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La capacidad de gobierno del EP - FA
a la luz del último conflicto municipal
por Abel Oroño y Paula Ravecca

Artículo elaborado con fines evaluatorios para la Licenciatura de Ciencias Políticas, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.

El presente trabajo presenta un gran desafío nacido de la combinación de la enormidad e ingente  riqueza del tema-problema a tratar y del escaso espacio en que debe llevarse adelante, a lo que se agrega, además, el hecho de que el mismo planteo del parcial es ‘des-construible’, problematizable, cuestionable. ¿Es posible analizar la capacidad de gobierno del Encuentro Progresista-Frente Amplio a la luz del conflicto acaecido entre la administración Arana y el sindicato municipal durante el presente año (2002)? ¿El segundo hecha luz sobre el primero? Pensar (en un sentido fuerte) la misma consigna que guiará la labor analítica es, creemos, una buena manera de comenzarla. 

Los sujetos gobernantes, valga la perogrullada[1], gobiernan y son, en parte, generadores de gobernabilidad (aunque también existen variables socio-estructurales o contextuales que condicionan este proceso). De acuerdo a Xavier Arbós y Salvador Giner “la gobernabilidad es la cualidad de una comunidad política según la cual sus instituciones de gobierno actúan eficazmente dentro de un espacio de un modo considerado como legítimo por la ciudadanía, permitiendo así el libre ejercicio de la voluntad política del poder ejecutivo mediante la obediencia cívica del pueblo” (Arbós- Giner, 1996: 13). La combinatoria de legitimidad y eficacia deriva en la estabilidad del régimen (no necesariamente del gobierno). Sartori señala con atino que el concepto de gobernabilidad no se aplica a “los desempeños reales, sino a las capacidades estructurales” (Sartori, 1994). 

Estamos de acuerdo: no se trata de la actividad concreta del gobierno ni de si el mismo es bueno o malo, sino de las capacidades potenciales que el funcionamiento del sistema en su conjunto y el propio sujeto de gobierno entrañan (gobierno eficaz no equivale a gobierno activista). 

La noción de sujeto gobernante, que junto con el concepto de gobernabilidad trabajado arriba, conforma el basamento de nuestro marco teórico, se construye a partir de cinco dimensiones configurantes. Comenzamos por la categoría de pluralidad la cual no se refiere al agente en sí sino a la diversidad de agentes existentes en un sistema socio-político cualquiera. El poder se comparte siempre (aún más en una poliarquía en el sentido dahliano). ¿Están en condiciones los candidatos a ingresar en el mundo de los sujetos de gobierno para desarrollar ese poder comunicacional que se sabe compartido? En ese sentido contemplaremos incluso la nueva categoría de governance (Mayntz, 2001; Narbondo y Ramos, 2001); participación: Foucault y Poulanzas de maneras bien distintas (entre muchos otros) han criticado con agudeza la concepción ‘cosificante’ del poder propuesta, a modo de ejemplo, por el leninismo. En el poder, el gobierno participa “con un fuerte diferencial a favor” (Pérez Antón: 4). Hoy el EP-FA, en un sentido nada superfluo, gobierna, o mejor, cogobierno; reticularidad: el sujeto gobernante se halla situado en un lugar de privilegio en cuanto al “manejo de una red social de comunicación y aplicación de sanciones”. En este momento el EP-FA se encuentra en un ámbito central (lo que posibilita lo que Foucault denomina ‘singularización ascendente’) (Foucault, 1989). El conflicto entre la administración Arana y el sindicato municipal es prueba de ello; decisionalidad: los gobiernos están “prioritariamente orientados a la acción”, no a los aspectos deliberativos de la política (no principalmente claro está); asimetría: la gestión de gobierno (seguridad interna y externa, política monetaria, etc..) descansan en importantes asimetrías institucionales, políticas, simbólicas y fácticas. 

