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Garantía
de supervivencia Abandonan sus hogares. Se despiden de sus familias. Preparan las valijas con algo de ropa, muchos recuerdos y mil ilusiones. Más de 160 millones de personas se marchan de sus países de origen en busca de fortuna en el norte desarrollado, sin contar a los millones de inmigrantes clandestinos que viven cada día en la sombra de la legalidad, trabajando de sol a sol a cambio de salarios de hambre y padeciendo, cada vez con más frecuencia, el rechazo de las gentes de los países de destino… que no de acogida. Eso es, al menos, lo que se desprende de los informes que se prepararon con motivo de la celebración del día internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial el pasado 21 de marzo. Según los estudios sociológicos, las principales razones que conducen a la emigración son la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades derivadas de la carencia de un sistema democrático. Son pocas personas en los lugares del Sur las que pueden viajar por placer. Pero son muchas las que sienten en su interior el sueño de luchar por una vida digna para ellas y sus familias. Un sueño alimentado por las imágenes que emiten los medios de comunicación, la factoría cinematográfica de Hollywood o las historias que cuentan los parientes establecidos en los países ricos. Esas imágenes quedan adosadas en la imaginación de los que emigran, ya lo hagan a bordo de una patera, escondidos en los bajos de un camión de transporte o, en mayor medida, si se viaja con un permiso de trabajo y de residencia bajo el brazo. Nacieron en África, América, Asia y los países del Este de Europa y, aunque no lo definan así los códigos internacionales, sólo devuelven la visita que siglos atrás les hicieron los exploradores occidentales con la excusa del descubrimiento. Bajo ese pretexto, la codicia, el filantropismo y la sensación de superioridad, arrasaron culturas, civilizaciones y costumbres autóctonas. Hoy, los emigrantes no parten de sus países con los honores que sí recibían los aventureros de entonces, pero sí tienen en común la expectación que despiertan en sus sociedades. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), "las reservas de dinero que caribeños y latinoamericanos residentes en el mundo industrializado envían a sus países de origen sumaron por lo menos 32.000 millones de dólares en 2002". Lo llamativo del dato es que estos envíos de dinero significan un monto mayor que el de la Ayuda Oficial al Desarrollo que reciben los países de esta región y son también equivalentes a la suma total de la inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe. En definitiva, son un aporte fundamental para el sustento y la continuidad de miles de familias pobres, cuyas economías domésticas dependen de esas cantidades que reciben. Estas cifras sitúan a América Latina y el Caribe, según el BID, como la zona del mundo que recibe más remesas de la emigración. El total es, además, mucho mayor porque al igual que es imposible medir el número de emigrantes, lo es también conocer con seguridad las cantidades que no se registran como transferencias internacionales de divisas para eludir los costes de envío. De las remesas enviadas por latinoamericanos y caribeños, el 78% (unos 25.000 millones de dólares) provienen de Estados Unidos. Después de este país, Japón, España y Canadá son los principales lugares de destino de emigración para las personas de esta parte del globo. Como curiosidad, apunta el BID, que la cifra enviada cada mes por los emigrantes latinoamericanos suele ser de unos 200 dólares, salvo en el caso de los mexicanos, entre quienes predominan cifras de por lo menos 300 dólares. Con estos datos es lógico que los gobiernos del sur no desarrollen con todo rigor las recomendaciones que les hacen sus homólogos del norte en cuanto a la aplicación de políticas que frenen la inmigración que reciben. Como demuestra la estadística, la emigración significa una garantía de supervivencia para las economías más débiles… y prescindir de ella o reducirla puede generar un caos interior. Eso sin hablar de la bomba social que produciría. Cuando las condiciones ahogan, la marcha a otro país constituye al menos una oportunidad para escapar de la miseria. De la Agencia A.I.S. para La ONDA digital De la Agencia A.I.S. para La ONDA digital LA ONDA® DIGITAL |
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