unas razas de vacas lecheras
que se pudieran cruzar con la raza cebú que aquí se adapta bien.
Aunque dieran un poquitico menos de leche, no importaba, porque se
adaptarían y ya las mejoraríamos. Pero sucede que esas razas
eran vacas de pienso, no de pasto. Esas vacas dan leche, si se las
estabula y se les da pienso. Y bueno. Las estabulábamos y le dábamos
piensos. Y había leche. Pero se cayó la URSS y al diablo los
piensos. Ahora darle pienso a una vaca es más caro que importar
la leche en polvo. Y aún así, es importar. Y ya estamos otra vez
con la divisa. -
Chiquiticos hay solo dos. Pero no se les puede dar todos los días
arroz y frejoles. Hay que darles mucha leche. -
¿Y tu mamá y tu papá que hacen? -
Mi mamá trabaja en una fábrica. -
¿Y tu papá?. -
Mi papá se fue. Parece que está en Miami. -
¿Cómo se fue? -
Con los balseros se fue. -
¿Y no les manda dinero? -
No. -
¿Hace mucho que se fue? -
¿Y para hacer jabones? Potasa y potasa es divisa. ¿Y para los
blumers? Nylon y nylon es petróleo y petróleo es divisa. ¿Y
para la pasta de dientes? No sé cuántos de no sé qué, que
también será divisa. Así que de todo eso, hay lo que se puede.
Y cuando hay, hay para todos. Pero, hay poco. Y además las
divisas que entran no se pueden dedicar así como así a comprar
insumos para los artículos de consumo masivo. Hay que dedicarlos
a desarrollar ramas de la agricultura o la industria que en el
futuro puedan proveer de esos artículos de consumo, hechos aquí
en Cuba, de modo de no tener que depender de fuera para ello. Y
entonces, lento pero seguro, se ira haciendo la base de desarrollo
que permita satisfacer las necesidades de la gente. No es que
pensemos que en un mundo globalizado, Cuba podrá ser totalmente
autosuficiente. Pero cuanto más independencia tengamos,
menos riesgos correremos en las periódicas crisis del sistema
capitalista y más libertad de decisión tendremos. Tal vez nunca
habrá aquí 20 marcas de champú para elegir. Pero como no
tenemos que resolver el tema de la competencia interna, conque
haya una, buena, bastará. La
avenida que seguíamos desembocó en un barrio obrero, limpio y
tranquilo, lejano del bullicio del centro. -
Allí es - señaló el niño. La
casita, de material y madera, estaba desvencijada, despintada,
pobre. La puerta abierta. La
aparición del coche con matrícula de turista despertó la nunca
muy adormilada atención de los vecinos. -
Dame mi dólar - apremió mi guía. -
Ya. ¿Cómo te llamas? - inquirí mientras alargaba el dólar
prometido. -
Taíno. -
¿Taíno? ¿Como los indios? -
Taíno - reafirmó. -
Y no habrá 100 tipos de carro. Pero fíjense, estamos haciendo
los motores Taíno, gasoleros, que han dado un rendimiento muy
superior a los que importábamos de Bulgaria a cambio de azúcar.
Eran malos motores a cambio de buen azúcar. Ahora tenemos el azúcar
y los motores. Pero cada cosa cuesta tiempo y aprendizaje. Los
tiempos de los países no son los tiempos de la gente. -
¿Nos bajamos? -
¿Para qué? Tú querías ver mi casa, no bajarte. -
Bueno pero quiero hablar con tu mamá. -
No. Ella ahora está en la fábrica. -
¿Y los niños? ¿Los más chiquitos? -
En la guardería del CDR. -
¿Y cuándo haces tu tarea? -
Por la noche. Además no es mucha. -
¡Taíno!, ¡Taíno! - una viejita asomó a la puerta - ¿qué tú
haces ahí?, ¿con quién tú estás? El
niño bajo corriendo del auto y se perdió calle abajo apretando
el dólar en su mano izquierda. A
mi vez me bajé, cuidando de cerrar las puertas con llave y me
acerqué a la anciana que me miraba con el ceño fruncido. -
Disculpe señora, yo soy turista y tratando de conocer Cuba y su
gente me puse a charlar con su... ¿nieto? -
Sí, mi nieto sí. ¡Muchacho del diablo!. ¡Taíno! - gritó
hacia la calle orlada de cabezas asomadas a los portales y
ventanas. -
Bueno y le pedí que me trajera a su casa a conocerla, conocer a
sus hermanitos, a su mamá... La
vieja me miró, bajó la cabeza rezongando y me invitó a pasar.
Me ofreció asiento, una limonada y un abanico. -
Así que su madre y sus hermanitos ¿uh? - dijo la vieja, mientras
se reclinaba en un sillón hamaca de edad incalculable. El
hombre se quitó las gafas, como reflexionando: - no señor. La
gente quiere todo ahora. Sólo los más formados aguantan. El
resto, ¡qué va!. No les basta con lo que tienen. No saben lo que
tienen. Y quieren más y más. Se deslumbran con el consumo. Las
jineteras se venden por un perfume, por un pantalón de marca. Uno
sabe que es una cuestión de acumulación cultural, de formación,
de forja. Que cuarenta años en la historia de un pueblo no es
nada. Pero a veces me dan ganas de darles, regalarles el perfume y
el pantalón y cuando se enfermaran, cuando se les contagiara una
venérea o el SIDA, hacerles pagar por el tratamiento médico, la
internación, los análisis, el cuidado de sus hijos, etcétera,
etcétera, etcétera. Sacó
un puro del bolsillo del delantalcito y se puso a sobarlo. -
No tiene. Quedé
a la espera, mientras la viejita prendía el puro y absorbía y
soltaba una pequeña tormenta de humo espeso. -
La madre y el padre se fueron con los marielitos y me dejaron este
diablillo que yo he ido criando como puedo. ¿Hermanos? no, no
tiene a dios gracias. El no se puede acordar de los padres porque
era apenas un bebé. -
¿Y que hace con el dinero que pide a los turistas? - pregunté. -
Vaya usted a saber. ¡Vaya usted a saber!- la vieja se
incorporó en la mecedora y me apuntó con un dedo
sarmentoso.- Lo que sucede, es que los hijos de la revolución no
saben lo que tienen. ¡Mi madre era esclava! El desgraciado de mi
hijo se fue a malvivir allá como malvivía acá, que no había
quién lo hiciera trabajar. Pero este niño estudia y va a seguir
estudiando. Y es prieto. Como yo. ¿Dónde se vio? ¿A ver? - Hay mucha gente en Cuba, sobre todo jóvenes, que no tienen la menor idea de lo que es vivir en una sociedad capitalista. No saben compañeros, no saben lo que tienen -
dijo el de las gafas. CANCION
EN HARAPOS “cuantos
colores cuantas facetas Juancho
había ido a Salasaca para consultar con su taita. Su pueblo
estaba, aún, enclavado en el mismo vallecito en el que el Inca
había mandado, cuando desde el Coyasuyo, sus ejércitos habían
llevado a los tejedores salasacas hasta el reino de los quitus,
para que enseñaran su arte a los alfareros. Llegar
a la casa, era, una corta caminata por calles de piedra desde la
carretera y otra un poco más larga por un sendero, casi un socavón,
que ineludiblemente conducía a la entrada de la vivienda que alta
en la ladera, dominaba todo el valle. Se
detuvo un momento a la vista de la casita. Su hermana Rosa subía
por la ladera con un inmenso atado de leña a la espalda, seguida
de cerca por sus dos niños. La frente cruzada por el rústico
tejido del lío que sostenía la carga, se esforzaba ladera
arriba. La mano derecha ignorante de la hazaña, sacaba lana de
llama del vellón anidado en su delantalcito mientras la
izquierda, hacía girar rápidamente un palito que la hilaba en
una madeja pelusona. Juancho se acercó despacio y saludó con una
sonrisa que ventiló una corona de grandes dientes amarillentos.
