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Los fueros charrúas
por Luis González Olascuaga

Decía el pedagogo vasco Félix María de Samaniego en la corte del Rey Carlos III de Borbón, en Madrid, que los pueblos prósperos son aquellos que saben reivindicar sus fueros.

Samaniego llegó a Madrid, promediada la década del ochenta del siglo XVIII, a pedido del soberano castellano, quien quería subirse al carro de la ilustración que andaba por Europa, con Diderot de cochero y la Enciclopedia francesa por riendas, para crear en la capital del reino godo una Escuela de Señoritas semejante a la que había fundado el pedagogo y fabulista vasco en Euskalerría. El seminario de Vergara, dirigido por Samaniego, fue el primero en la historia de los institutos superiores de instrucción para mujeres. Pero Samaniego, requerido por la corte de Castilla, llevaba a Madrid instrucciones de la Sociedad vascongada de amigos del País, para hacer algunas gestiones por mor de la presión económica que los borbones empezaban a ejercer sobre los paisanos vascongados. Los borbones , mediado el siglo XVIII, comenzaron a relativizar algunos fueros que los vascos habían pactado con los reyes católicos y con la dinastía de los Austrias, anterior a la borbónica.

Entre esos fueros estaba la libertad de importar directamente productos extranjeros o pasar las mercaderías vascas por Castilla sin pagar derechos y sobre todo el libre comercio con América desde los puertos de Vizcaya y Guipúzcoa, especialmente Lekeitio, que era una Roma de la época, por la prosperidad que le habían dado los fueros. Pero estos fueros se habían obtenido por pactos políticos basados en la lucha política (y cuando las invasiones godas imposibilitaron la política -como en 1512, con la ocupación de Navarra por Fernando el Católico-, los fueros fueron defendidos con las múltiples formas de resistencia de los gudaris -guerreros vascos- ante las potencias ocupantes). Finalmente los reyes católicos desistieron ante las cabezas duras y las orejas grandes y abiertas de aquellos vascones que, para curiosidad de los cronistas, peleaban sin cascos y se llegó a un pacto.

Si la intención de los católicos era religiosa y no económica, los vascos, que hasta entonces eran naturistas y despreciaban por "cultores" a los cristianos, asumieron "Dios y ley vieja". Ley vieja era la costumbre hecha ley y la costumbre vasca era la libertad política y económica ilimitada, así como la igualdad: todos los vascos se consideraban caballeros, nobles, señores, todos tenían blasón, alcurnia y heráldica y ninguno sería súbdito ni vasallo.

Desde entonces, cada Rey de España tuvo que ir a Gernika, para renovar el pacto, jurando bajo el Gernikako Arbola (el árbol sagrado de la patria vasca) el respeto irrestricto a la ley vieja, los fueros. También los catalanes hacían respetar sus fueros y a fuer de libertadas se habían hecho estos pueblos poderosos económicamente, mientras los avasallados, esquilmados por comercios desiguales, diezmos y graveas, quedaban en la pobreza.

LAS FÁBULAS DE SAMANIEGO
A don Félix María le gustaba enseñar a través de fábulas (y del erotismo, pero sus textos más eróticos fueron quemados por la inquisición española que le persiguió hasta finalmente encarcelarlo). Entre las fábulas que sí pudimos conservar, quizás las más famosas sean la de La cigarra y la hormiga (también atribuida a La Fontaine) y La zorra y las uvas. Pero en este artículo la que viene al caso es la fábula samanieguista de La zorra ilustrada, porque tiene que ver con el raro poderío de su pequeño país y porque nuestro país es tan pequeño como el suyo y supo también, en otros tiempos, ser próspero y respetado.

Transcribo la versión del dramaturgo Ignacio Amestoy Egiguren, de la fábula de Samaniego sobre la zorra ilustrada: "Trémulo y achacoso a fuerza de años un león estaba. Hizo venir los médicos, ansioso por ver si alguno de ellos le curaba. De todas las especies y regiones profesores llegaban a millones.

Todos conocen incurable el daño; ninguno al rey propone el desengaño. Cada cual su remedio le procura, como si la vejez tuviera cura. Un lobo cortesano, con tono adulador y fin torcido, dijo a su soberano: "He notado, señor , que no ha asistido la zorra como médico al congreso, y pudiera esperarse buen suceso de su dictamen en tan grave asunto". Quiso su majestad que luego al punto, por la posta viniese. Llega, sube a palacio; y como viese al lobo, su enemigo, ya instruida de que él era el autor de su venida, que ella excusaba cautelosamente, inclinándose al rey profundamente dijo: "Quizá, señor, no habrá faltado quien haya mi tardanza acriminado; mas será porque ignora que vengo de cumplir un voto ahora que por vuestra salud tenía hecho, y para más provecho, en mi viaje traté gentes de ciencia sobre vuestra dolencia.

