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Ante
un discurso del Dr. J. M. Sanguinetti
Lo hizo en un momento en donde el Uruguay aparece jaqueado tanto interna como externamente, en lo económico, en lo político y, naturalmente, en lo social. Veamos,
inicialmente, cómo era nuestro país hace aproximadamente un
siglo. Hace unos cien años En ese entonces,
mientras que el antiguo modelo daba paso al nuevo, las fuentes de
ocupación no aumentaban, lo que trajo aparejado una crisis
importante dado que la población crecía
más, y más rápido, que las fuerzas tanto económicas
como políticas lo requerían; consecuencia: desocupación e
emigración, en el período comprendido entre 1890 y 1905. Si bien a partir de 1905, la incipiente industrialización y, especialmente, la acusada baja de la natalidad, fueron “paliando” el problema, no por ello el momento dejaba de ser crítico. Citemos, a vía de ejemplo, lo que editorializara el diario El Día, allá por junio de 1905: Dentro
de nuestros medios actuales no poseemos fuentes de trabajo para
dar ocupación útil ni a los 25 o 30.000 habitantes que importan
el crecimiento anual. En campaña las tierras están casi
enteramente absorbidas por la ganadería que aunque adelante
incesantemente, no demanda una cifra sensiblemente mayor de
brazos, no hay tierras para la agricultura, que es la industria
esencialmente pobladora; la concentración de la propiedad rural
en grandes predios que quedan en manos de los ricos hacendados por
una parte, y por otra su elevado precio hace que los agricultores
abandonen el país. (…) La industria fabril tiene una producción
limitada a las necesidades poco crecientes del consumo interno, y
exige en consecuencia muy pocos brazos (…) De ahí que la lucha
desesperada por los puestos públicos… (…) Esa falta de
trabajo, esa desproporción entre el crecimiento de la población
y el desarrollo de las industrias, es la causa que desvía del país
las corrientes inmigratorias y que hasta llega a conmover el mismo
aumento vegetativo… A poco de iniciado
el año 1906 y hasta 1910, se puede hablar de un período de
franca expansión de la clase trabajadora con un grado de
bienestar destacable. Veamos algunos
datos etarios del Uruguay del novecientos: En 1908, cuatro de cada
diez habitantes eran menores de 15 años y, 7 de cada 10, tenían
menos de 30 años de edad. Era el momento de los cambios, con una
población marcadamente joven. En este clima, el batllismo opera
con una base cada vez más amplia de apoyo hacia conquistas antes
insospechadas como, por ejemplo, el rol de la mujer, la defensa en
las condiciones del trabajo, etcétera. Integrado por jóvenes
dirigentes descendientes de italianos, españoles y franceses y
liderados por un hombre como Batlle, que venía de una familia de
fuerte raigambre local, el batllismo se nutrió de la problemática
social, al tiempo que pensaba críticamente a la nación y al
Estado, a partir de la reflexión profundamente comprometida con
lo social, reiteramos, sin descuidar el interés por lo económico,
bien como por lo político y por lo cultural. Vale
aclarar, por ser no sólo importante sino premonitorio, que el
batllismo tomó para sí tanto la concepción liberal-racional
como al principismo espiritualista de Prudencio Vázquez y Vega,
hombre cabal y ciudadano ejemplar que tuviera en Batlle a un amigo
y hermano, hasta el último suspiro. La llamada generación
del Quebracho, pues, también marcó al batllismo, superando con
ello, banderías y diferencias por la mejor y más abierta defensa
de aquellos hechos e ideas que en lo político les identificaron. El Batllismo, pues,
trasciende lo partidario, sin renegar de sus raíces y toma para sí
el combate por las ideas desde una posición ético-cultural y política
en defensa del Otro, por el bien de una sociedad en crecimiento y
desarrollo. Así y todo,
culminamos esta apretada síntesis, con las palabras con que
Batlle defendiera, desde la tribuna del diario El Día, allá por
el año de 1913, la aprobación de la ley de las 8 horas para el
trabajador. Al defender la
condición de ciudadano del trabajador, Batlle remarcaba que el
obrero era un ciudadano que debía: …estar en
condiciones de ejercer sus derechos. Debe tener tiempo, pues, para
ilustrarse, para estudiar los problemas sociales en que tiene
tanto interés como un intelectual, para ejercer ampliamente su
misión de hombre en una democracia de verdad. Intelectuales,
