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Fuente
de spaghetti
Esa
será la consecuencia inevitable de la eventual aceptación a la
propuesta formulada por Washington en febrero.
En vez de presentar una lista única de reducciones
tarifarias válidas para todos los socios, el gobierno yanqui
dividió en cuatro sus ofertas.
Favoreció en primer lugar al Caribe (más en la teoría
que en la práctica, pues la región tiene menor posibilidad de
aprovechar la oferta, debido al subdesarrollo de la estructura
productiva). En
seguida, fue disminuyendo los ofrecimientos, en cantidad y
calidad, para América Central, a los Andinos y al Mercosur, de
acuerdo con el sabio principio de sólo “dar pan a quien no
tiene dientes”. O,
de acuerdo a la imagen de la antigua fábula, el alimento de la
zorra es colocado en un frasco de cuello largo y angosto, al
tiempo que el de la cigüeña es esparcido en plato llano. Los
EE.UU. afirman que su motivación es tratar mejor a los más débiles,
las economías menores. Mirando
de cerca, se ve que no es tan así.
Las reuniones ministeriales del ALCA recomendaron, de
hecho, que se diese un tratamiento preferencial a los débiles y
pequeños. Esas
economías, que deben definirse de modo riguroso a fin de evitar
abusos, se diseminan por todos los grupos, inclusive el Mercosur.
Por el criterio americano, se llega al absurdo de
privilegiar a Colombia, una de las economías principales y de
desempeño más constante y positivo del continente, en detrimento
del Paraguay, nación mucho menos desarrollada y, además de todo,
sin acceso al mar. Las
concesiones hechas a Chile en el acuerdo bilateral ya negociado,
son muy superiores a las ofrecidas a Bolivia, las disfrutadas por
Méjico en el NAFTA e incomparablemente mejores que las de
Ecuador. Llevado
a ese extremo, el argumento de la diferenciación obligaría a
adoptar reglas comerciales distintas para cada uno de los casi 200
países del mundo, dado que, de hecho, no existen dos en la misma
situación. Sería la negación del sistema comercial basado en la cláusula
de nación más favorecida, por la cual toda concesión hecha por
una nación a otra cualquiera, automáticamente se generaliza a
todas las demás. En
otras palabras, las concesiones bilaterales se multilateralizan.
Es de ahí que viene el nombre “sistema multilateral de
comercio”. Sólo
se admite, en la OMC/GATT, un tratamiento preferencial, no
extensible a terceros, por lo tanto discriminatorio, en la interna
de los acuerdos de libre comercio.
En este caso, la excepción se justifica porque los
participantes están dispuestos a liberar por completo el comercio
entre sí a un ritmo más rápido que los otros.
Ahora, en la versión de Washington, se crea un acuerdo de
geometría variable con seis velocidades diferentes para la
reducción de las barreras al intercambio: las cuatro categorías
mencionadas, más la del NAFTA y la del acuerdo con Chile.
Esto es, en nombre de la abolición de las barreras
existentes, se crean o confirman barreras que no existían antes
– las preferencias discriminatorias a ciertos socios, inventando
obstáculos nuevos cuando el objetivo del acuerdo debía ser
acabar con todos los obstáculos! En
el momento en que los británicos abandonaron un siglo de libre
cambio y adoptaron en 1933 preferencias para sus dominios –
inicio del fin del sueño argentino – se les dio el nombre de
“preferencias imperiales”.
Es esta característica que distingue, desde entonces, la
política comercial de Europa, de favorecimiento a sus ex
colonias. La misma
inspiración se detecta ahora en esta propuesta, que obedece al
viejo principio romano de “divide y reinarás”.
El principio infelizmente funciona.
Los favorecidos por los huesos tirados por los poderosos se
aferran a ellos con uñas y dientes, aunque los beneficios sean en
gran parte ilusorios, como en la fábula citada y por el que se ve
en qué situación se encuentran africanos y caribeños.
Ya los
castigados por andar en
malas compañías – los socios de Brasil en el Mercosur – se
sienten atraídos por la tentación de la recompensa.
Para los practicantes de la manipulación, ésta tiene la
ventaja adicional de ser gratis, pues consiste en ostentar
caridad con el dinero ajeno.
En efecto, lo que hacen los grandes es no sacrificar una
parcela de mercado antes abastecida
internamente, sino transferir o desviar al nuevo beneficiario,
corriente comercial que, en condiciones normales de competencia,
favorecía, por ejemplo, al Brasil. Se trata, como se dice, de robarle a Pedro para darle a
Pablo. La
mayoría de los observadores brasileños no se dio cuenta que, con
eso, la táctica negociadora americana sufrió un cambio
cualitativo para peor. Los
análisis de los inconvenientes del ALCA continúan concentrándose
en lo que estaba presente desde el inicio: la resistencia de los
EE.UU. en liberalizar de modo significativo los productos
sensibles de nuestro interés, de reducir o eliminar los subsidios
y obstáculos en agricultura, en liberar las barreras no
tarifarias en acero y otras áreas.
Todas esas cosas continúan, pero, a pesar de
proteccionistas, son de alguna forma comprensibles porque
corresponden a intereses concretos de sectores americanos.
Ya la táctica actual es más malevolente, un modelo que
hasta cuestiona la buena fe, pues se pretende aislar y perjudicar
al Brasil. Se dice
que en la guerra vale todo, pero sin embargo no se ve cómo
conciliar tal actitud con las declaraciones positivas, incluso
amistosas, de las más diversas autoridades americanas.
Como alguien sinceramente interesado en alcanzar con los
EE.UU. un acuerdo mutuamente ventajoso, hago votos para que se
abandone enseguida esta infeliz táctica negociadora. Sólo hay dos razones para que un país entre en una
negociación comercial: ganar mayor acceso al mercado o, en la
peor de las hipótesis, evitar perder la posibilidad de competir
con otros en igualdad de condiciones.
No está demás esperar que los negociadores americanos
reconozcan que una nación como el Brasil no puede aceptar
razonablemente un acuerdo en el cual, no sólo no gane, sino que
esté obligado, inclusive, a perder. Traducido para La ONDA digital por Cristina Iriarte LA ONDA® DIGITAL |
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