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Reunión
del G-8 de Evián
Rubens Ricúpero Secretario General de la UNCTAD, participante junto al Secretario General de la ONU Kofi Annan en la reciente reunión en Evián del G-8,escribe especialmente para La ONDA digital sus impresiones de la reunión, resaltando tres objetivos: la división de Europa, la paz entre Palestinos e Israel y el estancamiento de la economía mundial.
En
cuanto al primer punto, todo se resumía a saber si el presidente
americano dejaría la reunión con la impresión de que podría
continuar contando con la división de los europeos en Irak y
otros asuntos, lo que le parecía más que probable.
En relación al conflicto israelí-palestino, la duda
cambiaba de lado y consistía en la capacidad que tendría el
presidente Bush de convencer a los interlocutores de que sus
intenciones eran serias en la búsqueda de una solución para el
impasse en Oriente Medio. En
lo que se refiere a la economía, sería preciso verificar si el
reciente aumento de la preocupación con la inercia, incluso señales
de deflación en algunos países, llevaría a todos a coordinar
una respuesta colectiva. A menos de una semana de transcurrida la reunión, hay hechos de peso para registrar en los dos últimos temas, los únicos en los cuales se podría razonablemente imaginar algún movimiento inmediato. A propósito de las emboscadas que se preparan en el camino de la paz entre palestinos e israelíes, es atendible exprimir todos los temores y escepticismo del mundo. Sólo no puede negarse que, antes de los encuentros en Egipto y en Jordania, no existía un proceso de paz y ahora existe. Proceso que, en el caso de Oslo, había sido liquidado por el propio Sharon, según él se enorgullecía de proclamar. Pertenece
a la misma categoría de las realidades tangibles, para
diferenciarla de las meras intenciones, la decisión del Banco
Central Europeo de cortar los intereses en 50 puntos porcentuales,
reduciendo de 2,5% a 2% la tasa básica (anual, para envidia de
los brasileños). Aunque
tal vez tardía, la medida debe inyectar alguna adrenalina en las
debilitadas venas de la economía de Europa, ayudándola no sólo
crecer, sino también a combatir la excesiva valorización del
euro frente al dólar. No
se observan cambios, por el contrario, en el otro dominio, el de
las concepciones contrastantes sobre el rol al que podría aspirar
una Europa unida en la edificación de un multipolarismo auténtico.
Continúan aquí los europeos tan divididos como siempre
estuvieron. En
Londres, el Instituto de Estudios Estratégicos acaba de acusar de
“reumatismo estratégico” a líderes como Chirac, exhortándolos
a que aprendan la lección de la realidad: el máximo posible hoy
sería un unipolarismo “administrado”, es decir, moderado por
Europa. Además, en
ese punto, la reunión de Evián no innovó en nada, pues
su propia realización, con la presencia – reducida al mínimo
– de Bush, sólo fue posible porque antes Francia, Alemania y
Rusia, habían dejado espacio libre a la adopción por parte del
Consejo de Seguridad, de la nueva resolución sobre Irak.
Acciones tácticas como éstas, la alternancia de los
avances y retrocesos, es todo lo que les queda al alcance de estos
países mientras no consigan superar las tres limitaciones
a una estrategia efectiva de largo plazo: la
anemia del crecimiento económico, el desfasaje tecnológico de
armamentos, la desunión diplomática en el seno de una Europa
ampliada. Si, después de Irak, faltaba aún una prueba de que los EE.UU. solitos son los únicos con poder de descongelar los problemas recrudecidos, ésta se dio en forma categórica en las imágenes de Sharm-el-Sheik y de Aquaba: Bush, en un espléndido aislamiento – coadyuvado por Egipto y Jordania – como maestro de ceremonia entre Sharon y el palestino escogido para sustituir a Arafat, de acuerdo con la exigencia americana. Nade más, ni la ONU, ni Europa, ni Rusia. Es
verdad que eso no es nuevo y viene de lejos.
Fue Kissinger y su “diplomacia de puente aéreo” que
pusieron fin a la guerra de 1967.
Se debe al involucramiento de Jimmy Carter la paz de 1978
entre Begin y Sadat, éxito que Clinton estuvo cerca de renovar al
final de su mandato. Lo
novedoso ahora es el alistamiento personal de Bush, la liquidación
de Irak como líder de los opositores a la paz, el encuadre de
Siria y de Irán y el alejamiento de Arafat, aunque se pueda decir
que éste último se excluyó a sí mismo, al rechazar el acuerdo
mediado por Clinton. Falta
ver si esa exclusión no creará más problemas de los que
resuelve y si Sharon tiene vocación pacificadora análoga a la de
los jefes de guerra reconvertidos que lo precedieron, Begin y
Rabin. Respecto
de la economía, al permitir que el dólar perdiese a lo largo de
los últimos doce meses, cerca del 30% de su valor relativo a las
otras monedas de referencia, los americanos están obligando a los
europeos y japoneses a despertar del letargo con baldes de agua
helada. La depreciación
competitiva del dólar destruye las últimas ilusiones de que
Europa y Japón continúen creciendo (poco) en base a la demanda
por importaciones del mercado norteamericano.
Obliga, al mismo tiempo, a esas dos enormes economías a
que estimulen su demanda interna, lo que les permitiría
expandirse sin la actual dependencia exclusiva de la economía de
los EE.UU. La
estrategia es correcta, pero, para tener éxito, depende de
reajustes teutónicos en los gigantescos desequilibrios macroeconómicos
entre los tres grandes, con el riesgo de que salten astillas para
todos lados. Hablando de grandes, comencé el artículo con la intención de contar mis impresiones de la reunión del G-8, a la cual acompañé al Secretario General de la ONU, Kofi Annan. De ahí la elección del título. Fui escribiendo sobre lo sustantivo y terminó faltándome espacio. Basta que le confiese, querido lector, que, vistos de cerca, los grandes no son tan grandes. En cuanto a las perspectivas esbozadas en mis comentarios, me atrevo a pensar que contienen alguna esperanza burbujeante y débil. Se dice que una esperanza resignada como ésta es de poca monta, como si no existiese. Es lo que sugiere un poema del austríaco Erich Fried, que cité varias veces, siempre a través de la traducción de Celeste A. Galeão. El poeta pregunta a tres piedras del río cuánto tiempo puede vivir sin esperanza. La primera dijo que tantos años como los minutos en que pueda vivir sin respirar. La segunda juzga que tanto tiempo como quiera vivir sin esperanza. La tercera se ríe y responde: “Eso depende de lo que Ud. aún/ llama vida / cuando su esperanza ya está muerta”. LA ONDA® DIGITAL |
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