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Tres
inquietudes: El Dr. Gonzalo Carámbula, Director del Departamento de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo, desarrolla una serie de reflexiones sobre la gestión del arte en un Uruguay económicamente en crisis y el papel del arte en un sentido más amplio, afirmando que : "En tiempos donde poco se puede creer y cuando la desconfianza es un disolvente en demasiadas relaciones sociales, las artes y el artista ocupan un lugar seguro en el sentimiento de las personas".
Entiéndase por "Uruguay pobre" un país que cumple el quinto año de caída de producto bruto interno, que se ha endeudado de manera asfixiante, que estrecha sus gastos pero no puede salir del estancamiento y que, sobretodo, expulsa y pauperiza a su gente a extremos antes inimaginables. Los estudios que se han realizado sobre aspectos económicos de la cultura en esta banda oriental del Río Uruguay, señalan que sus principales fuentes de financiación provienen del consumo del público y, en menor medida, del estado. Parece tan sencillo como insoslayable preguntarse, entonces, qué va a ser de la actividad cultural de los uruguayos ahora más pobres, en sus bolsillos y en su Estado. Desde este sucinto y crudo punto de partida se pretende plantear aquí tres inquietudes: quiénes y de qué forma ocuparán el ámbito de la expresión cultural y de las relaciones intersubjetivas de los uruguayos; qué papel le corresponde jugar al Estado en estas nuevas circunstancias y cómo juegan otras posibles variantes aplicadas en otros tiempos, en particular, el patrocinio. UNOS CUANTOS
SIGNOS PREOCUPANTES Es necesario evitar la tentación de presentar la preocupación de lo que parece ser una creciente pérdida de soberanía cultural con imágenes ciertas pero no únicas. Sigue habiendo mucho talento artístico que se puede saborear entre nosotros. Hay varias salvaguardias que permanecen en pie. La primera es que los públicos vuelven pendulares los efectos de la globalización y se aferran a lo local como último amarre de sus referencias finales. En tiempos donde poco se puede creer y cuando la desconfianza es un disolvente en demasiadas relaciones sociales, las artes y el artista ocupan un lugar seguro en el sentimiento de las personas. Y entonces, tiene que ser "nuestro", "como nosotros". (Por eso, también, el contraataque: los reality shows con muchachos de aquí). Hay otras vallas: el arte efímero no va con las reglas globalizantes; la necesidad de ser y sentirse protagonista no se puede sustituir con cadenas satelitales; las formas de representación formateadas en lugares lejanos huelen falsas; la necesidad del arte, como expresión propia o como forma de relacionarse, está en la esencia del ser humano y todavía quedan muchas reservas de su riqueza. Sin embargo, las cosas no están fáciles. Hay muchos signos preocupantes. El primero de ellos es que la reducción de presupuestos estatales y de posibilidades familiares, de recursos propios de las personas, golpea las instancias de formación artística. Está difícil cultivar. En Montevideo sucede que cada vez hay mayor demanda para la formación o la iniciación de las artes, pero ya no hay tantas posibilidades para satisfacerla. Se vuelve más difícil pagar las cuotas de las escuelas o talleres privados y las instancias gratuitas son finitas, porque son financiadas por ese Estado paupérrimo (lo municipal, en este caso) y no pueden ampliarse ilimitadamente los cargos docentes o las condiciones locativas. Pese a que hay instancias barriales, el mero hecho de tener que costearse dos boletos de ómnibus se vuelve a menudo insuperable. Y también son duras barreras las largas jornadas laborales, cuando no la grosera desocupación, cara y contra cara de la misma situación económica. Sin exagerar: antes la preocupación era encontrar lugares de expresión para los artistas que iban apareciendo, ahora lo angustiante es encontrar los espacios para incentivar su eventual aparición. Están sucediendo otras cosas. Aquellas manifestaciones culturales nacionales que se mantuvieron hasta ahora esencialmente sobre la base del consumo público atraviesan un momento muy complicado. El teatro independiente, las editoriales nacionales y los sellos discográficos locales (en realidad, queda sólo uno) ya no encuentran formas reales de sustentación. Los apoyos municipales, como la exoneración de tributos o la compra de funciones o algún programa especial, son insuficientes Sobreviven a costa de un extraordinario esfuerzo militante, con horas de sobre dedicación voluntaria de sus responsables y de hecho, la mayoría de los artistas vuelven a donar su obra. Ya no es el resultado de aquel debate ideológico, perimido, sobre si era lógico que se buscara la profesionalidad y que la sociedad retribuyera como corresponde a los trabajadores del arte. Ahora la realidad no deja lugar y volvió la rueda atrás: son pocos, demasiados pocos, los que pueden vivir de su arte y ello