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Guerra de Irak y sociedad civil
La democracia no es la meta,
es el punto de partida

por Xavier Caño Tamayo

La guerra de Irak ha unido a la sociedad civil de todo el planeta en una protesta común: ¡No a la guerra! Pero el discurso crítico ha de mantenerse en el tiempo. Partir de la democracia para llegar a una nueva forma de hacer política, más justa, mas democrática.

La agresión contra Irak ha tenido una respuesta universal: millones de ciudadanos han ocupado las calles de forma pacífica para expresar su oposición frontal a la guerra. Durante más de dos meses casi no ha pasado ni un día en el que no haya habido concentraciones, conciertos de protesta, huelgas estudiantiles, paros laborales, caceroladas y apagones desde Estambul a Yakarta, desde Teherán a México, desde Nueva York a Berlín, desde El Cairo a Peshawar, desde Calcuta a San Francisco, desde Londres a Sydney, desde Bruselas a Tokio.

Pero los gobiernos agresores no se dan por enterados. En España, el presidente del Gobierno se aferra a que fue votado y obtuvo mayoría para mantener su apoyo a la acción agresora de Bush y Blair; también Hitler fue votado y obtuvo mayoría, pero no era un cheque en blanco para sus barbaries. La democracia es mucho más que votar cada cuatro años.

En la excelente película de Adolfo Aristarain "Lugares comunes", un fragmento de la vida de un hombre que sabe que solo la lucidez le mantendrá digno, le preguntan al protagonista, magníficamente interpretado por el actor argentino Federico Luppi, donde se sitúa ideológicamente. "Yo me quedé en mil siete ochenta y nueve", contesta: el año del inicio de la Revolución Francesa, de la revolución de los ciudadanos.

En los albores del siglo XXI hay que elegir entre aceptar ser súbditos o volver a ser ciudadanos con todas las consecuencias. Y si elegimos ser ciudadanos habremos optado por la protesta y la resistencia que surgen de la conciencia de ser únicos y auténticos depositarios de la soberanía del Estado y del poder político. Recientemente, tras una manifestación contra la guerra en Madrid, el Nobel de Literatura José Saramago leyó un manifiesto escrito por él: "Nos manifestamos -dijo- contra el concubinato de los Estados con los superpoderes económicos que gobierna el mundo: la Tierra pertenece a los pueblos que la habitan y no a los que, con el pretexto de una representación democrática pervertida los explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia".

"Bush, Blair y Aznar, sin quererlo ni proponérselo han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco movimiento de opinión pública. El "No a la guerra" recorre el mundo. Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos -todos, uno por uno- la democracia no será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo"

Para salvar la democracia necesitamos construir un discurso crítico permanente, alternativa al despropósito de mundo que nos brindan la globalización neoliberal depredadora, la agresión bélica y el vaciado de la democracia. Un discurso que denuncie la falacia de que el mundo que sufrimos es el resultado 'natural' del desarrollo económico, científico y técnológico y no el fruto de una ideología codiciosa e insolidaria y de los intereses bastardos de una minoría.

A lo largo de la Historia muchas cosas han cambiado despacio y no como se deseaba, pero han cambiado. Por minúsculas que parezcan nuestras protestas son necesarias porque molestan e inquietan a los poderosos y a sus servidores. William Shakespeare escribió que "La hierba crece de noche y, cuando los ricos salen a pasear al día siguiente, ha crecido entre las losas del atrio". El mundo no ha cambiado por la generosidad de los poderosos sino por la resistencia y la acción de los ciudadanos, y a pesar de los que mandaban.

Hay que establecer una nueva forma de hacer política que ponga en cuestión lo establecido, sensibilice a la mayoría de la ciudadanía, promueva la desobediencia civil, como medio de presión, y haga saber a los amos del mundo y a sus centuriones que los propietarios de los poderes del Estado son los ciudadanos.

Las armas del movimiento de los ciudadanos contra la guerra y contra la globalización neoliberal son la palabra, la denuncia, la protesta, la resistencia, la desobediencia civil y las propuestas. La aparente rebeldía que proclama que hay que pasar de la política es una sandez: uno no puede pasar de la política, porque la política no pasa nunca de uno. No se trata de hacer política desde cargos institucionales sino de preocuparse por lo que en justicia es de todos y por lo que a todos afecta. Otra cosa es confundir política con marrullerías de políticos profesionales.

Suena a utopía, a ensoñación, pero hace un par de siglos quienes estaban contra la esclavitud eran considerados antisociales, locos y peligrosos; hace setenta y tantos años las primeras mujeres que reclamaron el voto fueron duramente reprimidas y objeto de burlas; y hace unas décadas la pena de muerte figuraba en todos los códigos penales del mundo. Hoy la esclavitud es rechazada universalmente, las mujeres ocupan lentamente el lugar que les corresponde y la pena de muerte ha desaparecido de la mayoría de legislaciones penales.

En última instancia, la democracia no es la meta sino el punto de partida.

Agencia C.C.S
Periodista:
ccs@tsai.es

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