El poncho negro no había sido casi tocado por la polvareda del
camino, pero el pantalón blanco, normalmente impoluto y sus pies
con sandalias estaban grises. Hacía días que no llovía, dijo la
Rosa. La
bulla que metieron los niños alertó a doña Manuela y en un
momento el recién llegado florecía de gente. La visita del
primogénito siempre era fiesta. -
El loco estudiaba abogacía en Quito– dijo la Bermeja
repatingada en el sillón de caña de la sala de su casa, llena de
gente, amigos, compañeros- ¿Se imaginan? De poncho y sombrero en
la facultad. Es curiosísimo. Se reconoce a los diversos grupos
indígenas más por la vestimenta que por otra cosa. Y un salasaca
sin poncho y sombrero pierde la identidad. Don
José, sin dejar de dibujar retazos de la historia de su pueblo en
el telar, siguió con la vista el parsimonioso proceso de saludo
en el que se sumergió Juancho al llegar a la casa paterna: una
mirada honda, una palabra dulce, a cada hermana, cada sobrino,
cada cuñado, a Doña Manuela, especialmente a ella. -
A comer cuye y a beber chicha- había dicho don José cuando
Juancho se acercó, las sonrisas
acunándole los ojos a uno y contándole arrugas sin prejuicios al
otro. – El hijo viene poco– la justificación dicha como a las
paredes, para suavizar probables comentarios de doña Manuela
sobre la chicha y sus resultados. -
Lo más interesante es que en Salasaca, era uno de los dirigentes.
Junto con otros dos, habían convocado a todo el pueblo a discutir
la oferta de los habitantes de la selva, de cederles 30.000 hectáreas
de su territorio para establecerse. Parece que Salasaca les estaba
quedando chico. Los terrenos de los abuelos, que ellos llaman
fundos, daban para criar una vaca, unas gallinas, unos conejos y
plantar maíz. Eran chacritas de dos o tres hectáreas. Pero se
habían ido dividiendo entre los hijos y los nietos y ya eran muy
pequeñitas para dar de comer a una familia. Cierto que muchos se
habían ido para la ciudad, como Juancho, pero la población crecía
muy rápidamente y la tierra era siempre la misma – la Bermeja
se levantó del sillón para ir a servirse otro whisky. -
¿Pero cómo es eso de los habitantes de la selva? – preguntó
alguien a espaldas de la Bermeja. -
Resulta que los indios de la amazonía ecuatoriana, organizados
junto con los salasacas, los otabaleños y otras etnias en la
coordinadora de naciones indígenas, conie o conaie o algo así,
le habían ofrecido a sus hermanos de la montaña, una enorme
extensión de selva, que ellos no ocupaban. -
¿Y cuánto vale una hectárea de selva?. ¿A cambio de qué se
las ofrecían?– preguntaba Santiago, un agente inmobiliario,
amigo del esposo de la Bermeja. -
¡A cambio de nada! Sólo porque ellos la necesitaban. Y andaban
en mudar un grupo de parejas jóvenes a la selva para hacer el
intento. Es increíble ¿no? – la gente atendía con fruición
los detalles de la historia. La América indígena estaba tan
lejos culturalmente, que parecía un viaje a otro planeta. -
Che, sirvansé, no les voy a estar sirviendo a cada uno ¿no?–
mandó la Bermeja. Juancho
hablaba con su padre en el quichua de sus abuelos. El primer día,
limpiando y asando los cuyes, comiendo y bebiendo, se fue en
contar como estaba su mujer y los hechos y dichos de cada una de
las nietas. Doña Manuela trajinaba alrededor de los hombres,
sirviendo un potaje, un vaso de chicha, trayendo leña para el
fuego en el centro de la cocina, aplastando el maíz en un
morterito de piedra, como si no estuviera interesada. Cuando los
hombres se acostaron siguió un rato más, poniendo en remojo los
pantalones de Juancho y Don José, sustituyéndolos con otros,
relucientes. Juancho
se levantó, muy temprano. Don José apretaba la prensa de madera
que oprimía las múltiples capas de lana que iban a conformar un
sombrero salasaca. Su taita era de los pocos que quedaban
conocedores de esa técnica ancestral. Hacía dos sombreros por año.
La lana se prensaba con una savia vegetal gomosa, que al secar se
endurecía. El sombrero quedaba duro, sólido, como blindado. Juancho
se acercó al fogón y se sirvió en un cuenco de madera, un poco
del potaje, donde unos inmensos granos de maíz se adivinaban,
deliciosos, flotando en un caldillo turbio que sabía a cebollas,
habas y yuca. Bebió en silencio del caldo y comió su maíz hasta
que Don José completó su tarea. Siguieron
la charla, sentados en el escaloncito de tierra de la puerta,
mirando las inmensidades, brumosas en la madrugada, como si las
vieran por primera vez y Juancho encontró el momento para
explicar su necesidad, para consultar con el anciano una decisión
que le era trascendental. –
¿Se acuerda taita?– había dicho– ¿de ésta gente blanca que
vino y apadrinó a la Nina Pacari? Don
José, por supuesto se acordaba. ¿Cómo no acordarse, si su nuera
y su hijo habían entregado a su nieta a los blancos? -
Yo no podía creer– siguió la Bermeja después que se aquietó
el ajetreo de los tragos- pero cuando fuimos a Salasaca al
bautismo, los vimos jugando al voleibol, también de poncho y
sombrero. Con una red altísima. Y por supuesto eso que jugaban y
el voleibol no tenían nada que ver. Pero ellos de lo más
contentos. La
reunión se divertía con las anécdotas. -
Ahí– prosiguió la Bermeja- nos enteramos por el Rumiñahui,
uno de los dirigentes, que cuatro años atrás había aparecido un
ladrón. Y no se sabía quién, pero entre varios, lo habían
apaleado hasta matarlo. Cuando la policía vino a averiguar, la
declaración común, fue que el matador había sido el pueblo.
Todo. Desde entonces no había habido más ladrones. Ellos tienen
un código de moral basado en algo así como los mandamientos,
pero que son tres: no robarás, no mentirás y no serás haragán.
