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El
guión de los halcones La suerte de Sadam Hussein estaba echada ya antes de que George W. Bush ganara las elecciones. Los halcones neoconservadores de Washington fijaron el guión de la actual guerra en un informe de septiembre de 2000. La historia se desarrolla hasta ahora según lo escrito en el documento, pero el final es abierto. Antes
de que Bush llegara a La Casa Blanca, otros habían decidido por
él ir a la guerra en Irak. En 1998, dos años antes de las
elecciones que llevarían al texano a la Presidencia, el “think
tank” neoconservador Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano
(PNAC), empezó a diseñar una propuesta de lo que debía ser la
política Exterior y de Defensa de Estados Unidos en el siglo XXI.
El resultado fue el informe “Reconstruyendo las defensas de
EE.UU. Estrategias, fuerzas y medios para un nuevo siglo”
publicado en septiembre de 2000, cuatro meses antes de la victoria
de Bush y un año antes de los atentados de Al Qaeda. El
reporte consigna los pasos que la nueva administración debería
seguir para terminar con la “década de negligencia en
Defensa” que significó la era Clinton y aprovechar la “inédita
oportunidad estratégica” de la post Guerra Fría para
“preservar y extender en el tiempo la posición ventajosa de no
tener rival a nivel mundial tan lejos como sea posible”. Para
ello, el PNAC recomienda un gran aumento del presupuesto de
defensa que garantice poder librar varias guerras de forma simultánea
y llevar a cabo la “revolución en los asuntos militares”
(aspecto que incluye el desarrollo de un programa militar en el
espacio). En definitiva, se trata de “tener un poder militar
fuerte y preparado” para desarrollar una “política exterior
que se proponga promover en el exterior los principios de EE.UU. y
un liderazgo nacional que acepte las responsabilidades globales
del país”, y no aceptar que surja un rival de entidad. En
el texto, destaca el análisis del futuro de Medio Oriente, donde
los autores señalan que “Estados Unidos ha buscado durante décadas
jugar un papel más permanente en la seguridad regional del
Golfo”. A continuación, sigue una afirmación que ha tomado
relevancia los últimos meses: “El no resuelto conflicto de Irak
proporciona la justificación inmediata de una presencia
sustancial militar de Estados Unidos en el Golfo”. También
recomienda reducir la presencia de portaaviones en el Mediterráneo
y el Golfo Pérsico sustituyendo su fuerza por la de tropas
terrestres situadas en nuevas bases militares estables en la zona.
Asimismo se desarrolla un argumento que puede clarificar las
intenciones de Washington respecto a Teherán una vez el conflicto
actual haya terminado. “Desde el punto de vista de Estados
Unidos, la importancia de esas bases (estables, nuevas) perduraría
aún si Sadam Hussein desapareciera de escena. A largo plazo, Irán
puede transformarse en un peligro para los intereses
norteamericanos en el Golfo tan importante como Irak. Y aún
cuando las relaciones con Irán pueden mejorar, mantener fuerzas
militares establecidas en la región seguiría siendo un elemento
esencial en la estrategia de seguridad estadounidense”, teniendo
en cuenta los intereses “a largo plazo (de Washington) en la
región”. DEMASIADAS
COINCIDENCIAS Tras
la decisión del Tribunal Supremo de otorgar la victoria a George
W. Bush sobre Al Gore por 500 votos en el estado de Florida,
gobernado por Jeb, hermano del actual Presidente, el camino se
allanó. Sin embargo, el documento mantuvo un bajo perfil hasta
después de los ataques del 11-S y la consiguiente respuesta
norteamericana, con la nueva doctrina de seguridad nacional , la
defensa del ataque preventivo y el énfasis en la supremacía
total y perpetua de las fuerzas armadas de Estados Unidos como
garantía del mantenimiento del “american way of life”. En
octubre pasado, el periodista del “The Atlanta Journal”, Jay
Bookman, advirtió en un editorial que la forma en que los hechos
se habían desarrollado desde el 2000 obligaban a mirar el informe
del PNAC como “un anteproyecto de la actual política de Defensa
de Bush”, porque “casi todo lo que ahí se defiende, la
administración Bush ha intentado cumplirlo”. La
realidad parece dar la razón a Bookman. Efectivamente, el informe
