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Irak:
La lógica que explica estas acontecimientos es de naturaleza estrictamente militar. No queda duda alguna de que, tarde o temprano, los Estados Unidos controlaran Bagdad. La pregunta que flota en el aire es ¿a que costo?. No es lo mismo una victoria cara que una barata. Militarmente George W. Bush apostó a una guerra relámpago. Tres fueron los supuestos en torno a los cuales se articuló el diseño estratégico militar: 1) la defensa iraquí estaría compuesta fundamentalmente por fuerzas convencionales, 2) existirían amplias deserciones en la Guardia Republicana tras las primeras escaramuzas y 3) el pueblo iraquí apoyaría de forma entusiasta la intervención. Ninguno de estos supuestos se cumplió y hoy, las tropas estadounidenses se encuentran empantanados en el terreno militar, prisioneros de los errores de sus propios estrategas, peleando una guerra que cada día está más lejos de ser la "victoria barata" que pensaron que sería. Haciendo un balance militar preliminar, guardando las proporciones respectivas, las tropas iraquíes parecen salir mejor libradas que las tropas de la coalición. En términos de planeación y proyección estratégico-militar, Irak parece tener mucho que enseñar a Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. Frente a la errática planeación coordinada por Washington, Bagdad ha dado en el clavo de forma más certera en materia militar, con lo que ha arrasado, uno a uno, pilares que sostenían la estrategia de la coalición, obligándola a improvisar, detenerse y tratar de rectificar. Con ello, Hussein gana tiempo, apostando al desgaste político, económico y militar que enfrenta Bush inexorablemente por igual al interior que al exterior. Los estrategas iraquíes estaban muy concientes de que si basaban su defensa en estrategias de guerra convencional, la derrota sería abrumadora casi inmediata e irremediable. La superioridad cuantitativa y cualitativa de su adversario daba todas las indicaciones de que seguir ese sendero era una garantía para el fracaso. Ante la imposibilidad de lanzar ataques con armas de destrucción masiva, y con una inferioridad absoluta en términos de tropas y equipo convencional, Saddam Hussein y su gabinete optaron por estructurar la defensa iraquí en las pautas de la guerra irregular, también conocida como guerra de movimientos o guerra de guerrillas. Las dificultades que implica una estrategia de esta naturaleza para quien la adopta son entre otras la imposibilidad de utilizar carros artillados, blindados o apoyo aéreo sistemático, es decir, el poder de fuego se reduce sustancialmente. Sin embargo, una de las enseñanzas que sacó Saddam Hussein de la primera Guerra del Golfo fue precisamente esta: tratar de sostener un combate en condiciones de igualdad entre fuerzas asimétricas es un camino sin salida. Las ventajas que tiene la guerra irregular para quien opera con sus doctrinas son diversas, y los iraquíes están sacando buen provecho de ellas: facilidad para esconderse, rapidez de despliegue y repliegue al momento de hostilizar al enemigo y mucha independencia en las líneas de mando (con lo que se reduce el daño táctico cuando se pierde infraestructura de control y comunicaciones). Otra de las ventajas que ofrece la guerra asimétrica para las tropas árabes es que auxilia a compensar la desigualdad técnico-militar, al requerir de las tropas de la coalición, un mayor numero de infantería por cada iraquí. Efectivamente, cuando se pretende enfrentar a fuerzas irregulares con tropas convencionales, el potencial numérico necesario para librar la campaña con probabilidades de éxito debe guardar una proporción de al menos diez a uno, es decir, para eliminar una columna guerrillera compuesta por diez elementos, es necesario destinar no menos de cien efectivos de infantería para cumplir con la tarea. Otra forma de combatir a fuerzas que adoptan el esquema de guerra de guerrillas es haciendo uso de fuerzas especiales. De hecho esto precisamente es lo que hace especiales a las fuerzas especiales: son pequeñas unidades móviles con equipo y entrenamiento diferentes al que reciben las tropas convencionales, y su actividad primordial es contrarrestar focos insurgentes de los cuales copian estrategias y doctrinas. No obstante que en Irak se encuentran operando grandes grupos de fuerzas especiales británicos (como las SAS y los Gurkas) y estadounidenses (boinas verdes, SEALS, Fuerza Delta y Rangers entre otros), su número es lo suficientemente grande como para realizar labores de apoyo a las fuerzas convencionales, pero no como para basar la estrategia de agresión en ellas. Es decir, en este sentido las tropas de la coalición tienen dos opciones: 1) realizar una reconversión (sustitución) de la mayor parte de los efectivos que tienen operando en Irak de fuerzas convencionales a fuerzas especiales, o 2) incrementar dramáticamente el número de fuerzas convencionales que se han desplegado para la invasión. La solicitud de Bush de 130 mil tropas extras apunta en la segunda dirección (que en si mismo representa un incremento de al menos el 50% de la tropa que se había solicitado inicialmente). Así, es claro que en primera instancia la planificación militar iraquí fue muy superior a la estadounidense. Estados Unidos llegó a Irak como la voz cantante en materia militar y acabo, junto con sus aliado, danzando al ritmo militar que tocaban los iraquíes. El primer error de planeación sembró la semilla para el segundo. Al no ocurrir el desmoronamiento que se tenía de las estructuras de defensa iraquíes, las deserciones que preveían los estrategas del Pentágono (no así los de la CIA) jamás llegaron. Golpeado, debilitado y asediado de forma constante e importante, aunque sin desgajamientos importantes, el ejército iraquí se mantiene unido todavía. Las repercusiones militares que esto ha traído no son nada desdeñables. El cálculo de fuerza militar