Y con eso funciona la comunidad. Y funciona. -
La madrina encontró el nombre para su nieta más chica– Juancho
pasó la botella de chicha al viejo después de endilgarle un buen
trago. Asintió
don José. Había encontrado sí. Eso era raro. Huayanai había
dicho. ¿Y de donde había sacado esa mujer grande y de pelo rojo,
ese nombre que era de ellos?. Habían
pasado seis meses buscando nombre. Hasta había venido su hija
mayor desde las islas, a ayudar. Y sin embargo, lo había
encontrado esta mujer. Extranjera. Blanca. Raro sí. -
Y bueno taita, la mujer y yo hemos pensado que la Nina Pacari se
vaya. Ya no podemos alimentar a las tres niñas. Está muy duro.
Pensamos que la Sisa Manuela ya tiene diez años, esta muy mayor
para cambiar así de vida. Y la Huayanai es muy pequeñita. Pero
la Nina Pacari puede requerir a sus padrinos. Está en un buen
momento de su crecimiento. Tiene todo lo que tiene que tener de
nuestro pueblo. Puede ir a los blancos. -
¿Y como fue eso del apadrinamiento?– preguntó uno. -
Nada. Que nos pidieron que le saliéramos de padrinos a una de sus
nenas que aún no estaba bautizada y les dijimos que sí. Fue una
experiencia bárbara. La nenita se llamaba Nina Pacari, que en
quichua quiere decir Amanecer del Fuego. Y para ellos es un nombre
muy significativo, un emblema del renacimiento de la América indígena,
como decir, la Revolución para nosotros. Es un símbolo muy
fuerte. Nos dijeron que durante mucho tiempo los chamanes han
trasmitido boca a boca los secretos y las esperanzas de sus
pueblos. Y ahora parece que consideran que ha llegado el tiempo de
retomar su antiguo poderío. A ese resurgir, a ese avefénix vernáculo
lo llaman Amanecer del Fuego. Y le endilgaron semejante
responsabilidad a nuestra ahijada. Así que fuimos a Salasaca,
conocimos a los padres de Juancho; comimos cuises, que ellos les
llaman cuyes. Riquísimos. -
Tú hablas muy complicado Juancho – dijo don José.
-¿Porqué no traes a la Nina a Salasaca? Tu madre y tus
hermanas la cuidan. Aquí no le falta. -
Y después fuimos a la iglesia. Estuvo buenísimo porque el cura,
también de poncho debajo de la ropa de trabajo, me miró con cara
de culo y me espetó: ¿promete educar a la niña en la fe
cristiana?. A lo cual sin que se me moviera un pelo contesté: -
Padre, soy madrina de varios niños. Y el loco dice…: Espero que
sea verdad. La Bermeja sonrió, luminosa por la travesura: - No me
creyó nadita. -
Yo tampoco te hubiera creído– apuntó una entre risas. -
Además parece que allá el padrinazgo es algo muy serio. Los que
salen de padrinos de casorio por ejemplo, tienen la
responsabilidad de velar por el buen funcionamiento de la pareja,
hasta el punto de que si el marido casca a la mujer, el padrino
caza un palo y va y casca al marido. -
No taita– esta gente es buena gente. Es importante que les demos
a la Nina. Es como si labráramos otro futuro. -
¿Pero qué futuro Juancho?– Don José meneaba la cabeza mirando
con tristeza vieja el suelo.- ¿Con costumbres extrañas, entre
gente extraña, sin sus padres, sin sus abuelos? -
Pero taita, no se trata sólo de un futuro distinto para la Nina,
¿no me entiende? Además no son gente extraña. Son sus padrinos.
La Rosario y yo les explicamos bien, en español, qué quería
decir eso para nosotros. Y también qué carga llevaba ese nombre
a la espalda, que significaba para nuestro pueblo. Y ellos
aceptaron. -
El asunto es que pasamos un fin de semana fenómeno. Después nos
regalaron unos tapices lindísimos. Miren, los colgamos ahí
arriba. ¿No son impresionantes?. Con todos esos pájaros y esos
bichos raros que parecen mitológicos ¿no? -
¿Pero un tapiz así no les costaba mucha guita a ellos? –
preguntó Santiago. -
¡No!, bueno, sí; pero nosotros les habíamos prestado guita para
que Juancho siguiera sus estudios. Tenía que pagar una matrícula
de la universidad. Así que más o menos salíamos empatados. -
Además – dijo Juancho – son gente de izquierda. -
¿Y eso que es? – preguntó Don José. -
Mire taita, dentro de los blancos hay gente de derecha y gente de
izquierda. Nosotros es como si fuéramos todos de izquierda. Así
que es como si fueran nosotros. -
¿Y nunca más supieron de ellos?– se interesó una compañera.
– Les deben dar ganas de volver a verlos ¿no? -
Mirá, en realidad, les prometimos volver para cuando Juancho se
recibiera, que si seguía al ritmo que iba, sería para diciembre
del año pasado o algo así. Pero andá a saber. Además con la máquina
en que estamos, entre el trabajo, la militancia y todo, no da ¿viste?. -
¿Y entonces?– Don
José oteó al hijo desde su melancolía. -
Vamos a esperar– Juancho miró a su taita con determinación –
ellos prometieron volver. -
En síntesis– la Bermeja hizo una pausa y por sus ojos verdes
pasó leve, un amago de nostalgia - fue una experiencia
alucinante. SANTIAGO
DE CHILE allí
yo tuve un odio una vergüenza Al
Rata no le gustaba que lo torearan. Cuando
la Yamila se le acercó, contoneándose, midiéndolo con descaro y
lo retó a ver quién aguantaba más en el Hotel, estuvo a punto
de echarla. Pero la Yamila, recién llegadita a la banda, estaba
muy buena. Y lo buscaba. Se iba a armar lío con la Socia, pero
bueno, eso ya era cosa de mujeres. Sin embargo al Rata no le
gustaba que pusieran su liderazgo en
duda. -
Yo los aguanto más que vos- había dicho la Yamila. -
Seguro - contestó el Rata- te hacés dar por todos los machos del
hotel. -
No te hagás el piolón. Aguanto más que vos zafando. -
¿Y si no qué me das?- le sonrió el Rata, lascivo. El
sopapo en la oreja le llegó de atrás. La Socia no aguantaba
nada. -
No te hagas el coso vo - dijo la Socia. -
Pará che que te amasijo - el Rata se dio media vuelta amenazando
a la Socia con el puño. -
Sí papito - dijo la voz de la Socia mientras sus ojos y su navaja
negaban. -
Bueno ¿y?- agitó la capa la torera. El
Rata miró a la Socia, encaró a la Yamila y - ta. Si aguantás más
te dejamos quedarte, si no, dejo que la Socia te cague a trompadas
y te vas. -
¡Opa! ¿Qué te pasa che?- la Yamila lo miró burlona, mirando a
la Socia por sobre su hombro - ¿De veras no me querés en la
banda?. ¿O le tenés miedo a ésta?. La
Socia permaneció inmutable. -
Mirá, vamo a darlo vuelta. Si aguanto más que vos, quiero un
mano a mano con la Socia, a navaja. Si no, me voy solita. ¿Como
la ves? El
Rata por un momento se vio, pateando a la Socia. No estaba muy
seguro de que le fuera a ir mejor con la Yamila. Pero estaba
buena, muy buena. La
Socia sonrió, tranquila: - ¿qué te pasa guachita, querés
quedar de jefa querés? ¿Y si te ganás la punta ahora? ¿sin
carreritas por medio? - dijo acariciando la navaja. -
Aguantá- dijo el Rata. - Ta bien. Ta bien. Vamo a darle. Yo voy
primero, así te doy ventaja. -
Manso- ordenó. El
Manso vino, despacio, acomodando su corpachón en cada paso. - Ponete la mano en el bobo y contá cuánto estoy adentro ¿ta?. -
Ta - dijo el Manso llevándose la mano al corazón. -
Pero empezá a contar cuando se abran las puertas. Al
Rata le quedaba la peregrina sensación de que la sorpresa le daría
ventaja. Cuando entrara la Yamila la estarían esperando y la
cazarían de primera. Se
paró delante de la puerta automática del Holiday Inn. Miró al
Manso y le hizo una seña con la cabeza. Cuando la doble puerta se
abrió, salió disparado hacia las escaleras y logró escabullirse
del botones que le tiró unos manotazos para agarrarlo. Siempre
corriendo llegó hasta el cuarto piso y se escondió detrás de
unas plantas que adornaban el rellano. El
ascensor pasó, rumbo al último piso y se oyeron pasos en la
escalera. Seguro que querían agarrarlo entre dos. El
que venía por la escalera pasó jadeando hacia el quinto y el
Rata se escabulló despacio por detrás, pero no pudo evitar que
el hombre se diera cuenta de la maniobra. Lanzados
ambos escaleras abajo, el Rata se dio de bruces con un mozo del
bar que se había acoplado a la persecución y con el envión
cayeron ambos al suelo. Una estirada en palomita del botones
terminó con la prueba y entre los dos llevaron al Rata en vilo
hasta la recepción y lo pusieron en la calle, procurando no armar
mucho bullicio. Mr.