 Pasando a la empiria debemos señalar que arreglos institucionales y/o fácticos que se han instrumentado en la historia del sistema político uruguayo, a través de las diversas facetas de la coparticipación en el gobierno de los partidos políticos, por acción o por defecto (esto es participando efectivamente u otorgando gobernabilidad por otros medios), han posibilitado por extensos períodos una adecuada, o por lo menos razonable, capacidad de gobierno por parte de las autoridades. Estos mecanismos  institucionales o fácticos fueron, mencionados sólo a modo de resumen: la cláusula no escrita de 1872, el acuerdo sobre la Constitución de 1917, el 'pacto del chinchulín', el acuerdo golpista Terra-Herrera, el acuerdo 'bueno' de Baldomir con el 'batllismo neto', el 'colegiado integral', la ley de seguridad del Estado de 1972 y los acuerdos post dictadura de 'entonación nacional', 'coincidencia nacional', coalición ex-post y flexible, coalición ex-ante y estructurada. Nos preguntamos al respecto: ¿Constituyen meros antecedentes históricos no aplicables en reflexiones prospectivas o pueden darnos  pistas de factibles caminos en escenarios futuros, pero con una fuerza de izquierda a cargo del gobierno? 

Durante el presente curso de Sistema Político Nacional II hemos definido al Frente Amplio primero y al EP-FA después en tanto sujetos de gobierno. Convenimos en que el FA desde sus orígenes demuestra una fuerte orientación al ejercicio del gobierno y no hacia una mera actividad de corte testimonial. Desarrollamos una suerte de hermenéutica historizante[2] que combina ‘teoría’ con materiales históricos llegando a la conclusión de que  esta hipótesis encuentra respaldo en la evidencia empírica: el apoyo a la presidencia de la cámara de diputados de Gutiérrez Ruiz, producto de un acuerdo oficioso entre  la bancada blanca y del FA (1972), la aceptación por parte del FA de cargos en los Entes Autónomos y organismos de contralor en 1984, entre otras. La reflexión desde la izquierda sobre cómo lograr la capacidad de gobierno imprescindible, en términos de legitimidad y eficacia, ha ido creciendo en la medida que sus expectativas concretas de acceder al mismo han sido mayores. El tema apareció, aunque brevemente expuesto, ya en la Declaración Constitutiva y en las Bases Programáticas del FA en febrero de 1971, actualizadas en agosto de 1984, ampliado en el Programa de Gobierno de 1989 y desarrollado en el Programa de 1994 y en El Otro Programa del EP-FA de 1999, y recientemente en el discurso de Vázquez del 9 de noviembre de 2002, e incluso en el documento marco de acuerdo con el NE del 2 de diciembre de 2002. La línea de abordaje a la eventual dificultad en la implementación de políticas públicas diferentes a las vigentes pasa por la participación ciudadana y el relacionamiento con la sociedad organizada, sindicatos, etc. Desde el punto de vista conceptual implica afrontar los problemas de gobernabilidad, introduciendo la governance, en los términos de Mayntz (2001) o, más precisamente, en los de Narbondo y Ramos (2001), la participación de la sociedad en el diseño e implementación de las políticas públicas con un papel relevante del Estado en las mismas: "...Un Estado verdaderamente democrático y moderno debe profundizar su relación con la sociedad y sus organizaciones. Debe potenciar la democracia participativa" (EP-FA, 1999: 82), que incluye la idea de que "la integración de los trabajadores del Estado en la dirección de instituciones estatales será propiciada por el Gobierno." (EP-FA. 1999: 84). También la participación de la sociedad civil será promovida  a través de la "conformación de Consejos Vecinales como expresión de la amplia y diversa trama de organizaciones sociales que existen a nivel local en todo el país. Así como la "redefinición de las relaciones entre distintos sectores de la economía y el Estado." (EP-FA, 1999: 85). 

 No menos Estado, sino más y mejor Estado, ya que "deberá cumplir con las tareas inherentes a su propia esencia con el máximo de eficacia [...] Pero en estos cometidos básicos no se agota su rol. Debemos transformarlo en una poderosa palanca de la acción social colectiva, con una obligación ineludible e irrenunciable de promotor del desarrollo nacional ..." (EP-FA, 1999: 82). Desde el ángulo del 'aparato', de la burocracia, plantea la necesidad de la capacitación funcional, la mira parece ser la clásica burocracia eficaz y eficiente en el sentido weberiano aunque  flexibilizada en sus términos. Los aspectos difundidos en la documentación pública del EP-FA atienden a la eficacia estatal por la vía de la transparencia procedimental, por la capacitación funcional, por la explicitación de objetivos comunes, por la concertación con la sociedad civil organizada y por la responsabilidad (accountabily) gubernamental ante la ciudadanía, más allá de la escena electoral.