que habían estimado los estrategas de la coalición que tendrían los iraquíes para estas alturas del conflicto, se encuentra muy por debajo de la que prevalece en el teatro de operaciones. En otras palabras, los iraquíes hoy, son en los hechos mucho más fuertes de lo que las tropas de la coalición supusieron que serían tras dos semanas de combate. Si bien es claro el daño que se le ha infringido a las tropas de Saddam Hussein es muy importante, no es tan grande como debió haber sido de acuerdo con las proyecciones de preguerra de la coalición. Esta es una de las razones por las que la deficiencia en el suministro de insumos de guerra ha cobrado tanta relevancia: al fallar la estimación del número, ánimo y equipamiento de la fuerza que se tenía que enfrentar a dos semanas del conflicto, el número de efectivos que se suponía deberían tener en el frente y en la retaguardia es mayor, esto impacta de forma negativa la relación del volumen y el tiempo de entrega de los insumos militares que se habían proyectado. En otras palabras, al subestimar la fuerza del adversario, los requerimientos y las necesidades de la tropa no han disminuido como se suponía, así, el esquema de tiempos y volúmenes de entrega diseñado en los preparativos de guerra se enrarece. Otro de los elementos que contribuye en este sentido es el hecho de que, al no ocurrir las deserciones esperadas y al no ocurrir tampoco lo grandes desplomes defensivos que se auguraban en las principales ciudades, el control territorial no está garantizado, y sin él, no se puede hablar con certeza de líneas de abastecimiento seguras (y menos aún en un esquema de guerra de guerrillas). Así, como veremos a continuación, el segundo error de planeación, sembró la semillas del tercero. Esta "fortaleza" e integridad relativa de las tropas que enfrentan a los invasores se ha reflejado claramente en la moral del pueblo iraquí. El hecho de que no hayan refugiados es muy sintomático de la posición popular en el área del conflicto respecto a la guerra. La inexistencia de refugiados es un indicativo de que la sociedad se está quedando a pelear. Esta actitud como es evidente empata de manera perfecta con la estrategia militar iraquí, con lo que se dificulta aún más el avance británico-estadounidense. Si a este fenómeno se agrega el ingreso constante de militantes extranjeros a combatir a los invasores, la matanza de civiles por parte de las fuerzas británicas, estadounidenses y australianas es todo menos accidental. "El guerrillero debe moverse en el pueblo como el pez en el agua" decía Mao, y tenía la razón. Es por eso que el principio de las estrategias de contrainsurgencia se fundamentan en el axioma de "hay que secar el agua al pez". Para hacerlo hay dos formas 1) mediante operaciones propagandísticas para ganar "el corazón y la mente" de la población arrebatando a los insurgentes su base social, y 2) eliminando al pueblo en sí mismo. En tiempos de Ngo Dihn Diem en Vietnam, en un principio la estrategia fue la primera, y para cuando los Estados Unidos se involucraron de lleno en el conflicto, la vía que se adoptó fue la segunda (basta recordar los saldos mortales de la Operación Fénix). En Irak, la fase primera vía se agoto tan pronto como fue evidente la estrategia militar iraquí y el respaldo popular militante que estaba recibiendo dentro y allende de sus fronteras. Un buen modelo de la estrategia militar que habrán de adoptar en adelante las tropas de la coalición para "secar el agua al pez" es Guatemala, cuya operación Tierra Arrasada, se explica por sí misma. De hecho, no es casual que los bombardeos "quirúrgicos" con armas "inteligentes" de un plumazo haya sido sustituidos por bombardeos "extensivos" usando armas "bobas" -como se les llama a las bombas residuales sin explotar que funcionan como minas antipersonales tras arrojar las famosas bombas de "racimo" o de "fragmentación"-. Esto es lo que se verá en las próximas semanas, antes de que inicie la invasión de Bagdad por tierra. Las conclusión de este balance es muy clara: El saldo es a favor de Irak, y no porque vayan ganando la guerra, sino porque han sabido resistir, mucho más allá de lo que cualquiera habría supuesto. Cuando el fuerte (la coalición) se ve obligada a solicitar más apoyo y tiempo para ganarle la guerra al débil, entonces se tiene el mejor indicativo de que hay algo que el débil está haciendo extraordinariamente bien, y el fuerte extraordinariamente mal. O mejor aún, es un síntoma de que ni el débil es tan débil, ni el fuerte es tan fuerte. Al fin, la segunda conclusión que se puede extraer de este balance es que los Estados Unidos pretenden remediar los resultados de su mediocridad analítico-militar escalando la atrocidad. Todo para no encarecer más la victoria. Primero subestimaron la capacidad de inteligencia estratégico-militar iraquí y fallaron. Después supusieron que combatían con un ejército de cobardes, y se toparon con un ejército hábil y valiente en la defensa, tal vez no de Hussein, sino en la defensa de su país. Finalmente, como el león cree que todos son de su condición, Estados Unidos asumió que los iraquíes no solo eran malos estrategas y cobardes, sino también traidores, y se volvieron a equivocar: el iraquí es un pueblo de lealtad ejemplar. Para Estados Unidos, la Gran Bretaña y Australia, precisamente por esto es que hay que acabar, no con Irak, sino con los iraquíes: por inteligentes, por valientes y por leales. Y esto es así porque frente a un espejo este, fulgura demasiado la estupidez británica, la deslealtad australiana y la cobardía estadounidense. mafemoti@yahoo.com.mx * Fernando Montiel T Editor. Analista y consultor en relaciones internacionales y resolución de conflictos. Coordinador del libro Afganistán: Guerra, terrorismo y seguridad internacional y Geopolítica y globalización en México y América Latina LA ONDA® DIGITAL |
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