atenta claramente contra el nivel de su producción. En ese marco está gestándose una nueva situación sobre la que interesa alertar en esta nota. Puede tratarse del comienzo de un proceso preocupante u, ojalá fuera así, sólo de un síntoma más. El sálvese-quien-pueda en el terreno del espectáculo ha empujado a buscar apoyos económicos en empresas que empiezan a desarrollar nuevas estrategias comerciales que incluyen precisamente el mundo del espectáculo, las salas de cine, los lugares de entretenimiento. Son negocios que ya incluían circuitos de consumo popular: tarjetas de crédito, tarjetas telefónicas, mecanismos de venta masiva que ahora incluyen beneficios en el rubro de la cultura artística. Y esas estrategias, legítimas desde la óptica del mercado, están reorganizando el sistema, determinando énfasis del consumo cultural y hasta fortaleciendo zonas o superficies, como la de los shoppings. Son nuevos actores, ajenos a las industrias del sector, que intervienen en la distribución y comercialización de la cultura. Es decir, son nuevas -y sesgadas- fuentes de financiación. OTRA VEZ:
¿CUÁL DEBE SER EL PAPEL DEL ESTADO? Parece evidente que pase lo que pase no dejará de haber circulación de bienes y servicios culturales, expresiones artísticas, tránsito de valores, formas y maneras de representación simbólica entre las gentes. Simplemente, está en la naturaleza humana y en todas sus formas de vida en sociedad. El problema es otro: si no se ocupan esos espacios con discernimiento propio -de los individuos, de los grupos, de las comunidades- otros intereses (otras formas), buenos, malos o regulares, lo ocuparán. No se trata de volver a los planteos chauvinistas de las identidades amenazadas o de exacerbar viejas visiones nacionalistas para construir murallas estatales igualmente sofocantes de toda capacidad creadora. La pregunta no puede soslayarse con la acusación de lo antiguo. La cuestión es muy actual: ¿le cabe hacer algo al Estado?, ¿O a los Estados, por ejemplo en un contexto de integración regional o continental?. A esta altura ya nadie tiene dudas sobre la enorme dimensión económica de la cultura, sobre su impacto social incluso en términos de fuentes laborales. Se podrá discutir cómo interactúan ambas esferas, la economía y la cultura, o si la cultura es realmente una palanca del desarrollo económico, o si las hegemonías económicas condicionan en tal o cuál medida las posibilidades culturales. Pero lo que no admite cuestionamiento es que a la par de la dimensión de esa interrelación está la omisión que se tiene en los ámbitos que marcan las agendas públicas para promover la comprensión pública y el debate democrático, abierto y plural, de estos aspectos. Síntoma de lo cual es la pertinaz ausencia de cuentas públicas que ilustren integralmente sobre el fenómeno. ¿Porqué se preocupa el Uruguay de los subsidios y las formas encubiertas de proteccionismo que aplican muchos países respecto a la producción agrícola? ¿Porqué se temen los procesos monopólicos de las llamadas "grandes superficies" comerciales en detrimento de los comercios minoristas? ¿Porqué se fijan aranceles externos y medidas de control interno para la circulación de determinadas mercaderías? ¿Porqué se otorgan líneas crediticias "blandas" y devolución de impuestos para determinados sectores de la producción?... ¿Porqué se pretenden analizar esas áreas económicas y no la economía de la cultura?.¿Por se regulan, se vigilan, se protegen con celo algunos derechos y se desatienden los derechos culturales?. Que el Estado intervenga o asuma su papel de garante, articulador y regulador, no es sinónimo ni mucho menos de "intervencionismo" en el hecho creador. Entre la obligación de generar espacios y velar por un desarrollo cultural en la diversidad y cualquier forma de imposición del "valor oficial" de la cultura hay una distancia enorme. Como entre la irresponsabilidad y la hipocresía. El Estado no tiene legitimidad, ni teórica ni en la norma, para determinar o delimitar las formas de expresión cultural y artística de las personas, ni para pretender incidir en los contenidos de sus obras. Son derechos esenciales de las personas y en ese ámbito tiene obligación de "no hacer". En cambio, sí tiene la responsabilidad de facilitar y promover la formación artística y cultural, el intercambio, la protección del patrimonio artístico y cultural de la nación, entendido éste como conformación colectiva, dinámica, de tradiciones y de nuevas incorporaciones. Hay mucho para hacer. Para empezar se debe propiciar una visión sistémica, que incorpore la nueva fenomenología cultural que viven nuestras sociedades, con sus bases materiales y jurídicas, con la información del entorno, con el análisis de sus oportunidades y amenazas. Notoriamente, también debe reformularse la aplicación de los recursos públicos, pensados -más bien, acumulados aluvialmente- para otra época. Es posible estimular el despliegue de políticas públicas, no necesariamente estatales, y en ese contexto asignar, respetar y articular roles. La diversidad cultural, como patrimonio y como ámbito de inclusión social, debe ser promovida y protegida. El Estado debe ayudar a corregir asimetrías para favorecer la mayor amplitud posible entre la producción cultural y el acceso a la misma. Las industrias culturales no son necesariamente malas, pero tienden a profundizar las asimetrías. Algunos autores literarios uruguayos se han beneficiado de haber sido cooptados por las multinacionales españolas. Enhorabuena, ello permite que valiosos escritores contemporáneos sean conocidos internacionalmente, que tengan ediciones dignas, que se les asigne políticas de comercialización competitivas...