Además de la búsqueda de gobernabilidad (vía nueva 'gobernancia'), queda por lo menos otro aspecto de las dificultades a enfrentar por un eventual gobierno de izquierda: disponer de los cuadros de dirección necesarios para, sin perder la memoria institucional, implementar nuevas políticas públicas legítimamente, con eficacia y eficiencia. La pregunta que sobrevoló cuando el triunfo blanco de 1958 es de alguna manera más punzante hoy día con relación a un gobierno de izquierda; puede ser, incluso, una lectura de los resultados de la segunda vuelta presidencial y de mayo de 2000  que señala que no está pronto el elenco de recambio (González-Queirolo, 2000); el EP-FA quiere aplicar un programa, ¿pero en realidad puede hacerlo?. ¿Tiene los cuadros necesarios, con un patrimonio colectivo de criterios con los que afrontar las coyunturas venideras?  ¿Está, en tanto fuerza política, reflexionando sobre posibles escenarios?, ¿sobre cómo aprender a gobernar?, ¿sobre el conocimiento del Estado y las posibles desavenencias o incumplimientos de la burocracia partidizada actual?, ¿y sobre los eventuales sabotajes de los cuadros medios o por lo menos su posible no involucramiento en la gestión? 

Las tensiones entre roles diferentes (fuerza política, elenco gubernamental de esa fuerza, trabajadores y sociedad), que adquirieron estado público en los conflictos municipales de Montevideo del 2000 y del 2002, aunque insinuados en cuanto posicionamiento en la primera administración frentista de la IMM, son reconocidos explícitamente en el discurso de Vázquez ante el Plenario Nacional (9/11/02), pero como un tema de pendiente laudo. Parece claro que el EP-FA no ha resuelto claramente una estrategia en este sentido, lo que queda en evidencia ante las diferencias según sectores de la fuerza política (grupos más orientados al gobierno    -VA, AU-, con necesidad táctica de marcar perfil en el único espacio que les queda: hacia la izquierda -PCU, CI- y otros en una posición intermedia, aunque difusa -PS, MPP, CONFA-) Los riesgos democráticos en escoramientos para la solución de aquellas tensiones se pueden ejemplificar en los casos extremos de: 1) organizaciones sindicales supeditadas a la fuerza política (populismo, corporativismo), 2) aparato partidario con primacía sobre el elenco gobernante (partidización, colonización, Estado-Partido), 3) elenco gubernamental independizado de la fuerza política (gobierno apartidario, sin mediación, sin control), 4) sociedad sin voz, ni incidencia en las cuestiones de gobierno más que el voto (democracia delegativa, autoritarismo). Encontrar el adecuado balance entre dichas tensiones, no es cosa fácil, pero el divisar los riesgos es un primer paso. 

En un sistema de gobierno como el uruguayo (presidencialismo atenuado, cuasi presidencialismo, presidencialismo pluralista) y con un sistema de partidos de pluralismo moderado en cuanto a número y sin polarización extrema, además con expresa y confesa lealtad institucional, vale señalar que los escenarios de un triunfo de la izquierda en el futuro inmediato serían básicamente dos: 1) se triunfa en la primera vuelta superando el 50%, por tanto se logra mayoría parlamentaria propia, 2) se triunfa en segunda vuelta, sin obtener mayoría parlamentaria propia. Las posibilidades de gobernabilidad en uno u otro caso son claramente diferentes. Si el escenario resultante del 2004 es el 1),  la forma operativa podría ser la de partido mayoritario, aunque no se descarte a priori la formación de una coalición sobredimensionada, más como efecto simbólico de búsqueda del consenso que por necesidades perentorias y podría generar más optimismo sobre la estabilidad futura (Chasquetti, 2001). Si este fuera el caso, podría ser un indicador de que Uruguay se estaría moviendo hacia un formato bipartidista de nuevo tipo, por tanto encauzando a un sistema presidencial con altas chances de estabilidad (Chasquetti, 2001). Una mayoría parlamentaria propia permitiría la aprobación de la mayoría de las leyes imprescindibles, comenzando con el Presupuesto Quinquenal, y acotaría la esfera de las negociaciones ineludibles a la obtención de las mayorías especiales (designaciones de órganos de contralor, entes, Suprema Corte, por ejemplo). Este escenario facilita uno de los aspectos de la capacidad de gobierno y, aunque no soluciona las tensiones entre elenco de gobierno, fuerza política, trabajadores y sociedad, permitiría un encare más ágil, en tanto las definiciones internas se procesen. 