obreros y burgueses se unían para trabajar en la fragua de un país
modelo, el otrora llamado la
Suiza de América. Sanguinetti y un
desafío Resulta, entonces,
natural repasar primero las palabras de este hombre de leyes que
aparece en la historia del Uruguay, accionando societariamente
desde lo político –su condición de estadista lo signa con un
protagonismo que deberá ser estudiado cuando la distancia del
tiempo y de los hechos permita mirar sin cerrar ningún ojo- pero
que permanece en lo cultural, como escritor y, marcadamente, en la
arena pública, como periodista desde su adolescencia. Al citar
Sanguinetti a Benjamín Franklin, en el mismo comienzo de su
discurso, parangona aquella época difícil del constructor de la
nación norteamericana, con este nuestro momento, doloroso pero
también, aunque sea dificultoso aun así percibirlo, inaugural. Parte desde lo
local a lo regional y mundial, citando y recreando tanto la
globalización como el avance tecnológico, sin dejar de mirar
hacia las décadas pasadas para buscar una perspectiva desde la
cual volver al presente con una mejor visión de conjunto. Propugna una
educación que debe ser debatida en sus grandes líneas y
orientaciones pero que, a su criterio, debe dar especial énfasis
a lo tecnológico por sobre lo llamado humanístico. Seguidamente, al
hablar del Estado y su rol, se muestra partidario de uno más
reducido y eficaz, en donde la solidaridad, dice, no nos lleve a
la parálisis económica invirtiendo en lo que va a morir de todos
modos. Vuelve a
desarrollar su idea y sus propuestas sobre educación, de la mano
de lo social, y de la batalla que, necesariamente y a su entender,
debe darse a la marginalidad. Una y otra vez,
enfatiza y desarrolla su pensamiento con claridad, en el marco de
un recorrido histórico, y en aras de propiciar un debate, abierto
a toda la ciudadanía, en el terreno de las ideas, para la
construcción del Uruguay que, invariablemente, habrá de emerger
en los próximos años, y a posteriori de esta crisis tan brutal
como fermental, que nos toca en suerte vivir. Derechos Humanos;
seguridad social; salud y política externa; son otros de los
tantos temas en los que incursiona y propone cursos de acción. En seguridad social, se manifiesta a favor de preservar el sistema, buscando perfeccionarlo pero, subraya, dándole tiempo a que opere. Capítulo especial
es el relativo a la calidad del gasto social, en donde, resalta, debe mejorarse
sustancialmente la gestión de la enorme inversión social que el
Estado uruguayo lleva adelante. La producción,
tanto para el mercado interno como para el externo, no es ajena a
su comentario, como tampoco lo es el rubro servicios,
especialmente el turismo. Termina sus
palabras, citando una frase que Shakespeare hace decir al rey
Enrique V: …
todo está pronto si nuestros corazones también lo están,
mientras los luctuosos hechos de estos tiempos, en nuestro mundo,
nos hacen recordar, con estremecimiento, a Coriolano. El momento
actual Recordamos al
recientemente fallecido Pierre Bordieu cuando al cuestionarse
sobre qué posibilidades hay de producir discursos alternativos al
modelo imperante, afirmaba que el
poder no paga por estudiar el poder, sino para mejorar los efectos
de la dominación. En vez de estudiar problemas impuestos, habría
que crear un conocimiento autónomo. Crear un
conocimiento autónomo; tener voz propia, desarrollar la reflexión,
llamar al debate: he aquí condiciones tan propias como
propiciadoras de la ciudadanía efectiva. En esto, y de regreso a
lo que aquí nos ocupa, Julio María Sanguinetti, cumple con su
primera condición pública: ser ciudadano y coadyuvar para que,
en la esfera pública, se de el ágora, se encuentren, en un plano
de igualdad, con apertura, opiniones contrapuestas que tengan como
precondición la mejora del bienestar de los nuestros que es decir
de todos, en especial de los desposeídos. Vayamos,
seguidamente, a una breve enumeración de aspectos para nosotros
esenciales, que darán marco a una toma de posición sobre lo aquí
expuesto. ¿Estado
versus individuo? Debemos reformar
nuestra economía, o más bien recrearla, mejorando nuestra
democracia, al garantizar que la ciudadanía pueda exigir
responsabilidades al gobierno por sus actividades económicas, de
manera efectiva al tiempo que la ética de la responsabilidad pasa
a ser determinante de las acciones de los ciudadanos.