¡cómo debe ser!. Incluso, se compran más libros en Uruguay, y eso también está bien. Pero, cada vez se vuelve más difícil costear ediciones de los otros autores nacionales y es aun más problemático hacer que estos se vinculen con sus posibles lectores. Porque los costos de edición son muy altos, porque los supermercados o los shoppings sustituyeron a las librerías y porque las viejas formas de distribución se han vuelto no rentables. O sea: se venden más libros, pero hay menos autores nacionales en contacto con los lectores nacionales. ¿Cumple el Estado su papel?. No alcanza con los premios. Alguien dirá que los consumidores son los que mandan. Sí, pero si conocen sus derechos y sus posibilidades, si se les abre la mayor cantidad de opciones. Todo ello supone políticas y... financiación. EL PATROCINIO EN
LA NUEVA REALIDAD Se ha expandido la vida cultural y ha crecido la demanda del conocimiento, tomado éste en su acepción más amplia desde la sensibilidad elemental a la complejidad del avance científico - técnico, y ello obliga notoriamente a redefiniciones del campo de acción. Además, las exigencias de competitividad y calidad de los productos culturales, la necesaria profesionalidad de la gestión, conllevan un evidente aumento de costos. Los organismos públicos, en general, aun cuando no tuvieran los problemas señalados al principio, no pueden absorber al infinito este crecimiento de exigencias, naturales a la propia dimensión de la cultura en el tercer milenio. Las entidades culturales y las organizaciones no gubernamentales enfrentan los mismos desafíos, y también es el caso de las empresas locales, en competencia abierta de mercado con las industrias multinacionales, fonográficas, editoriales o audiovisuales. Esta realidad obliga a incentivar la relación entre el sector público y el sector privado. Si en el caso de los órganos gubernamentales, éstos no pueden soslayar sus responsabilidades públicas con el pretexto de buscar apoyo en los ámbitos privados, éstos no pueden pretender del Estado apoyos imposibles o formas de cooperación paternalistas o asistencialistas. En esos parámetros se ubica lo que debe ser una relación equilibrada, que requiere de límites normativos claros, convencionales o legales. Corresponde ver con amplitud el concepto de "sector privado" o, en todo caso, de sector público no gubernamental. No siempre se habla de empresas comerciales cuando uno se refiere a las fuentes de financiación. Viendo las necesidades en su conjunto, la financiación incluye desde el trabajo voluntario de las personas hasta las asociaciones de cogestión con entidades gremiales o asociativas. Aunque en países donde hay una alta tasa de desempleo, la concertación del trabajo voluntario tiene algunas aristas que deben ser resueltas con mucho cuidado. Este tema daría para tratamientos más amplios y hay que volver a la última inquietud que se pretendía plantear: la realidad del país también se modificó para mal en esta tercera fuente. Ya costaba desarrollar una política agresiva de patrocinios porque, a diferencia de otros países (Brasil y Chile, en la región), no cuenta el Uruguay con normas reglamentarias que incentiven a las empresas a apoyar las expresiones artísticas nacionales. Una vez más se aprecia el rezago estatal en la materia. Pero lo nuevo, dicho apenas como un boceto porque recién se transita la nueva etapa, es que el país dejó de tener un modelo que privilegiaba la importación y los servicios -especialmente el financiero-. Luego de treinta años, vuelve a buscar la palanca en el sector primario y en la exportación. Y aquí, por razones prácticas (el mercado está fuera, sus clientes son de extramuros) y porque recién empieza a recuperarse, es difícil imaginar un ámbito propicio para encontrar patrocinantes. Es un poco trágico plantear estos problemas, pero es imprescindible verlos. Sobretodo cuando se tienen responsabilidades públicas, y cuando se tiene también la certeza de que los uruguayos tienen en su cultura una de sus principales riquezas, es su lugar en el mundo y la clave de un desarrollo democrático realmente integrador. * Pintura, de Freddy Sorribas, Premio Nacional de Pintura 1998 LA ONDA® DIGITAL |
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