Smith tomaba un Tom Collins en un costado de la barra y
practicando su español de manual preguntó al despeinado mozo por
el incidente. -No
se preocupe - dijo el mozo - son travesuras de los niños de la
calle. PAULA yo
sé de las miles de suertes que corren El
medio mundo se hundía en la mar con la retirada de una ola y se
elevaba raudo cuando entraba la siguiente. El
viento silbaba finito entre el entramado de tanza cuando el enorme
aro enmallado salía del agua, ora cargado de pececitos plateados,
ora liviano, sólo espuma y desesperanza. La
pampereada dejaba pocas opciones. Estar
en la punta del muelle, cinchando la larga caña en cuyo extremo
oscilaba la némesis de majugas, era en sí un tremendo riesgo.
Las montañas de agua se apresuraban unas sobre otras, vorazmente,
espumeando y tronando contra los pilares del muelle, frágil
baluarte ante aquella afrenta. Las olas estallaban en lluvias que
el viento dispersaba y distribuía justiciero mojando el granito
rojo de los peñascos costeros y al solitario pescador. Ricardo,
impasible, ajeno al riesgo, elevaba y bajaba el medio mundo
recogiendo la magra pesca en un balde roto que reunía democráticamente
pejerreyes, parguitos, sargos y roncaderas chiquitas en una
mescolanza coleteante y silenciosa ya que el sordo rezongo de las
roncaderitas era apagado por el ulular del viento y el fragor de
la mar. Cuando
tuvo demasiado frío, recogió sus cosas y desanduvo el corto
trecho hasta la casa. Estaba empapado y su indumentaria era en
extremo inusual para la labor. Iba de saco y pantalones de vestir
de edad indefinible, camisa de nylon, buzo de lana y zapatillas de
tela. Sin medias. Su casa era un ranchito de bloques y latas
construido sobre una roca recostada contra el murallón de la
rambla. Un cactus que asomaba por sobre el muro, señalaba el
lugar para quien lo buscara ya que desde la calle no se veía,
circunstancia ésta que había habilitado la posibilidad de
distracción voluntaria de los inspectores municipales que hacían
vista gorda con la obvia infracción del reglamento de edificación
costera. El
ranchito constaba de una sola habitación. La cocina era un fuego
sobre la roca; el baño,
mar y arena. -
¿Había?- preguntó María alzando la mirada que había estado
perdida en algún punto del suelo. Negó
Ricardo con la cabeza mientras dejaba el balde con dos puñados de
pescaditos a un costado. Tiritando
entró al rancho, se desvistió, dejando la ropa hecha un
montoncito en el suelo y empujando a una de sus hijas se metió en
una de las cuatro camas que poblaban la pieza como todo
mobiliario. La
niña refunfuñó y lo pateó defendiendo el escaso calor logrado
con la cobija de arpillera doble rellena de diario. Pero Ricardo
apretó su cuerpo helado contra el calorcito de la niña y soportó
estoico la lluvia de pataditas, empujones y cabezazos que se
fueron extinguiendo ante la inevitabilidad de la invasión. María
entró y se sentó en otra cama tomando en brazos a la más
chiquita que se desgañitaba llorando de frío y de hambre. La
apretó contra su pecho seco y le limpió un poco los mocos con el
revés de la manga. -
No tengo leche - dijo. Ricardo,
como sin oírla, apretó los ojos para dormirse rápido. Se
levantaba muy de madrugada y siempre echaba una siesta matinal
antes de salirle al día. Después
del mediodía el Pelusa se asomó por encima del murito: - ¿hay
carnada?- inquirió. María
señaló con la cabeza el baldecito. -
Bueno, dámela - se compadeció el Pelusa. -
Tomá- le pasó veinte pesos a María que se los guardó en el
corpiño como había aprendido a hacer en el quilombo. El
Pelusa le sonrió y meneando la cabeza enderezó para el puertito.