Convienen, pues, los grandes profesores en que no tenéis vicio en los humores, y que sólo los años han dejado el calor natural algo apagado; pero este se recobra y vivifica sin fastidios, sin drogas de botica, con un remedio simple, liso y llano, que vuestra majestad tiene en la mano. A un lobo vivo arránquele el pellejo, haced que os lo apliquen al instante y por más que estéis débil, flaco y viejo, os sentiréis robusto y rozagante, con apetito tal, que sin esfuerzo, el mismo lobo os servirá de almuerzo". Convino el rey, y entre el furor y el hierro murió el infeliz lobo como un perro."

Moraleja: la sabiduría también es fortaleza. Todos los animales de la selva fueron devorados por el lobo menos el León y la zorra ilustrada.

¿Habrá leído Artigas La zorra ilustrada cuando nos propuso ser tan zorras como leones? Seguramente sí. Si leía a Painte, a Jefferson, a Rousseau, a Voltaire y a Montesquie, leía también a Samaniego. Además las fábulas del vasco eran bien conocidas popularmente por tradición oral.

Lo cierto es que nuestro pueblo también tiene sus fueros y sus identidades con fuerte componente de naturales. No en vano una reciente investigación genética del Departamento de Antropología de la Facultad de Humanidades y Ciencias vino a dar centenaria razón a Luis Alberto de Herrera, cuando dice que más del sesenta por ciento de los uruguayos descendemos de indígenas (sobre todo guaraníes y también charrúas). Los guaraníes pactaron con los jesuitas su Dios y ley vieja en Las Misiones. Los charrúas criaron a Artigas en su tribu, un cristiano que alcanzó la perspectiva del concepto charrúa de la libertad, "en toda su extensión imaginable".

LA ZORRA EN LA CORTE DE GASTEIZ
Nuestro país fue próspero cuando nuestros grandes estadistas reinvindicaron a Artigas y al charruísmo (defenestrados durante casi un siglo de avasallamiento, por las mil jugarretas del imperialismo inglés); cuando el viejo Batlle puso a Artigas en la plaza Independencia y le pagó a Zorrilla la publicación de la epopeya artiguista y de la glorificación mítica de la raza charrúa y a Rodó la del artiguismo sociológico que restauraba en el centro de la gesta histórica a los indios y a los negros. Cuando Herrera trajo, de los hermanos Andrés y Leandro Gómez, la espada del prócer que resistió en Paysandú y los jesuitas (retornados por Batlle al país, como primer medida de gobierno) glosaron el orgullo guaraní de las centenarias misiones. A partir de entonces, entre todos, durante décadas, como zorras ilustradas, nos las ingeniamos para desollar al lobo imperialista.

De allí los nombres de los acuíferos Guaraní y Tacuarembó, pero sobre todo la decisión de que nuestra agua es nuestra, antes que nada porque el agua es la vida y no se vende al bajo precio de la necesidad. Cuestión de rico patrimonio, cuestión de fueros, cuestión de memorias. Pero de cuarenta años a esta parte, quienes han usufructuado el monopolio de los medios han impuesto la ignorancia, el olvido a nuestros fueros y por consecuencia, la pobreza y la angustia.

Recientemente, el Parlamento de Gasteiz, informado de los desaguisados que ha perpetrado la empresa Uragua, concesionaria de los servicios de agua potable en Maldonado, aconsejó a Aguas de Bilbao repudiar a sus socios en Uragua. "La imagen de nuestra nación está en juego" sostuvo un diputado vizcaíno y es verdad. Pero los descendientes de Samaniego conocen de fábulas: Si Aguas de Bilbao se dejó engañar por nuestro mal gobierno, fue porque no se dejó desengañar por nuestro buen sindicato de FFOSE y sus "razones" habrá tenido para elegir dejación.

Como se habrán dado cuenta, este artículo de lo que trata es de los plebiscitos que tenemos por delante.

La fórmula todavía estamos a tiempo de volver a aplicarla: "tan ilustrados como valientes".

Las aceptables conveniencias de buenas asociaciones de ANCAP, son subsidiarias. Que no nos hagan perder de vista el fundamental caso OSE. Es un tema global. Habrá que escuchar bajo el ibirapitá de Kuruguaty, con memoria de vasco, qué cosas juran y de cuáles juramentos se han desdicho nuestros políticos. Pero también con oídos de orejas bien abiertas, porque si son categóricos, firmes y pactados, bien pueden valer los compromisos.

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