critica duramente “el apoyo de la Administración Clinton al
Tratado (sobre misiles antibalísticos) ABM de 1972”, firmado
por Estados Unidos y la URSS, por haber “frustrado el desarrollo
de unas defensas contra misiles balísticos útiles”. En
diciembre de 2001, Bush anunció que Estados Unidos abandonaba el
tratado, abriendo la puerta a la instalación de dicho sistema,
heredero de la “guerra de las galaxias” promovida por Ronald
Reagan, la “musa” de los “halcones” de la administración
Bush. Otra
de las peticiones básicas contenidas en el informe, el aumento
del presupuesto de Defensa del 3% del PIB al “el 3,5 o 3,8%”,
para que Estados Unidos “no tenga que abandonar su papel
esencial como defensor del actual orden internacional de
seguridad”, fue atendida puntualmente por Bush. El gobierno
aumentó el presupuesto de Defensa hasta los 379.000 millones de dólares
en 2003, casi el 3,8% del PIB. La guerra de Irak se ha añadido a
estas proposiciones aceptadas al pie de la letra por el gobierno
neorepublicano de George W. Bush. El
informe también critica con extrema dureza uno de los proyectos
estrella de la industria armamentística: el cazabombardeo Joint
Strike Fighter o F-35, que debe sustituir a todos los aviones
actualmente operativos (F-14, F-16 y F-18, entre otros) a partir
del 2005. Según el reporte del PNAC, el Joint Strike Fighter, con
“sus capacidades limitadas y grandes riesgos tecnológicos” se
ha transformado en “un pozo sin fondo para los presupuestos de
Defensa”, por lo que debería ser abandonado. Será interesante
observar la viabilidad a medio plazo de la millonaria concesión
para construir miles de estos cazas, ganado por Lockheed Martin
sobre Boeing en 2001, para comprobar si la coincidencia entre las
propuestas contenidas entre el informe del PNAC y la política de
la administración Bush confirma que todas las escenas del guión
se van cumpliendo. El editorial del Atlanta Journal hirió la sensibilidad del profesor de historia en la Universidad de Yale y fundador del PNAC, Donald Kagan, quien en el mismo diario rebatió a Bookman asegurando que no había ninguna conexión entre la política de George W. Bush y el informe y que las medidas del gobierno no iban en la misma línea que el PNAC proponía. Con todo, Kagan admitía que “la situación sólo cambió tras los ataques del 11-S” y lamentaba que Bush no tomara las indicaciones contenidas en el reporte “más seriamente antes de los ataques”. En
todo caso, la conexión que señalaba el periodista del “Atlanta
Journal” es real y va más allá de la coincidencia ideológica.
Es incluso física. Así,
al repasar la nómina de los autores del informe y las
personalidades que colaboraron en su elaboración, aparecen los
nombres del actual subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz; del número
tres del departamento de Estado, John Bolton, y del jefe de la
Oficina de Programación, Análisis y Evaluación del Pentágono,
Stephen Cambone. Junto a ellos, también participaron en los
debates que dieron lugar al reporte, Eliot Cohen, miembro del
Consejo Político asesor del departamento de Defensa; Lewis Libby,
jefe del gabinete del vicepresidente Dick Cheney; y Dov Zakheim,
interventor del departamento de Defensa. Demasiadas
coincidencias. Además, Wolfowitz, Bolton, Libby y Zackheim tienen
en común haber ocupado cargos de referencia en la administración
Reagan. Cambone y Cohen, por razones de edad, se integraron en el
“nido de halcones” más tarde, en la administración de Bush
padre. Por
si estas coincidencias no fueran suficientes, mucho más
explicativa es la lista de fundadores del PNAC que suscribieron su
declaración de principios el 3 de junio de 1997. Entre los 25
firmantes, además de Wolfowitz, Cohen, Libby y Kagan, aparecen
Jeb Bush, gobernador de Florida y “hermanísimo” del
Presidente; Dick Cheney, actual vicepresidente; el secretario de
Defensa Donald Rumsfeld, el magnate Steve Forbes; Francis Fukuyama,
ensayista político ultrarealista y consejero áulico del
neoconservadurismo; el ex vicepresidente Dan Quayle; y el nuevo
embajador de Estados Unidos en Afganistán, Zalmay Khalilad. La
declaración de principios del “nido de halcones” que ha sido
y es el PNAC, redactada cuando Bill Clinton aún ocupaba la Casa
Blanca, muestra su apoyo a una “política ‘reaganiana’