A los 5 metros se dio una palmada en la frente, volvió y preguntó:
- ¿está la Paula? - María
asintió y llamó a la niñita que salió del rancho. El Pelusa se
inclinó sobre el muro y le tiró una muñequita de trapo que
llevaba en una bolsa de plástico. - Para vos - dijo. Los
ojos de la Paula por un segundito se iluminaron, pero volvieron
luego a la apatía habitual de la idiotez. -
¡Agarrala!- urgió el Pelusa. -¿Cómo le vas a poner?. La
niña lo miró, como desde lejos. -
A la muñeca - insistió el Pelusa. - ¿Qué nombre le vas a
poner?. -
Paula - dijo la niña, mientras se inclinaba a recoger la muñequita. El
Pelusa desmontó del muro y se volvió a encarnar palangres para
la calada de la tarde. Ricardo
volvió al rato con una bolsa de basura, llena de mendrugos de pan
y restos de verduras que le habían dado en las cocinas de los
restaurantes. Las
tres niñas mayores se abalanzaron sobre la bolsa y disputaron los
pedazos más blandos de los mendrugos de pan mientras María
preguntaba: - ¿leche?. -
No hay - respondió el hombre y se sentó a reparar con tanza y
aguja los desgarrones de la malla del medio mundo. El
dos de febrero es día de Yemanjá. El
primero había habido una furibunda tempestad del Oeste. Las olas
habían batido incontenibles contra el murallón de la rambla,
saltando por sobre la calle, mojando de sal y espuma a los autos
veraneantes. Las barcas fueron subidas de apuro, lo más alto que
se pudo, pero igual la mar se había llevado a la Loli y la había
hecho pedazos. Los
pescadores que vivían de esa barca tendrían que poner muchas
ofrendas para traer la gracia de nuevo a sus casas. La
tempestad había sido muy fuerte. Pero como siempre, el día de la
diosa amaneció calmo. Y una brisita fresca del sur auguró una
semana de tranquilidad. El
Pelusa ayudó todo el día en los preparativos de la fiesta y de
tardecita se fue a buscar a la Paula. A la niña le gustaba el
fasto del culto, las velas, la barquita llena de ofrendas y
pedidos, los cantos rituales, el gentío. El festejo de Yemanjá,
era una de las pocas cosas que lograban sacarle una sonrisa. Cuando
llegó al cactus, buscó en vano con la vista entre la mugre y los
desechos que habían dejado las olas del día anterior alrededor
de la casita. Llamó y los ojos lejanos de María asomaron y se lo
quedaron mirando desde el vano de la puerta. – Se fue - dijo. -
¿Y donde está? – insistió el Pelusa. Se
encogió de hombros María, haciendo con la mano un gesto vago
hacia el horizonte. El
pescador se volvió, caminando despacioso, hacia el muelle donde
se preparaba la fiesta de la santa. Cuando
el pai Joaquim, que oficiaba la ceremonia se metió al agua a
empujar el trozo de madera de balsa que soportaba las ofrendas,
mucha gente se metió con él. El Pelusa el primero. Era buen
nadador y ayudaría a llevar la barca iluminada bien lejos, para
que Yemanjá la acogiera en su seno recibiendo los regalos de los
fieles. EL patrón de la Loli nadaba del otro lado, silencioso,
esperanzado. La
mano derecha del Pelusa se aferraba a la madera y la izquierda
remaba bajo el agua, alejándolos de la costa. En
el ángulo que formaba su cuerpo con la barca, quedó atrapada por
un instante, la Paula, que flotaba con el pelo desmadejado y los
bracitos abiertos en cruz. El Pelusa, en la oscuridad, apenas notó
el roce y cuando hundió el brazo poderoso en el agua, la Paula
zafó y se perdió en la nada de la noche en la mar. EL
VAGABUNDO DEL ESPACIO Conozco
un vagabundo del espacio -
¿Vos crees en algún dios?- preguntó Ricardo pasándole la
botella al veterano. El
viejo lo miró turbio, tomó un largo trago de caña sin dejar de
mirarlo y finalmente se quedó cabizbajo, con una mueca sugerida
apenas que podría haber sido una sonrisa algunos litros de
alcohol atrás, pero que a la luz mortecina de la fogatita, parecía
sólo cansancio. -Yo
compongo mundos- dijo quedo. Ricardo
acomodó la espalda contra el murallón mugriento y espió al
viejo, esperando. La
cañada rumoreaba, crecida por las lluvias; pero no era el cantar
saltarín de un arroyito de montaña, sino el bramar sordo de la
corriente que arrastraba desperdicios humanos: latas, botellas, pañales
descartables, indescriptibles cúmulos de fetideces, manojos de
trapos enredados en ramas, una sombra de heroicos camalotes que
sobrevivían en ese miasma infecto. El puente que sorteaba el
reino de lo nauseabundo, amparaba a los amigos del viento fresco
del otoño. El
viejo empinó la botella mediada y dijo solemne: - mundos con
gente y eso. Ricardo,
no siempre había sido linyera. Entre las brumas del vaho etílico
había un profesor de secudaria, una mujer y unas hijas que
murieron en un accidente de auto provocado por él, que manejando
borracho había cruzado la barrera del tren sin mirar. El
tren aplastó la mitad trasera del auto, donde viajaban las tres.
Ricardo sólo recibió algunos golpes y terminó en la cárcel, de
donde salió hecho la piltrafa humana que discutía con el viejo.
Pero el viejo, según gustaba contar, siempre había sido
vagabundo. -
A veces, me gusta inventar vida. Lo bueno es el tiempo. Hay
tiempo. Yo voy poniendo cosas, plantas, animales y para ellos el
tiempo pasa distinto. Crecen, se reproducen, vuelven a la tierra.
Y todo bajo mi mirada. -
Eso es delirio alcohólico. -
Será, pero son reales. Lo malo, es que cuando se me pasa,
desaparecen. -
Lo bueno, es que como siempre lo retocás, no se te pasa. El
viejo lo miró risueño. – Ya me pasó un par de veces. Se me
fue el pedo y desapareció todo. Por eso lo retoco. Ricardo
entresonrió y le pegó otro besito al pico de la botella. -Ta
bueno eso de ser dios. -Ta
– dijo el viejo – pero jode no poder reformarse. -
¿Y porqué no podés? Los
ojos del viejo descendieron sobre Ricardo con una intensidad que
lo asustó un poco. Se pasó la mano por la frente como borrando
cosas. -
Vos no creés. No importa. Pero es así. Si se me pasa, se van. El
viento de la noche le hizo una finta al fuego y las llamas se
elevaron para abrazarlo. -
La última vez fue cuando los dinosaurios – dijo el viejo. LO DE MÁS con
tu cuerpo La
mezcla de rabia e impotencia, la habían hecho llorar mucho
rememorando el momento de la tontería, de la temeridad enraizada
en el impulso de ser más audaz que sus compañeros de expedición. Renata
se había internado en los vericuetos de la maravillosa caverna,
sorteando columnatas de coral que a la luz de su casco, difuminada
apenas por la limpidez del agua del atolón, abrían y cerraban
senderos poblados de increíbles relámpagos de color, que se iban
haciendo más desvaídos a medida que se internaba en la
oscuridad. El
aspecto de ese sendero submarino en particular, la había
sorprendido por la profusión casi ordenada de las formaciones
coralinas que se iban convirtiendo en un túnel que subía y se
estrechaba. Después, todo fue muy rápido y muy estúpido: el
tubo de aire de respaldo que se atora y se rompe en una horquilla
de rocas, ella que se da vuelta rápidamente al sentir el tirón,
rompiendo en el acto el tubo principal contra otro coral filoso.