Si el escenario resultante fuera el 2), podrían darse varias formas operativas:  a) lógica de partido mayoritario, sin oposición consolidada como bloque, poseyendo  una bancada parlamentaria cercana al 50%, sin coalición estable, con negociación individual y puntual para la obtención de los votos necesarios. Los riesgos de bloqueo estarían presentes permanentemente y la productividad parlamentaria probablemente se vería afectada; por otro lado el apoyo a lo largo de la legislatura podría variar sustancialmente. La disciplina de los partidos -oficialismo y oposición- sería relevante para la definición de los interlocutores no gubernamentales (individuos, fracciones o partidos); b) coalición mayoritaria mínimamente ganadora, conformada con partido bisagra (si lo hubiera) o con fracciones de partidos históricos. Probablemente se lograría un razonable nivel de gobernabilidad, hasta el momento en que los réditos del socio menor lo impulsen a salir de la coalición, y al precio de transacciones en términos programáticos y/o de medidas de gobierno, así como de cargos de gobierno (Buquet-Piñeiro, 2000); c) oposición sistemática y consolidada a nivel parlamentario, situación con alto riesgo de bloqueo operativo, polarización del escenario político y con fuerte restricción del nivel de gobernabilidad. Las opciones institucionales solamente permitirían el manejo de las políticas públicas por la negativa (veto presidencial), o 'desparlamentarizando' la normativa (vía decretos, o en sentido 'bonapartista', recurso frecuente al plebiscito convocado por el Ejecutivo, con o sin el ingrediente de la movilización inducida). 

Si este fuera el caso podría ser un indicador de que Uruguay se estaría moviendo hacia un sistema de multipartidismo polarizado, con la estabilidad comprometida. La situación c) del escenario 2) implicaría dificultades adicionales en el encauzamiento de las tensiones entre elenco, fuerza política, trabajadores y sociedad, así como fuertes riesgos de alta confrontación política y social. El balance, sin duda más delicado, supondría también una prueba de fuego para la lealtad institucional de 'tirios y troyanos' (Chasquetti, 2001). 

La conquista del gobierno por parte del EP-FA entraña crisis (cambio) para el mismo, no necesariamente para la polis en su conjunto. Es sabido que ocupar el lugar de la oposición es más fácil que gobernar. Depende del agente y de la manera en que procesa su crisis interna si ésta se expande o no hacia el sistema socio-político en su conjunto. El relacionamiento entre el EP-FA y el poder sindical ha de transformarse radicalmente. Esto supone un cambio profundo en el rol histórico del FA (que no del EP). ¿Modificación de su naturaleza y rol socio-político? Es evidente que el EP-FA no será el que fue para una masa importante de gente. Esta fuerza política, según cierta línea de pensamiento fronteriza entre el análisis político y la filosofía política, encarna la esperanza histórica (compleja categoría pero cuya esencia puede ser aprehendida intuitivamente). ¿Qué resultados pueden obtenerse de este fenómeno? En todo caso es inevitable una cierta desilusión cuando se halla el límite que todo gobierno encuentra.

Una posible hipótesis de trabajo: profundizando las ideas esbozadas arriba es probable que el EP-FA sea, en el hoy y ahora del Uruguay actual, uno de las fuentes centrales de generación de espacios de gobernabilidad, puesto que encarna la única alternativa política posible proyectada hacia un futuro inmediato. Desde la perspectiva del común (que en la era de la política de masas es una perspectiva que el analista debe privilegiar) y a nivel simbólico, este elemento es crucial. Desarrollando aún más la hipótesis podemos plantear la existencia de una relación negativa entre el nivel de movilización social no partidaria y el vigor simbólico y funcional de la partidocracia, a la cual el EP-FA nutre de legitimidad. De esta forma el EP-FA ‘desactiva’ (por vía indirecta y, seguramente, sin tenerlo como un objetivo particular) la movilización social al estilo argentino. Así esa consigna pre-política o, incluso, anti-política (¿anómica?) de “que se vayan todos” no puede cuajar en Uruguay. La partidocracia disminuye los niveles de anomia política. Si es cierto que hoy el FA es un generador de gobernabilidad qué ocurrirá si éste obtiene el gobierno y no existe un otro actor partidario importante (sin contar obviamente a los partidos tradicionales) que funcione como oposición, ¿qué o quién canalizará el descontento?. 