Responsabilidad que hoy, convengamos, no asumimos, sino que las más
de las veces delegamos en otros y así nos va, por nuestra propia
voluntad. En todo caso, parafraseando a Etienne de La Boétie, es
hora de terminar con la servidumbre voluntaria, tomando para
nosotros la responsabilidad de nuestras acciones en un marco de
actuación tan solidaria en lo económico, como liberal, en lo político. La democracia no
genera de forma automática las condiciones sociales y económicas
necesarias para un ejercicio de los derechos que garantiza. Una
participación generalizada, así como una mejor distribución de
bienes para facilitar el ejercicio de la ciudadanía, es necesario
para que funcionen los mecanismos de responsabilidad. Aunque no alcanza
con participar. A no ser que los actores puedan controlar,
reiteramos, de manera efectiva los cuerpos que supervisan, su
participación será meramente simbólica. La intervención
del Estado, transfiere recursos de una persona a otra, lo que
disminuye los incentivos y puede generar información deficiente
sobre las diferentes oportunidades; por lo cual el Estado no sólo
no puede aumentar la eficiencia del mercado sino que la reduce. El rédito
personal y el bien público La eficiencia del
sistema económico, pensamos, depende de la configuración de las
relaciones entre el Estado y los agentes privados, así como entre
los ciudadanos y el Estado. La concreción de
las metas personales y colectivas, hace a aquello que nos
ingeniamos por conseguir y la libertad refiere, a la oportunidad
real que tenemos para alcanzar lo que nos motiva a la acción. Por su parte, la
sacralización de lo privado por sobre lo público es, tan falaz
como perversa. Y lo es, por falsa y por eludir el núcleo de la
cuestión, la verdadera situación a afrontar y confrontar: el
ejercicio limpio y nutriente de un hacer tanto personal como
colectivo que vaya en beneficio de quienes lo emprenden que es, a
la postre, una mejora para la sociedad, al estimular acciones
dinamizadoras tanto de la producción como de la acción económica
exitosa. En nuestro país,
desde hace decenios, se ha instalado el negocio del perder.
Perder, en uruguayo, implica lucrar, beneficiarse individual como
corporativamente, en perjuicio de la sociedad toda. Ejemplos
tenemos en todas las áreas del supuesto quehacer productivo del
país. Vale más, o valía
más, queremos creer, deber que tener. El riesgo era de tontos y
la osadía de poquísimos seres tan utópicos como estoicos. A eso es a lo que
nos enfrentamos y enfrentaremos: a la perversión de los mezquinos
que reptan y medran a conciencia, y en perjuicio de la sociedad.