Entonces, el pánico de saber que hacia atrás no hay aire para
volver y que hacia adelante solo hay la esperanza remotísima de
una salida, la decisión de avanzar, todo en una fracción de
segundo. El túnel ascendente que se prolonga, el aire agotándose
en los pulmones, la percepción casi inconsciente de que el agua
cambia de temperatura, se calienta. Después, su cabeza que choca
contra una roca y rompe la lámpara del casco con lo que deja a
Renata en una oscuridad absoluta primero y un misterioso
resplandor rojizo más tarde. La convicción de la muerte
inevitable, la desesperación, que la lleva a abrir la boca para
tragarse todo el océano Pacífico y el asombro de asomar a la
superficie en el momento justo y llenar sus pulmones de un aire
picante, caliente, pero aire, aire, aire. Renata
había flotado un rato, respirando agitadamente; se quitó la máscara
tratando de acostumbrar la vista a la penumbra imperante, hasta
que divisó rocas emergidas. No
pensaba nada; su cuerpo actuaba por su cuenta. Nadó hasta el
borde rocoso y se desembarazó de los tanques de oxígeno y las
patas de rana, dejándolos sobre la roca, por la que trepó, hasta
la pequeña atalaya donde ahora se encontraba. Después,
se había puesto a llorar. Ahora
sus ojos deambulaban por el pequeño universo que ocupaba,
irritados por la sal, pero ya acostumbrados a la media luz. Estaba
en una caverna submarina. No muy grande. El techo se perdía en la
oscuridad y el resplandor parecía venir del agua. Hacía mucho
calor. De alguna parte del techo, caían gotas de agua, que mantenían
húmedo el piso. Renata
se puso de pie y sofocada se quitó el traje de neopreno. Una
exploración por el entorno, le mostró que estaba en una
plataforma de roca de aspecto volcánico. Pensó que probablemente
se hubiera metido en las entrañas de una fumarola; o por lo menos
en algún pasaje lateral con salida al exterior que proveía de
aire respirable. Al mismo tiempo se percibía una mezcla de otros
gases que la mareaban un poco. La pared de la plataforma era
inclinada y permitía trepar a otra superficie plana, más pequeña,
como a dos metros de altura sobre la primera. Descubrió, pegados
a la pared, lo que parecían racimos de huevos de algún animal
marino. Esto la hizo pensar que probablemente subiera la marea
dentro de la caverna y decidió trasladar su equipo a la
plataforma alta. Una vez allí, se puso a revisarlo para evaluar
si se podía reparar, pero el destrozo había sido mucho.
Obviamente sus perspectivas eran malas. Sus compañeros la buscarían,
pero en el laberinto de túneles, les llevaría mucho tiempo
encontrarla. El miedo mantenía sus sentidos al límite, cada
nervio a flor de piel. Otra gotita cayendo sobre el dorso de su
mano desnuda, la hizo pensar que si era agua de condensación, tal
vez se pudiera beber. Puso la máscara en el lugar de la gotera y
se tiró sobre el traje de neopreno a esperar que el improvisado
recipiente juntara agua suficiente como para un sorbo. El calor
ahogaba y la sed empezaba a notarse; el aire acre y raro la
embotaba y hacía que el tiempo pasara elongado, pegajoso. El
conteo de las gotas que caían en su visor submarino la sumergió
en un sopor espeso, del que salió para descubrir con júbilo que
la máscara estaba llena de agua y que se podía tomar. Bebió
ansiosa ya que el sueño y el calor habían aumentado mucho la
sequedad de su garganta. Tal como había previsto, la marea había
subido cubriendo la plataforma baja, de modo que para refrescarse,
se quitó la malla y bajó poco a poco por la pared empinada hasta
estar completamente dentro del agua que resultó mucho más
caliente de lo que recordaba. Nadó hasta un promontorio rocoso a
pocos metros de su plataforma y en el momento que se asía a él,
sintió un roce, como de algas, en la pierna izquierda.
Involuntariamente la retrajo, pero algo de textura sedosa le cubrió
el pie y empezó a avanzar produciéndole un leve cosquilleo eléctrico.
Al principio se asustó. Soltó una mano de su asidero y se la pasó
por el muslo. Era como si allí, el agua fuera más espesa sobre
su piel. Su mano también quedó cubierta de esa sensación de
cosquilleo y cuando la sacó del agua mostraba, como propio, el
leve resplandor rojo circundante. Renata no entendía de qué se
trataba, pero la sensación de cosquilleo se iba extendiendo
lentamente por su cuerpo, como si miles de pétalos infinitamente
pequeños, la acariciaran poro a poro. Renata permaneció
expectante, con una mezcla de miedo y deseo, esperando lo que seguía.
Cuando las cosquillas llegaron a tocar su sexo abierto en flor y
sin detenerse pero de a centímetro lo cubrieron por completo, se
mordió el labio inferior, cerró los ojos, apretó las piernas y
las flexionó, tratando de aprisionar en el gesto, las sensaciones
que se le agolpaban. El movimiento, abrió camino a la invasión,
que tomó por asalto el perineo y continuó hacia arriba, penetrándola
como una deliciosa picazón. Su mano derecha se soltó de la roca
y recorriendo con las uñas el borde de su pezón izquierdo fue a
su seno derecho oprimiéndolo y descubriendo que eso hacía más
intensa la sensación de cosquilleo, convirtiéndola en una
vibración que parecía llegar a cada célula de su cuerpo. El océano
se le metía, temblando, por cada fibra muscular, dándole placer
a cada milímetro de su piel. Parecía entrar hasta sus huesos.
Jamás había sentido algo así. Su mano siguió su recorrido,
bajando morosa por su costado y extendiéndose, atrás por sus
caderas, hasta que su cuerpo flotante sintió, como si fuera
ajeno, su dedo mayor acariciando circularmente, provocando, dando
y quitando, a una anémona que latía pidiendo ser distendida. La
caricia, siendo alivio de comezón, levísimo ardor, era sin
embargo, ella misma reconociéndose; pero las breves punzadas eléctricas,
semejaban pequeñísimos lamidos, del rojo brazo de mar que le
estaba haciendo el amor a todo su ser. No
uno sino dos de sus dedos entraron en Renata, abriendo nuevas
brechas al placer. El primer temblor, le subió desde las plantas
de los pies, agarrotando pantorrillas y muslos como una erupción.
Su boca se abrió, buscando un aire que sin embargo, se detuvo en
su garganta atenazada y que cuando logró penetrar sus pulmones,
fue para salir en un gemido, que repicó en las paredes de la
caverna, repitiéndose en los oídos de Renata, haciéndola sentir
en medio de una multitud. Pero la subida a la cima, sólo la llevó
a que soltándose de la roca, nadara hasta la plataforma, sobre la
que volteándose boca arriba, recostó la nuca como todo punto de
apoyo y liberó sus manos que como un torrente, bajaron por su
vientre y en una arrolladora ola de desenfreno, rozaron,
pellizcaron, penetraron, calmando y potenciando al mismo tiempo la
violenta necesidad de satisfacción que le había crecido desde lo
más hondo. Un arcoiris súbito, una nova, nacieron desde el fondo
de su cuerpo y explotaron una vez y otra, en el agua y el aire
extraños, rojos y calientes, llenando la caverna de ayes de amor,
que perturbaron hasta los basaltos de su estructura. Se
durmió donde estaba, después del último estertor, la bajante
apoyando pausadamente su cuerpo sobre la roca, mientras el agua se
escurría lánguidamente de su piel. El
ruido de voces la llevó a despertar apenas, cuando soñaba con pájaros
con labios rojos que sedaban su piel a fuerza de alas y de besos. Los
buzos la encontraron magníficamente desnuda, con una sonrisa leve
en los labios, emitiendo un tenue resplandor rojo. LA
VERGUENZA más
de una mano en lo oscuro me conforta -
Mire - dijo la señora - discúlpeme, pero yo no puedo seguir sin
cobrar. Y no quiero recurrir a la policía. Usted tiene que
pagarme o irse. Ana
sintió que la palabra le pegaba en el pecho. Ya no le daba miedo.
Pero era como tomar ajenjo. Miró
la pieza sin ventanas que había sido su madriguera los últimos
meses: el catre revuelto, el fogoncito, los bancos y la mesa a la
que se sentaban con la dueña del cuchitril, el cajón con trapos
que le oficiaba de ropero, la lampara turbia que colgaba de un
retorcido cable
blanco cagado por las moscas.