Como contribución a la gobernabilidad de la actual administración colorada, como demostración pública de su lealtad institucional (Vázquez, 2002), vale la observación del tipo de oposición llevada adelante por el EP-FA en este período: conformada una coalición mayoritaria entre el Partido Colorado y el Partido Nacional, que ha permitido implementar las políticas públicas deseadas y la aprobación del Presupuesto Nacional, y aunque sin integración en los organismos de contralor a pesar de su 40% de respaldo ciudadano, el EP-FA no ha sido una oposición sistemática, esto es, oposición por la oposición en sí. La oposición programática practicada por el mismo, su insistencia en la necesidad de políticas de Estado consensuadas, lo que no ha impedido diversas interpelaciones y apoyos a instrumentos de consulta popular, sus definiciones estratégicas explicitadas el 9 de noviembre, así como un cierto corrimiento hacia el centro en sus propuestas, reconociendo las limitaciones de la coyuntura, parecen avances en la transición de la 'cultura de la voluntad' a la 'cultura de gobierno' (Botinelli, 2002) y de alguna manera generar credenciales, en el imaginario colectivo, de solvencia del 'elenco de recambio' (González-Queirolo, 2000). Emprendiendo una mirada historizada-historizante podemos decir además de lo desarrollado arriba que desde la salida de la dictadura la amenaza electoral frenteamplista aunó a los partidos tradicionales lo que potenció los procesos asociados a la gobernabilidad. Fue un ‘elemento cohesionador’ del sistema político. En síntesis, el EP-FA es una fuente de gobernabilidad. El crecimiento en las preferencias ciudadanas de la izquierda ha sido fundamental en que los partidos históricos traspusieran líneas de demarcación mutua, impensable en otro contexto. Las experiencias de los gobiernos post dictadura, la instrumentación de la reforma del 96, el acuerdo firmado previo a la segunda vuelta del 99, son demostración de ello; la percepción de amenaza por parte de las élites de los partidos históricos de ser desplazadas, el enfrentarse a un adversario común ha contribuido no poco a aceitar los mecanismos de mutua cooperación estratégica.

¿Hecha luz el conflicto entre la administración Arana y el sindicato municipal sobre la problemática de la capacidad de gobierno del EP-FA? ¿Es extrapolable lo ocurrido en un escenario departamental al nacional? En el caso de la Intendencia Municipal de Montevideo, ¿qué sujeto gobernante actúa?[3], ¿El EP-FA o la administración Arana que, incluso, ha gobernado oponiéndose en algunas cuestiones al FA?  Nos inclinamos por una solución intermedia poniendo énfasis en la primera. Es menester tener presentes, además, las especificidades tanto situacionales como estructurales de lo ocurrido. ADEOM es uno de los pocos si no el único sindicato donde la ultra-izquierda (encarnada en la Corriente de Izquierda) posee una cuota importante de poder. ¿Es homologable el P.I.T-C.N.T. a ADEOM? Las diferencias entre sus dirigencias manifestadas verbalmente durante los últimos meses parecen sugerir que no. Por otra parte: no hay orden sin desvío ni gobierno sin conflicto. Por ello es imprescindible demarcar precisamente el abordaje politológico del uso político de estos episodios y evitar toda posible penetración de la política en la politología. En síntesis, es crucial el preguntarnos desde dónde nos interrogamos sobre la capacidad de gobierno del EP-FA e intentar visualizar este punto en nuestros interlocutores, sobre todo cuando se trata de agentes socio-políticos (ni qué decir de los representantes de organizaciones político-partidarias). 

