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No podemos ser espectadores de la muerte que ronda, sin hacer algo más por la vida
por Hernán Narbona Véliz *
Analista Internacional

Cuando se transmitía el discurso de Bush fijando el ultimátum, la noticia paralela hablaba de una extraña enfermedad de neumonía fulminante que preocupa a la OMS. Proviene del sudeste asiático y se la rastrea para poder evitar su propagación.

Estamos en la hora cero. Se precipita sobre Irak una guerra de imprevisibles repercusiones. Un conflicto que puede inflamar los sentimientos religiosos fundamentalistas islámicos en todo el oriente medio y pasar a convertirse en guerra santa, incubando ejércitos de mártires que quieran alcanzar la gloria de un cielo prometido. Del otro lado, los cruzados de Bush convocados contra el eje del mal, la locura de siervos de Alá contra paganos invasores. Una versión maniquea y simplista que puede empujar la escalada de violencia a niveles de descomposición mundial.

Lo que señalo suena a señales apocalípticas. Pero reflejan simplemente la sensación de inseguridad que se extiende en la comunidad internacional frente a una nueva guerra. Ya no es sólo el terror de una hecatombe nuclear lo que aterra a la humanidad. Lo es la dispersión de armas letales que surgieron de los laboratorios de las potencias. Su uso puntual ha sido brutal, como se vio en la guerra de Irán-Irak o recientemente en el teatro de Moscú, cuando se gaseó a los rebeldes chechenios en el rescate de rehenes.

Cuando se clausuró la vía diplomática y presenciamos la caravana de vehículos de la ONU alejándose de Irak, un escalofrío nos recorrió. Partían los inspectores de armas y con ellos se diluía la opción de salida negociada a la crisis. Ahora se viene la imposición de la fuerza.

Puede que sea una guerra corta, en la hipótesis optimista de una rendición rápida de las fuerzas armadas iraquíes y una actitud colaboradora del pueblo iraquí, centrando el objetivo en Saddam Hussein. Pero puede que sea una guerra larga y desgastadora si se da un escenario de resistencia amplia de la población, que se alimente del fundamentalismo religioso o del sentimiento nacionalista frente a los invasores. Este último escenario puede provocar una escalada de terror, con una descomposición de la vida en los países miembros de la coalición y con repercusiones en todo el orbe.

En el peor escenario, Saddam Hussein puede reaccionar como una bestia herida y acorralada. El sitio sobre cada ciudad iraquí puede ser de alto costo, sobre todo en vidas de civiles, poblaciones diezmadas por la sed y el hambre. La reacción desesperada puede ser sangrienta a través de comandos suicidas y guerra de guerrillas en contra de las fuerzas de ocupación.

La hora cero ha llegado y la cabalgata de acero se ha desatado. El gran riesgo es que la guerra no distinga militares de civiles y que la destrucción devengue en un verdadero genocidio. Del otro lado, habrá jóvenes soldados británicos y norteamericanos, muchos de ellos latinos, que no volverán a casa. La guerra no se ganará a control remoto, apretando botones de bombas inteligentes. La infantería deberá despejar territorios y en una guerra de ocupación prolongada las bajas pueden ser desmesuradas.

Cuando la paz ha sido derrotada, la humanidad no puede bajar los brazos. No podemos ser espectadores de la muerte que ronda sin hacer algo más por la vida.
* Periodista chileno narbonaveliz@yahoo.com

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