Se levantó y se fue, sin decir nada.
No es esta vieja el enemigo pensó Ana, mientras enfilaba
hacia un bulevar cercano. Sus
cincuenta y pico parecían setenta en el andar desbalanceado de
sus pies con quebraduras mal soldadas. Pero sus ojos azules hervían,
enmarcados en una tez cobriza, casi se diría aindiada si uno
juzgaba por la nariz abundante y ganchuda. En el puño izquierdo
un anillo con una abeja primorosamente labrada, en el derecho el
bastón que la ayudaba a caminar. Se
sentó en el pasto del cantero central del boulevard, la espalda
apoyada en un arbolito magro que ni sombra daba. Un suspiro hondo
dio cuentas de las muchas derrotas que iban cercándola, empujándola,
acorralando su voluntad. Ana
se durmió, acompañada apenas por el sol mortecino de mayo y un
chingolo insolente que picoteaba insectos a su vera, al alcance de
su mano. El
frío del atardecer la despertó y el primer pensamiento que la
asaltó fue: resistir. Los años de prisión habían estado
signados por esa palabra que era verbo y sustantivo, que era
actitud, accionar y espíritu. Una vez en la calle, sus padres
fallecidos, su hermano muerto en una acción fracasada, sin hijos,
fue deambulando por los amigos, los compañeros que le iban
quedando. -Tenemos
que rearmar todo, hay que volver a empezar, desde el principio -
decía Ana. Y los ojos la miraban con tristeza, las cabezas
negaban. Le daban cobijo y consejo algunos días, pero después
venían los planteos de defensa de los espacios familiares, de
solidaridad versus reciprocidad. -Tienes
que trabajar- decían - buscarte algo, aunque no sea de maestra,
aunque no te restituyan; de algo hay que vivir. La vida esta dura,
nosotros no podemos – los ojos que explicaban buscaban el suelo
- tenemos muchos gastos. No
entendían. Hay que luchar. Vamos a tomar el poder y a cambiar
todo, a hacer la reforma agraria, a nacionalizar los bancos. No
pagamos más la deuda. Que se vayan los capitales, no importa, les
decía. Vamos a trabajar la tierra, a mudar la gente al campo, a
hacer cooperativas. Cuando
la judía Rebeca, su compañera de tantos y tantos avatares le
dijo: - tú estás mal Anita, ¿porqué no te haces ver?, Ana
decidió que no tenía que buscar más entre los compañeros, que
si había que empezar desde cero se empezaba. El
último dinero que le había arrimado un compañero, lo gastó en
un poco de pan y una lata de pintura, con la cual pintó con los
dedos, algunas consignas en la pared de la habitación que ahora
había tenido que abandonar. Resistir. Cruzó
hasta la vereda del hospital. En los tarros de basura se
amontonaban las bolsas de plástico en espera del recolector. Abrió
cuatro bolsas, vertiendo el contenido en los tachos para no
ensuciar y las cortó por el borde, obteniendo cuatro paños
grandes de nylon negro, suficientes para empezar la toldería.
El
nuevo día encontró a Ana durmiendo en el cantero, amparada del
frío nocturno por las bolsas de basura atadas con tiras del
propio nylon a dos pares de ramas clavadas en el suelo. Cuando
abrió los ojos, el breve, casi inexistente destello de desazón,
fue inmediatamente sustituido por el fulgor de la voluntad.
Necesitaba un lugar mejor. ¿Cómo se hace una revolución
empezando desde cero? Primero es captar la atención de las masas
para trasmitir el mensaje revolucionario y poner de algún modo
una tablita que pueda sostener macetas y el mensaje de la dignidad
y los derechos, con tierra negra, el mensaje de la no resignación
a los designios de los de siempre, con plantas, con vida, con tesón.
Así que, pensó Ana, lo primero es un bastión, un lugar desde
donde trabajar, que llame, que atraiga, que críe. En
el correr del día, recorrió el barrio, buscando desechos en los
tachos de basura y recogió trozos de silla, cajones, cajas de
cartón. Pero faltaban tablas. -
Mire compañero, le espetó al capataz de un edificio en
construcción, yo necesito unas tablas para hacer la central
revolucionaria y para apoyar mis macetas con plantas. Ustedes como
representantes de la clase, deben colaborar. El
hombre miró a la vieja, primero con asombro; luego, un asomo del
desdén que a veces nos supura amagó a aflorarle, pero algo en la
mirada de azul sombrío quebró su respuesta. Ana
acarreó de a una, todas las tablas que necesitaba y llevó
alambre de atar y también algunos clavos. Entre el alambre y los
clavos y una piedra del cantero, armó en el centro del bulevar,
una pared con las tablas. Pero sólo una, para parar el viento.
Debía seguir las leyes de la dialéctica. Hoy orientada así, mañana
hacia otro lado, dando frente siempre al viento. Bien apuntalada
para resistir, resistir, pero una sola. La central debía ser
abierta, a la vista de todos. No podía esta vez, caber duda
alguna sobre el accionar de ninguno de los cuadros de la dirección.
Había que empezar bien, pero es difícil barrer y mantener limpio
sobre el pasto. El
trabajo le llevó todo el día y en la tarde, descubrió que tenía
mucha hambre y estaba cansada. Pero debía forjarse. Ya había
empezado su larga caminata, ya se veía otra vuelta de la espiral
de la historia. Se durmió feliz, abrazada a una espumadera vieja
con el mango partido, que le había servido para hacer pozos en la
tierra. La
primera luz de la mañana, alumbró el perfil de Ana, haciendo un
peaje. -
Necesito su colaboración para comprar pintura - le dijo al chofer
del primer coche que paró en el semáforo. El
hombre la miró, calculando cuánto vino se tomaría la vieja al
cabo del día y le dio una moneda de dos pesos. ¿Pintura
dijiste?- se rió el conductor de un descapotable mientras pisaba
el acelerador. -
Pintura señor- explicó a todos los que preguntaron - hay que
pintar, para llamar a resistir. Al
último le dijo mostrándole todas las monedas: -¿ve? todo esto
lo recolecté para comprar pintura. Pero hoy además, tengo que
comer. -
¿Y porqué no comes con eso?– preguntó con cara divertida el
hombre del auto. -
Porque esto es para pintura. Ahora necesito para comer. Pero
por segundo día, no comió. La mañana del tercer día la encontró
pintando RESISTIR, en la pared móvil de su central
revolucionaria. Ana había decidido incluso hacer sus necesidades,
pis de momento hasta que tuviera algo que comer, a la vista de los
transeúntes y conductores. También comenzó a decorar su casa.
