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Fuente de spaghetti
por Rubens Ricupero*

En caso de que prevalezca la bilateralización del ALCA pretendida por los americanos, recibirá el nombre de “fuente de spaghetti”: maraña de acuerdos discriminatorios imposibles de desentrañar.  El Brasil y el Mercosur serán los perdedores absolutos.  Desterrados por los EE.UU. a la categoría más baja, sufrirán discriminación con relación a todos los demás participantes, casi 30. 

Esa será la consecuencia inevitable de la eventual aceptación a la propuesta formulada por Washington en febrero.  En vez de presentar una lista única de reducciones tarifarias válidas para todos los socios, el gobierno yanqui dividió en cuatro sus ofertas.  Favoreció en primer lugar al Caribe (más en la teoría que en la práctica, pues la región tiene menor posibilidad de aprovechar la oferta, debido al subdesarrollo de la estructura productiva).  En seguida, fue disminuyendo los ofrecimientos, en cantidad y calidad, para América Central, a los Andinos y al Mercosur, de acuerdo con el sabio principio de sólo “dar pan a quien no tiene dientes”.  O, de acuerdo a la imagen de la antigua fábula, el alimento de la zorra es colocado en un frasco de cuello largo y angosto, al tiempo que el de la cigüeña es esparcido en plato llano. 

Los EE.UU. afirman que su motivación es tratar mejor a los más débiles, las economías menores.  Mirando de cerca, se ve que no es tan así.  Las reuniones ministeriales del ALCA recomendaron, de hecho, que se diese un tratamiento preferencial a los débiles y pequeños.  Esas economías, que deben definirse de modo riguroso a fin de evitar abusos, se diseminan por todos los grupos, inclusive el Mercosur.  Por el criterio americano, se llega al absurdo de privilegiar a Colombia, una de las economías principales y de desempeño más constante y positivo del continente, en detrimento del Paraguay, nación mucho menos desarrollada y, además de todo, sin acceso al mar.  Las concesiones hechas a Chile en el acuerdo bilateral ya negociado, son muy superiores a las ofrecidas a Bolivia, las disfrutadas por Méjico en el NAFTA e incomparablemente mejores que las de Ecuador. 

Llevado a ese extremo, el argumento de la diferenciación obligaría a adoptar reglas comerciales distintas para cada uno de los casi 200 países del mundo, dado que, de hecho, no existen dos en la misma situación.  Sería la negación del sistema comercial basado en la cláusula de nación más favorecida, por la cual toda concesión hecha por una nación a otra cualquiera, automáticamente se generaliza a todas las demás.  En otras palabras, las concesiones bilaterales se multilateralizan.  Es de ahí que viene el nombre “sistema multilateral de comercio”. 

Sólo se admite, en la OMC/GATT, un tratamiento preferencial, no extensible a terceros, por lo tanto discriminatorio, en la interna de los acuerdos de libre comercio.  En este caso, la excepción se justifica porque los participantes están dispuestos a liberar por completo el comercio entre sí a un ritmo más rápido que los otros.  Ahora, en la versión de Washington, se crea un acuerdo de geometría variable con seis velocidades diferentes para la reducción de las barreras al intercambio: las cuatro categorías mencionadas, más la del NAFTA y la del acuerdo con Chile.  Esto es, en nombre de la abolición de las barreras existentes, se crean o confirman barreras que no existían antes – las preferencias discriminatorias a ciertos socios, inventando obstáculos nuevos cuando el objetivo del acuerdo debía ser acabar con todos los obstáculos! 

En el momento en que los británicos abandonaron un siglo de libre cambio y adoptaron en 1933 preferencias para sus dominios – inicio del fin del sueño argentino – se les dio el nombre de “preferencias imperiales”.  Es esta característica que distingue, desde entonces, la política comercial de Europa, de favorecimiento a sus ex colonias.  La misma inspiración se detecta ahora en esta propuesta, que obedece al viejo principio romano de “divide y reinarás”.  El principio infelizmente funciona.  Los favorecidos por los huesos tirados por los poderosos se aferran a ellos con uñas y dientes, aunque los beneficios sean en gran parte ilusorios, como en la fábula citada y por el que se ve en qué situación se encuentran africanos y caribeños.  Ya los castigados por andar en malas compañías – los socios de Brasil en el Mercosur – se sienten atraídos por la tentación de la recompensa.  Para los practicantes de la manipulación, ésta tiene la ventaja adicional de ser gratis, pues consiste en ostentar  caridad con el dinero ajeno.  En efecto, lo que hacen los grandes es no sacrificar una parcela de mercado antes  abastecida internamente, sino transferir o desviar al nuevo beneficiario, corriente comercial que, en condiciones normales de competencia, favorecía, por ejemplo, al Brasil.  Se trata, como se dice, de robarle a Pedro para darle a Pablo. 

La mayoría de los observadores brasileños no se dio cuenta que, con eso, la táctica negociadora americana sufrió un cambio cualitativo para peor.  Los análisis de los inconvenientes del ALCA continúan concentrándose en lo que estaba presente desde el inicio: la resistencia de los EE.UU. en liberalizar de modo significativo los productos sensibles de nuestro interés, de reducir o eliminar los subsidios y obstáculos en agricultura, en liberar las barreras no tarifarias en acero y otras áreas.  Todas esas cosas continúan, pero, a pesar de proteccionistas, son de alguna forma comprensibles porque corresponden a intereses concretos de sectores americanos.  Ya la táctica actual es más malevolente, un modelo que hasta cuestiona la buena fe, pues se pretende aislar y perjudicar al Brasil.  Se dice que en la guerra vale todo, pero sin embargo no se ve cómo conciliar tal actitud con las declaraciones positivas, incluso amistosas, de las más diversas autoridades americanas.  Como alguien sinceramente interesado en alcanzar con los EE.UU. un acuerdo mutuamente ventajoso, hago votos para que se abandone enseguida esta infeliz táctica negociadora.  Sólo hay dos razones para que un país entre en una negociación comercial: ganar mayor acceso al mercado o, en la peor de las hipótesis, evitar perder la posibilidad de competir con otros en igualdad de condiciones.  No está demás esperar que los negociadores americanos reconozcan que una nación como el Brasil no puede aceptar razonablemente un acuerdo en el cual, no sólo no gane, sino que esté obligado, inclusive, a perder.

Traducido para La ONDA digital  por Cristina Iriarte

* Rubens Ricúpero fue nombrado quinto Secretario General de la UNCTAD en septiembre de 1995 y, por recomendación del Secretario General de las Naciones Unidas, volvió a ser nombrado para el mismo puesto por la Asamblea General por otros cuatro años en 1999. Anteriormente, durante una prolongada carrera en el Gobierno del Brasil, fue Ministro del Medio Ambiente y Asuntos Amazónicos, antes de pasar a ser en 1994 Ministro de Finanzas, cargo desde el que supervisó la puesta en marcha del programa de estabilización económica del Brasil

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