Nunca lograremos erradicarlos del todo aunque sí podemos
acotarlos al terreno de lo poco y de lo irrelevante. Por tanto, y para
nosotros, privatizar, estatizar, son totalidades sacramentadas de
las que descreemos si antes no se confrontan en proyectos claros y
demarcados en sus medios y en sus fines; sustentados, a su vez,
por gente idónea y dispuesta, dispuesta al bien común que no es
negar, en absoluto, el beneficio personal. Somos
de la idea de fomentar, en la educación temprana, en especial
–y en esto hay que reconocerle al doctor Sanguinetti su mérito
en la ampliación hacia los más pequeños del acceso a la educación,
que en los más de los casos también lleva consigo el cuidado
primario en alimentación- el desarrollo de las potencialidades
primarias del hombre, por sobre las secundarias. El
apego a la vida, tanto propia como la de los otros, o del Otro,
recordando tanto a M. Buber como a E. Fromm y a E. Levinas, en
detrimento de lo secundario, de la necrofilia que es más,
bastante más que la pulsión de muerte de la que nos hablara
Sigmund Freud. En este sentido,
entonces, destacamos las tres condiciones esenciales para que
tales potencialidades se desarrollen: seguridad, justicia y
libertad. Seguridad,
en cuanto a cuidar que las condiciones materiales para una vida
digna no estén bajo amenaza alguna; justicia,
en el entendido que nadie puede ser un fin para los propósitos
del otro; y, libertad,
en el sentido de que toda persona tiene la posibilidad de ser un
miembro activo y responsable de la sociedad. ¿Trabajo o
empleo? Somos protagonistas de la primera fase de un cambio a largo plazo que dejará por el camino a la mano de obra masiva para dar paso a la mano de obra de elite, con la consiguiente automatización de la producción de bienes y la distribución de servicios. Es dable aguardar
un incremento ininterrumpido del desempleo, un aumento ostensible
de la precariedad de las ocupaciones laborales, en tanto se
transita a través de la Era
de la Información. Asistimos, a no dudarlo, a un cambio de
civilización, estamos inmersos en su proceso. Tiempo es, que nos
preparemos para afrontar un mundo en el que el empleo masivo
tiende, progresivamente, a desaparecer. Por su parte, el
rol del Estado como generador de empleo, disminuye. Ya no le es
posible abocarse a incrementar el gasto público así como tampoco
a incursionar, por ejemplo, en programas de obras públicas que no
se ajusten a lo que efectivamente pueda afrontar, sin incurrir en
endeudamientos crecientes con el correlativo aumento del déficit
presupuestario. Las alternativas
están a estudio, lo sabemos: Economía social, voluntariado,
mayor rol a las comunidades en donde los acuerdos contractuales
dan lugar a vínculos comunitarios, etcétera. Ahora bien, hay que
reestudiar a Keynnes; hoy está más vivo que nunca su
pensamiento, y debemos adaptarlo a nuestra realidad como otros en
otras partes lo han hecho y hacen, con suceso y proyección. Derechos y
obligaciones; nada nuevo pero mucho de lo cual ha sido olvidado.
Hay que visitarlo nuevamente para aprehener de mejor forma la
realidad del cotidiano existir. En conclusión,
valoramos el concurso del ciudadano Sanguinetti a la cosa pública,
a su debate, a la presentación franca y abierta de propuestas y
proyectos. Más allá de
diferencias que en nuestro pensamiento mantengamos con el
estadista y escritor, saludamos su osadía. La osadía de proponer
acciones públicas en una sociedad que está, lamentablemente,
enferma de partidizaciones. Enfrentamientos que se piensan deben
ser vistos, con algún matiz paranoico y/o esquizoide, como prolegómenos
a una apuesta electoral de unos u otros, dando por resultado el
consabido: no te metas, deja que pase, calladito que de vivos ya estamos
cansados. Pero los cansados
somos nosotros ante la inacción flagrante de muchos, pero también
de nosotros mismos. No nos queda otra opción que la de ser auténticos,
la de jugar nuestra partida de cara al viento y en aras de un mañana
que se dibuje desde el hoy de nuestras acciones, pequeñas y
cotidianas, personales y colectivas. Así, pues, las
diferencias con el ciudadano Sanguinetti más que alejar, nos
aproximan, porque ya es tiempo de aproximaciones y no de acciones
vectoriales, inconducentes y pueriles. Quienes tenemos
hijos y nos tenemos a nosotros mismos, aceptamos el desafío y
buscamos confrontar
ideas y acciones que a la postre serán, la agenda del mañana. En suma, y como
dijera Karl Jaspers, no someterse a lo pasado ni a lo futuro. Se trata de ser enteramente
presente. Intentémoslo, que lo importante es estar en
camino.- Tema Vinculante LA ONDA® DIGITAL |
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