basada en la fortaleza militar y la claridad moral” como forma
de asegurar “la seguridad y la grandeza” de Estados Unidos en
el siglo XXI. Thomas
Donnelly, uno de los autores del informe “Reconstruyendo las
defensas de EE.UU”, justificó en conversación telefónica
desde Washington con La Nación la aparente identidad entre la política
de Defensa y Relaciones Exteriores definida por Bush tras el 11-S
asegurando que “siempre es más sencillo que tus amigos presten
atención a lo que tú tengas que decirles que no a lo que puedan
aconsejarles otras personas”. Y como se ha visto, a Bush no le
faltan buenos amigos e incluso parientes entre los miembros y
promotores del instituto que se define como “una organización
educacional sin ánimo de lucro cuyo objetivo es promover el
liderazgo global de EE.UU.”. Para
Donnelly, no se trata tanto de que su informe provocara la guerra
en Irak, como de que “el reporte apunta a como finalmente han
ido las cosas”, aunque admite que “no es ningún secreto que
lo que está pasando en Irak era lo que nosotros recomendamos
muchas veces”. Donnelly
también acepta el papel clave del 11-S en la aceptación de sus
consideraciones: “Si tuvimos éxito es porque el mundo se ha
transformado en el sentido que nosotros describimos”, esto es,
en algo “mucho más peligroso de lo que la gente percibía
antes”. En todo caso, destaca que sus ideas no sólo tuvieron
“éxito con la administración Bush, sino con muchos
norteamericanos”. La
estrategia que subyace al PNAC y al informe tienen su origen, como
se indica en el documento, en las ideas desarrolladas por el
actual vicepresidente Dick Cheney en 1992, cuando ocupaba la
secretaría de Defensa en el gobierno de Bush padre. Entonces
Cheney advertía: “podemos tener las fuerzas armadas que
requerimos y permanecer en una posición que nos permita ayudar a
transformar las cosas en positivo o podemos botar esa ventaja,
pero eso sólo acelerará la llegada del día en que enfrentemos
peligros mayores, a un mayor costo y un riesgo superior para la
vida de los norteamericanos”. Ese peligro, ese riesgo y ese
costo bien podría ser el 11-S que gatilló la toma en consideración
del brutal aumento del presupuesto de Defensa y el desarrollo de
la diplomacia agresiva. STEP
BY STEP Para
saber si Irak es un primer paso de una ofensiva posterior ya
decidida sobre Irán y Corea del Norte, además de lo referido
anteriormente respecto a Teherán, conviene tener en cuenta el título
de la conferencia que Ricahard Perle pronunció el miércoles
pasado sobre las posibilidades económicas que se abren tras la caída
de Sadam Hussein: “Implicaciones de una guerra inminente. Ahora
Irak, ¿el siguiente es Corea del Norte?”. Al respecto, Donnelly
comenta que “cuando el conflicto en Irak haya terminado, EE.UU.
tendrá que repensar su política hacia Norcorea”. “Deberíamos
ser capaces de enfrentar como norteamericanos múltiples peligros
y no podemos estar paralizados en la inacción sólo porque hay
muchos riesgos acechando” al mismo tiempo. En
cualquier caso, para el PNAC como, según parece, para la
administración Bush (excepto un solitario Colin Powell), la ONU
está descartada para lidiar en estas crisis. En el informe de
2000 se afirma que “los Estados Unidos no pueden asumir una
actitud neutral como la ONU; la preponderancia del poder
norteamericano es tan grande y sus intereses globales tan amplios
que no puede ser indiferente al proceso político en los Balcanes
o el Golfo Pérsico”. Donnelly confirma esta percepción: “La
ONU como institución ha sido uno de los obstáculos para su
liberación, y lo que hemos aprendido en los últimos seis meses
es que los únicos capaces de derrocar a Sadam Hussein somos los
norteamericanos y nuestros aliados, porque la ONU no tiene el
poder de obligar al cumplimiento sus resoluciones”. A
pesar que los autores del informe niegan que promuevan que Estados
Unidos asuma un rol similar al que desarrolló el imperio romano,
el lenguaje les delata y es un aviso de lo que puede venir: “En
ningún momento de la historia el orden internacional ha sido tan
favorable a los intereses e ideales norteamericanos. El desafío
para el próximo siglo es preservar y ampliar esta ‘paz
americana’”. LA ONDA® DIGITAL |
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