La partidocracia y el EP-FA. Existe un gran consenso en torno a la idea de que los elementos constitutivos del sistema político uruguayo han sufrido grandes transformaciones. Tampoco se duda de que se ha procesado una importante mutación del escenario en que la partidocracia está inserta. Sin embargo el punto conflictivo es el de una posible crisis de la partidocracia misma lo cual atentaría, según una hipótesis razonable, contra la configuración histórica del sistema político nacional (que, además, se pensaba en términos de vigencia y vigor). Pero vayamos por partes: basta recorrer la prensa del día para percatarse de que el eje del escenario simbólico de la política está aún ocupado por los partidos políticos. Se es centro respecto de algo o de alguien: se hace referencia con este término a una disposición espacial de las piezas que, articuladas, conforman un todo complejo. Lo antedicho no trae necesariamente aparejado una determinada distribución de los recursos de poder. 

Obviamente que estar en el centro es un privilegio porque como el ojo del panóptico de Bentham el eje ve (casi) todo el paisaje social lo que le permite al actor que en él esté situado autoerigirse como articulador, mediador y decisor principal del mundo sociopolítico. El centro sabe porque ve: saber y poder se confunden fenoménicamente. Pero atención: puede haber un centro enclenque y maniatado, y que sigue siendo centro. Acaso imperen condiciones socioestructurales que nadifican a la política misma, por ejemplo Przeworski sentencia: “La pobreza no deja lugar a la política”. (Przeworski, 2000: 178). Este no es el caso de Uruguay, pero si vemos la cuestión desde una mirada gradual (no estructurada por la lógica dicotómica o disyuntiva)  se abre un panorama de estudio que presenta criterios de cercanía y proximidad respecto a la situación antes enunciada de las distintas unidades de análisis. La política uruguaya, acaso, pierda densidad negociadora y autonomía en relación a otros poderes o, lo que tal vez sea peor, en relación a los constreñimientos encarnados por las variables contextuales. Acaso se esté materializando la posibilidad teórica de un partidocentrismo sin partidocracia. 

Son muchos los sectores que participan de la ‘sensación’ de que la política (y ‘los políticos’) de los países de la periferia  se hallan maniatados por, a modo de ejemplo,  los compromisos contraídos con organismos internacionales como el FMI, el BID o el Banco Mundial, decisiones tomadas por terceros países o la coyuntura internacional. El sociólogo Fernando Filgueira sostuvo en una entrevista con Sonia Brescia que de la actual crisis económico-social el Uruguay sólo puede salir si cambia la situación de la región (Filgueira, 2002). Claro que con ‘sensaciones’ o intuiciones no alcanza por lo que hay que apelar a estudios académicos que señalan el estrechamiento del margen de razonabilidad de los discursos (parafraseando a Gerardo Caetano) y de las políticas implementables. Sea cual fuere el sujeto gobernante que en el futuro tome el timón de nuestra polis estará sujeto a una serie de condicionantes a abordar investigativamente. Es probable que el EP-FA posea todas las herramientas como para llevar adelante la gestión de nuestra comunidad política y que, sin embargo, sus acciones se vean amortiguadas por condiciones socioestructurales adversas o limitativas. El punto desde el que se parte marca a fuego las posibilidades de gestión y desarrollo: aumento de la pobreza y la marginalidad, descenso estructural de las clases medias (devaluación, descenso del salario público, etc.), la situación de la banca, etc..

1-Es paradójico el hecho de que la ciencia política haya descuidado el problema del gobierno como eje temático durante tanto tiempo. La reapropiación académica de los enigmas asociados al gobierno está inserta, acaso, en los últimos movimientos hacia la conciencia total de la relativa autonomía de lo político respecto del resto de las áreas del mundo societal

2- Esta labor interpretativa historizante (no historicista) corresponde claramente al enfoque cognitivo de los partidos políticos al decir de Romeo Pérez Antón, lo cual se ve reflejado en su mirada holística y compleja sobre los mismos

3 - En una línea complementaria, cabe la reflexión sobre la percepción ciudadana del Arana gobernante que, administrando recursos escasos hace una opción, cuando la dicotomía se plantea como conflicto de intereses funcionarios- habitantes, aunque suponga afrontar un conflicto con los funcionarios municipales (Factum, 2002)

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