Con culos rotos de botellas vacías hizo macetas para sus plantas,
recogidas de los bordes de los muros. Esos helechos imposibles que
nunca crecen cuando las amas de casa se esmeran y les hablan y los
riegan y los soban. Esos que después van y crecen en los más insólitos
resquicios de un muro castigado por el sol, el viento y todas las
agresiones que uno pueda imaginar. De esos, quitados a uña y
punta de espumadera de su morada silvestre, hizo Ana con éxito,
sus macetas de plantas. Los helechos, como el capataz, no supieron
resistírsele. Pero
Ana tenía hambre y pasó a la acción. Pintó,
con su pintura roja, una pieza de cartón, que se colgó del
cuello. Decía: IMPUESTO REVOLUCIONARIO. DOS PESOS. Y
se paró en medio del bulevar, con la verde. El
primer auto la eludió, pero el siguiente no tuvo espacio y la
frenada chirrió en el relativo silencio de la mañana. -¿Qué
haces, vieja idiota?- trinó el hombre al volante. Ana,
señaló el cartel colgado de su cuello y se acercó despacio a la
ventanilla. -
Si no paga no pasa. El
hombre la miró como quien mira un fantasma. Nada le impedía
pasar ahora que la vieja había salido de adelante del auto. Pero
pagó. Veinte pesos puso. Y salió quemando caucho, a contar lo
que le había pasado. Ese
día, el día del impuesto revolucionario, Ana se dio un festín
de pan con fiambre y leche, que la llevó a vomitar, buena parte
de la noche y amanecer hecha un desastre. -
Los excesos pequeñoburgueses conducen a esto - pensó autocríticamente.
- Tengo que bañarme. Debería
subir un nivel en su lucha, captando más gente para la causa.
Definir un centro de concentración y empezar a hablar con los jóvenes.
A los viejos ya no se les podía pedir nada. Estaban derrotados y
olían a viejo como ella, que tenía que bañarse. Pero los jóvenes
entenderían. Tenían que entender. De
día no se veían jóvenes. No andaban en los autos que fatigaban
el bulevar, hacia el centro de mañana, hacia la periferia por la
tarde. Alguno, tal vez paseando perros de rico, pasaba por su
vera, mientras los perros unánimemente, le ladraban como
enloquecidos. Ana también les ladraba. Se ponía en cuatro patas
como sus críticos y les devolvía cumplido por cumplido. La traílla
se tensaba cuando el paseador de perros reculaba, apurado por
alejar a sus animales y a sí mismo de la vieja mujer-perra. Decidió
salir a caminar de noche por el barrio, porque había visto
grupitos de jóvenes reunidos sentados en el suelo contra las
paredes, a veces cantando, a veces sólo riéndose. -
Muchachos- dijo al primer grupo que encontró.- ¿Me van a seguir? El
más jefecito del grupo miró divertido a sus congéneres y después
a la vieja. - Está de más - dijo - ¿Vamos? -
¿Adónde? - dijo una muchacha. -
¿Y qué carajo importa flaca?- vamos y chau. Esta vieja sabe. Y
Ana siguió, aglutinando a las barras de la noche que la siguieron
porque todos la seguían. Cuando
se cansó de caminar, puso rumbo a la central, seguida de unos
doscientos jóvenes. Eran las dos y media de la mañana. Empezaba
a decirles que así comenzaba la revolución, cuando llegó la
policía y después de una retórica voz de alto, empezó a
repartir palo como si hiciera falta. Se llevaron a todos los jóvenes
que pudieron, pero a la vieja la dejaron. No valía la pena,
creyeron. Cuando
se inició el conflicto en el hospital, Ana ya tenía algunos días
yendo a buscar agua en un balde semirroto que había requisado de
un baldío y la central había progresado mucho. Usaba el agua
para beber, cocinar en un juego de latas que el almacenero le
daba, que a medida que se iban desfondando cambiaba por otras y
también para regar sus plantitas. -¿Para
qué usa tanta agua?- le preguntó un día la negra Claudia, una
de las dirigentes del gremio. -
Hoy vienen todos los gobiernos del mundo - contestó Ana. - Tengo
que limpiar bien para que esté digno. Se
metió en la primera asamblea sin preguntar y no dijo nada. A
partir de ese mismo día, los trabajadores de la salud armaron una
carpa y ocuparon el hospital y Ana trajinaba entre su central y la
carpa sindical, haciendo y vendiendo cartelitos sobre cartón que
decían RESISTIR. A dos pesos los vendía. Cuando
el conflicto se puso difícil, tres de los delegados gremiales
plantearon en una asamblea a la que no faltaba Ana, que ellos iban
a empezar una huelga de hambre. Después
de algunas disquisiciones se aprobó y se acomodaron dentro de la
carpa sindical. Varios compañeros médicos, se iban turnando para
controlar el estado de salud de los huelguistas. No fue hasta el
tercer día que alguien se dio cuenta de que en la casa de la
vieja loca había un cartel, en pintura roja que rezaba: HUELGA DE
HAMBRE EN SOLIDARIDAD CON LOS COMPAÑEROS DE LA SALUD. Lo
único que aceptó cuando se acercaron a hablarle, fue que le
dieran agua a sus plantitas y también un poco a ella. Lucía una
sonrisa de media luna y los reconfortó y animó a seguir la
lucha. Pero
la patronal se puso muy dura, conspiró, intentó dividir, quiso
comprar algunas voluntades, lo habitual en estos casos. Se produjo
una estampida de protestas de los usuarios del hospital por falta
de servicio, lo cual, en lugar de acorralar a los patrones hizo
que el gobierno acudiera en su ayuda y metiera presos a todos los
ocupantes, incluidos los huelguistas de hambre, que en vista de la
circunstancia abandonaron su postura. Pero al cabo de un par de
semanas de negociaciones, sucesivas ocupaciones, desalojos, prisión
y vuelta a empezar, la patronal aflojó y se llegó a un arreglo.
Restituyeron a una parte de los despedidos, dejando a los
delegados sindicales en el seguro de paro por supuesto y
aumentaron un porcentaje importante de lo que se reclamaba como
incremento salarial. El
gremio festejó moderadamente, lo que en la realidad del país era
casi una victoria, con una comida en la sede sindical. En
medio de la fiesta, se les presentó Ana y de pie sobre una silla
en el centro de la sala, leyó una proclama criticando ácidamente
el dispendio de fondos sindicales, que bien podían estar siendo
volcados a las ollas populares del vidrio y de la construcción,
que como sabían los compañeros estaban también en conflicto.
Dicho lo cual, se retiró dejando a los fiesteros un ambiente que
se podía cortar con cuchillo y que llevó a que todos se dieran
cuenta que ya era tarde y que la huelga se había acabado y al
otro día había que ir a trabajar. -
No puede ser - dijo Claudia cuando el forense dictaminó que habían
pasado dos semanas desde el deceso por deshidratación. El
cuerpo de Ana estaba como momificado. -
En estos casos - dijo el forense, cuando la persona es muy magra
de carnes y hay tal grado de deshidratación, ayudado por los fríos,
los tejidos se apergaminan y tardan mucho en descomponerse. Por
eso está así, bien conservada. -
No, usted no entiende - dijo Claudia. - Es que estuvo anoche en la
fiesta del gremio. La vimos todos. Nos habló. Nos rezongó. Todos
la oyeron. -
Dos semanas señora, ni un día menos- laudó el forense. La
combativa, la forjada negra Claudia, sintió un vahído y se
desmayó. La momia de Ana, desde su catre, sostenía entre las
manos un cartón con su consigna: RESISTIR. Libro Silvio Instigador, escrito por Homero Muñoz ganador del premio del Ministerio de Cultura 2002, que La ONDA digital publica por primera vez en internet en forma completa. LA ONDA® DIGITAL |
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